jueves, 22 de febrero de 2018

Desgana


Sepultura de Antonio Machado y su madre en Collioure. Foto: Ramón Puig

"Y cuando llegue el día del último viaje,
y esté al partir la nave que nunca ha de tornar,
me encontraréis a bordo ligero de equipaje,
casi desnudo, como los hijos de la mar" (última estrofa de Retrato (XCVII), en Campos de Castilla (1907-1917), grabada en una placa sobre su sepultura).

Por J. Teresa Padilla

Esta semana me ha vencido la pereza. La pereza y un poco la desesperanza. O el escepticismo. A lo mejor todas estas emociones (¿podrá considerarse el escepticismo una emoción?) ya van incluidas en la pereza. Según el diccionario la pereza se vence sacudiéndola. Como una alfombra o un mantel. Más lógico sería que el objeto directo no fuera ella, sino nosotros, y que nos sacudiéramos a nosotros mismos, justamente en un violento desperezamiento más que nada íntimo. A lo mejor es que no es pereza la palabra. Está demasiado ligada al cuerpo y sus músculos, y a las obligaciones y compromisos que nos pesan y, a menudo, nos vencen en (¿o será con?) la pereza.

No, no es la pereza lo que me ha vencido exactamente hasta las 11 de la mañana del día de hoy, en que escribo estas líneas. Escribir para mí ni es una obligación ni un compromiso. Tampoco requiere un esfuerzo físico digno de mención. Lejos de ser una carga, es la forma que he encontrado para quitarme algunas de encima. ¡Desgana!, ésa es la palabra: falta de deseo, de apetito o voluntad que conduce a la inacción. Palabra mucho más expresiva o plástica que el tedio o el ennui de Pascal, por mucho que tiente la pedantería. Ganas, esa palabra, como decía Unamuno, tan castiza, es lo que hay que tener para vivir, el presupuesto de cualquier acción, incluso la de matarse, imposible si no sientes ganas de morir. Las ganas las tienes o no. Claro que también existe la paradójica expresión de no darnos la gana de hacer nada: en ella se mezcla una voluntad explícita de renuncia a cualquier otra voluntad que no sea la de noluntad.

Estoy jugando, lo sé. Soy una escribiente egoísta. Pienso más en mi propio placer, a veces sólo lúdico, otras más apolíneo (si es que se puede llamar así al placer que no se sigue de la jovialidad o la ligereza), que en un potencial lector. Pero estaréis conmigo (espero) en que era la forma menos aburrida de explicar por qué había decidido aprovechar que se cumplen hoy, 22 de febrero, 79 años de la muerte en el exilio francés de Antonio Machado para contaros brevemente una anécdota familiar y transcribir un poema del autor con un especial significado personal.

Mi padre era un poco poeta. Era también un poco pintor y hasta actor, aunque cuando yo le conocí, no escribía y apenas pintaba (mucho menos actuaba): el bricolaje, bastante artístico por lo original y minucioso, terminó siendo la ocupación que se le permitió desarrollar sin trabas, pues, al fin y al cabo, estaba justificada desde un punto de vista pragmático. No disfrutó de facilidades para desarrollar ninguno de sus posibles talentos, aunque tampoco tuvo el tesón para centrarse y apostar fuerte por una vocación. A su manera rebelde se amoldó a lo que se esperaba de él. De él y de cualquier otro, que es lo malo.

El caso es que durante un tiempo consiguió dar cierta satisfacción a su vocación poética y a la actoral, o, más exactamente, por la dirección de actores. Tal oportunidad vino propiciada por la adquisición de un magnetófono. A mis hijos tendría que explicarles lo que es. A la inmensa mayoría de vosotros, por suerte o desgracia, seguro que no. La finalidad principal de aquel aparato monoestereofónico era, sí, oír algo de música (villancicos y coplas, que yo recuerde), pero, sobre todo, grabar, para lo cual tenía un micrófono como los de los locutores de la tele (o casi). Mi padre cogió a cada uno de sus tres hijos, pero especialmente a mí, que para eso era la niña de sus ojos (con los ojos de su madre, o sea, mi abuela, como no paraba de recordarme), y nos hizo aprender de memoria a cada uno algún poema y declamarlo adecuadamente, tras lo cual nos grabó para gozo y disfrute de la posteridad. Siempre se me olvida buscar en mi casa familiar las cintas, que seguro que mi padre, tan ordenado, guardó en algún compartimento de aquellos que manufacturó para convertir un soso mueble bar en un escritorio con cajones y espacios para cualquier tipo de material de escritura imaginable. Yo saqué dos cosas de esta experiencia: descubrí que mi voz no sonaba como yo la oía, sino espantosamente peor, lo que me acomplejó un tanto, pero también me sirvió para tener presente siempre que, en general, una no es para los demás la persona que cree que es. La cosa se las trae y por eso lo dejo así, que si no me salgo del tema de este texto.

Había decidido, pues, debido a mi desgana, limitarme a compartir aquel poema de Machado que, dirigida por mi padre, declamé ante aquel maravilloso micrófono cuya imagen, si no se me ha borrado ya, nunca lo hará. No es el único poema que grabé, pero sí el único que aún recuerdo. A pesar de todo, lo he buscado en mi ejemplar de Poesías completas para no equivocarme al transcribirlo:

Yo voy soñando caminos
de la tarde. ¡Las colinas
doradas, los verdes pinos,
las polvorientas encinas!...
¿Adónde el camino irá?
Yo voy cantando, viajero
a lo largo del sendero...
-La tarde cayendo está-.
"En el corazón tenía
la espina de una pasión;
logré arrancármela un día:
ya no siento el corazón".

Y todo el campo un momento
se queda, mudo y sombrío,
meditando. Suena el viento
en los álamos del río.

La tarde más se oscurece;
y el camino que serpea
y débilmente blanquea,
se enturbia y desaparece.

Mi cantar vuelve a plañir:
"Aguda espina dorada,
quién te pudiera sentir
en el corazón clavada" (Soledades (1899-1907). XI).

Así hubiera acabado esta entrada, si no fuera porque dentro de este libro he encontrado una cuartilla blanca arrancada de un cuaderno de espiral en la que aparece escrito, con una letra que reconozco como la que fue mía y perdí hace muchísimo tiempo, lo que parece un poema. Sin autor expreso. Tras "guglearlo" (perdón por el palabro) por si era una copia manuscrita de la obra de otro, todo parece indicar que lo escribí yo. Estas cosas, algo aterradoras, pasan cuando hojeas tus libros de 1980.

He decidido compartirlo. No creo que valga nada. A mi edad se pierde bastante la vergüenza y yo, particularmente, no tengo reputación que salvaguardar. Así pues, que quede grabado aquí (como aquella voz mía que soñaba caminos machadianos lo está) que un 22 de febrero, en el aniversario de la muerte de un poeta, me encontré con parte de la que en un tiempo debí ser y no me reconocí. Como no reconocía ni reconozco mi voz grabada. Con la esperanza, vana probablemente, de que otro sí pueda y me confirme que sí, que ésa soy yo.

Las cosas se derrumban,
los muros se derrumban,
las gentes se derrumban.
Piedra a piedra hasta hacerse arena
se derrumban.
Y cuando son arena
se moldean.
Y se pisan.
Suaves cojines de cuerpos más fuertes.

Todo se derrumba.
Todo se hace arena.
Todo se moldea.
En la playa
la ola abofetea.
En la montaña
el aire ahoga
(ahoga o raja),
ahoga y raja .

No eres viento,
Ni eres ola,
Ni muro que se derrumba.
Pero que se derrumba
todo, recuérdalo.

(Dedico esta entrada a Carmen, que esta mañana recordaba en Facebook que tal día como hoy nació su padre en un capicúa insuperable. Por poco inteligible que sea, me ha inspirado un texto que no sabía las ganas que tenía de escribir).

jueves, 15 de febrero de 2018

Stoner

Stoner. John Williams.

Baile del sol: Tenerife, 2015. 240 pp. 15,60 euros.

