jueves, 10 de mayo de 2018

Pudor

Foto: Omeralnahi (Pixabay)
“Después que me puso aquel áspero mandamiento del silencio se me han podrido más de cuatro cosas en el estómago, y una sola que ahora tengo en el pico de la lengua no querría que se me malograse".
“Aunque pusieron silencio a las lenguas, no lo pudieron poner a las plumas, las cuales con más libertad que las lenguas suelen dar a entender a quien quieren lo que en el alma está encerrado” (M. Cervantes, Don Quijote de la Mancha, Parte I, Cap. XXI y XXIV, respect.)

Por J. Teresa Padilla

Para el diccionario de la RAE, “pudor” viene a significar lo mismo que honestidad, modestia o recato, así que para qué molestarse en dar una definición en condiciones. Será cosa mía, pero cuando busco algo en el diccionario, sobre todo una palabra en principio de uso común como ésta, es porque tengo una idea algo vaga de lo que significa que quiero hacer más exacta. La RAE me ofrece sinónimos que no me ayudan, más bien lo contrario, pues estos tres términos (con seguridad los dos primeros) tienen diversas acepciones que se me ocurren inmediatamente, sin consultar, y que, lejos de concretar el significado de pudor, me lo hacen aún más confuso. Por qué a los jueces de la corrección lingüística les ha parecido útil usar para definir una palabra relativamente unívoca, como es “pudor”, otras mucho más amplias semánticamente es un misterio. Busco “recato”, la que me parece a priori menos ambigua, a ver si doy con la pista definitiva, pero no. Dos acepciones me ofrece la Academia a mí, vulgo ignorante: "cautela, reserva", dice la primera; y me quedo pensativa, sin haber perdido todavía la esperanza ni la paciencia, reflexionando sobre el significado de estos términos y sobre la conveniencia o no de consultarlos a ellos mismos. Pero, ¡atención!, tiene otra: "honestidad, modestia". Sólo le ha faltado al diccionario añadir “pudor” para cerrar un círculo perfecto. ¿Es pudor todo esto que “recato” puede significar? ¿Es una u otra acepción de su supuesto sinónimo? Y esta otra, la segunda, ¿qué es realmente? ¿Debo consultar también los artículos de “honestidad” y “modestia” para buscar el común denominador? ¿O más bien renunciar a su significado intersubjetivo, ponerme en modo “posmo”, y darle yo el sentido que me dé la gana?

Cuando el diccionario entra en estos bucles, lo que a mí me entra es la desesperación o la risa, según mi cambiante humor. Entonces, y a la vieja usanza (pues no está por muy lícitas razones digitalizado), consulto el diccionario de María Moliner, esa mujer recolectora, según ella “perezosa”, de palabras, acepciones e incluso dudas gramaticales frecuentes. Miro a ver qué escribió esta solitaria coleccionista, sin permiso de la autoridad, rechazada por la misma (fue candidata en 1972, pero no fue hasta 1979, dos años antes de su muerte y cuando la enfermedad la había ya privado de lo que tanto amaba, que entró la primera mujer en esta institución, Carmen Conde), cuando llegó a la palabra “pudor”.



Cuatro acepciones, cuatro descripciones emparentadas íntimamente, pero cada una con su matiz, y en cuya definición, con excepción de un caso en el que la autora ha respetado el misterio de la causa del tipo de pudor que define hablando sólo de un “sentimiento”, aparece siempre la misma palabra clave: vergüenza.

El pudor es, en su primera acepción, una determinada clase de vergüenza: la que se siente al quedar nuestro cuerpo desnudo expuesto a la mirada de otros (lúbrica o no), o al saberse objeto de un interés sexual. Esta forma de pudor puede afectar incluso al simple discurso sobre este tema.

También puede ser la vergüenza a que se hagan públicas y notorias nuestras miserias, de la clase que sean (defectos, enfermedades, errores o faltas), o (y qué maravilla la de los matices de esta deslumbrante investigadora) aquélla que aparece al contemplar, o simplemente mencionar, las de los demás.

Luego está el pudor de la modestia, la vergüenza de ser alabado por otro, y, por último, el desconocido “sentimiento” que impide a alguien compartir su intimidad, que le lleva a encerrar y ocultar en sí mismo todo lo que pueda delatarlo.

