jueves, 18 de enero de 2018

La inevitabilidad del caos

Mariano Cegna. Caos sobre gris sobre caos (2011)
"Antes del mar, y de la tierra, y del cielo que todo lo cubre, en toda la extensión del orbe era uno sólo el aspecto que ofrecía la naturaleza. Se le llamó Caos; era una masa confusa y desordenada, no más que un peso inerte y un amontonamiento de gérmenes mal unidos y discordantes" (Ovidio, Metamorfosis, trad. Antonio Ruiz de Elvira).

Por J. Teresa Padilla

Hace cinco o seis años que me mudé. Puede que más, me da pereza hacer la cuenta exacta. Ha pasado justo el periodo necesario para que la casa necesite una nueva mano de pintura, que de momento tendrá que esperar.

En todo este tiempo, una bombilla desnuda ha alumbrado mi habitación y el lavabo del baño pequeño ha carecido de espejo que ocultara, al menos, los cables destinados a una fuente de luz inexistente y, en realidad, innecesaria. Las habitaciones de los niños siguen amuebladas a retazos, con sus camas de siempre y las estanterías de bricolaje que sacaban provecho al largo pasillo de nuestro hogar anterior y ahora aparecen repletas, como el resto del espacio, de objetos de los que son incapaces de desprenderse, entre los que se incluyen libros que se les han quedado pequeños, por supuesto, pero también juguetes, manualidades escolares, apuntes y ejercicios de todos sus cursos, anuarios, cromos, piedras graníticas traídas del pueblo como recuerdo, pelotas (de baloncesto, ping-pong, fútbol y tenis), dos guitarras (que nadie sabe todavía tocar), figuritas mil, incluidas las que regalan en los roscones de Reyes (aunque a éstas, pese a las protestas, las hago clandestinamente desaparecer sin piedad) y hasta catálogos de Ikea, entre otras cosas que no puedo mencionar por pudor y que aparecen cuando limpio u ordeno un poco más a fondo, sólo un poco. Por su parte, el salón y hasta parte de la cocina están invadidos por plantas que se han ido reproduciendo sin un control responsable, alguna de las cuales ya roza el techo, libros (míos sobre todo) y papeles (casi todos ajenos).

Desde el sábado, por fin, una lamparita, aunque de segunda mano, cuelga del techo sobre mi cama y en un par de semanas me llegará un espejo barato pero original que acabo de pedir por internet. Es algo un poco extravagante y por lo que en el fondo creo que ha valido la pena esperar, pues no me lo hubieran dejado adquirir en otras circunstancias menos propicias a contentarme (el minimalismo gusta mucho por aquí, aunque en teoría, sólo en teoría, pues qué minimalista que se precie puede acumular tal cantidad de papeles sin orden ni concierto). Eufórica por haber superado lo que parecían dos obstáculos infranqueables, ordené los armarios de mis hijos mientras les voy emplazando a dejarse de sentimentalismos e ir librándose de sus dichosos “recuerdos” (muñecas rapadas y pintarrajeadas, balones de fútbol zarrapastrosos, pedruscos que son armas potencialmente letales, etc.) si alguna vez quieren tener una habitación a su gusto. Resignada a no caber nunca más en la práctica totalidad de mi ropa, también mi parte del armario ha quedado bastante expedita. No así la otra mitad, que sigue hecha una leonera y en la que no estoy autorizada a tirar ni una camiseta llena de agujeros, por lo que, de momento, y aunque me está costando reprimirme, me niego por principio a adecentarla ni un poco. Lo que no he podido evitar a pesar de dicho principio ha sido hacer algo con los papeles (me estaban literalmente volviendo loca, y en concreto los del dormitorio provocándome insomnio). Como tampoco me atrevo a tirar nada (algo en apariencia completamente inútil puede tener un enorme valor sentimental –sí, vivo rodeada de Diógenes-), lo he clasificado por bloques temáticos para que resulten más fácilmente apilables y agradables a la vista mientras, de paso, facilitan la tarea de desbrozo a su legítimo propietario, si es que alguna vez tuviera a bien encararla, lo que no ha sido nunca el caso. Me queda aplicarme el cuento y revisar mi biblioteca. Deshacerme de la morralla, que la hay y no tengo claro ni de dónde ha salido. Poner esas baldas adicionales de una vez, porque por mucho libro malo del que me desprenda, me será imposible librarme de la inmensa mayoría, ni siquiera de esos libros de filosofía en idiomas extranjeros que hace mucho que ya no necesito.

Es un esfuerzo agotador que explica en parte la banalidad de esta entrada. Un esfuerzo por conseguir una tregua en la lucha diaria contra el peso de lo que se va acumulando, de esos objetos que proceden algunos de un pasado lejano y que se ríen en tu cara por el ahogo que llegan a provocarte cuando se rebelan contra el orden que tratas de imponerles y te recuerdan que, con todo el polvo que te han hecho imposible limpiar a base de enredarse entre ellos, seguirán aquí cuando te vayas, como esos libros antiguos que heredó primero mi padre y luego yo; libros que no leemos por el temor de estropear cuando los verdaderamente frágiles somos los humanos que los hemos ido atesorando. De ellos, como de las sábanas y manteles que bordó una abuela o bisabuela, convertidos todos en reliquias de las que no somos dueños, sino sólo custodios, no me puedo librar, aunque tampoco pueda exigir a nadie detrás de mí que los conserve. Del mismo modo que no puedo renunciar al trajecito de bebé o a esos zapatitos diminutos que decidí guardar como testimonios de un momento fugaz. Ni a esa ropa que no me entra ya ni lo volverá a hacer nunca, pero que me cosió mi madre. Al final, casi todo tiene algún valor, por eso sigue ahí, sobreviviendo a las purgas de mis furias de limpieza y exterminación.

No sé, creo que con todo esto sólo quería decir que se trata de una batalla perdida. Logras con esfuerzo y culpabilidad hacer más habitables, bellos y ordenados algunos espacios. Consigues incluso dejar algo de hueco para lo nuevo. Pero es un espejismo. Ni cuando parece que avanzas (limpias y ordenas), progresas en modo alguno. A tus espaldas el polvo se acumulará de nuevo en un tiempo brevísimo y el caos se impondrá también porque, al parecer, él impera allí donde haya vida y movimiento. Pero no me rendiré. Intentaré de nuevo poner orden. Volveré a dejar sitio para el tiempo por venir y sus frutos. Celebraré un instante, como ahora, mi precaria victoria para reconocer inmediatamente, como también ahora, que estoy a punto de fracasar. Que ya he fracasado, pero que, en realidad, no me importa.

lunes, 8 de enero de 2018

Días sin hambre

Días sin hambre. Delphine de Vigan.

Anagrama: Barcelona, 2013. 168 pp. 14,90 euros (edición de bolsillo, 7,90 euros).


“Es la historia de un guijarro triste. Es duro estar triste cuando uno es un guijarro y no tiene ni manos para enjugarse las lágrimas. (…) Es la historia de un pez sin escamas, de una tortuga sin caparazón, de una princesa de pacotilla que no podía renunciar a su dolor.

La habitación de Laure está poblada de historias caídas del bolsillo del doctor Brunel. Historias sin hambre, que surgen de debajo de la cama, cuando la habitación está a oscuras”.

Por J. Teresa Padilla

La contraportada nos informa de que éste es un texto autobiográfico que su autora, Delphine de Viran, publicó en 2001 bajo pseudónimo. También dice que está narrado en una “intensa e inquietante primera persona” cuando, de hecho, sólo el breve epílogo de diez líneas lo está. En el resto de esta nouvelle es un narrador omnisciente el que usa la tercera para contar el proceso de recuperación de Laure, enferma de anorexia nerviosa. Y sin embargo no es, como en principio parece, un error del autor de la contraportada, sino que quizá esta duplicidad constituya la sutil manera elegida por la autora para narrar la historia de una enfermedad que se nutre y manifiesta precisamente en la enajenación.