 

"En aquella época del año puedes contemplar en mí,
cuando hojas amarillas, ninguna ya o algunas, cuelgan
aún de las ramas que tiritan de frío,
desnudos coros ruinosos donde cantaban tarde dulces aves.

En mí ves el ocaso de aquel día,
como tras el crepúsculo se esfuma en Occidente,
poco a poco, robado por la negra noche,
gemela de la muerte que condena todo al reposo.

En mí ves el rescoldo de aquel fuego,
que sobre las cenizas de su juventud yace,
como el lecho de muerte en que ha de expirar,
consumido por aquello que lo alimentaba.

Esto percibes, lo que hace tu amor más fuerte
para amar bien aquello que abandonarás pronto"* (W. Shakespeare, Soneto 73).

Por J. Teresa Padilla

Esto no es exactamente una reseña. Ya hay una excelente de esta novela en el blog de Ana Blasfuemia (a quien, además, debo el empujón que me ha llevado a leerla, por fin). Poco podría añadir a la misma, en todo caso cabría plagiarla, pero una, a pesar de las apariencias y algún indicio razonable en contra, es en el fondo gente honrada (por lo menos cuando tiene claro que la van a pillar). Por favor, pinchad en el enlace, porque la novela (y la reseña de Ana) lo merece. Mientras, yo me centraré (todo lo que soy capaz, que no es mucho, como sabéis quienes me conocéis) en lo secundario.

Fijaos cómo estoy de la cabeza que Stoner ha quedado asociada en ella a otra novela americana (La mancha humana de Philip Roth) que lleva esperando en mi mesa una reseña que no me decido a escribir ni puedo asegurar que termine escribiendo, y eso que me ha hecho amar a Roth (sí, a ese Roth, Philip Roth). A primera vista lo único que tienen en común es que sus protagonistas son profesores universitarios. La delicada forma de narrar de John Williams es eso, delicada, clásica: fluye como un río aparentemente tranquilo en la única dirección que parece posible, la natural. La de Philiph Roth es, por el contrario, tan eficaz como abrupta, con un autor incapaz de negarse en lo que escribe, de disimular la sombra que proyecta (“la prosa es prosa porque tiene sombra, la sombra del tío que está encima”, decía Umbral) hasta el punto de optar por convertirse, como suele ser habitual en Roth, en un personaje más. A Williams, sin embargo, no se le ve ni se le espera. Y, por si acaso, nos advierte en la dedicatoria (a sus compañeros en la Universidad de Misuri) que se lo ha inventado todo, que cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia. Vamos, esas cosas que sólo se dicen, sin caer en lo ridículo, cuando las historias y personajes son tan creíbles que pueden llevar a confusión. Y, efectivamente, es una novela llena de entes de ficción de carne y hueso, más carne y más hueso que la mayoría de nosotros. Milagros de las miradas creadoras, ya sabéis.

Pero, aparte de la obviedad de ser dos novelas americanas sobre profesores universitarios, me sigue pareciendo que hay algo más en común. Las dos hablan de hombres corrientes, pero que, por decirlo de algún modo, burlaron su destino y llegaron a ser ellos mismos: únicos, con sus fracasos y sus raros éxitos. El enérgico y rebelde protagonista de la de Roth, por voluntad propia, pues es un hombre que se hace a sí mismo en el sentido más literal: un luchador, un farsante que hace verdadera su máscara. Stoner, en las antípodas, arrastrado por un amor súbito y difícilmente expresable. El caso es que, por diferentes caminos, los dos traicionan sus orígenes, abandonan a sus madres y son responsables de un dolor mudo, pero profundo, que terminan pagando porque en la vida nada es gratis, salvo para los ignorantes malvados con piel de elefante que ni se dan cuenta. Dos historias narradas de dos diferentes, pero igual de asombrosas, maneras en las que hay momentos descriptivos deslumbrantes, aunque en esto último los de John Williams te dejan sin aliento.

John Williams.

Stoner narra, sencillamente, la historia de un hombre desde 1910, en que inicia sus estudios universitarios, hasta su muerte cuando estaba a punto de jubilarse. Testigo, pues, de un siglo XX lleno de horror. Hijo de campesinos muy modestos, Stoner es como ellos, como los seres que viven en las poesías de Robert Frost: silenciosos, encerrados en sí mismos, celosos de la intimidad de unos sentimientos que las palabras no pueden sino violar.

“Llevaba siempre cerca de su conciencia el conocimiento sanguíneo de su herencia, transmitida por ancestros cuyas vidas fueron oscuras, duras y estoicas, y cuya ética común era la de mostrar a un mundo opresivo rostros inexpresivos, duros y fríos”.

Con sus curtidas manos de labrador, Stoner llega a la universidad alentado por su maestro, no para abrirse a nuevos horizontes ni cambiar de vida, sino únicamente con el fin de prepararse mejor para su destino. Sus padres renuncian a unas manos que necesitan mientras él vive en semiesclavitud con unos familiares a la vez que estudia agricultura. Y entonces sucede. Un soneto de Shakespeare en boca de un profesor secretamente enamorado de lo que enseña y que, sólo ocasionalmente, cuando vence su propio desengaño de la vida, de las palabras y de su amor por ellas, se deja llevar por la pasión, se cruza en su camino.

“El señor Shakespeare le habla a través de trescientos años, señor Stoner, ¿le escucha?”.

Le ha escuchado, pero no puede hablar. El amor por la palabra, como todo amor, le deja en principio mudo. Sólo alcanza a dejar sus estudios por los de letras. No volverá a la granja ni a la vida a la que estaba destinado. No sabe, hasta que, de nuevo, su profesor de literatura de segundo se lo descubre, que él también será profesor; que es profesor sin saberlo aún.

“«¿Cómo lo sabe? ¿Cómo puede estar seguro?» «Es amor, señor Stoner», dijo Sloane jovial. «Usted está enamorado. Así de sencillo»”.

Luego llegan otros amores, pero ninguno capaz de imponerse sobre esa pasión por las palabras y la posibilidad, aunque sea ocasional, de poder transmitirla a otros.

Llega Edith, su esposa, esa mujer conducida por la educación victoriana a una neurosis destructiva, un animal domesticado y criado para seducir en un circo masculino y, una vez logrado su objetivo, marchitarse, no sin antes pasar el relevo a la siguiente generación.

Está su hija, Grace, tan parecida a él que se somete al destino que se le impone en esa inveterada tradición femenina de sumisión al rol impuesto. Se somete hasta el punto de no encontrar otra forma de huida y rebelión que la autodestrucción:

“Era, como ella misma había dicho, casi feliz con su pena, viviría su vida tranquilamente, bebiendo un poco más cada año, aturdiéndose frente a la nada en la que se había convertido su vida. Estaba contenta de tener aquello al menos, agradecida de poder beber”.

Está Edith, ese amor convencional y debido. Grace, y ese afecto íntimo, casi indistinguible del amor a uno mismo que, como éste, no es lo suficientemente fuerte para salvar lo amado. Y, por último, está Katherine, la mujer gracias a la cual descubre que sólo se puede conocer y amar de verdad a alguien a través de su cuerpo, que sólo se descubre el propio cuerpo gracias al cuerpo amado. Que el cuerpo, en fin, ése que a Edith le enseñaron a negar hasta extremos patológicos, el que Grace prácticamente prostituye para escapar, es sagrado.

“Le venía a la cabeza que nunca antes había conocido el cuerpo de otra persona y, más allá de eso, le venía también a la cabeza que ése era el motivo por el cual siempre, sin saber por qué, había hecho distinciones entre la personalidad de alguien y el cuerpo que portaba esa personalidad. Y le vino a la cabeza, por fin, con lucidez irrevocable, que él nunca había conocido a ningún otro ser humano, ni en la intimidad, ni tampoco en la confianza del calor humano del compromiso”.