No hace mucho, aunque se me hace una eternidad el tiempo que transcurre entre cita y cita, que defendía ante mis compañeras de fatigas redactoras la necesidad de renunciar al pudor para escribir textos interesantes. Me refería al miedo a exponerse a la mirada, potencialmente cruel, de los demás. Miedo, más que vergüenza (aunque de todo haya un poco), porque tal me parece que es ese “sentimiento” al que aludía María Moliner y que nos mantiene en silencio sobre nosotros mismos. Argumentaba yo que, si no se vencía este pudor, los textos resultantes sólo podían ser mediocres y falsos, generales e imprecisos, siempre hablando de otros, inventados o reales, de los que corríamos el peligro de distanciarnos con afectada aversión. Textos insinceros, vaya. Sólo quedaría entonces la pura fantasía o el periodismo; no habría otra opción que elegir entre la evasión más irresponsable y caprichosa o la exposición minuciosa y exacta de los hechos (externos, claro).

Para mí la literatura (y en ella quiero buscar un modesto rincón desde el que poder levantar de vez en cuando el dedo como lectora activa y, con suerte, añadir alguna frase) está en otro lugar: el que confunde la realidad con la ficción, el sueño y la vigilia, porque sólo así accede a la raíz de una realidad como la nuestra, la humana, confusa ella misma y muy a menudo cruel como la peor pesadilla. Nada que ver con la distracción o el entretenimiento, pero tampoco con una declaración judicial.

Supongo que me expliqué como suelo, fatal, y entenderían que les pedía relatos biográficos con todo tipo de detalles íntimos y escabrosos, porque todas se manifestaron en completo desacuerdo conmigo y se aferraron al pudor como a una posesión preciosa, una virtud. Pero, ¿puede serlo un sentimiento que, cuando no es vergüenza, se parece mucho al miedo? Ciertamente hay una acepción virtuosa de vergüenza, la de la estimación de la dignidad propia. La que echamos en falta en algunas de nuestras acciones o pensamientos (vergonzosos, por ello, en otro sentido) o en los otros cuando sentimos por ellos la vergüenza que ellos no sienten y llamamos, por eso, ajena.

Pero recapitulemos con la ayuda del diccionario para ver si encontramos el pudor virtuoso. Dejamos de un lado la última acepción, la que claramente identificamos con la modestia y se refiere al rubor que provoca en muchas personas recibir alabanzas de otros. No sé si es una virtud o algo más relacionado con el carácter (la timidez o inseguridad), pero lo contrario, la vanagloria o el orgullo ante las loas ajenas, está entre el vicio y la ridiculez. En cualquier caso, no se trata del pudor que yo quería vencer ni tampoco aquel al que se aferraban mis tertulianas.

Sería muy fácil concluir que unas y otras pensábamos en la más imprecisa de las acepciones de pudor, ésa que nos impide “exhibir cualquier cosa íntima”. Pero, aparte de que ni en la literatura ni en la vida puede considerarse deseable semejante autismo, unas y otras estaríamos ocultando, pudorosamente, el carácter de las intimidades que nos cuesta compartir y, en mi opinión, mintiendo o, al menos, difuminando deliberadamente la verdad.

Si nos centramos, pues, en las dos acepciones que nos quedan, comprobamos que tienen que ver con nuestros cuerpos, por un lado, y, por otro, con nuestros fracasos, errores o pecados, si todavía se puede usar esta palabra sin provocar una sonrisa sarcástica (hace unos días fui objeto de mofa por hablar de “conciencia individual”, así que no descarto esta impropiedad). Nos abochorna mostrar nuestro cuerpo desnudo a otros. Pero no en cualquier circunstancia, y sin que eso suponga impudor alguno: ni la mirada del amante ni la de la persona que cuida, lava o alivia el dolor avergüenzan.

Pubertad (1895). E. Munch

Nuestra desnudez física puede resultarnos impúdica hasta en la intimidad. A veces nuestro cuerpo nos avergüenza a nosotros mismos: cuando cambia y se transforma como por su cuenta (la adolescencia, la vejez…); cuando enferma, nos pesa como una carga, nos enjaula o lo sentimos como un disfraz; o cuando nos han enseñado a despreciarlo, sea por cuestiones religiosas o por la estética imperante. En realidad, en cuanto lo pienso un poco, no puedo evitar que me dé la impresión de que en todo pudor relativo al cuerpo hay esta vergüenza de sí, independiente ya de la mirada de los otros, pero, en muchas ocasiones, provocada por esta mirada: Si no nos avergonzara nuestro cuerpo desnudo, tampoco lo haría mostrárselo a otros, pero puede que en muchos casos sea precisamente el reflejo de nuestro cuerpo en esa mirada ajena, y no él mismo, el que nos avergüence. La no exenta de pudor María Moliner habla entonces de la vergüenza que provoca saberse objeto del interés sexual de otros, reconocerse vista por otro ser humano como medio para la satisfacción de un deseo, nunca como sujeto deseante. La desnudez entonces nos hace vulnerables y atenta contra la dignidad (esa virtud que también se llama vergüenza) porque las cosas, los objetos, no tienen nada parecido. Esas miradas pasan, entonces, a formar parte de un ritual de humillación, de una farsa: la del falso amante. Para conservar la dignidad nos distanciamos de ese cuerpo objetivado, lo negamos como parte de nosotros y nos avergonzamos de él. Pero, a diferencia de aquella otra vergüenza o pudor que nos provoca lo que hacemos mal, aquí descargamos sobre nosotros una ira y un desprecio que deberían dirigirse a otros.