Así, podemos identificar a la anónima tercera persona que asume el grueso del relato con la “intensa e inquietante primera” del epílogo. Ésta no nos dice su nombre, pero reconocemos en ella, en sus breves pero significativas palabras, a Laure. No, desde luego, a la que protagoniza el relato, sino a la de muchos años después. Y claro, si ella es Laure, también lo es la narradora que por primera vez se atreve a hablar de sí en esas líneas finales.

Se puede justificar entonces desde el propio texto el carácter autobiográfico de esta descripción del ascenso y la caída de una casi adolescente a la que se ha decidido llamar Laure. Tanto es así que la voz narradora sólo puede comenzar su relato en el momento preciso en que esta ascensión y caída empiezan a ser perceptibles para la propia protagonista, esto es, cuando ella ingresa voluntariamente en un hospital y emprende así, sin darse al principio cuenta, el camino que conduce a la recuperación.

El proceso que lleva a la curación de un trastorno mental es muy diferente al de las patologías físicas. En estos casos hay un enemigo claro, y todas las fuerzas, tanto las del paciente como las de los médicos, apuntan en la misma dirección contra un idéntico objetivo. En el caso de la anorexia, y puede que también de otros trastornos mentales, el enemigo tiene muchos rostros (la familia, los médicos…), aunque uno destaque entre todos y resulte ser el enfermo mismo. Luchar contra la enfermedad mental es, en realidad, luchar contra parte de lo que uno es. Por ello Laure se tiene que desdoblar en Lanor, distanciarla de sí para poder enfrentarse a ella, de la misma manera que la narradora, Delphine, lo hace de la propia Laure para contarnos esta parte de su historia.

Dan un poco de vértigo las coincidencias entre la vida de Delphine de Viran y la mía. Ambas nacimos el mismo año, 1966, y padecimos de anorexia nerviosa más o menos a la misma edad, de los 17 a los 19 años. Ambas, casi simultáneamente, nos rebelábamos y gozábamos de esa borrachera de poder y autocontrol que es la anorexia: la “ebriedad del ayuno” la llama ella en su novela. Ambas tocamos fondo y fuimos ingresadas. Ambas sobrevivimos y concebimos hijos en el mismo cuerpo que casi logramos un día hacer desaparecer. Tantas son las similitudes que resultaría fácil identificarse con Laure y protestar contra la infidelidad a mi recuerdo de la narración. Confundir, en suma, su escrito autobiográfico con una parte de mi biografía y juzgarlo crítica e injustamente. Pero, a pesar de todas esas vivencias compartidas que en su lectura casi me lo hacen olvidar, ésta no es mi historia, sino la suya, la de Delphine, Laure y Lanor. Aunque un poco también la de las demás compañeras de reclusión (en sentido literal y figurado): la de Fatia, Anaïs o Corinne. Quizás por eso, también la mía y la de todas aquellas con las que yo misma coincidí en hospitales y terapias. Tan parecidas todas; tan diferentes. Tan locas. Porque hasta las supervivientes, ese 50% que al parecer se recupera sin recidivas ni secuelas físicas permanentes al que pertenecemos Delphine y yo, seguimos acogiendo dentro de nosotras a nuestras respectivas “Lanores”, esas maestras del hambre que se niegan a claudicar, a rendirse a la cordura de la madurez.

Por todo esto me temo que no soy la mejor lectora para esta novela. En lugar de dejarme llevar por ella, de cumplir mi parte del pacto literario, interpongo a cada paso mis propios recuerdos, el relato que podría o quizá debería hacer yo. Entiendo demasiado bien lo que se me cuenta y, a pesar del aparente éxito de esta novela en Francia, tengo la sensación de que la narradora se distancia demasiado de sí, de Laure, y se contiene emocionalmente tanto que no sé si consigue transmitir también a quien no lo haya padecido en carne propia la euforia, por ejemplo, de los comienzos, en que la sensación de control y poder absolutos sobre una misma (su cuerpo, sus deseos, sus necesidades materiales) aún no se perciben como la adicción destructiva que resultan ser en realidad. Al principio, y durante un tiempo más o menos largo, se es un espíritu puro, una semidiosa que ha logrado escapar de toda vulnerabilidad, tanto la física (puedes forzar tu cuerpo hasta llevarlo al límite de su propia desaparición sin que ose defenderse ni sucumbir), como la psíquica (ese cuerpo sometido hace patente un dolor y una rebelión que acusa y asusta a los demás, los aleja y hace callar). Más allá de la persona que los demás pueden ver, de ese cuerpo completamente enajenado que los escandaliza y avergüenza, estás a salvo, inaccesible a tus enemigos: la familia, la escuela, esas otras chicas tan guapas, “desbordantes de salud y certezas”, que quizá una querría ser (querría, añadiría yo a lo dicho por la autora, si no supiera que es imposible, que ya nunca podrá, si es que lo pudo alguna vez, ser como ellas).

Lo siento, no soy capaz de ponerme en el lugar de esas personas, “desbordantes de salud y certezas”, y adivinar lo que entienden o piensan al leer un texto como el de Viran. Y como desconfío de su capacidad de comprensión, critico lo que quizá es, en realidad, un mérito de la novela: el celo por evitar decirlo todo y describir en sus cruentos detalles lo que no deja de ser una batalla feroz. Sí conozco de primera mano la reacción de alguna de esas jóvenes saludables. En un ingenuo arranque de sinceridad, una vez le confesé a una de ellas la infame razón, ésa que descubrí casi al final, de mi enfermedad. Apenas pudo disimular entonces el desprecio que sentía por mí, ese recién descubierto monstruo vengativo. Su rictus, de una mezcla de repulsión y superioridad moral, fue exactamente el mismo con el que ella, periodista novel, me habló en otra ocasión del pésimo estado al que un conocido cantante que acaba de entrevistar se había dejado llevar por su adicción a la heroína. Ambos éramos enfermos por voluntad propia, en mi caso incluso por pura maldad; indignos, por tanto, de una compasión que no sentíamos por aquellos a los que debíamos antes que a nadie amor y respeto. A saber si no tenía algo de razón, porque lo cierto es que el justo castigo no se hacía esperar mucho.

Tarde o temprano, al Ícaro incorpóreo en que la anoréxica pretende haberse convertido se le derriten las alas y cae. Es este momento el que elige Delphine de Viran para comenzar su historia, el de las treguas:
“Ha transigido por unos kilos, para conjurar el peligro, para poder aguantar, sobre todo para sobrevivir. Pero no ha renunciado. No quiere perder el control”; al fin y al cabo, “no quería morirse, sólo desaparecer. Esfumarse. Disolverse”.
Pero esta etapa es una ilusión que no suele durar mucho. Pronto la contradicción que esta mentira encierra estalla, y el relato pasa a ser el de la angustia de la indecisión:
“Le da miedo salir de eso y no salir. (…) Cuanto más engorda, más miedo le da haber caído en la trampa, no saber ya luchar. Pero ¿luchar contra qué?”).
A la indecisión sigue el grito aterrado de esa “loca” (Lanor) que hasta hace nada era omnipotente, era una misma, y ahora llora su derrota y la deslealtad de esa cobarde que consiente en su aniquilación a cambio de la paz con el mundo y la promesa de una vida:
“Lanor, la anoréxica, el esqueleto tambaleante colgado de sus faldones, que le susurra de nuevo al oído su repulsión y se alegra de sus vagabundeos. Lanor, que la abrasa por dentro. Escribe a trocitos ese grito infinito que ha permanecido mudo hasta entonces. Ese grito que ellos no han sabido oír. La vacuidad de su esqueleto al desnudo, todo eso para nada”.
En algunas, incapaces de superar este desafio, éste es el punto final. Otras, más afortunadas, luchan, tras el enfrentamiento, por la reconciliación:
“Laure estrecha a Lanor en sus brazos. Sabe hacerlo. Estrecha demasiado fuerte a ese monstruo interno que se niega a engordar, a ese monstruo ciego, a esa niña también, culpable de no querer crecer más”.
Foto: AFP