Y al final la muerte. Unas páginas finales que merecían ser aprendidas de memoria, una descripción prodigiosa del morir mismo en el que descubrimos y bendecimos la vida, nuestra vida imperfecta, pues, ¿qué esperábamos que fuera?

“¿Qué esperabas?, pensó otra vez.

Le sobrevino cierta alegría, como traída por la brisa del verano. Recordó vagamente que había estado pensando en el fracaso… Como si importara. Ahora le parecía que tales pensamientos eran negativos, indignos de lo que había sido su vida. Nebulosas presencias se agolparon en los márgenes de su conciencia; no podía verlas, pero sabía que estaban ahí, reuniendo fuerzas para convertirse en una clase de evidencia que no podía ver ni oír. Se aproximaba a ellas, lo sabía, pero no había ninguna prisa. Podía ignorarlas si quería, tenía todo el tiempo que quedara.

Había suavidad a su alrededor y lasitud creciente en sus extremidades. El sentido de su propia identidad le llegó con fuerza repentina y sintió su poder. Era él mismo y sabía lo que había sido”.


*"That time of year thou mayst in me behold,
When yellow leaves, or none, or few do hang
Upon those bought which shake against the cold,
Bare ruin'd choir, where late the sweet birds sang.

In me thou seest the twilight of such day,
As after sunset fadeth in the West,
Which by and by black night doth take away,
Death's second self that seals up all in rest.

In me thou seest the glowing of such fire,
That on the ashes of his youth doth lie,
As the death-bed, whereon it must expire,
Consum'd with that which is was nourish'd by.

This thou perceiv'st, which makes thy love more stong,
To love that well, which thou must leave ere long".
(La versión castellana citada al principio es el resultado de la combinación, a gusto de mi propio oído, de la traducción ofrecida por Antonio Díez Fernández, el traductor de la novela,  y la de Ramón García González).

jueves, 8 de febrero de 2018

Miradas

Foto: Vivian Maier. Self-Portrait, 1954

“Por sí misma, la realidad no vale un centavo. Es la percepción lo que le confiere significado a la realidad. Hay una jerarquía entre las percepciones (y por consiguiente entre los significados) en la que aquéllas adquiridas mediante los prismas más refinados y sensibles ocupan la cima. Es la cultura, única fuente de suministro, la que aporta a dichos prismas el refinamiento y la sensibilidad; es la civilización, cuya principal herramienta es el lenguaje” (J. Brodsky).

Por J. Teresa Padilla

Números, datos, hechos. Siempre ha sido una creencia natural, ingenua por irreflexiva, la de no sólo dar por buena, que lo es en cierta medida, la visión más común de las cosas, sino tenerla por la única aceptable. Se tiende a olvidar que, al fin y al cabo, es eso, una visión, y no una realidad independiente de nuestra mirada, como suponemos. Siempre ha sido así: podría decirse que somos “realistas” por naturaleza, que nos fiamos más de las cosas que de nosotros mismos, sin percatarnos de que ellas, con toda su solidez, no son sino una realidad configurada por siglos y siglos de miradas humanas, heredada, cultural. Y no por ello menos verdadera que esa realidad que imaginamos ajena a nosotros.

¡No, no; eso es idealismo! Un delirio desenmascarado en su momento por el materialismo histórico, ya sabéis, la maravillosa teoría que blandieron en 1917 revolucionarios empeñados en hacer a los hombres felices como fuera, aun a costa de sus vidas (la frase no es mía, pero soy incapaz de recordar a quién se la he leído). Sus consecuencias prácticas terminaron por avergonzar a la inteligencia filosófica, hasta entonces fascinada por esta explicación tan concluyente y totalizadora, que decidió entonces tirar por la calle del medio, a saber: reducir la filosofía a semiótica, renunciar al problema de la verdad y, por tanto, dejar ese marrón a otros. En realidad, salvo alguna escuela minoritaria y poco dada al espectáculo de las entrevistas y los coloquios, a saber, la que trabaja en las catacumbas de las universidades, la verdad dejó de importar en general y la cuestión quedó reducida a la realidad de lo real, para decidir lo cual está la ciencia (o, hablando con exactitud, las ciencias).

La ciencia y su datos, suficientemente exactos, más o menos inmutables. Ella es la nueva iglesia de una nueva fe que ha hecho de la que Husserl (el maestro de la minoría subterránea antes mencionada) llamaba actitud natural, prefilosófica, una nueva religión. Una religión politeísta, pues no hay una ciencia suprema, sino muchas, con diferentes objetos y métodos, pero que por adición se supone que agotan lo real. De esta suma resulta una realidad bastante desestructurada, un puzle cuyas piezas nadie sabe a quién o qué corresponde encajar. De hecho, ninguna ciencia está encargada ni ha sentido necesidad de conectarlas, por lo que queda sancionado que no lo están, que esto es en el fondo lo que hay.

A la menor objeción o intento de amotinamiento ante esta realidad caleidoscópica que se nos ofrece como única probada, "verdadera", los fieles de esta religión, adoctrinados convenientemente en los catecismos de la nueva fe (los textos de divulgación científica convertidos en auténticos best sellers), te plantan un gráfico, una estadística o una ristra de cifras extraídas de alguno de los escritos de los doctores de esta iglesia o de simples aspirantes a serlo. Como si todo tema con interés fuera en el fondo científico, porque lo que queda fuera de la ciencia es asunto ya sólo del capricho de la opinión y el gusto de cada cual, de lo arbitrario, lo que no necesita justificación, lo irracional.

Si esto es más o menos como lo describo, entonces tengo que concluir que vivo tiempos oscuros. Es nuestra mirada la que da sentido a la realidad, la que la dota de significado. Y esa red de significados, esa estructura significativa, es la que crea el mundo que habitamos. Un mundo real o tan real como nuestras vidas, las que vivimos cada uno de nosotros, no la que estudia la biología y nadie en realidad vive. Lo dijeron, y todavía dicen, algunos filósofos, pero son los poetas, como Brodsky, los que no se avergüenzan de proclamar que es la cultura, la civilización, como creación humana, lingüística en un sentido muy amplio, la responsable de la realidad en la que efectivamente vivimos. Ésta es la verdadera realidad, la única, desde luego, en que se puede o vale la pena existir. En ella hunden sus raíces todas las demás creaciones humanas: la literatura, las artes plásticas, la técnica y la propia ciencia. Si la ciencia se erige en la última palabra sobre lo que verdaderamente es, está negándose a sí misma sus orígenes, matando a sus padres y declarándose expósita. Si esto sucede, todo lo demás queda reducido a una cuestión de gusto u opinión meramente individual y subjetiva en su peor acepción (la que aísla y separa del otro), y negamos así la posibilidad de comunicar nuestras respectivas miradas, de enfrentarlas y enriquecerlas, de mantener viva y renovada una cultura que es una creación del hombre, pero nunca una suma arbitraria de ocurrencias.

No sé lo que me pone más furiosa cuando creo estar conversando con mis semejantes: que me planten un diagrama estadístico y me acribillen con una ráfaga de cifras que supuestamente hablan por sí solas, o que alguna voz conciliadora ponga fin a la discusión con un “cada cual tiene su opinión” (y se da por supuesto que todas tienen el mismo valor, porque no hay esa referencia cultural de la que hablaba Brodsky que establece la jerarquía entre ellas). Son la cara y la cruz de esa única moneda, aparentemente, de curso legal hoy.

Foto: Teju Cole
Pero cuando estás a punto de rendirte, de callar y recluirte mientras dejas el ruido del mundo en manos de la más detestable de las ignorancias, la del experto, entonces desde ese otro mundo, desde esa realidad poblada por las voces de los ausentes, alguien, Brodsky o esa extraordinaria anciana de sesenta y cinco años capaz de detener con sus palabras y su memoria, a punto de desfallecer, la cultura de toda una nación, Nadiezhda Mandelstam, o una fotógrafa rescatada casual y póstumamente del anonimato como Vivian Maier, e incluso una compañera descubriendo el amor en una simple planta, me recuerdan que la excentricidad, el exilio, el anonimato y el fracaso son, en ocasiones, las únicas fuentes de lucidez, burbujas en las que poder ser libres y humanos.

