jueves, 26 de noviembre de 2015

Las partículas elementales

Las partículas elementales. Michel Houellebecq.

Anagrama: Barcelona, 2002. 328 pp. 10,90 euros.

 

Por J. Teresa Padilla

Como una es consciente de sus limitaciones y se sabe una mera aficionada en esto de las reseñas literarias, alguna vez he leído consejos de presuntos profesionales del ramo, de los cuales sólo recuerdo uno (así me va): cuidadito con los spoilers. Obviamente (está claro que me estoy haciendo mayor y mi mundo ya no debe ser del todo este que vivimos), tuve que buscar el significado de la palabra inglesa en cuestión para entenderlo: cuidadito con contar el final.

Me parece que sería ya una razón suficiente para desconfiar de la excelencia literaria de la fuente de estos consejos el que haya considerado oportuno utilizar el término inglés (que al parecer se emplea sobre todo para referirse a los que se dedican a destripar el final de las series televisivas de culto a sus congéneres) y no el román paladino, pero es que, además (y tras un sincero examen de conciencia que me obligó a reconocer que tiendo a contar los finales), lejos de autoflagelarme y entonar un sentido “mea culpa”, he terminado por albergar serias dudas sobre la gravedad de esta falta. Me parece que, salvo en la literatura de géneros bien concretos (no sé, de misterio o folletines) y puede, incluso, que no en toda ella, el final es lo de menos, que lo importante está en el camino hacia él. Eso si existe realmente un final susceptible de ser desvelado a destiempo, o sea, un final aparte del propio fin de la obra.

De todas maneras procuraré enmendarme al menos en esta ocasión y no contar el final de Las partículas elementales (1998), aunque tampoco tendría la más mínima importancia que lo hiciera ni creo que disuadiera a nadie de leerla, lo que es muy buena señal (para la novela y para el lector). En realidad, éste lo único que desvela o aclara, en este caso, es la peculiar forma en que se nos cuenta la historia, y no la historia misma, que más que concluir se deja extinguir. Lo sé, suena enigmático, pero qué le voy a hacer: no puedo ser más clara sin contar el dichoso final.

La novela cuenta la historia de dos hermanastros, muy distintos pero igual de inadaptados y condenados a la insatisfacción. En realidad son dos personajes extremos y bastante caricaturescos que sirven a otro propósito, más ensayístico que propiamente narrativo: el de denunciar la banalidad y decadencia del mundo en el que viven (la Francia postsesentayochista en materia de usos y costumbres y postmoderna ideológicamente). El narrador cuenta su historia y describe su mundo desde una perspectiva totalmente ajena que recuerda a la de los zoólogos de los documentales sobre fauna salvaje o la de un antrópologo cuando describe tribus lejanas y primitivas. Y aunque podríamos aceptar este peculiar narrador sin necesidad de justificación alguna (su punto de vista es muy efectivo y, en mi opinión, de lo mejor de la obra), al final, y entroncando esta novela a ratos ensayística con la de ciencia ficción, se nos aclara quién (o qué) es. Para mí esto sigue siendo lo de menos, pero me he comprometido a guardar silencio, por mucho que este silencio dé al final una importancia que no creo que tenga, ya os lo advierto.

Bruno y Michel son dos hermanos de madre que se criaron con sus abuelas, materna y paterna, respectivamente. Y aunque también sus padres se desentendieron en el fondo de ellos, la auténtica mala de la novela es su madre: una burguesa algo libertina que degenera con el tiempo en “alternativa catastrófica”. Una “vieja puta”, como la califica Bruno en su lecho de muerte; o alguien que sólo “quería seguir siendo joven”, según Michel. Y esta diferente forma de ver a su progenitora nos muestra cómo son uno y otro hermano en su común desgracia.

Ambos son infelices en el sentido de que se sienten incapaces de vivir la vida, de que no saben cómo hacer para vivir, pero mientras que Bruno fracasa intentando obedecer los dictados del mundo y la sociedad que le han tocado, el fracaso de Michel es una simple renuncia. Renuncia a vivir y se consagra a la ciencia. En opinión de Bruno, quién sabe si acertada, Michel es aún más desgraciado que él. Y eso que lo de Bruno se las trae.

En un mundo que no hace (a pesar de que, como se nos recuerda en la propia novela, la filosofía hace siglos que nos enseñó lo contrario) sino exacerbar el deseo y su satifacción como forma básica de vida y única fuente de placer (léase felicidad), en un mundo en el que el único Dios y la única fe que queda es la del consumo, el sexo se convierte en el producto estrella y la juventud (única garante tanto de la capacidad de desear como de la probabilidad de éxito en su satisfacción) en un valor absoluto. Así que Bruno, dispuesto a buscar sin descanso eso que llaman felicidad, es un eterno adolescente en erección continua o en permanente búsqueda de la misma. Una erección obligada, además, a tener una satisfacción intersubjetiva, porque el onanismo, aunque despenalizado desde el punto de vista moral (básicamente porque hay nada parecido a eso), está mal visto: es un fracaso social. El fracaso social. Un fracaso que Bruno sufre y del que sólo le salva el sexo de pago en primera instancia y una mujer milagrosamente generosa más tarde. Una mujer a la que terminará perdiendo, porque hasta ellas, las más generosas, necesitan tarde o temprano algo de lo que ellos no tienen ni la menor idea: amor. Eso dice Bruno (no yo), y lo ilustra también su hermano, Michel, que, aunque a diferencia de él se dice a sí mismo que “sólo quería amar”, no puede dejar de desear a la vez “una vida sin apuestas y sin dramas”, lo que le conduce a él y, en mayor medida aún, a la mujer que sólo quería en el fondo lo mismo que él, a la soledad y la infelicidad.

M. Houellebecq. Fotograma de El secuestro de Michel Houellebecq (2014)
Houellebecq es un autor de éxito (no hay más que ver la cantidad de reseñas a las que dio lugar inmediatamente la publicación este año de Sumisión), aunque probablemente no se lo deba tanto a su talento estrictamente literario, que lo tiene, como a su capacidad de provocación, a su incorrección política, lo cual, sinceramente, no deja de parecerme algo en sí mismo valioso. Su crítica mordaz a la modernidad (más bien posmodernidad) de la segunda mitad del siglo XX, a la biempensante socialdemocracia europea, a la paradójica liberación femenina y a la sustitución de las religiones tradicionales por vagas y todavía más irracionales creencias y prácticas de autoayuda y perfeccionamiento, llevan a muchos a considerarle un ultraconservador tradicionalista, pornógrafo, potencialmente xenófobo e indiscutiblemente misógino (o por lo menos, antifeminista). Un error, me parece (esa sociedad que tanto critica es la que, según él, luego vota al Frente Nacional), pero en el que, sin embargo, da la impresión de sentirse comodísimo y alegrarse de provocar. A mí, que lo que más echo de menos en esta novela es un poco más de sentido del humor (quizá porque, como dice un personaje, “el humor no sirva prácticamente para nada” y la vida, al final, “nos termine por romper el corazón”), Houellebecq me inspira ternura. Algo al leerle, pero, sobre todo, al ver sus fotos y comprobar cómo ese joven de cara añiñada que hasta puede considerarse guapo se ha convertido en un frágil, arrugado y extravagante personaje. Un personaje más triste y desvalido que mordaz. No sé, lo mismo me lo tengo que hacer mirar…

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