Ésta viene a ser la historia que nos narra Vigan. Para mí (no sé si también para ella –leedla, por favor, y contadme-), la de un fracaso inevitable, se consiga o no vencer (menuda ironía expresiva) la enfermedad. Bien porque se sucumba:
“Al parecer muere de ello un diez por ciento. Por descuido, tal vez. Sin darse cuenta. De soledad, seguramente”.
Bien porque se cronifique:
“Fatia sabe que volverá, lo que le cueste perder todos esos kilos que le han plantado en el cuerpo”.
O, por último y en el mejor de los casos, porque se haya pagado el precio de la salvación. Y es que, a pesar de las décadas transcurridas desde aquellos dos años delirantes, sigo sintiendo que sobreviví a costa de traicionarme; que fui, soy y seré siempre culpable, no sólo, como aquella confidente sin piedad pensaba, de la enfermedad, sino también de su superación:
“Quería hacerles daño, herirlos en lo más hondo, tal vez destruirlos. A su padre y a su madre. (…) No quería crecer, ¿acaso se puede crecer con tamañas heridas dentro de una? Quería colmar con el vacío aquella carencia que habían abierto en ella, hacerles pagar ese asco que sentía hacia sí misma, esa culpabilidad que seguía ligándola a ellos”. “Al haber engordado diez kilos, al haber aceptado que le metan un tubo en la nariz, tiene la sensación de haber traicionado una causa oscura e imperiosa”.
Adelgazar era la prueba objetiva, visible para todos, de un dolor que intentaba mitigar la droga del poder ayunar hasta la muerte si era preciso. También, a la vez, un grito y una victoria (pírrica, pero eso todavía no lo sospechabas siquiera). Engordar, por el contrario, suponía ceder a la gravedad de la tierra y volver al silencio, a la repugnante mentira del todo vuelve a estar bien cuando nunca nada ha estado bien.
“Si recobra una apariencia normal, se volverá translúcida, como un charquito de grasa derretida en el fondo de una sartén. Si se cura, se esfumará a los ojos de la gente, se perderá entre los demás. Ahogará en sí misma, tras una redondez tranquilizadora, ese ronco grito surgido de la infancia. Si se cura, pasará a ser una joven de formas imperceptibles, una adulta, oíd lo fea, lo brutal que es esa palabra”.
Éste es el temor, aunque quizá equivocado. A lo mejor la única forma de conservar esta infancia, con todo su dolor, sea precisamente esconderla y confundirse en la multitud anónima. Nadie puede ayudarla. Algunos amarán a esa niña a pesar de todo, pero la mayoría aumentará su dolor si se muestra, de modo que habrá que ocultarla y decirse, como Davy hacía en el mágico Llámalo sueño: “¡Ah! ¡Au! ¡No dejes que lo vean! ¡No dejes que lo sepan! ¡Au!”.

jueves, 4 de enero de 2018

Zapatos

Foto: Pixabay


Hace tiempo me propuse ir subiendo poco a poco a estos Diarios los textos que más me gustaban entre los que había publicado en La vida en su tinta, el otro blog con el que colaboré de forma regular hasta que decidí centrarme en éste, que siempre ha sido un proyecto más personal o, mejor dicho en vista de su pluripersonalidad, más desinteresado, libre y abierto. Aquí se dice lo que a cada cual le da la gana y el único requisito es el respeto mutuo y a la lengua castellana. Un acuerdo de mínimos con el que nos va bien. Me lo tomo con calma porque casi siempre tenemos algo nuevo que expresar cualquiera de nosotras, pero en fechas tan enloquecedoras viene muy bien contar con este colchón de posibles reposiciones.

Esta semana he hecho muchas cosas de provecho, pero ninguna ha sido escribir (o corregir un texto que tengo ahí pendiente). Me traje a mi suegra a cenar por Nochebuena y a mi madre a comer en Navidad sin contratiempos dignos de mención, aunque pasar tiempo con mi madre suele dejarme unos días en un estado de opresión sentimental en el que apenas puedo emitir palabra (oral o escrita) sin prorrumpir en el llanto más extemporáneo. También me decidí por fin a visitar la óptica y, en palabras de la simpática optometrista, cuando descubra cómo se ve el mundo con las gafas que me ha graduado, no querré quitármelas jamás. Me llenó de esperanza. Quién sabe si cambiará mi cada vez más schopenhaueriana Weltanschauung. De momento (mañana las recojo), sólo puedo aseguraros que la montura me da un aspecto de competencia y sabiduría con el que quién sabe si lograré engañar a los demás.

Entre todas estas cosas de provecho (hábilmente, y anticipándome a la imagen de mí misma que pronto daré con mis nuevas gafas, obvio mencionar todas los desastres que he provocado o en los que me he visto involucrada esta semana), leí un estupendo artículo de Manuel Vicent en El país sobre zapatos. Se titula Los zapatos de la muerte caminan solos y describe el efecto que causa la presencia de este género de objetos usados entre la práctica totalidad de los visitantes a la exposición sobre Auschwitz que se encuentra actualmente en Madrid. Por despistados y poco concernidos, afectivamente cuando menos, que parezcan por el tema de la muestra, la visión de la montaña de zapatos que dejaron tras de sí las víctimas es lo que más parece sobrecoger a casi todos. "Las personas que los calzaron murieron en la cámara de gas, pero esos zapatos siguen caminando por sí solos sin el muerto a lo largo de la historia para hacernos saber que en este mundo todos somos ya unos supervivientes". Así finaliza espléndidamente este artículo Vicent.

Mi texto sobre los zapatos, que reedito a continuación, nada tiene que ver con esta tragedia nunca lo suficientemente recordada ni bien entendida. Recogía sólo recuerdos infantiles relacionados con este complemento indumentario. Divertidos, unos; triviales, otros; triste, alguno. Pero es que los zapatos son lo que primero perdemos y dejamos atrás cuando nos invade el pánico y tratamos de huir. Solemos morir sin ellos, tanto si se trata de una plácida muerte en una cama como si es el fruto de una violencia accidental o premeditada. Son los que quedan atrás, esos objetos, testigos a la vez mudos y elocuentes de tantos momentos críticos, por los que ni siquiera los supervivientes vuelven la cabeza.

Algo tienen los zapatos. Algo que aterra, pero también es capaz de albergar esperanza y dulzura: las de la niña que juega a ser una mujer deslumbrante encaramada a los zapatos de tacón de su madre; la de los caramelos con que los Magos nos los llenan (llenaban) los 6 de enero. Felices y muy dulces Reyes.


Zapatos, zapatillas y pies. Recuerdos de infancia, III 

(Publicado originalmente el 26.5.2017 en La vida en su tinta).

 Por J. Teresa Padilla


Cuando era niña, en el parque de El Retiro, había un pequeño túnel levantado sobre un canalillo de agua nada profundo que desembocaba, creo recordar, en el estanque del Palacio de Cristal. Estaba diseñado para recorrerlo a pie, y con este fin se habían dispuesto a lo ancho unos tablones de poco más de un palmo, no completamente fijos ni inmóviles, entre los que se había dejado un espacio suficiente para que se colara, al menos, un pie infantil. Aquellos tablones se balanceaban ligeramente al pisarlos, y ni tan siquiera podías confiarlo todo a tu pericia, pues había más paseantes que, transitando en una u otra dirección, también los hacían moverse cuando menos te lo esperabas. Mis hermanos corrían sobre ellos pasándoselo en grande y acrecentando mi pánico, más que a introducir el pie en aquella miaja de agua, a la bronca de mi madre por haber mojado, y quién sabe si estropeado, los zapatos bonitos, los de los domingos.

