lunes, 6 de julio de 2015

Los diarios de un gigante

Diarios (1847-1894); Diarios (1895-1910). Lev Tolstói.

Acantilado: Barcelona, 2002, 2003; 508 pp., 584 pp. 27 y 33 euros.


Por J. Teresa Padilla

El viernes publiqué una entrada sobre los diarios personales en La vida en su tinta. Aquí, en estos Diarios de resistencia, tan mal llamados quizá así, he pensado que podía citar fragmentos de algún auténtico diario a modo de ejemplo y broche final. Y puede que no haya elección mejor que Tolstói, porque los suyos son de los más grandes diarios jamás escritos. Tan grandes como su autor: un gigante, no sólo, ni tan siquiera principalmente, literario, sino moral. De la magnitud y la índole de su grandeza creo incluso que dan mejor testimonio estos diarios que cualquiera de sus monumentales novelas.

No he elegido los textos que reproduzco a continuación siguiendo otro criterio que el de la sinceridad y la honestidad que reflejan al hablar de temas esenciales como la vida, la muerte, la escritura o el sentido de los propios diarios. Me parece que resultan ejemplares no sólo de este género biográfico, sino, como ya he dicho, de la estatura personal de su autor. Espero que estos fragmentos, que a mí me impresionaron especialmente, os animen a acercaros a un hombre (mucho más que un escritor) al que, independientemente del grado en que podáis o no coincidir con él y sus opiniones (muy discutibles algunas), dudo mucho que podáis evitar amar después de leer.

1906

"18 de enero. Yásnaia Poliana. … Hoy pensaba: ¿qué debo hacer yo, un viejo? Ya no tengo fuerzas, mis fuerzas declinan notablemente. Varias veces en la vida he considerado que la muerte estaba cerca. Y, ¡qué tontería!, lo olvidaba, intentaba olvidarlo. ¿Olvidar qué? Que moriré, y que es igual que sea en cinco, diez, veinte o treinta años, la muerte siempre está muy cerca. Ahora, dada mi edad, me parece natural hallarme cerca de la muerte y no hay razón para olvidarlo, ni es posible. ¿Qué puedo hacer yo, un viejo sin fuerzas?, me preguntaba. Y me parecía que no podía hacer nada, que no tenía fuerzas para nada. Pero hoy entendí con enorme lucidez la clara y alegre respuesta. ¿Qué hacer? Ha quedado demostrado que morir. En esto consiste, en esto ha consistido siempre mi quehacer. Y debo llevarlo a cabo de la mejor manera posible: encaminarme bien hacia la muerte y morir bien. Uno tiene frente a sí un quehacer inevitable y maravilloso, y está buscando qué hacer. Esto me produjo una gran alegría. Comienzo a acostumbrarme a mirar la muerte, la aproximación de la muerte no como el final de mi quehacer, sino como el quehacer en sí mismo” (pp. 253s).

10 de marzo. Todo el día me he sentido como embrutecido, triste. Hacia la noche, ese estado se convirtió en emoción, en deseo de afecto, de amor. Tenía ganas, como en la infancia, de estrechar a un ser amado, alguien que me compadeciera, y poder llorar conmovido y que me consolaran. Pero ¿quién es ese ser que podría abrazarme de esa manera? Pienso en todas las personas que amo y ninguna me parece la apropiada. ¿Quién podría estrecharme? Hacerme pequeño y abrazar a mi madre, tal como la imagino.

Sí, sí, mi mamá, a la que nunca llamé así porque entonces no sabía hablar. Sí, ella, para mí la representación más elevada del amor puro, pero no frío, divino, sino terrenal, cálido, maternal. A eso aspiraba mi mejor alma, mi alma cansada. Mamá, acaríciame.

Todo esto es absurdo, pero todo es verdad” (p. 256).

"19 de marzo. Yásnaia Poliana. (...) Pensé en que llevo un diario no para mí, sino para la gente, sobre todo para quienes vivirán cuando yo, físicamente, ya no exista, y que en esto no hay nada malo. Es, pienso, lo que se espera de mí. Bien, pero ¿y si estos diarios se quemaran? ¿Qué pasaría? No sé si estos diarios le serán necesarios a los otros, pero para mí sí son necesarios, ellos son yo mismo" (p. 258).

23 de noviembre. Yásnaia Poliana. (…) Masha [Maria Lvovna, hija de Tolstói, 1871-1906] me preocupa enormemente. La quiero mucho, mucho (…).