Cuántas miradas son posibles. Cuántos mundos. La increíble foto de Maier nos muestra tres, ¿o son cuatro? Cuántas palabras, ideas, poemas, relatos. Cuánto, como casi ocurre con esta foto o los poemas de Mandelstam, se habrá extraviado, quedado oculto o destruido. Cuánto de lo que ha visto la luz perdurará y cuánto quedará en un merecido, o no, olvido. Es el drama de la cultura. No, por favor, no me deis cifras.

jueves, 1 de febrero de 2018

La planta



Foto: Bkrmadtyakarki (PIxabay)

Por Esperanza Goiri

Tenía nueve años cuando le regalé a mi madre una planta para festejar el primer domingo de mayo. Para mí fue una compra importante. Hasta ese momento los obsequios, en tan señalada fecha (Día de la Madre), se habían limitado a las típicas manualidades que hacía en el colegio. Siempre me parecían una birria a pesar del entusiasmo con que eran recibidas. Así que me propuse ahorrar para poder adquirir lo que mi mente infantil consideraba un regalo de verdad.

En aquella época, de vez en cuando, por las tardes, al regresar mi padre del trabajo, le acompañaba a Aurrerá, un comercio de origen mexicano en el que vendían un poco de todo y algunos productos de importación difíciles de encontrar en otros sitios. En la España de los años 70 constituía toda una novedad. Además, disponían de una cafetería de estilo americano donde servían unos batidos y helados estupendos. Me encantaban aquellas escapadas porque disfrutaba de mi padre en exclusiva y siempre caía algún caprichito.

Cuando llegó la fecha oportuna, después de vaciar mi hucha, metí las 12 pesetas, a lo que ascendía todo mi capital, en un monedero blanco y rojo, dispuesta a comprar el regalo materno en Aurrerá. Tras volver loco a mi padre y dar mil vueltas entre las estanterías, me decidí por una planta. Me pareció carísima (diez pesetas), pero pudo más el deseo de impresionar a mi madre. La envolvieron en un papel de celofán y la transporté por la calle como si llevara en mis manos el tesoro de Moctezuma.

Como podéis suponer, a mi madre le hizo una ilusión tremenda. La colocó en un macetero muy bonito y desde ese momento pasó a formar parte del reino vegetal de nuestra casa. La planta no era especialmente vistosa, ni exótica, ni delicada. Rara es el calificativo que mejor le cuadraba. Rara, y duradera. Porque, sí, todavía existe.

Mi madre tenía buena mano con las plantas. Es cierto que la que yo le regalé tuvo una grave crisis durante un verano, y se quedó sin hojas. Como la cogió mucho cariño, le dio pena tirarla y redobló sus esfuerzos y mimos con ella. Total, que resurgió de sus cenizas exuberante y lozana.

La protagonista de la entrada  (Foto: Esperanza Goiri)

Los años pasaron y la planta ahí seguía, como un elemento decorativo más. De esos en los que apenas te fijas pero que forman parte indisoluble de tu memoria. Cuando mi madre enfermó, Graciela, la persona que nos ayudó a cuidarla en su etapa final, se encargó de las plantas. La mía, en concreto, experimentó un desarrollo espectacular e, incluso, antinatural. Se cernía amenazante sobre las otras con las que compartía espacio, como si las quisiera devorar. Estando ya mi madre muy mal, floreció por primera y única vez. Fue una floración singular, unas piñas verdes y blancas, bulbosas. Graciela lo achacó a su truco de añadir al agua un chorrito de leche. Yo más bien lo interpreté como una rebelión ante lo que le estaba sucediendo a su dueña. Cuanto peor estaba mi madre más pletórica se ponía ella.

Mi madre nos dejó y cerramos su piso definitivamente, sólo nos faltaban por llevar los recuerdos y las plantas. Lo único vivo que quedaba ya en esa casa. Ha sido más fácil acomodar las plantas que los recuerdos.

Desde hace cinco años la planta luce en mi salón. Está bonita y frondosa. No le dedico especial atención, la trato como al resto. Pero me preocupo cuando se le cae alguna hoja y celebro sus brotes tiernos, de un verde más claro. No ha vuelto a dar flores y ha perdido ese aire inquietante que tanto me intranquilizaba durante la dolencia de mi madre. Quiero creer que significa que las dos están en paz.

Llamadme tonta y sentimental, pero a veces me siento como el personaje de “La Bestia” observando la rosa dentro del fanal. Intuyo que, si algún día la planta llega a marchitarse, se romperá un lazo intangible e íntimo que solo yo soy capaz de apreciar.



jueves, 25 de enero de 2018

El síndrome de la resignación

Foto: Matic Zorman - Reuters
“No creer nunca. No jugar nunca. No creer nunca. Ni nada. Todo se movía. Todo cambiaba. Hasta las palabras. Las palabras, decías. Quiero, decías. Yo quiero. Sí, yo quiero. ¿Qué? Ya sabes qué. ¡Eran otra cosa, algo horrible! No confíes en nada. Ni en las aceras, ni en las calles, las casas. Las mirabas y daban vueltas. De aquella forma. Lentas, astutas. No confíes” (Henry Roth, Llámalo sueño).

“Nadie puede explicarme exactamente qué ocurre dentro de nosotros cuando se abren de golpe las puertas tras las que se esconden los terrores de la infancia” (W. G. Sebald, Austerlitz).

Por J. Teresa Padilla 

Dice el diccionario que síndrome es un conjunto de síntomas característicos de un mal, por lo general, pero no necesariamente, una enfermedad. Con este nombre, síndrome de la resignación, han bautizado un tipo de trastorno que se da entre ciertos niños de familias solicitantes de asilo en Suecia, aunque no se descarta algún caso aislado en otros países (Reino Unido) e incluso épocas (los campos de concentración nazis). No son muchos los afectados (169 en 2015 y 2016) o quizá sí. Los números no explican nada por sí solos: necesitan de más y más números que los contextualicen. Un mundo entero de cifras en diversas relaciones que les dote de algún sentido. De cualquier forma, muchos o pocos, hay al menos uno. Y otro, y otro más seguramente. Pero a mí, que no lo estudio médicamente, que no pretendo, como decía Siggi en Lección de alemán, atravesarlo con la aguja de ninguna ciencia, con uno me basta. Me basta porque no aspiro a otra cosa que seguir aprendiendo algo más sobre lo que es, al menos para mí, uno de los más fascinantes enigmas de la existencia: la infancia.

El denominado síndrome de la resignación consiste en la aparición y el aumento gradual de una radical pasividad. Los afectados dejan, por supuesto, de comer (esta parte la conozco). De andar, de hablar, de controlar sus esfínteres. No abren los ojos ni responden a estímulos exteriores, ni siquiera a los dolorosos. Esto último, junto a la duración de su letargo, hace inverosímil la hipótesis del fingimiento, una de las primeras explicaciones que se propusieron a la vista de que los síntomas aparecían a menudo con la denegación del asilo a las familias y de la mejoría progresiva que estos niños iban experimentando cuando se concedía el mencionado derecho. Ante la falta de pruebas también se descartó un posible envenenamiento por parte de los desesperados padres. Es un misterio que sólo se dé entre niños procedentes de Europa del este o de yazidíes, y, salvo excepciones, en territorio sueco. Pero no pienso elucubrar sobre esto, pues, como ya dije, a mí me basta con uno, y con un solo caso ni siquiera puede plantearse este interrogante que acabo de soslayar.