Creemos que el tiempo es como el espacio, un continuo, pero quizá no haya dimensiones más diferentes entre sí que éstas. En realidad, ni siquiera lo creemos. Lo damos por supuesto, no lo hemos pensado ni sentido en serio. Por eso cuando leemos buenas novelas en que se narran vidas (y la vida es tiempo y nada más) jugando con los recuerdos y la quietud pétrea de los espacios, familiares o extraños, entramos en otra dimensión. La de los sueños y la ficción, es cierto, pero también la de una auténtica conciencia del tiempo que es nuestra propia existencia. Y entonces percibimos el pasado como lo que es, y no esa historia cronológicamente ordenada y llena de acontecimientos, unos recordados y otros olvidados, pero registrados en su lugar (una metáfora espacial, cómo no) y, en teoría, recuperables con la debida investigación y papeleo. El pasado no es un archivo. Es más bien un pasadizo oscuro en el que flotan, aquí y allá, esos tablones, más inestables que los de mi Retiro infantil, que son los recuerdos. Sin darte cuenta pisas uno de ellos, y parte de ti y de lo que viste o sentiste hace un millón de años te viene a la cabeza. Entonces puedes esforzarte por encontrar un hilo que lo vincule con otros momentos conservados en tu memoria y forme ese collar de perlas, más perfectas cuanto menos auténticas, que acaba en el presente y, no se sabe bien por qué, te gustaría que fuese tu pasado, tu vida. Puedes engañarte y convertir así tu existencia en una serie de nacaradas cuentas con unas coordenadas espacio-temporales claras, o puedes reconocer la brillantez de esas piedras de río sueltas y aisladas que encuentras mientras mantienes el equilibrio sobre tablones resbaladizos. Cuando comencé a escribir aquí mis recuerdos de infancia, opté por lo último: puede que no sea tan espectacular como un collar de perlas cultivadas, pero estas verdades dispersas, esos cantos pulidos anárquicos en su forma y color, siempre son, por mal que coticen en los mercados de piedras preciosas, más bellos. A mí me lo parecen. Y aunque nunca se escribe sólo para uno mismo, se escribe siempre también para uno mismo.

Empecé recordando a una niña de un curso superior al mío entrando en mi clase con unos zapatos escolares en la mano, y este recuerdo, nítido y doloroso, despertó el más amable de los paseos por el Retiro con los zapatos de los domingos; el de aquel túnel que me atraía tanto como repelía; el de la decepción en que sumía a mi madre mi supuesto maltrato a este complemento y su venganza: comprarme para el colegio una especie de “tanques” indestructibles que me hacían sentir como un militar de maniobras entre esas monadas de mocasines castellanos que lucían las demás. También el recuerdo de mi hermano en zapatillas de estar por casa cuando nos disponíamos a entrar en el taxi que nos llevaría a la parroquia donde hice la primera comunión; de las burlas de mis vecinos por no llevar las deportivas de marca conocida y respetable; de las rozaduras provocadas por aquellos zapatos baratos de “Los Guerrilleros”; de lo feos que me han parecido siempre los pies de hombre y los míos propios, con esos dedos largos que no quedan bien con ninguna sandalia; de la alegría de encontrar en la edad adulta a alguien que compartía conmigo ese miedo y horror por los pies desnudos. Ahora me arrepiento de no haberle enseñado nunca mis pies, a ver qué opinaba. Lo mismo estoy a tiempo, que no será difícil de localizar, pero quizá no se acuerde de aquello, del miedo que le daban los pies, y pocas cosas duelen como descubrir que lo que tú crees un recuerdo compartido no lo sea ya. Te sientes olvidada y sola, así que prefiero no contrastarlos nunca.

Todo este flujo de recuerdos ha terminado manando a partir de uno de esos cantos pulidos que te permiten un punto de apoyo desde el que adentrarte en el túnel del pasado: los zapatos de Sara. Sara era una niña nueva en el colegio, de pelo rizado y muy rubio, casi albino. Nos hicimos amigas. Ella era mi amiga. No tenía otra más cercana. Éramos pequeñas. ¿Siete u ocho años? Como mucho. Un día faltó a clase. A media mañana su hermana, varios años mayor pero igual de rubia y pálida que ella, entró en nuestra clase con todas sus cosas y se dirigió hacia la profesora para justificar la ausencia. Mi recuerdo, aquello de lo que en aquel momento no pude quitar los ojos, fueron los zapatos de Sara, que su hermana llevaba en la mano. ¿Dónde podía ir o estar alguien sin zapatos? Y descubrí el horror de la pérdida. No importó que la profesora explicara luego que había sufrido un atropello, pero que estaba bien. Ni la serenidad de su hermana, que corroboraba la levedad del accidente. Yo perdí a Sara ese día como si hubiera muerto porque una mañana no llegó ella a clase, sino sólo sus zapatos. La perdí para siempre. Estaba de paso. Supongo que para cuando se recuperó había cambiado de colegio. O puede que volviera durante un tiempo, hasta el fin de aquel curso, y yo, obsesionada con el descubrimiento de la hondura y rotundidad de la pérdida que me provocaron sus zapatos, fuera incapaz de verla como antes. Aún hoy he de reconocer que he olvidado su rostro, que sólo vislumbro a través del de su hermana, tan parecido al suyo.

Un recuerdo insignificante para todos excepto para mí. Tan vulgar como esos cantos pulidos que me gusta guardar y por los que jamás nadie pagaría. Pero determinante. Y es que no puedo ver un zapato sin dueño sin pensar en aquello, en el misterio terrible de la desaparición de quien lo calzó.

jueves, 28 de diciembre de 2017

Aleluya

Foto: Pixabay
“Primero nos enteramos de la enfermedad mortal de nuestro ser querido, luego aceptamos la idea, nos resignamos a ella y dejamos a la persona en manos de los expertos. En cierto sentido nos convertimos en asesinos…” (Imre Kertész, Yo, otro).

Por J. Teresa Padilla

Advierto que no sé si es un texto este que os presento hoy muy adecuado al periodo festivo en el que nos encontramos. En realidad, sí lo sé: no lo es, pero todavía menos lo era el que tenía previsto, el cual, para colmo, necesitaba, y así me lo ha hecho ver mi despiadado y, sin embargo, querido equipo corrector, alguna que otra vuelta más (y a ser posible un buen corte de tijera).

Lo inicio con la cita en la que Kertész recuerda la culpabilidad que sintió al dejar en una habitación de hospital a su madre fatalmente enferma. La relación del escritor con ella nunca fue muy estrecha. Con el humor que le caracterizaba, Kertész la describía como una mujer hermosa, algo frívola y egoísta, que en su infancia se desentendió un tanto de él y, cuando alcanzó la madurez, no aprobaba en absoluto casi nada de lo que hacía, aunque tampoco esperara demasiado, de manera que sólo se lo recordaba muy de pasada. Así, aunque no pudiera calificarse de enriquecedora o estimulante, su relación terminó siendo bastante civilizada y poco opresiva.

Pero da igual. En el fondo da lo mismo. Puede que tu madre o tu padre hayan sido tu refugio de amor y tu modelo de vida. Puede que no lo fueran, pero hayas conseguido con el tiempo, la buena educación y cierto sentido irónico de la vida, quererles y aceptar su manera de amarte sin pagar el precio de tener que cargar sobre tus hombros el peso de sus desdichas, de tener que hacer propias sus preocupaciones, angustias o sufrimientos. Es posible, por último, que te haya faltado la fortaleza para evitar esto último y la valentía de huir cuando aún estabas a tiempo. Entonces terminas prisionera en una cárcel de afectos que no comprendes por alguien que sospechas no te ha conocido ni entendido nunca en el fondo. Alguien que algunas veces parece tener asuntos pendientes contigo, a la que te da la sensación de que no terminas de caer bien, mientras que en otras ocasiones se aferra a ti como su tabla de salvación, su única interlocutora posible.