Masha está sentada a la derecha de Tolstói
26 de noviembre. Yásnaia Poliana. Hace un momento, a la una de la mañana, murió Masha. Cosa extraña. No sentí terror, ni miedo, ni tuve conciencia de que se estuviera llevando a cabo algo excepcional, ni siquiera sentí pena o dolor. De alguna manera, consideré necesario suscitar en mí un sentimiento particular de tristeza, de ternura, y lo hice, pero en el fondo de mi corazón estaba más sereno que frente a un comportamiento ajeno –ya no digamos uno propio- reprobable, indebido. (…)

29 de noviembre. Yásnaia Poliana. Se la acaban de llevar, la van a enterrar. (…)

28 de diciembre. Yásnaia Poliana. Es extraño que sólo ahora que me encuentro en el umbral de la muerte comience a vivir la vida verdadera (…). Vivo y con frecuencia evoco los últimos momentos de Masha (no quiero llamarla Masha, un nombre tan simple no le va a ese ser que me ha dejado). Está sentada, rodeada de almohadas, y yo tengo entre mis manos su mano fina, su mano amada y siento cómo se va la vida, cómo se va ella. Ese cuarto de hora es uno de los momentos más importantes y más llenos de significado de mi vida” (pp. 274ss).

1910

"14 de abril. (...) He estado releyendo mis libros. No debo escribir más. Creo que en ese campo he hecho todo lo que podía. Pero tengo ganas, tengo unas ganas terribles..." (p. 408s).

"15 de junio... Cada vez soy más consciente de lo inútil que es la escritura, toda, pero en particular la mía. Y no puedo no decirlo..." (p. 421).

Tolstói murió poco después, en noviembre de ese mismo año (1910), durante su célebre fuga: una huida en búsqueda de esa buena muerte que había convertido en su principal misión, porque la verdadera vida era también para él la que se vive muriendo, como decía don Quijote. Murió lejos de Yásnaia Poliana, su refugio y su infierno a la vez, en una cama ajena de una triste estación de tren. Consiguió al fin lo que hasta ese momento no había logrado por completo: renunciar a toda posesión material. Murió y fue enterrado como deseaba: no como ese "fantasma asqueroso y ridículo" (p. 345) que era el Tolstói público con el que no se identificaba, cuyo egoísmo e hipocresía no podía evitar reconocer y despreciar, sino como el niño, el hombre y el anciano que fue, el único que realmente existió. Su sepultura recuerda a las que se da a esos animales que amamos y no tenemos derecho a enterrar como a los hombres, en los lugares sancionados como sagrados. Pero lo verdaderamente sagrado, aquel Dios en que únicamente creía este cristiano excomulgado que fue Tolstói, era el del amor. Un amor que lo abarcaba todo: los demás hombres, los animales, la naturaleza. Un amor que se respira mejor en un bosque que en un cementerio o una iglesia.

Tolstói descansa en medio de un bosque, a la sombra de unos árboles que su hermano y él plantaron de niños, "y su tumba ha llegado a ser la más hermosa, la más impresionante, la más sugestiva del mundo. Un túmulo rectangular en el corazón del bosque, cubierto de flores y plantas verdes; ni losa sepulcral, ni inscripción, ni siquiera el nombre de Tolstói. Como un vagabundo recogido de la calle, como un soldado desconocido, queda enterrado en el anonimato el gran hombre, que más que nadie sufrió por su nombre y por su fama. Cualquiera puede acercarse a su última morada. La frágil cerca está siempre abierta. Sólo el respeto de los hombres, cuya curiosidad suele perturbar la paz eterna de los grandes, hace que reine el silencio en torno a la tumba de León Tolstói. Y aquí es la suprema sencillez la que mantiene alejada la frívola curiosidad y prohíbe hablar alto. El viento susurra entre los árboles sobre la tumba anónima; el sol le prodiga sus cálidos rayos, y en invierno la blanca nieve cubre tiernamente la tierra oscura. En verano y en invierno se podría pasar por aquí sin sospechar que este pequeño montón de tierra alberga los restos mortales de uno de los más grandes hombres de nuestro mundo. Y precisamente este anonimato nos conmueve más hondamente que todo el mármol y todo el fasto imaginable (...). Y una vez más sentimos que nada en este mundo es más monumental que la suprema sencillez. Ni la cripta de Napoleón bajo el arco de mármol en la Iglesia de los Inválidos, ni el sepulcro de Goethe en Panteón de los Príncipes de Weimar, ni el sarcófago de Shakespeare en la abadía de Westminster conmueven a su vista tan íntimamente lo más humano en cada ser humano como esa tumba allí en el bosque, maravillosa por su silencio, enternecedora por su anonimato, sin mensaje ni palabra, y adonde sólo llega el susurrar del viento" (Stefan Zweig, "La tumba más hermosa del mundo" en Viaje a Rusia).

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