jueves, 27 de julio de 2017

El abuelo Manuel

Foto: J. Teresa Padilla


Por J. Teresa Padilla


Para describir algo o a alguien buscamos adjetivos. Si los adjetivos tienen una función clara, ésa es la de calificar nombres. Manuel es todo un nombre. Uno, además, propio. Lo que tienen los nombres propios, eso que los convierte en un auténtico enigma lingüístico, es que, por comunes (léase frecuentes) que sean (y Manuel, qué duda cabe, lo es), nunca terminan siendo nombres comunes. Es decir, que no tienen un significado que nos permita saber algo de lo que nombran. Manuel se llamaba Manuel como podía haberse llamado Juan, y Manuel no nos dice nada de él ni distinto a lo que nos diría Juan (si se hubiera llamado así, claro).

Alguien podría pensar entonces que el nombre propio es, desde el punto de vista semántico, bastante inútil. Se equivocaría. Tiene un significado preciso: el de designar al nombrado como un individuo único e irrepetible que no se puede reducir a un caso ejemplar de una especie cualquiera. Y Manuel, como todos los seres con nombre propio, lo era.

Manuel designa aquí a un hombre que vivió en un pequeño pueblo andaluz en el que precisamente su nombre, que no por ello dejaba de ser propio para ser común, sí era muy frecuente. Bueno, su nombre y el de casi todos. A saber por qué, pero, a pesar de la infinidad de alternativas que ofrece, sin ir más lejos, el santoral, en este pueblo quien no se llamaba Manuel, se llamaba Juan, Francisco o José. Bueno, también había algún Pedro o Antonio. Cualquier otra posibilidad era estadísticamente anecdótica. Dada esta equivocidad resultaba inevitable que casi todos ellos tuvieran un sobrenombre. ¿Por qué usar un sobrenombre si el registro civil nos ofrece con este fin los apellidos? Pues porque el abanico de éstos también era bastante limitado (cada vez más, debido a la creciente endogamia) y, por tanto, incapaz de resolver el equívoco, que tampoco es cuestión de aprenderse dos o tres apellidos de cada cual.

El sobrenombre que Manuel tenía (y que, como era costumbre, pasó a designar a sus descendientes) era “Pajarillo”. Ignoro la razón exacta del mismo, aunque se supone que se debía a que era una persona de natural afable y risueño que canturreaba a menudo. Lo que sí se puede descartar con absoluta certeza es que obedeciera a su frugalidad (es decir, a que comiera como un pajarillo). No, Manuel siempre tuvo un apetito excelente y, si le hubieran preguntado cómo se imaginaba el infierno, probablemente hubiera contestado como un lugar en que se pasa hambre. De hecho, en su familia se ha terminado discriminando quién es más o menos “Pajarillo”, es decir, digno descendiente de Manuel “Pajarillo”, de acuerdo, entre otras cosas, con la importancia que para una vida digna de ser vivida se diera a la comida. Así que, ahora que lo pienso, pudiera ser muy bien que “Pajarillo” fuera un sobrenombre irónico; aunque, no, en realidad no había en aquel pueblo esta “mala baba”.

Irónico o no, y aunque me haya servido, eso sí negativamente, para mostrar un rango distintivo de Manuel, “Pajarillo” es un sobrenombre, nombre al fin y al cabo, y lo que yo buscaba era un adjetivo. Uno capaz de darnos una idea general de cómo era Manuel. Justo eso que no nos puede dar el nombre, ni el común ni el propio.

Los adjetivos son esenciales en cualquier descripción, pero más cuando lo que intentamos es dar a conocer a alguien a través de esos pocos datos que de ellos tenemos. De Manuel tengo, en realidad, un único recuerdo propio, y más allá sólo un par de anécdotas relatadas una y otra vez en las reuniones familiares. En el caso de Manuel podríais pensar, a la vista de lo dicho, que este adjetivo podría ser “glotón” o algún otro de similar significado. Sería un error. Porque sí, la comida era algo que nunca debía faltar, algo importantísimo para él, pero Manuel no era especialmente voraz.

