miércoles, 13 de abril de 2016

Gente tóxica

Por Marisa Díez

Hay personas que están en este mundo sólo para molestar. A veces ni siquiera son conscientes del mal ambiente que crean a su alrededor, pero están ahí, fastidiando al personal de manera continua y reiterada. En la actualidad, y en aras de un vocabulario políticamente correcto, se les denomina con una expresión de lo más sutil, y nos referimos a ellos como “gente tóxica”. Pero vamos, que en mi barrio, por ejemplo, se les conocería con una expresión mucho más descriptiva y directa, porque en realidad no son más que “los tocapelotas” de toda la vida.

Todos nos hemos cruzado en alguna ocasión con algún elemento de este pelaje, lo que ocurre es que a veces están agazapados y cuesta identificarlos. Se esconden tras una apariencia relativamente afectuosa y, en cuanto te descuidas, ¡zas!, te pegan el zarpazo. Hace unos días, una amiga descubrió que en su círculo más íntimo se escondía un individuo (bueno, es su caso particular, una individua) de esta calaña. Y sin saber bien cómo, se encontró indefensa y sin fuerzas para hacerle frente. Su sorpresa fue mayúscula cuando, al contarme cómo se sentía, yo le aclaré que lo que tenía a su lado desde tiempo inmemorial era lo que ahora se conoce como una persona tóxica. Así que se dedicó a bucear por internet buscando la definición exacta de semejante apelativo y encontró infinidad de artículos dedicados al tema, así como diferentes manuales de autoayuda con los que, de inmediato, se sintió plenamente identificada.


En realidad, tampoco le hubiera sido necesario buscar la información en la red. Sin mucho esfuerzo, incluso yo misma hubiese podido explicarle, con un vocabulario un poco más vulgar, eso sí, lo que busca y pretende este tipo de personas. A saber, que básicamente son simples acomplejados a los que su vida les aburre hasta tal punto que necesitan desestabilizar la de los demás para no sentirse tan perdidos en su propio fracaso. Que se ven obligados a dar lecciones para no ahogarse en su profunda ignorancia. Y que en realidad su proyecto de vida no va más allá de envidiar el del prójimo porque su particular existencia les resulta absolutamente falta del más mínimo interés.

En alguna ocasión me he topado con un ejemplar que podría clasificarse como tóxico. Quizá con más de uno. Incluso de dos. Puede que hasta de tres. Y más allá del primer sobresalto, tampoco es que me hayan dejado demasiado tocada, la verdad. Por fortuna, he sabido poner la suficiente distancia para no sentirme incordiada más allá de lo necesario. Aunque es cierto que al menos un par de veces he llegado a sentir cierta angustia ante mi incapacidad para detectar a tiempo esta especie de alimañas a mi alrededor.

Pero sin problema; al final la cosa nunca es para tanto. Lo importante es saber situar a cada uno en su sitio. Ya se lo comenté a mi amiga mientras nos tomábamos un par de botellines (o de cafés, no recuerdo bien): lo mejor en estos casos es responder al individuo en cuestión con la más profunda de nuestra indiferencia. Entre trago y trago arreglamos el mundo mientras imaginábamos a la protagonista de nuestra historia retorciéndose de envidia al ser testigo de nuestra camaradería, cimentada en un buen puñado de años de amistad y de historias en común, en las que ella, por descontado, no había tenido el más mínimo papel, ya no secundario; ni tan siquiera de extra.

Mi amiga acabó riéndose de esa especie de ataque de ansiedad que le había provocado ser consciente del tiempo perdido con la persona equivocada. Y es casi seguro que, de ahora en adelante, andará un poquito más alerta e intentará no volver a caer en los mismos errores. Afortunadamente, le expliqué, también existe el extremo opuesto, ese antídoto que te hace espantar el veneno de tu alrededor; toda esa gente que te llena de buenas vibraciones con su sola presencia y a la que siempre encuentras cuando necesitas un abrazo o un rato de charla para recuperar tu autoestima. Y estar segura de que, en verdad, eres insustituible para quien tenerte en su lista de amistades no forma parte de ningún plan.






7 comentarios:

  1. Lo importante es "no dejarse intoxicar", que para algo nos tiene que servir ir cumpliendo años...

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    1. Sí, sí, lo que pasa es que todavía a veces te pillan desprevenida. Que se lo digan a mi amiga, que sólo es tres meses más joven que yo y acaba de darse cuenta hace un mes escaso...Y sí, Rosi, claro que la conoces, pero ya te diré en privado de quién se trata.

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  2. Muy bueno!!! no has dejado puntada sin hilo

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  3. Muy bueno!!! no has dejado puntada sin hilo

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    1. Es que el tema da para mucho. Podría poner ejemplos con nombres y apellidos, pero es mejor mantener la intriga. Y el que se pique, ya sabe. Un abrazo transoceánico, Son.

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  4. Pues sí, es una de las muchas cosas buenas que tiene cumplir años, el poder detectar a esas "alimañas", que son variopintas: los vampiros emocionales,los chismosos, los que no saben resolver su vida y te dan la matraca con el mismo tema, los manipuladores... ¡Menuda fauna! No hay que bajar la guardia, tenemos que seguir cumpliendo años en plena forma física y mental.

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    1. Los que no saben resolver su vida y te dan la matraca son los que más rabia me dan, es verdad. No puedo con ellos. Has dado en el clavo. Si a mí lo de cumplir años no me importa, aunque estoy en plena crisis pre cincuentañera, para qué te voy a engañar...Menos mal que te tengo a ti para subirme la moral a cada momento. Si no existieras habría que inventarte.

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