lunes, 13 de julio de 2015

El mal de Montano

El mal de Montano. Enrique Vila-Matas.

Anagrama: Barcelona, 2002, 320 pp. 16 euros (edición de bolsillo: 9 euros).


"No existe literatura sincera. En la literatura, como en la vida misma, sólo callarse es sincero. (…) El escritor que escriba algo más aparte de los hechos estrictamente estadísticos no puede ser sincero. Sin embargo, no hay escapatoria, porque el escritor es incapaz de callarse. Tiene que decir algo incluso desde el vertedero mundial, tiene que recitar algo aun desde la fosa común. La esperanza de que un cataclismo más fuerte que cualquier otro anterior conduzca al escritor (y a la humanidad) al día en que puedan ser verdaderamente sinceros, porque ya sólo pondrán sobre el papel y pronunciarán palabras esenciales, es una esperanza infundada. En todo caso, el escritor no puede hacer otra cosa que maquillar su alma y, con hermosa palabra esencial, decirlo todo. El tema del que habla, en cualquier época y en cualquier vertedero, es siempre el mismo: el Nekyia, es decir, el viaje al mundo de los muertos, y –después de la aventura, de la Iliada- el Nostos, o el regreso al hogar” (Sándor Márai. ¡Tierra, tierra!).

Por J. Teresa Padilla

El viernes os hablaba de Niebla, esa divertida invitación unamuniana a la aventura de vivir que exige, como requisito previo imprescindible, la disposición a dejarse confundir radicalmente. Dejarse confundir específicamente por la ficción literaria, atreverse a dejarla introducirse en esa presunta realidad nuestra de la que, gracias a ella, descubrimos que no sabemos, a ciencia cierta, nada. La extemporánea intromisión de la ficción literaria en nuestra letárgica existencia nos despierta poniéndonos en cuestión, haciendo temblar los sólidos cimientos sobre los que creíamos construida nuestra vida. A cambio de todo este innegable trastorno nos ofrece, sin embargo, la posibilidad nada despreciable de una reconstrucción auténtica de la misma.

Pues, para mi sorpresa (que no presentía yo que fuera a descubrir relación de afinidad alguna entre Vila-Matas y Unamuno), El mal de Montano propone también algo muy similar: la reconstrucción de la identidad propia, y la conservación de un, aunque sea mínimo y “tímido”, amor a la vida, a través de la ficción literaria (propia y ajena). Bien es verdad que aquí el procedimiento no pretende ser universalizable, que el autor lo adopta porque se declara un enfermo, lo que, por definición, es sinónimo siempre de caso excepcional. La salud, como la cordura, es una cuestión de consensos, de normalidad, de relatividad estadística. La enfermedad de Vila-Matas es la literatura, que tal es el mal de Montano. Mal, por cierto, que aqueja a la propia literatura (otra excepción en el mundo que nos ha tocado vivir), por lo que, al final (bueno, en realidad muy pronto en la novela), el autor asume que no puede propiamente desear, como pretendía, curarse del mal (lo que equivaldría al suicidio de la incorporación a las huestes contraliterarias del Mundo Nuevo), sino que debe afanarse en morir por su causa (que es también la de la literatura).

Como en Unamuno la elección parece reducirse, de nuevo, a estar muerto (aunque sea en vida) o vivir muriéndose (“desaparación, nunca desesperación"), y terminar así convertido en un nuevo don Quijote, la víctima eminente, no sé si primera, de este mal. Un Quijote algo dubitativo y desengañado, ésa es la verdad. El tiempo no pasa en balde y, si ya el de Alonso Quijano le parecía a don Quijote una edad de hierro, al nuestro poco le falta, si le falta algo, para ser la edad de nada.

Imagen: El factor V-M.
Como decía, ni por asomo se le ocurre a Vila-Matas hacer apología de su elección e invitarnos expresamente a todos a esta aventura de autoliquidación consciente, que diría Kertész (el cual, por cierto, hace un cameo en esta novela-diario). Pero, aunque le falte la fe en sí mismo y en el éxito de su empresa necesaria para poder compartir la vocación proselitista (y por definición optimista) de Quijotes y Unamunos, y, por tanto, las embestidas de Vila-Matas, lanza en ristre, contra los enemigos de lo literario en seguida pierdan fuerza y no terminen dando con sus huesos en tierra, no por ello se libra, como no podía ser de otra manera, de ser burlado. De nada le sirve ser el primero en reírse de sí mismo. De nada, salvo para alegrarme el día cuando compara su existencia con la de un “ama de casa que escribe” (más quisiéramos).

Realidad y ficción se mezclan y confunden continuamente. Y eso que se nos promete un capítulo entero (el “Diccionario del tímido amor por la vida”) de la más fiel veracidad. No es culpa suya que, como su mundo, también él sea una identidad fragmentaria, construida a partir de retales (y relatos) de otros; diaristas, a su vez, tan veraces como ficcionales. Y es que no hay escapatoria. Mientras seamos animales pensantes y lectores difícilmente podremos desbrozar qué hay en nosotros de propio y de heredado (o vampirizado, como le gusta decir a Vila-Matas). Mientras seamos animales literarios, mientras el lenguaje siga siendo lo que hasta ahora, no un simple medio de comunicarse con los demás más sofisticado que los gestos y gruñidos de nuestros hermanos primates, sino una forma de creación o recreación de realidades alternativas (incluso de mentir), seguiremos teniendo que reconocer que estamos hechos de voces ajenas que nos han enseñado a ver, pensar y expresar lo que vemos y pensamos, y que sólo en medio de ese enorme coro podemos albergar la esperanza de que aún quede algo que añadir, algo a lo que dar nombre y vida.

Nuestro destino se une, porque siempre ha estado unido, al de la literatura, y encontrar la salvación personal (la voz propia e irreductible que nos hace insustituibles) se identifica con la supervivencia de la literatura, pues “no hay nada más subversivo que ella, que se ocupa de devolvernos a la verdadera vida al exponer lo que la vida real y la Historia sofocan”. Vida verdadera frente a vida real, no las confundamos. Sólo de la última nos aleja la literatura convirtiéndonos en unos inadaptados, unos extranjeros en una fuga sin fin. Efectivamente, “la compañía de la literatura es peligrosa”, pero la alternativa es un silencio de voces que sólo dejaría un ruido ensordecedor e incomprensible en el que ningún hombre se distinguirá de cualquier otro.

No sé si se me olvida decir algo más sobre El mal de Montano. ¿Que ha sido un placer leerlo? Pues eso...

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