Ni delgado ni grueso, Manuel comía más o menos lo que cualquier otro. Eso sí, lo disfrutaba. Disfrutaba comiendo y disfrutaba, casi más, viendo comer a los demás, especialmente a los que de él dependían, a los suyos. Estos eran, en teoría, sus seis hijos, pero en la práctica eran muchos más. Bastantes más. Sí, si tuviera que elegir un adjetivo para Manuel este sería el de “generoso”, aunque más que por algún tipo de imperativo moral, porque no lo podía remediar. Era su naturaleza. Pensaréis que me toca algo (es cierto) y por eso he elegido para él un calificativo tan honroso. No os dejéis llevar por las apariencias: la generosidad y el egoísmo a veces no se contraponen, sino que van de la mano, como dos caras de la misma moneda. Sí, porque ser generoso es dar a los demás, y lo que se da, muy a menudo, no nos pertenece sólo a nosotros. No se puede negar que la generosidad de Manuel daba mucho trabajo a algunas otras personas. Sí, justo las que imagináis: las mujeres de la casa.

Manuel se casó con Josefa y ambos tuvieron seis hijos, entre finales de los años treinta y mediados de los cincuenta. La generosidad que caracterizaba a Manuel hubiera dado lugar a una prole todavía más numerosa, pero su mujer, afortunadamente para él, para ella y para sus hijos, era todo un carácter y no se dejaba hacer así como así. Todavía la recuerdo diciendo que, si por él hubiera sido, habrían tenido uno cada año, y también rememorando la “vergüenza” de la que sería su última maternidad, a una edad que ella consideraba ya escandalosa (próxima a los cuarenta) y con todos los demás hijos ya criados. A mi abuela la conocí muy bien, pues murió a los pocos días de tener yo a mi primer hijo. Era fuerte y dura, y recuerdo cómo sonreía cuando aquel hijo tardío, al que más terminó queriendo, contaba esta historia y las hierbas que mi abuela había amenazado con tomarse para abortarle. Pero ésta es otra historia. La yaya se merece un relato aparte.

Manuel y Josefa se dedicaban a vender en el pueblo todo tipo de alimentos. Josefa iba y venía de las poblaciones cercanas más grandes desde las que traía, sobre todo, pescado, frutas y hortalizas. También criaban pollos y cerdos, y se encargaban de las matanzas de los que criaban los demás. En su modesto hogar, la verdadera “ama de casa” era, dada la casi constante ausencia de Josefa, su madre, la abuela Juana. El resto del núcleo familiar lo constituían los seis hijos más innumerables sobrinos, sobre todo de Manuel, pero también de Josefa. Jornaleros la mayoría, sus respectivos padres no podían hacerse cargo de ellos y los tenían distribuidos entre sus hermanos con algo más de suerte o, por lo menos, más sedentarios. Algunos pasaron allí estancias más o menos largas; otros, toda su infancia y juventud, hasta que ellos mismos se independizaron. Como ocurría en el pueblo, también la gama de nombres en la familia era muy restringida, así que abundaban las repeticiones y, por tanto, la necesidad de adjetivar los nombres propios de una u otra manera, mayormente con el “chica” o “grande”. Nombre y adjetivo solían, además, formar una única unidad fonética, dando lugar a variantes del nombre graciosas y peculiares del tipo “Juanichica”.

Con todas estas personas a su cargo parecería lógico que la mayor preocupación de Manuel fuera que a ninguno le faltara de comer. Al fin y al cabo para eso se los habían confiado, para que no pasaran hambre. Bueno, sí, es lógico. Lo que ya no lo era tanto era su tendencia a dar de comer también a todo aquel a quien tuviera ocasión de invitar. No había pescadero o frutero procedente de otro pueblo que no terminara en los bancos de su cocina compartiendo la olla de la comida. Nunca se sabía quién se podía presentar en su casa. Lo que sí se sabía es que, si se presentaba, tenía que comer o Manuel se sentiría profundamente desgraciado. Y, cuando así se sentía, lo sufrían los suyos, porque célebre (no ya tanto en el pueblo, aunque sí entre sus hijos) era el mal genio que este hombre, por lo general tranquilo, podía llegar a desplegar.

Todo esto es, sin lugar a dudas, ejemplo de su generosidad. La otra cara, la del egoísmo, la sufría, sobre todo, la abuela Juana. Sensata como su hija y consciente del peso de su carga, sus guisos intentaban limitarse a lo estrictamente necesario y a economizar lo máximo posible. Manuel, que conocía pero parecía no comprender ese afán previsor y ahorrativo de las mujeres de su casa, empleaba gran parte de su tiempo y astucia en conseguir distraer entre las reservas de tocino y embutidos complementos con los que dar mayor sustancia y potencia calórica al guiso. Nadie debía pasar hambre, pasara lo que pasara, y siempre debía haber comida de sobra porque, ¿cómo, si no, iba a poder invitar a compartirla a quien quisiera? ¿Qué iba a hacer si el hambre atacara a deshoras o alguien hambriento se cruzara inesperada e intempestivamente con él? Sí, el día que no sobraba algo era, para él, un día aciago. La perspectiva de no tener con qué alimentar o alimentarse le angustiaba y era pero que muy capaz de despertar el mal genio que, casi siempre dormido, habitaba en él. Mucho tiempo después de su muerte, sus hijos y sobrinos recordaban la desesperación de la abuela Juana cada vez que le veía aparecer por la cocina, en ocasiones varias veces durante la misma mañana, para añadir al cocido un trocito de esto o de aquello, incluso cuando ya no iba a dar tiempo a que se cocinara como debía y fuera a aparecer crudo en el plato. La abuela, con firme delicadeza, le aventaba como a un gato ladrón, y él, que siempre conseguía su propósito, respiraba aliviado y sonreía feliz como un niño travieso.