No se puede negar nunca el amor de una madre por su hijos, aunque ese amor te haya hecho más mal que bien y haya habido momentos en que, con esa crueldad analítica de la que eres muy capaz, hayas visto en él una especie de mero imperativo biológico o social. Y, por eso, siempre eres culpable ante ella. Siempre, pero especialmente cuando la abandonas, le das la espalda; cuando delegas en otros sus cuidados. Sabes que si pudiera todavía pensarlo o decirlo, preferiría que lo hicieras tú, aunque tantas veces te haya repetido a lo largo de tu vida la lista interminable de nimiedades que haces mal. Sabes, también, que no podrías soportarlo si lo hicieras.

Desde el día en que la vi entrar en aquel comedor lleno de ancianos de aquella primera residencia mastodóntica hasta cada sábado a las 20 horas que la dejo en la más pequeña y casera que ahora ocupa, me siento como ese asesino cobarde que prefiere no ver el dolor que su abandono provoca y dejarlo en manos de los profesionales de la enfermedad y la muerte.

Mi madre tiene Alzheimer. No entiende nada de lo que le dices (apenas puede prestar la mínima atención que requiere escuchar) y no puede expresarte ya lo que tanto la angustia. No para quieta y la única manera que he encontrado de poder estar las dos un rato sentadas tranquilas es ir con ella a misa en la capilla de su residencia. Así lo hice en Nochebuena, en su peculiar misa del gallo a las seis de la tarde. Entonces me deja que la coja de la mano e impida así que se levante y se vaya a no sabe ni ella dónde. Mi mano aliada con la rutina del musical murmullo litúrgico logra el pequeño milagro de la paz. Y entonces te llega una frase que te acaricia y consuela, a ti, la asesina siempre arrepentida, siempre reincidente. Era un canto del Aleluya: “Mañana quedará borrada la maldad de la tierra”.

No se sabe el mañana de qué día será, pero será un día, no en el final de los tiempos, ni en un futuro siempre diferido hasta el fin de la historia. No, será un día que vendrá tras otro y al que seguirán más, pero ese día no simplemente triunfará la bondad, dejando la injusticia, el dolor y la muerte en el pasado. La maldad quedará borrada, toda, la pasada, presente y futura. Una esperanza absurda, una fe (credo quia absurdum) que se articula luego en diferentes cuerpos de creencias, algo que, como deseo, podría ser universalizable. Y de esa escéptica que soy, salió esa tarde un frío, roto y solitario Aleluya.



Well I’ve heard there was a secret chord / Escuché que había un acorde secreto
That David played and it pleased the Lord /que David tocaba y agradó al Señor.
But you don’t really care for music, do you? / Pero a ti la música no te interesa, ¿verdad?
Well it goes like this: / Bueno, es algo así:
The fourth, the fifth, the minor fall and the major lift / la cuarta, la quinta, el menor cae y el mayor sube.
The baffled king composing Hallelujah / El desconcertado rey componiendo un Aleluya

Hallelujah, Hallelujah /Aleluya, Aleluya.
Hallelujah , Hallelujah /Aleluya, Aleluya.

Well your faith was strong but you needed proof /Sí, tu fe era fuerte, pero necesitabas probarla.
You saw her bathing on the roof /La viste bañarse en el techo.
Her beauty and the moonlight overthrew you /Su belleza y la luz de la luna te derribaron.
She tied you to her kitchen chair /Ella te ató a su silla de la cocina,
And she broke your throne and she cut your hair / rompió tu trono y cortó tu pelo;
And from your lips she drew the Hallelujah / y de tus labios extrajo el Aleluya.

Hallelujah, Hallelujah /Aleluya, Aleluya.
Hallelujah , Hallelujah /Aleluya, Aleluya

Now, maybe there's a God above / Ya, tal vez haya un Dios arriba.
As for me, all I have ever learned from love / Por mi parte, todo lo que he aprendido del amor
Is how to shoot someone /ha sido cómo disparar a alguien
Who outdrew you / que desenfunda antes.
But it's not a cry that you hear tonight / Pero no es un llanto lo que escuchas esta noche.
It's not some pilgrim who claims to have seen the light /No es un peregrino que dice haber visto la luz.
No, it's a cold and a very broken Hallelujah / No, es un frío y muy roto Aleluya.

Hallelujah, Hallelujah /Aleluya, Aleluya
Hallelujah, Hallelujah /Aleluya, Aleluya

Hallelujah, Hallelujah /Aleluya, Aleluya
Hallelujah, Hallelujah /Aleluya, Aleluya

Oh, people, I've been here before / ¡Oh, pueblo!, yo he estado aquí antes.
I've seen this room and I've walked this floor / He visto esta habitación y caminado por este suelo.
You see, I used to live alone before I knew you /Solía vivir solo antes de conocerte, ¿sabes?
And I've seen your flag on the marble arch / Y he visto tu bandera en el arco de mármol.
But listen love /Pero escucha, amor:
Love is not some kind of a victory march / el amor no es una especie de marcha victoriosa.
It's a cold and it's a very lonely Hallelujah / Es un frío y muy solitario Aleluya.

Hallelujah, Hallelujah /Aleluya, Aleluya
Hallelujah, Hallelujah /Aleluya, Aleluya

There was a time you'd let me know / Hubo un tiempo en que me dejabas saber
What's really going on below / lo que pasaba de verdad abajo.
But now, now you don't even show it to me, do you? / Pero ahora, ahora ni siquiera me lo muestras, ¿verdad?
I remember when I moved in you / Recuerdo cuando me instalé dentro de ti.
And the Holy Dove, she was moving too / Y la Paloma Sagrada, ella también se movía
And every single breath that we drew was Hallelujah / y cada aliento que exhalamos era un Aleluya.

Hallelujah, Hallelujah /Aleluya, Aleluya
Hallelujah, Hallelujah /Aleluya, Aleluya

I've done my best, I know it wasn't much /Hice lo mejor que pude, sé que no fue mucho.
I couldn't feel, so I learned to touch / No podía sentir, así que aprendí a tocar.
I've told the truth / He dicho la verdad.
I didn't come here to London just to fool you / No vine aquí, a Londres, sólo a engañarte.
And even though it all went wrong / Y aunque todo salió mal,
I'll stand right here before the Lord of Song / me presentaré aquí, ante el Señor del Canto,
With nothing, nothing on my tongue but Hallelujah / con nada, nada en mi lengua salvo un Aleluya.

Hallelujah, Hallelujah /Aleluya, Aleluya
Hallelujah, Hallelujah /Aleluya, Aleluya

Hallelujah, Hallelujah /Aleluya, Aleluya
Hallelujah, Hallelujah /Aleluya, Aleluya.
 Feliz año a todos, y que podamos seguir concibiendo y esperando lo imposible, como, por ejemplo, la redención.

miércoles, 20 de diciembre de 2017

"Diegotown"

Foto: Beglib (Morguefile)

Por Esperanza Goiri

El título es un “palabro” que me he sacado de la manga para describir el “territorio” en que vive mi adolescente favorito. “Diegotown” está ocupado en su totalidad por un fortín lleno de troneras y torres que se comunica con el resto del mundo por un pesado e imponente puente levadizo. Lo rodea, como a todo castillo que se precie, un foso que su propietario se ha asegurado de poblar con temibles especies acuáticas para disuadir a los visitantes no deseados. Una tarde se me ocurrió meter un dedo en sus aguas y algo con dientes por poco me lo arranca de cuajo.