Uno de los artículos que he manejado para documentarme mínimamente me facilita un ejemplo concreto, el de Sophie, una niña de nueve años que lleva casi dos "ausente". Sophie fue la testigo ignorada de muchas e inquietantes palabras y hechos. Vio cómo se humillaba, amenazaba o incluso golpeaba a sus padres, que decidían, temerosos, huir. Probablemente vería morir a familiares, vecinos o amigos a manos de otros adultos hasta entonces no muy diferentes a los que ahora se creían con derecho a matar. Atraviesan paisajes, fronteras y pueblos para hallar un refugio, pero no encuentran salvo más miseria, más humillación. Los pobres del lugar temen que ellos agraven su escasez; los ricos, perder su bienestar. El mundo es un lugar inhóspito, egoísta y cruel en el que Sophie no puede esperar que nadie, menos aún esos padres caídos de golpe de su altar natural de dioses, la proteja. Es una extranjera en el mundo, una apátrida; en el fondo, una huérfana. La base sobre la que se sustenta la infancia, la confianza en el mundo y los demás seres humanos, empezando por los que la cuidan, se ha roto. Pero esto, que nos pasa a casi todos conforme entramos en la edad adulta, que incluso constituye el peaje que pagamos por alcanzarla, tiene una edad; justo la que antecede a la madurez, la última parte de la adolescencia. Aún entonces, a muchos nos costó enfrentarnos a esta pérdida de la fe en la bondad del mundo y la vida, una lección que no estoy segura de que aprendiéramos del todo bien. Resulta aterrador imaginar a una niña de siete años haciendo frente a esta debacle.

¿Qué puede hacer una niña ante esto? Tal vez madurar de repente y seguramente mal, porque el dolor no nos hace más sabios ni mejores. El dolor duele. Es una perogrullada, pero es lo que hace, nada más. Habrá quien lo supere convirtiéndose en una persona más empática y generosa que antes, y habrá también quien aprenda a defenderse o atacar con la misma crueldad que sufrió. Pero tal vez intente aferrarse con fuerza a lo que todavía es, a su niñez. Entonces hará muy probablemente lo que hacen los niños cuando tienen miedo, cuando no se sienten seguros: esconderse, cerrar los ojos y tapar sus oídos. Para ocultarse del “monstruo”. Para no verlo ni oírlo. Porque lo que no se percibe, no está (“cucú, ¡tras!”). Claro que a veces es imposible no sentirlo merodeando. Entonces, cuando no hay dónde esconderse, no queda más salida que encerrarse en uno mismo, aislarse en un mundo propio y mágico, pero solitario. Un mundo ajeno al que, a diferencia de ella, siguen habitando los otros (sus padres, hermanos), pero en el que se ha instalado también lo terrorífico.

Desaparecer, esfumarse. Muchos niños, entre los que me cuento, lo hemos deseado algunas veces. Incluso lo intentábamos de forma consciente o inconsciente durante un tiempo. Porque el mundo puede ser espeluznante sin necesidad de vivir tragedias como las de Sophie. Pero ella las ha vivido (aún las vive), y supongo que hay un límite para el horror del que caben esas dos huidas posibles que acabo de mencionar. Dependerá, me imagino, de umbrales subjetivos, pero cuando se alcanza ese grado de dolor, sea cual sea, pocas opciones quedan ya salvo la de dejar de vivir. Si puede ser sin morir. Como Sophie. Si no,…

El síndrome de la resignación, lo han llamado. ¿Qué resignación? Me parece que quien así lo designa mira a estos niños con los ojos de un adulto que imagina ascetas. “Un asceta plenamente resignado deja de vivir porque ha dejado de querer en absoluto”, decía Schopenhauer. Pero el niño es, hasta que deja de serlo, un inevitable sí a todo lo que el asceta dice no, al querer, a la vida: “La vida es suicida y necia cuando se encarniza contra el niño, se niega a sí misma, y el mal de los niños tiene todo el horror de una profanación. Un niño enfermo es una blasfemia que profiere la vida” (Umbral, Mortal y rosa).

Más que resignación, a mí me parece lo contrario: un intento de fuga de un mundo suicida, una rebelión contra él. Un síndrome en el que el cuerpo se apiada del niño y le permite dormir, ¿soñar?, hasta que todo pase o hasta que pueda asumir lo necesario, soportar el dolor. Un síndrome, en suma, que intenta, retirando al niño de la vida, salvarlo de la muerte, el definitivo e irreversible dejar de vivir, que también, aunque cueste admitirlo, un niño podría causarse a sí mismo. Sí, es un escándalo, pero los niños sufren, mueren y, apenas sin darse cuenta, matan; se matan. Mejor dejar de vivir lo justo para no morir.

jueves, 18 de enero de 2018

La inevitabilidad del caos

Mariano Cegna. Caos sobre gris sobre caos (2011)
"Antes del mar, y de la tierra, y del cielo que todo lo cubre, en toda la extensión del orbe era uno sólo el aspecto que ofrecía la naturaleza. Se le llamó Caos; era una masa confusa y desordenada, no más que un peso inerte y un amontonamiento de gérmenes mal unidos y discordantes" (Ovidio, Metamorfosis, trad. Antonio Ruiz de Elvira).

Por J. Teresa Padilla

Hace cinco o seis años que me mudé. Puede que más, me da pereza hacer la cuenta exacta. Ha pasado justo el periodo necesario para que la casa necesite una nueva mano de pintura, que de momento tendrá que esperar.

En todo este tiempo, una bombilla desnuda ha alumbrado mi habitación y el lavabo del baño pequeño ha carecido de espejo que ocultara, al menos, los cables destinados a una fuente de luz inexistente y, en realidad, innecesaria. Las habitaciones de los niños siguen amuebladas a retazos, con sus camas de siempre y las estanterías de bricolaje que sacaban provecho al largo pasillo de nuestro hogar anterior y ahora aparecen repletas, como el resto del espacio, de objetos de los que son incapaces de desprenderse, entre los que se incluyen libros que se les han quedado pequeños, por supuesto, pero también juguetes, manualidades escolares, apuntes y ejercicios de todos sus cursos, anuarios, cromos, piedras graníticas traídas del pueblo como recuerdo, pelotas (de baloncesto, ping-pong, fútbol y tenis), dos guitarras (que nadie sabe todavía tocar), figuritas mil, incluidas las que regalan en los roscones de Reyes (aunque a éstas, pese a las protestas, las hago clandestinamente desaparecer sin piedad) y hasta catálogos de Ikea, entre otras cosas que no puedo mencionar por pudor y que aparecen cuando limpio u ordeno un poco más a fondo, sólo un poco. Por su parte, el salón y hasta parte de la cocina están invadidos por plantas que se han ido reproduciendo sin un control responsable, alguna de las cuales ya roza el techo, libros (míos sobre todo) y papeles (casi todos ajenos).

Desde el sábado, por fin, una lamparita, aunque de segunda mano, cuelga del techo sobre mi cama y en un par de semanas me llegará un espejo barato pero original que acabo de pedir por internet. Es algo un poco extravagante y por lo que en el fondo creo que ha valido la pena esperar, pues no me lo hubieran dejado adquirir en otras circunstancias menos propicias a contentarme (el minimalismo gusta mucho por aquí, aunque en teoría, sólo en teoría, pues qué minimalista que se precie puede acumular tal cantidad de papeles sin orden ni concierto). Eufórica por haber superado lo que parecían dos obstáculos infranqueables, ordené los armarios de mis hijos mientras les voy emplazando a dejarse de sentimentalismos e ir librándose de sus dichosos “recuerdos” (muñecas rapadas y pintarrajeadas, balones de fútbol zarrapastrosos, pedruscos que son armas potencialmente letales, etc.) si alguna vez quieren tener una habitación a su gusto. Resignada a no caber nunca más en la práctica totalidad de mi ropa, también mi parte del armario ha quedado bastante expedita. No así la otra mitad, que sigue hecha una leonera y en la que no estoy autorizada a tirar ni una camiseta llena de agujeros, por lo que, de momento, y aunque me está costando reprimirme, me niego por principio a adecentarla ni un poco. Lo que no he podido evitar a pesar de dicho principio ha sido hacer algo con los papeles (me estaban literalmente volviendo loca, y en concreto los del dormitorio provocándome insomnio). Como tampoco me atrevo a tirar nada (algo en apariencia completamente inútil puede tener un enorme valor sentimental –sí, vivo rodeada de Diógenes-), lo he clasificado por bloques temáticos para que resulten más fácilmente apilables y agradables a la vista mientras, de paso, facilitan la tarea de desbrozo a su legítimo propietario, si es que alguna vez tuviera a bien encararla, lo que no ha sido nunca el caso. Me queda aplicarme el cuento y revisar mi biblioteca. Deshacerme de la morralla, que la hay y no tengo claro ni de dónde ha salido. Poner esas baldas adicionales de una vez, porque por mucho libro malo del que me desprenda, me será imposible librarme de la inmensa mayoría, ni siquiera de esos libros de filosofía en idiomas extranjeros que hace mucho que ya no necesito.

Es un esfuerzo agotador que explica en parte la banalidad de esta entrada. Un esfuerzo por conseguir una tregua en la lucha diaria contra el peso de lo que se va acumulando, de esos objetos que proceden algunos de un pasado lejano y que se ríen en tu cara por el ahogo que llegan a provocarte cuando se rebelan contra el orden que tratas de imponerles y te recuerdan que, con todo el polvo que te han hecho imposible limpiar a base de enredarse entre ellos, seguirán aquí cuando te vayas, como esos libros antiguos que heredó primero mi padre y luego yo; libros que no leemos por el temor de estropear cuando los verdaderamente frágiles somos los humanos que los hemos ido atesorando. De ellos, como de las sábanas y manteles que bordó una abuela o bisabuela, convertidos todos en reliquias de las que no somos dueños, sino sólo custodios, no me puedo librar, aunque tampoco pueda exigir a nadie detrás de mí que los conserve. Del mismo modo que no puedo renunciar al trajecito de bebé o a esos zapatitos diminutos que decidí guardar como testimonios de un momento fugaz. Ni a esa ropa que no me entra ya ni lo volverá a hacer nunca, pero que me cosió mi madre. Al final, casi todo tiene algún valor, por eso sigue ahí, sobreviviendo a las purgas de mis furias de limpieza y exterminación.

No sé, creo que con todo esto sólo quería decir que se trata de una batalla perdida. Logras con esfuerzo y culpabilidad hacer más habitables, bellos y ordenados algunos espacios. Consigues incluso dejar algo de hueco para lo nuevo. Pero es un espejismo. Ni cuando parece que avanzas (limpias y ordenas), progresas en modo alguno. A tus espaldas el polvo se acumulará de nuevo en un tiempo brevísimo y el caos se impondrá también porque, al parecer, él impera allí donde haya vida y movimiento. Pero no me rendiré. Intentaré de nuevo poner orden. Volveré a dejar sitio para el tiempo por venir y sus frutos. Celebraré un instante, como ahora, mi precaria victoria para reconocer inmediatamente, como también ahora, que estoy a punto de fracasar. Que ya he fracasado, pero que, en realidad, no me importa.

lunes, 8 de enero de 2018

Días sin hambre

Días sin hambre. Delphine de Vigan.

Anagrama: Barcelona, 2013. 168 pp. 14,90 euros (edición de bolsillo, 7,90 euros).


“Es la historia de un guijarro triste. Es duro estar triste cuando uno es un guijarro y no tiene ni manos para enjugarse las lágrimas. (…) Es la historia de un pez sin escamas, de una tortuga sin caparazón, de una princesa de pacotilla que no podía renunciar a su dolor.

La habitación de Laure está poblada de historias caídas del bolsillo del doctor Brunel. Historias sin hambre, que surgen de debajo de la cama, cuando la habitación está a oscuras”.

Por J. Teresa Padilla

La contraportada nos informa de que éste es un texto autobiográfico que su autora, Delphine de Viran, publicó en 2001 bajo pseudónimo. También dice que está narrado en una “intensa e inquietante primera persona” cuando, de hecho, sólo el breve epílogo de diez líneas lo está. En el resto de esta nouvelle es un narrador omnisciente el que usa la tercera para contar el proceso de recuperación de Laure, enferma de anorexia nerviosa. Y sin embargo no es, como en principio parece, un error del autor de la contraportada, sino que quizá esta duplicidad constituya la sutil manera elegida por la autora para narrar la historia de una enfermedad que se nutre y manifiesta precisamente en la enajenación.

Así, podemos identificar a la anónima tercera persona que asume el grueso del relato con la “intensa e inquietante primera” del epílogo. Ésta no nos dice su nombre, pero reconocemos en ella, en sus breves pero significativas palabras, a Laure. No, desde luego, a la que protagoniza el relato, sino a la de muchos años después. Y claro, si ella es Laure, también lo es la narradora que por primera vez se atreve a hablar de sí en esas líneas finales.

Se puede justificar entonces desde el propio texto el carácter autobiográfico de esta descripción del ascenso y la caída de una casi adolescente a la que se ha decidido llamar Laure. Tanto es así que la voz narradora sólo puede comenzar su relato en el momento preciso en que esta ascensión y caída empiezan a ser perceptibles para la propia protagonista, esto es, cuando ella ingresa voluntariamente en un hospital y emprende así, sin darse al principio cuenta, el camino que conduce a la recuperación.

El proceso que lleva a la curación de un trastorno mental es muy diferente al de las patologías físicas. En estos casos hay un enemigo claro, y todas las fuerzas, tanto las del paciente como las de los médicos, apuntan en la misma dirección contra un idéntico objetivo. En el caso de la anorexia, y puede que también de otros trastornos mentales, el enemigo tiene muchos rostros (la familia, los médicos…), aunque uno destaque entre todos y resulte ser el enfermo mismo. Luchar contra la enfermedad mental es, en realidad, luchar contra parte de lo que uno es. Por ello Laure se tiene que desdoblar en Lanor, distanciarla de sí para poder enfrentarse a ella, de la misma manera que la narradora, Delphine, lo hace de la propia Laure para contarnos esta parte de su historia.

Dan un poco de vértigo las coincidencias entre la vida de Delphine de Viran y la mía. Ambas nacimos el mismo año, 1966, y padecimos de anorexia nerviosa más o menos a la misma edad, de los 17 a los 19 años. Ambas, casi simultáneamente, nos rebelábamos y gozábamos de esa borrachera de poder y autocontrol que es la anorexia: la “ebriedad del ayuno” la llama ella en su novela. Ambas tocamos fondo y fuimos ingresadas. Ambas sobrevivimos y concebimos hijos en el mismo cuerpo que casi logramos un día hacer desaparecer. Tantas son las similitudes que resultaría fácil identificarse con Laure y protestar contra la infidelidad a mi recuerdo de la narración. Confundir, en suma, su escrito autobiográfico con una parte de mi biografía y juzgarlo crítica e injustamente. Pero, a pesar de todas esas vivencias compartidas que en su lectura casi me lo hacen olvidar, ésta no es mi historia, sino la suya, la de Delphine, Laure y Lanor. Aunque un poco también la de las demás compañeras de reclusión (en sentido literal y figurado): la de Fatia, Anaïs o Corinne. Quizás por eso, también la mía y la de todas aquellas con las que yo misma coincidí en hospitales y terapias. Tan parecidas todas; tan diferentes. Tan locas. Porque hasta las supervivientes, ese 50% que al parecer se recupera sin recidivas ni secuelas físicas permanentes al que pertenecemos Delphine y yo, seguimos acogiendo dentro de nosotras a nuestras respectivas “Lanores”, esas maestras del hambre que se niegan a claudicar, a rendirse a la cordura de la madurez.

Por todo esto me temo que no soy la mejor lectora para esta novela. En lugar de dejarme llevar por ella, de cumplir mi parte del pacto literario, interpongo a cada paso mis propios recuerdos, el relato que podría o quizá debería hacer yo. Entiendo demasiado bien lo que se me cuenta y, a pesar del aparente éxito de esta novela en Francia, tengo la sensación de que la narradora se distancia demasiado de sí, de Laure, y se contiene emocionalmente tanto que no sé si consigue transmitir también a quien no lo haya padecido en carne propia la euforia, por ejemplo, de los comienzos, en que la sensación de control y poder absolutos sobre una misma (su cuerpo, sus deseos, sus necesidades materiales) aún no se perciben como la adicción destructiva que resultan ser en realidad. Al principio, y durante un tiempo más o menos largo, se es un espíritu puro, una semidiosa que ha logrado escapar de toda vulnerabilidad, tanto la física (puedes forzar tu cuerpo hasta llevarlo al límite de su propia desaparición sin que ose defenderse ni sucumbir), como la psíquica (ese cuerpo sometido hace patente un dolor y una rebelión que acusa y asusta a los demás, los aleja y hace callar). Más allá de la persona que los demás pueden ver, de ese cuerpo completamente enajenado que los escandaliza y avergüenza, estás a salvo, inaccesible a tus enemigos: la familia, la escuela, esas otras chicas tan guapas, “desbordantes de salud y certezas”, que quizá una querría ser (querría, añadiría yo a lo dicho por la autora, si no supiera que es imposible, que ya nunca podrá, si es que lo pudo alguna vez, ser como ellas).

Lo siento, no soy capaz de ponerme en el lugar de esas personas, “desbordantes de salud y certezas”, y adivinar lo que entienden o piensan al leer un texto como el de Viran. Y como desconfío de su capacidad de comprensión, critico lo que quizá es, en realidad, un mérito de la novela: el celo por evitar decirlo todo y describir en sus cruentos detalles lo que no deja de ser una batalla feroz. Sí conozco de primera mano la reacción de alguna de esas jóvenes saludables. En un ingenuo arranque de sinceridad, una vez le confesé a una de ellas la infame razón, ésa que descubrí casi al final, de mi enfermedad. Apenas pudo disimular entonces el desprecio que sentía por mí, ese recién descubierto monstruo vengativo. Su rictus, de una mezcla de repulsión y superioridad moral, fue exactamente el mismo con el que ella, periodista novel, me habló en otra ocasión del pésimo estado al que un conocido cantante que acaba de entrevistar se había dejado llevar por su adicción a la heroína. Ambos éramos enfermos por voluntad propia, en mi caso incluso por pura maldad; indignos, por tanto, de una compasión que no sentíamos por aquellos a los que debíamos antes que a nadie amor y respeto. A saber si no tenía algo de razón, porque lo cierto es que el justo castigo no se hacía esperar mucho.

Tarde o temprano, al Ícaro incorpóreo en que la anoréxica pretende haberse convertido se le derriten las alas y cae. Es este momento el que elige Delphine de Viran para comenzar su historia, el de las treguas:
“Ha transigido por unos kilos, para conjurar el peligro, para poder aguantar, sobre todo para sobrevivir. Pero no ha renunciado. No quiere perder el control”; al fin y al cabo, “no quería morirse, sólo desaparecer. Esfumarse. Disolverse”.
Pero esta etapa es una ilusión que no suele durar mucho. Pronto la contradicción que esta mentira encierra estalla, y el relato pasa a ser el de la angustia de la indecisión:
“Le da miedo salir de eso y no salir. (…) Cuanto más engorda, más miedo le da haber caído en la trampa, no saber ya luchar. Pero ¿luchar contra qué?”).
A la indecisión sigue el grito aterrado de esa “loca” (Lanor) que hasta hace nada era omnipotente, era una misma, y ahora llora su derrota y la deslealtad de esa cobarde que consiente en su aniquilación a cambio de la paz con el mundo y la promesa de una vida:
“Lanor, la anoréxica, el esqueleto tambaleante colgado de sus faldones, que le susurra de nuevo al oído su repulsión y se alegra de sus vagabundeos. Lanor, que la abrasa por dentro. Escribe a trocitos ese grito infinito que ha permanecido mudo hasta entonces. Ese grito que ellos no han sabido oír. La vacuidad de su esqueleto al desnudo, todo eso para nada”.
En algunas, incapaces de superar este desafio, éste es el punto final. Otras, más afortunadas, luchan, tras el enfrentamiento, por la reconciliación:
“Laure estrecha a Lanor en sus brazos. Sabe hacerlo. Estrecha demasiado fuerte a ese monstruo interno que se niega a engordar, a ese monstruo ciego, a esa niña también, culpable de no querer crecer más”.
Foto: AFP

Ésta viene a ser la historia que nos narra Vigan. Para mí (no sé si también para ella –leedla, por favor, y contadme-), la de un fracaso inevitable, se consiga o no vencer (menuda ironía expresiva) la enfermedad. Bien porque se sucumba:
“Al parecer muere de ello un diez por ciento. Por descuido, tal vez. Sin darse cuenta. De soledad, seguramente”.
Bien porque se cronifique:
“Fatia sabe que volverá, lo que le cueste perder todos esos kilos que le han plantado en el cuerpo”.
O, por último y en el mejor de los casos, porque se haya pagado el precio de la salvación. Y es que, a pesar de las décadas transcurridas desde aquellos dos años delirantes, sigo sintiendo que sobreviví a costa de traicionarme; que fui, soy y seré siempre culpable, no sólo, como aquella confidente sin piedad pensaba, de la enfermedad, sino también de su superación:
“Quería hacerles daño, herirlos en lo más hondo, tal vez destruirlos. A su padre y a su madre. (…) No quería crecer, ¿acaso se puede crecer con tamañas heridas dentro de una? Quería colmar con el vacío aquella carencia que habían abierto en ella, hacerles pagar ese asco que sentía hacia sí misma, esa culpabilidad que seguía ligándola a ellos”. “Al haber engordado diez kilos, al haber aceptado que le metan un tubo en la nariz, tiene la sensación de haber traicionado una causa oscura e imperiosa”.
Adelgazar era la prueba objetiva, visible para todos, de un dolor que intentaba mitigar la droga del poder ayunar hasta la muerte si era preciso. También, a la vez, un grito y una victoria (pírrica, pero eso todavía no lo sospechabas siquiera). Engordar, por el contrario, suponía ceder a la gravedad de la tierra y volver al silencio, a la repugnante mentira del todo vuelve a estar bien cuando nunca nada ha estado bien.
“Si recobra una apariencia normal, se volverá translúcida, como un charquito de grasa derretida en el fondo de una sartén. Si se cura, se esfumará a los ojos de la gente, se perderá entre los demás. Ahogará en sí misma, tras una redondez tranquilizadora, ese ronco grito surgido de la infancia. Si se cura, pasará a ser una joven de formas imperceptibles, una adulta, oíd lo fea, lo brutal que es esa palabra”.
Éste es el temor, aunque quizá equivocado. A lo mejor la única forma de conservar esta infancia, con todo su dolor, sea precisamente esconderla y confundirse en la multitud anónima. Nadie puede ayudarla. Algunos amarán a esa niña a pesar de todo, pero la mayoría aumentará su dolor si se muestra, de modo que habrá que ocultarla y decirse, como Davy hacía en el mágico Llámalo sueño: “¡Ah! ¡Au! ¡No dejes que lo vean! ¡No dejes que lo sepan! ¡Au!”.

jueves, 4 de enero de 2018

Zapatos

Foto: Pixabay


Hace tiempo me propuse ir subiendo poco a poco a estos Diarios los textos que más me gustaban entre los que había publicado en La vida en su tinta, el otro blog con el que colaboré de forma regular hasta que decidí centrarme en éste, que siempre ha sido un proyecto más personal o, mejor dicho en vista de su pluripersonalidad, más desinteresado, libre y abierto. Aquí se dice lo que a cada cual le da la gana y el único requisito es el respeto mutuo y a la lengua castellana. Un acuerdo de mínimos con el que nos va bien. Me lo tomo con calma porque casi siempre tenemos algo nuevo que expresar cualquiera de nosotras, pero en fechas tan enloquecedoras viene muy bien contar con este colchón de posibles reposiciones.