En realidad, Manuel comprendía muy bien a las mujeres de su casa. Lo que pasaba es que tenía una muy clara y algo curiosa idea de la división sexual del trabajo. La obligación de las mujeres era ser previsoras y algo agarradas, precisamente para que él pudiera gozar de la despreocupación y del placer de la generosidad. Y estoy segura de que el desconcierto más absoluto le hubiera paralizado si en alguna ocasión su mujer y su suegra no se hubieran quejado de su liberalidad. Ellas hacían bien en quejarse, y él en darles motivo de queja. El mundo estaba así en orden y equilibrio.

Con el tiempo se hizo mayor, y el gusto por los alimentos grasos de origen animal le dio graves disgustos de salud que él asumió como el precio justo a pagar por una vida feliz. Obviamente, se los desaconsejaron. Obviamente, él hizo caso omiso. Manuel comprendía muy bien que la obligación de los médicos era amargarle la vida a uno y la de uno desobedecer en lo posible a los médicos. El mundo recobraba así su orden y equilibrio.

Los hijos y sobrinos crecieron, se casaron, se marcharon. No sólo de la casa, sino del pueblo. Corrían los años sesenta y el futuro estaba en la ciudad. Ante la horrenda perspectiva de quedarse solo y sin medios de vida (nunca había cotizado y no tenía derecho a pensión alguna), él y Josefa se marcharon también. El orden de su mundo dictaba que ahora les tocaba a sus hijos cuidar de que no le faltara nunca algo que llevarse a la boca. Se adaptó como pudo a la gran ciudad, cobijándose en la vida más familiar del extrarradio al que había ido a parar. A veces, hasta cogía el metro para ir a visitar a alguno de sus hijos. Y en esos vagones del antiguo metro iluminados por bombillas, ruidosos y traqueteantes, él se sentaba, tranquilamente, y sacaba de una bolsa un trozo de chorizo y un pedazo de pan. Porque, ¡hay que ver lo grande que es Madrid y lo largos que se hacen los viajes!

La salud le siguió dando disgustos y terminó postrándolo en una silla y privándole casi del habla, pero allí, en su mesa camilla, en un barrio de Carabanchel que parecía entonces casi como un pueblo grandote y feo, le iban a visitar de vez en cuando sus hijos con los nietos. Todos sabían que no se podía ir con las manos vacías. Todos sabían, para eso habían tenido en su padre al mejor maestro, qué había que ofrecer a los demás. Así que los niños entrábamos en aquella pequeña sala donde él pasaba ya todo el día con una bandeja, recién comprada en la pastelería, de bocaditos de nata. El paquetito (no demasiado pequeño) se abría y entonces Manuel, que apenas podía ya decir nada, se carcajeaba bajito ocultando gran parte de su rostro tras la garrota que sujetaba con sus dos grandes y ásperas manos. Y los niños le mirábamos, y reíamos con él. Sí, porque también nosotros éramos “Pajarillos”, de los buenos.

(Publicado originalmente en La vida en su tinta el 14 de abril de 2015).

Post scríptum: He decidido, con los permisos pertinentes (¡gracias, chicas e "ilustrao"!), agrupar mis escritos en estos Diarios. No sabía cómo hacerlo, así que lo hago así, por las buenas, aprovechando que nada de lo que he escrito esta semana me ha gustado y que mis niñas están a sus otras muchas cosas. En este texto he modificado alguna cosilla. No sé qué haré en lo sucesivo. Algunos ya lo conoceríais. Espero que la mayoría no, pues éste es, entre otros motivos, el principal para reeditarlos aquí. No puedo poner una foto de mi abuelo Manuel, pues ninguna de las que tengo hace justicia a mi recuerdo de él e incluso lo contradice. Pero esto da para otra entrada.

Id por la sombra, amigos.

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