Normalmente el puente se encuentra izado. Pero de vez en cuando, sólo de vez en cuando, desciende con un metálico sonido y su entrada queda accesible. En esas ocasiones, antes de que vuelva a subir, me apresuro a cruzarlo con alegre trotecillo y el ánimo expectante, preparada para cualquier eventualidad. Lo habitual es que me toque dar largos paseos alrededor de la alcazaba, como quien no quiere la cosa, mientras finjo ejecutar las más diversas tareas, atenta a cualquier señal que pueda vislumbrar. Pendiente, sin atosigar, de los seres numerosos y bulliciosos que frecuentan el castillo y absorben en progresión imparable más y más tiempo de su morador. No estoy segura, no me hagáis mucho caso, porque en la distancia los sonidos se confunden con facilidad, pero creo haber oído alguna que otra risa femenina.

He aprendido a manejarme con soltura en el dialecto que se habla en “Diegotown”. Sé interpretar, casi en traducción simultánea, toda una gama de sonidos guturales y gruñidos que manifiestan aprobación, disgusto, hartazgo, indiferencia… Mi oído se ha adaptado a la vertiginosa rapidez con que se emiten ciertos mensajes en momentos de “subidón” y efervescencia. También puedo completar, con un porcentaje bastante elevado de aciertos, las frases inconexas e imprecisas que glosan ese peculiar idioma.

Foto: Warren Wong (Morguefile)

Hay días que suenan clarines y trompetas y me invitan formalmente a visitar el recinto. Aprovecho para intentar enterarme de qué se cuece en sus cocinas, pero sin traspasar los límites; no vaya a ser que no me vuelvan a recibir. Es inevitable que nos toque, de tanto en tanto, batirnos en duelo en el patio de armas. Nunca a muerte, como mucho a primera sangre. Después cada uno se retira a lamerse las heridas. Una ofrenda de paz, en forma de pizza margherita o tarta de limón, suele reanudar las relaciones diplomáticas.

Me consta que el señor de este singular castillo, aunque se oculte tras las almenas o a la sombra de algún torreón, observa con atención el poblado adyacente y a sus habitantes. Es decir, a mi costilla y una servidora. Le tranquiliza constatar (eso sí, antes de reconocerlo se sometería a cualquier tipo de tortura) que ahí está su campamento base para lo que haga falta. Como también sabe, y si lo ignoraba le quedará claro al leer estas líneas, que existe un ariete macizo y potente, listo para ser utilizado y tumbar la puerta de su fortaleza, sin contemplaciones, al menor indicio de alarma.

Llegará un día que el alcázar será abandonado y su dueño partirá en busca de nuevos horizontes. Se procurará que vaya bien pertrechado y se le dejará marchar. Es de esperar que quiera seguir frecuentando el campamento base.

Probablemente, en una de esas futuras estadías contemplará con cierta nostalgia los restos de esa ciudadela que un día le sirvió de refugio. Ese refugio que, como él, todos hemos ocupado en esa turbulenta etapa de la vida que luego añoramos, conscientes de que nunca regresará. Woodsworth  lo supo expresar magistralmente: "Aunque ya nada pueda hacer volver la hora del esplendor en la hierba, de la gloria en las flores, no debemos afligirnos, porque la belleza subsiste en el recuerdo".






miércoles, 13 de diciembre de 2017

Necesito un héroe


Por Marisa Díez

Hace unos días fui consciente de la cantidad de mitos que se me han caído en los últimos tiempos. Hasta podría asegurar que ya no me queda ninguno en pie, excepción hecha de mi madre, claro está, que sigue imbatible en el primer puesto del pódium desde que asumí que soy absolutamente incapaz de parecerme siquiera un poquito a ella en lo que se refiere a valores tales como valentía, tesón e integridad.

Pero una madre es una madre y adorarla no tiene nada de insólito ni de particular. Más extraño es profesar una admiración sin límites por otras personas que, la mayoría de las veces, desconocen el entusiasmo que provocan en ti. Si le preguntaran a cualquiera de mi círculo familiar más cercano, probablemente contestarían que el primer ser que despertó en mí este sentimiento fue mi tío, uno de los hermanos de mi madre. Cada vez que se presentaba en casa, sin previo aviso, era una fiesta. Jugaba con nosotras, nos disfrazaba, nos llevaba de paseo en su inolvidable seiscientos o pasábamos tardes enteras en su casa, atiborrándonos de caramelos y correteando por ese apartamento que a mí siempre me pareció el hogar perfecto. Llegué a tener una foto enorme suya que coloqué al lado de mi cama, como si pretendiera de esta manera ahuyentar los fantasmas que cada noche me acechaban en forma de pesadillas. Sí, mi tío fue mi primer ídolo, sin duda, por el cariño sincero que nos profesaba y por su amor incondicional hacia los niños.

Después de él, y sin llegar a desterrarle del todo de mi personal escalafón, disfruté de algún otro héroe. Mi primera compañera de colegio, o quizá aquella profesora de infantil que se convirtió en objeto de adoración por sus muestras continuas de afecto hacia sus pequeños alumnos. Y mi amiga Elena, que aun siendo dos años mayor que yo, nunca dejó de jugar conmigo ni de prestarme sus muñecas.

Pero según va pasando el tiempo, me resulta cada vez más difícil encontrar algún personaje merecedor de integrar con dignidad mi particular limbo mitológico, por lo que, a menudo, lo descubro vacío de héroes. No sé bien si será mi culpa o que mi nivel de exigencia raya en lo inalcanzable; lo cierto es que, a día de hoy, no consigo añadir ningún elemento nuevo a mi grupo de escogidos. Menos mal que aún conservo un apartado dedicado íntegramente a mis ídolos profanos. A veces me agarro a ellos como una lapa y por eso sigo venerando, por ejemplo, a ese cantautor que todavía no ha conseguido defraudarme y ante el que continúo quitándome el sombrero cada vez que leo o escucho alguna de sus declaraciones. Y aunque él no pertenece a lo que llamaríamos, de manera estricta, mi esfera personal, es lo más parecido que encuentro a uno de esos ídolos que todavía no ha llegado a manchar sus pies de barro.

Y yo necesito alguien a quien admirar. Soy muy simple y me hace falta descubrir en los demás aquellos valores de los que carezco, para así intentar parecerme un poquito a ellos. Pero reitero mi incapacidad para encontrar nuevas deidades que integren mi particular universo fetiche. Y como ya os he informado de que en los últimos meses se me han caído alguna de mis estatuíllas favoritas, ahora no encuentro ningún campeón idóneo para cubrir los huecos que me han quedado vacantes. Asumo que el nivel materno es imposible de alcanzar, pero, yo qué sé, ¿tan difícil está la competición para que nadie se acerque, ni siquiera un poquito, a mi personal e intransferible Olimpo de los dioses? Al final, no me va a quedar otra que seguir en mi búsqueda para reponer las piezas perdidas de mi estantería. Si no tengo más remedio, rebajaré mi nivel de exigencia, porque yo, sin mis héroes, es que no soy nada.

Hay ídolos que, después de desplomarse, jamás vuelven a ocupar su primitivo lugar en el ranking. Otros, por el contrario, a fuerza de superar las pruebas a las que se les somete, consiguen situarse en un espacio más o menos cercano al que un día ocuparon. De ellos, y sobre todo, de mi capacidad para asumir la certeza de que cualquiera puede, en un momento de descuido, sumergirse en el lodo, dependerá que en mi altar vuelvan a reinar mis héroes caídos.




miércoles, 29 de noviembre de 2017

Agustín


Foto: Pixabay

"Pero la vida es corta: viviendo, todo falta; muriendo, todo sobra" (Lope de Vega).


Por Esperanza Goiri

Hace unos días fue noticia el descubrimiento del cadáver momificado de un hombre en su domicilio. Habían pasado cuatro años desde el fallecimiento. En ese periodo de tiempo nadie se percató ni le echó de menos. Un ser invisible, excepto para las compañías del agua, la luz y el teléfono, que ya habían procedido a cortar sus respectivos suministros ante el impago de los correspondientes recibos. El banco también había tomado nota de que Agustín, así se llamaba el finado, no pagaba las letras de la hipoteca y no atendía a sus apremiantes requerimientos para subsanar tal descuido. Paradojas de la vida, gracias a la orden de desahucio cursada por la entidad bancaria fueron hallados sus restos mortales.

No es la primera vez y me temo, por desgracia, que tampoco la última, que se producen hechos como éste. Normalmente, suele tratarse de ancianos que viven solos, ya sin familiares ni amigos vivos. Los vecinos son los que dan la voz de alarma cuando el hedor empieza a resultar molesto y ya no se puede achacar, por ejemplo, a la del tercero, que siempre baja la basura a deshora. No, no estoy tratando de hacer humor negro. Es la cruel realidad.

Pero Agustín tenía solo 56 años, estaba prejubilado por enfermedad, separado y con una hija. Los vecinos alegaron que pensaban que había muerto en el hospital, ya que la última vez que lo vieron fue en la ambulancia que se lo llevó para ingresarlo.

Foto: Pixabay
No ha trascendido nada sobre su personalidad. Si su soledad era elegida o impuesta. Si era amable y cariñoso o un déspota intratable. En qué circunstancias pasó a ser un muerto en vida. Nunca sabremos cómo fueron sus últimas horas. Si estaba convencido de que alguien le echaría de menos y esperó infructuosamente esa ayuda o, por el contrario, fue consciente de que su final sería solitario y casi le resultó un alivio. No hay testigos.

El primer sorprendido de que su muerte pudiera ser noticia sería el propio Agustín, teniendo en cuenta que mientras estuvo vivo pasó desapercibido para todo el mundo. Cuatro años, pueden ser muchos o pocos, según se mire. Personalmente, se me hacen una eternidad si estamos hablando de no echar en falta a los que quiero. Incluso a los que ya no están los añoro todos los días.

Me gustaría pensar que el caso de Agustín es una singularidad desafortunada, una desgracia inusual. No lo digo, evidentemente, por la muerte en sí, que nos va a llegar a todos, sino por la terrible constatación de que a nadie le importe si vives o mueres.

Ignoramos cuándo y en qué circunstancias vamos a cruzar el umbral hacia el más allá. Nos gustaría que fuese de una manera plácida y rodeados de nuestros seres queridos. Eso sería lo ideal. Pero si no puede ser así, al menos que a nadie le falte en ese último momento un poco de calor humano, una mano que reconforte y acompañe. Agustín no la tuvo. Por eso le he dedicado estas líneas en un intento, infructuoso y a destiempo, de ayudarle a partir.


jueves, 23 de noviembre de 2017

Apariencias

Foto: AP

Por J. Teresa Padilla
 
El otro día un contacto mío de Facebook subía esta foto de las “chicas Manson”. Lo hacía con motivo de la muerte natural del propio Manson, a una edad en que lo lógico es morirse y en un lugar al que casi todos, como los elefantes a sus cementerios, solemos ir para morir. Creo que aprendí en Canetti que la muerte nunca, ni cuando alcanza a los peores, es motivo de celebración porque es ella, sin discusión, la mayor asesina, pero que eso no significaba tampoco que tuviéramos que lamentarlas todas o empatizar con cada una de sus víctimas. Menos aún si éstas han tenido una muerte más amable que la que se atrevieron a dar a otros.

Comentaba él, al hilo de la foto, lo terrorífico que resultaba, aparte del horror propio de sus crímenes, el hecho de que sus autoras tuvieran semejante aspecto. En la foto aparecen unas mujeres jóvenes, atractivas y sonrientes, que parecen a punto de darse las manos o de acabar de soltárselas, y a las que el uniforme carcelario sienta como un babi escolar. Sí, parecen alumnas de un colegio de monjas trotando hacia la capilla para cantar ante la imagen de la Virgen el “Venid y vamos todos con flores a María”. Tan ingenuas e infantiles que resultaba estremecedor imaginar a estos seres angelicales apuñalando hasta la muerte a inocentes. Lo comentaba el autor de la publicación y lo corroboraban prácticamente todos los demás hombres que dieron su opinión personal sobre el tema.

Muchos (no diré todos para no ofender a nadie), hombres y mujeres, nos dejamos llevar por las apariencias y juzgamos, mejor dicho, prejuzgamos a los demás, independientemente de su sexo, basándonos en ellas. Ni mucho menos son sólo los varones los que juzgan a las mujeres por su apariencia, pero puede que sí sean sólo ellos los que inevitablemente parecen dejarse engañar por las mismas. Y no por una diabólica astucia connatural a nuestro sexo (quien tenga ese poder, por Dios, que lo comparta). Se dejan engañar porque, aunque no lo puedan decir con claridad, ni siquiera a sí mismos, las reducen a su apariencia. Si no, no se explica que sabiendo lo que ya saben de ellas (que fueron unas asesinas despiadadas), todavía les parezcan ángeles de luz de los que quién en su sano juicio va a esperar maldad alguna. Porque eso somos: ángeles o demonios, vírgenes o putas, santas o pecadoras irredentas. Sin términos medios. Y según nuestras pintas.

Lo que en el caso de otros hombres no es más que una primera impresión que sin dificultad puede modificarse una vez se haya profundizado en su conocimiento, en el caso de las mujeres es un retrato casi definitivo. Un retrato no muy personal, eso sí: puro estereotipo. Un rostro femenino serio y poco agraciado, por ejemplo, da muy mala espina: no es bello, luego no es bueno ni de fiar. Por el contrario, un rostro masculino serio y poco agraciado puede ocultar a un gran filósofo (célebre era la fealdad de Sócrates y algo menos, pero evidente, la de Hegel, por ejemplo). Una mujer entrada en años con los pelos de punta y que saca la lengua a la cámara sólo puede ser una demente. El hombre, sin embargo, puede ser un genio de la física. O un loco también. Hasta un asesino. Casi cualquier cosa. La mujer lo más que llega a alcanzar es la categoría de excéntrica si, a pesar de comportarse como una loca, es brillante intelectual o artísticamente; pero genio, no. No me consta, al menos, semejante caso. Resumiendo la infraestructura ideológica del asunto: el ser de la mujer reside en su parecer mientras que, en el caso del hombre, es el parecer el que se debe a su ser. O dicho en román paladino: en el caso del varón es muy posible que las apariencias engañen; en el de la mujer, una excepción estadística.

Es por eso que las “chicas Manson”, aparte de un supuesto enigma terrorífico, sean únicamente las “chicas Manson”, mientras el ya difunto Manson, ese Rasputín psicodélico que al parecer no cogió un cuchillo ni se manchó de sangre, sea el Lucifer que lo desencadenó todo: el autor intelectual, la cabeza pensante (cualquiera lo diría cuando lo ve en los vídeos mover los ojos a lo Marujita Díaz). El hombre, vaya. Con nombre propio. Y no como “sus chicas”, que al parecer no lo merecen porque eran simples marionetas en su poder por más que fueran condenadas, muy justamente, como autoras responsables. La ley siempre nos ha reconocido esa responsabilidad que la sociedad y los medios de comunicación nos niegan más a menudo de lo que ellos creen. Hubo un tiempo en que las mujeres no podían votar, pero sí ser ejecutadas. Será que la ley, al menos la penal, siempre ha sido ciega y no entendía de apariencias. O eso dice.