Venciendo esta vergüenza “inocente”, este pudor mal entendido, y con el fin de denunciar, y acompañar en la denuncia a otras mujeres haciendo visible un delito que ese pudor autodestructivo oculta tantas veces, surgió hace nada la iniciativa de contar estas historias en una red social. Historias reales, declaraciones escuetas y fieles a los hechos. Si algún pero tengo que hacer a esta iniciativa, que, fracase o tenga éxito, cuenta con mi aplauso como cualquier iniciativa que nace del amor a una víctima y de la ira contra el mal, es ésta: el apego cuasipolicial a los hechos.

Tampoco era esto lo que yo me exigía al escribir y animaba a buscar a los demás. Se trataba, más bien, de bucear dentro de nosotros y reconstruir (o construir de nuevas) con los materiales de desecho del recuerdo, ya de por sí cuestionables, una historia que pudo ser o no, pero que no nos aleja de la crueldad, el dolor o la fealdad de la realidad (todo eso que por pudor no queremos ver), sino que los transforma de tal modo que nos los hace más fácilmente aceptables. Nos permite vencer ese pudor que nos lleva a evitar, dice María, ver o escudriñar miserias, propias o ajenas; el pudor por el que no queremos ver lo que nos disgusta, entristece, avergüenza.

Me refería, en suma, a la falta de pudor que permitió, por ejemplo, a Henry Roth relatar el modo en que un niño descubre la sexualidad a través de otros (una niña un poco mayor, Annie, en su caso) como un juego perverso, una trampa, una farsa obscena (destinada a escenificarse tras el telón del secreto y el silencio) cuya vileza intuye, por más que no pueda entenderla ni desempeñar en ella papel alguno:
“El mundo entero podía romperse en miles de pequeños fragmentos, todos zumbando, todos gimiendo, sin que nadie los oyera ni nadie los viera, salvo él”.
Quién no ha escuchado de niño, sin comprender del todo, esos chistes y esas frases con dobles y secretos sentidos a los chicos mayores o más precoces. Quién ha tenido quizá la suerte de no sentir, aun en otro contexto completamente diferente, el derrumbamiento, sólo para uno visible, del mundo de la inocencia.

Es la falta de pudor que permite hacer universal lo insignificante y más singular. O la que nos deja describir a un hombre, aún joven, aunque tampoco demasiado, pecoso, rubicundo y de ojos pequeños y claros, o así parecían a través de los cristales de sus gafas de carey. Demasiado elegante, quizá, para ir un día como aquél, en pleno verano, de pie en la plataforma central de aquellos autobuses de antes que no ofrecían otro alivio al calor salvo la ligera brisa que ellos mismos creaban al desplazarse y dejaban entrar por las ventanas abiertas. Quizá ésta era la causa de ese ligero enrojecimiento que presentaba su rostro. Miraba hacia abajo, con una insólita concentración y seriedad, a los ojos de una niña que, a su vez, levantaba tímidamente los suyos hacia él, interrogantes, como intentando comprender o averiguar si, en realidad, no se trataría más bien de una imaginación suya. Mientras, él a duras penas podía disimular el placer que el juego que estaba improvisando le proporcionaba. Como una araña que, con temeridad creciente, teje una tela cada vez mayor, un poco más lejos del centro tupido y seguro, cada vez más ligera y frágil. Así se balanceaba el hombre haciendo cada vez más atrevido y notorio lo que al principio parecía sólo un roce descuidado. Arriesgándose a que, en cualquier momento, la niña despertara del ensueño de su estupor y gritara, llamando a un padre o a una madre, mientras lo señalaba con el dedo. No llegó a pasar. Fue la voz de ese padre o de esa madre, la que despertó a la niña mostrándole la puerta abierta del autobús detenido, sin tiempo ya para otra cosa que escapar a la carrera, dejando atrás un rostro que imaginamos (soñamos) entre decepcionado y triunfante.

Dos mil palabras y temo, de nuevo, no haberme sabido explicar.


2 comentarios: