jueves, 17 de mayo de 2018

Un peripatético en mi vida

 
Foto: Alvaro Trincado (Flickr)


Por Esperanza Goiri

No os dejéis engañar por el título de la entrada. De hablar de filosofía se encarga en este blog mi querida anfitriona, Netucha. Yo me limito a citarla de refilón.

El término peripatético lo he desempolvado de mi memoria, donde estaba guardado desde que estudiaba Filosofía en segundo de BUP. Ahí había quedado durmiendo el sueño de los justos hasta que, hace un par de meses, una estupenda serie de televisión sobre un profesor de filosofía de un instituto barcelonés, llamado Merlí, me ha obligado a rescatarlo y a darme cuenta de que, sin ser consciente hasta ahora, tengo un peripatético en mi vida.

Los asiduos a este blog sabéis de sobra quiénes eran los peripatéticos. Pero para los despistados u olvidadizos, como yo, os lo recuerdo: los discípulos de Aristóteles que recibían las lecciones del maestro e intercambiaban impresiones y pensamientos mientras paseaban.

Busto de Aristóteles (Museo de Historia del Arte de Viena)
Foto: Tûba (Flickr)
El peripatético en cuestión es mi adolescente. Os cuento. Como todo teenager que se precie, el mío permanece largos intervalos de tiempo en el silencio más impenetrable. Es inútil preguntar o presionarle. Entiendo y respeto que no quiera contarme ciertas cosas. De hecho, creo que una madre nunca debería saber algunos aspectos concretos de la vida de su hijo. Aunque ya queda lejos, una también ha sido joven y me hubiera dejado cortar una oreja antes que comentar temas íntimos con mis padres, aun llevándome fenomenal con ellos. Sin embargo, para ejercer una maternidad responsable es necesario saber en qué anda metido tu hijo, qué pasa en su vida, aunque sea a grosso modo.

El caso es que venía observando que cuando estamos de viaje, fuera de nuestro entorno habitual, al igual que los mejillones abren sus conchas al cocinarlos al vapor, mi adolescente florece, se vuelve más comunicativo y permite que hablemos con naturalidad y fluidez de temas que en casa no es tan fácil tratar. Otra peculiaridad es que esas conversaciones siempre se producen mientras paseamos. Entonces, podemos hablar de tonterías y banalidades, de asuntos personales o de los grandes enigmas de la vida. Eso sí, no hay maestra ni alumno. Simplemente, conversamos.

Al principio, estas situaciones fueron surgiendo solas, espontáneamente. Pero he de confesar que disfruto mucho de esos paseos, y ahora con premeditación y alevosía procuro que “surjan” las oportunidades. Claro está que cuanto más exótico y apetecible es el entorno, más placentero e inspirador resulta el intercambio de impresiones. Ante la imposibilidad de viajar continuamente, me las he ingeniado para buscar espacios sugerentes en nuestra ciudad, y hasta ahora no he tenido quejas. En el caso de quedarme sin itinerarios, se me ha pasado por la cabeza una idea muy loca: proponerle disfrazarnos de turistas, subirnos al City Tour de Madrid y callejear entre los guiris como si estuviésemos de viaje de verdad. ¿Creéis que colaría? No hace falta que contestéis, es una pregunta retórica y sé de sobra la respuesta. De momento, ya tengo prevista mi próxima ruta y, si nada se tuerce, mi peripatético y yo disfrutaremos del sol primaveral madrileño en transitoria e itinerante armonía.



No hay comentarios:

Publicar un comentario