Pero lo cierto es que todas tenemos un nombre propio y somos dueñas de nuestras vidas, en lo bueno y lo malo, como víctimas y como verdugos. Tan distintas entre nosotras e impredecibles como ellos. Quizá si todos los hombres tuvieran esto claro, se evitaría mucho dolor. De izquierda a derecha: Susan Atkins, Patricia Krenwinkle y Leslie von Houten. Así se llaman las asesinas de la foto (otro día habrá que recoger aquí los nombres de esas mujeres geniales que no se enseñan en las escuelas). ¿No lo parecen? Pero, ¿a quién se tienen que parecer? ¿A la bruja mala del cuento? Creced, chicos, creced.

jueves, 16 de noviembre de 2017

El cristal con que se mira



Por J. Teresa Padilla


No veo un pimiento. Así, de lejos, todavía me apaño sin gafas, aunque a mucha gente la reconozco ya más por sus andares que por su rostro. Pero de cerca, y por más que alargue el brazo, es imposible. En un alto porcentaje de ocasiones, la respuesta a las solicitudes filiales de ayuda, atención, socorro y similares es: “Espera que me ponga las gafas” o variaciones del tipo: “Sabes que sin gafas no veo nada” o “¿alguien ha visto mis gafas?

De momento tiro con unas de oferta, metálicas y horrorosamente similares a las que mis padres en tiempos remotos plantaron en mi cara adolescente (total, para nada, pues me las quitaba en cuanto cruzaba la puerta). Tiro, pero por simple pereza y tacañería. Hace año y medio se me cayeron mis bienamadas gafas de pasta y la montura se partió exactamente por la mitad. Avergonzada fui a la óptica donde cada quince días o así tenía que pedirles que me atornillaran alguna de las patillas. Explicación (tanto de la vergüenza como de que las gafas se cayeran): que no me cobren absolutamente nada por algo, el tornillito y los segundos de mano de obra en este caso, me resulta incómodo, me hace sentir en deuda y me crea mala conciencia si me planteo cambiar de óptica. Resumiendo: un chantaje emocional en toda regla. Era por ello que, a pesar de que se me hubiera caído una patilla, siguiera haciendo equilibrios con las gafas sobre la nariz, manteniéndome bien recta y estirando el cuello (lo que físicamente me favorecía mucho, la verdad), pero sin olvidar que no podía bajar la cabeza sin sujetarlas. Depilarse las piernas, cortarse las uñas de los pies, comprobar la etiqueta de la ropa en venta o el precio de cualquier otro producto que estuviera expuesto a menos de un metro sesenta del suelo se convirtieron en procesos complejos que a menudo acababan con las gafas en el suelo. Eran buenas, las jodidas: resistieron heroicamente a la ruptura hasta que, en una caída como tantas otras, la resistencia del material dijo basta.

Llevé el cuerpo moribundo a la mencionada óptica, no sin haber elucubrado antes con la posibilidad de volver a unir sus partes con un esparadrapo, opción que mi entorno unánimemente declaró cómica y vergonzosa, a la vez que se me advirtió de la negación por su parte de cualquier tipo de relación genética o social conmigo en el caso de que insistiera en llevar adelante semejante cutrez.

Como esperaba, las declararon siniestro total. Había que hacerse otras y, dado el tiempo pasado, revisar la graduación, la cual, para mayor desgracia, ya no podría ser, como hasta entonces, sólo para cerca. La amenaza económica de las progresivas agudizó mi ingenio y aduje que no era el momento para semejante revolución visual porque estaba con un tratamiento médico que podía afectar a mis ojos y modificar en breve cualquier estimación sobre su agudeza, de manera que tenía que apañarme con lo que fuera mientras no lo acabara y se comprobara el alcance de los efectos oftalmológicos secundarios. Eso es lo que dije, aunque lo que pensaba de verdad era que para lo que muy probablemente me quedaba en el convento no compensaba el gasto. Así que elegí una montura barata en la que cupieran mis antiguos cristales et voilá: tuve unas gafas presentables por 40 euritos. Al menos un mes. A partir de ese momento los tornillos empezaron a tomar holgura (¡otra vez!) y terminó saliéndose cada dos por tres el cristal izquierdo, ese que aparece ahora sujeto a su armazón con papel celo, el mismo que, aparte de desbordar con su grosor cualquier montura razonable, no sirve para nada porque supuestamente asiste a un ojo cerebralmente vago, o sea, con el que mi cerebro ya no sabe ver. Como me dijo una oftalmóloga, eres virtualmente tuerta. Exageraba, aunque lo cierto es que, salvo para no cerrar a la luz y las formas, aun difusas, la zona izquierda de mi campo visual y permitirme probablemente esquivar algún golpe proveniente de dicha zona (funcionalidad en absoluto desdeñable), mi ojo izquierdo no me sirve de gran cosa, lo que puedo comprobar cuando paseando en las tardes de verano se me mete algún bichito en el ojo bueno: el momento de pánico es notable.

Hace ya tiempo que dejé por su total ineficacia el tratamiento en cuestión, pero no me decidía a pedir cita con el oftalmólogo. Por hartazgo de médicos. Por miedo: la profesión médica ha pasado en un tiempo récord de no encontrarme nunca nada y recomendarme la visita al psiquiatra a sólo descubrirme trastornos espeluznantes. Y, cómo no, por tacañería: en el mejor de los casos no me libro de dar el sablazo a mis menguantes ahorros para sufragar las nuevas gafas.

Pero es que no puedo seguir así, viendo grosso modo lo que está lejos, decidiendo si saludar o no a esa persona que viene, decidida, en mi dirección. El espacio lejano pierde sus contornos, aunque lo grave es que el tiempo futuro también, y creo firmemente que se debe a esa falta de nitidez visual. Negaré haber dicho o escrito esto ante cualquier tribunal médico o judicial, porque, como se atreva alguien a volverme a derivar a un psiquiatra, no respondo de mis actos. Veo sin la definición de antaño lo lejano, y me invade el pesimismo ante un futuro tan oscuro e impredecible. Y lo cercano… Por la gracia de estos cristales reutilizados, mil veces arrastrados por mesas y suelos, imposibles de limpiar con firmeza sin sacarlos de sus goznes, todo lo que podría aún ver con detalle, lo que leo o escribo, esas minucias tan bellas que nos salvan cotidianamente de la desesperación (ese lunar en el cuello de un niño o los increíbles cambios de color del iris) aparecen veladas por estas lentes sobrexplotadas. De modo que, sí, cuesten lo que cuesten, y a falta de un poeta que vea por mí*, necesito otras gafas.




*Veré por ti

«Me desconozco», dices; mas mira, ten por cierto
que a conocerse empieza el hombre cuando clama
«me desconozco», y llora;
entonces a sus ojos el corazón abierto
descubre de su vida la verdadera trama;
entonces es su aurora.

No, nadie se conoce, hasta que no le toca
la luz de un alma hermana que de lo eterno llega
y el fondo le ilumina;
tus íntimos sentires florecen en mi boca,
tu vista está en mis ojos, mira por mí, mi ciega,
mira por mí y camina.

«Estoy ciega», me dices; apóyate en mi brazo
y alumbra con tus ojos nuestra escabrosa senda
perdida en lo futuro;
veré por ti, confía; tu vista es este lazo
que a ti me ató, mis ojos son para ti la prenda
de un caminar seguro.

¿Qué importa que los tuyos no vean el camino,
si dan luz a los míos y me lo alumbran todo
con su tranquila lumbre?
Apóyate en mis hombros, confíate al Destino,
veré por ti, mi ciega, te apartaré del lodo,
te llevaré a la cumbre.

Y allí, en la luz envuelta, se te abrirán los ojos,
verás cómo esta senda tras de nosotros lejos,
se pierde en lontananza
y en ella de esta vida los míseros despojos,
y abrírsenos radiante del cielo a los reflejos
lo que es hoy esperanza.

Miguel de Unamuno, "Incidentes afectivos" (1906).