Esta semana he hecho muchas cosas de provecho, pero ninguna ha sido escribir (o corregir un texto que tengo ahí pendiente). Me traje a mi suegra a cenar por Nochebuena y a mi madre a comer en Navidad sin contratiempos dignos de mención, aunque pasar tiempo con mi madre suele dejarme unos días en un estado de opresión sentimental en el que apenas puedo emitir palabra (oral o escrita) sin prorrumpir en el llanto más extemporáneo. También me decidí por fin a visitar la óptica y, en palabras de la simpática optometrista, cuando descubra cómo se ve el mundo con las gafas que me ha graduado, no querré quitármelas jamás. Me llenó de esperanza. Quién sabe si cambiará mi cada vez más schopenhaueriana Weltanschauung. De momento (mañana las recojo), sólo puedo aseguraros que la montura me da un aspecto de competencia y sabiduría con el que quién sabe si lograré engañar a los demás.

Entre todas estas cosas de provecho (hábilmente, y anticipándome a la imagen de mí misma que pronto daré con mis nuevas gafas, obvio mencionar todas los desastres que he provocado o en los que me he visto involucrada esta semana), leí un estupendo artículo de Manuel Vicent en El país sobre zapatos. Se titula Los zapatos de la muerte caminan solos y describe el efecto que causa la presencia de este género de objetos usados entre la práctica totalidad de los visitantes a la exposición sobre Auschwitz que se encuentra actualmente en Madrid. Por despistados y poco concernidos, afectivamente cuando menos, que parezcan por el tema de la muestra, la visión de la montaña de zapatos que dejaron tras de sí las víctimas es lo que más parece sobrecoger a casi todos. "Las personas que los calzaron murieron en la cámara de gas, pero esos zapatos siguen caminando por sí solos sin el muerto a lo largo de la historia para hacernos saber que en este mundo todos somos ya unos supervivientes". Así finaliza espléndidamente este artículo Vicent.

Mi texto sobre los zapatos, que reedito a continuación, nada tiene que ver con esta tragedia nunca lo suficientemente recordada ni bien entendida. Recogía sólo recuerdos infantiles relacionados con este complemento indumentario. Divertidos, unos; triviales, otros; triste, alguno. Pero es que los zapatos son lo que primero perdemos y dejamos atrás cuando nos invade el pánico y tratamos de huir. Solemos morir sin ellos, tanto si se trata de una plácida muerte en una cama como si es el fruto de una violencia accidental o premeditada. Son los que quedan atrás, esos objetos, testigos a la vez mudos y elocuentes de tantos momentos críticos, por los que ni siquiera los supervivientes vuelven la cabeza.

Algo tienen los zapatos. Algo que aterra, pero también es capaz de albergar esperanza y dulzura: las de la niña que juega a ser una mujer deslumbrante encaramada a los zapatos de tacón de su madre; la de los caramelos con que los Magos nos los llenan (llenaban) los 6 de enero. Felices y muy dulces Reyes.


Zapatos, zapatillas y pies. Recuerdos de infancia, III 

(Publicado originalmente el 26.5.2017 en La vida en su tinta).

 Por J. Teresa Padilla


Cuando era niña, en el parque de El Retiro, había un pequeño túnel levantado sobre un canalillo de agua nada profundo que desembocaba, creo recordar, en el estanque del Palacio de Cristal. Estaba diseñado para recorrerlo a pie, y con este fin se habían dispuesto a lo ancho unos tablones de poco más de un palmo, no completamente fijos ni inmóviles, entre los que se había dejado un espacio suficiente para que se colara, al menos, un pie infantil. Aquellos tablones se balanceaban ligeramente al pisarlos, y ni tan siquiera podías confiarlo todo a tu pericia, pues había más paseantes que, transitando en una u otra dirección, también los hacían moverse cuando menos te lo esperabas. Mis hermanos corrían sobre ellos pasándoselo en grande y acrecentando mi pánico, más que a introducir el pie en aquella miaja de agua, a la bronca de mi madre por haber mojado, y quién sabe si estropeado, los zapatos bonitos, los de los domingos.

Creemos que el tiempo es como el espacio, un continuo, pero quizá no haya dimensiones más diferentes entre sí que éstas. En realidad, ni siquiera lo creemos. Lo damos por supuesto, no lo hemos pensado ni sentido en serio. Por eso cuando leemos buenas novelas en que se narran vidas (y la vida es tiempo y nada más) jugando con los recuerdos y la quietud pétrea de los espacios, familiares o extraños, entramos en otra dimensión. La de los sueños y la ficción, es cierto, pero también la de una auténtica conciencia del tiempo que es nuestra propia existencia. Y entonces percibimos el pasado como lo que es, y no esa historia cronológicamente ordenada y llena de acontecimientos, unos recordados y otros olvidados, pero registrados en su lugar (una metáfora espacial, cómo no) y, en teoría, recuperables con la debida investigación y papeleo. El pasado no es un archivo. Es más bien un pasadizo oscuro en el que flotan, aquí y allá, esos tablones, más inestables que los de mi Retiro infantil, que son los recuerdos. Sin darte cuenta pisas uno de ellos, y parte de ti y de lo que viste o sentiste hace un millón de años te viene a la cabeza. Entonces puedes esforzarte por encontrar un hilo que lo vincule con otros momentos conservados en tu memoria y forme ese collar de perlas, más perfectas cuanto menos auténticas, que acaba en el presente y, no se sabe bien por qué, te gustaría que fuese tu pasado, tu vida. Puedes engañarte y convertir así tu existencia en una serie de nacaradas cuentas con unas coordenadas espacio-temporales claras, o puedes reconocer la brillantez de esas piedras de río sueltas y aisladas que encuentras mientras mantienes el equilibrio sobre tablones resbaladizos. Cuando comencé a escribir aquí mis recuerdos de infancia, opté por lo último: puede que no sea tan espectacular como un collar de perlas cultivadas, pero estas verdades dispersas, esos cantos pulidos anárquicos en su forma y color, siempre son, por mal que coticen en los mercados de piedras preciosas, más bellos. A mí me lo parecen. Y aunque nunca se escribe sólo para uno mismo, se escribe siempre también para uno mismo.

Empecé recordando a una niña de un curso superior al mío entrando en mi clase con unos zapatos escolares en la mano, y este recuerdo, nítido y doloroso, despertó el más amable de los paseos por el Retiro con los zapatos de los domingos; el de aquel túnel que me atraía tanto como repelía; el de la decepción en que sumía a mi madre mi supuesto maltrato a este complemento y su venganza: comprarme para el colegio una especie de “tanques” indestructibles que me hacían sentir como un militar de maniobras entre esas monadas de mocasines castellanos que lucían las demás. También el recuerdo de mi hermano en zapatillas de estar por casa cuando nos disponíamos a entrar en el taxi que nos llevaría a la parroquia donde hice la primera comunión; de las burlas de mis vecinos por no llevar las deportivas de marca conocida y respetable; de las rozaduras provocadas por aquellos zapatos baratos de “Los Guerrilleros”; de lo feos que me han parecido siempre los pies de hombre y los míos propios, con esos dedos largos que no quedan bien con ninguna sandalia; de la alegría de encontrar en la edad adulta a alguien que compartía conmigo ese miedo y horror por los pies desnudos. Ahora me arrepiento de no haberle enseñado nunca mis pies, a ver qué opinaba. Lo mismo estoy a tiempo, que no será difícil de localizar, pero quizá no se acuerde de aquello, del miedo que le daban los pies, y pocas cosas duelen como descubrir que lo que tú crees un recuerdo compartido no lo sea ya. Te sientes olvidada y sola, así que prefiero no contrastarlos nunca.

Todo este flujo de recuerdos ha terminado manando a partir de uno de esos cantos pulidos que te permiten un punto de apoyo desde el que adentrarte en el túnel del pasado: los zapatos de Sara. Sara era una niña nueva en el colegio, de pelo rizado y muy rubio, casi albino. Nos hicimos amigas. Ella era mi amiga. No tenía otra más cercana. Éramos pequeñas. ¿Siete u ocho años? Como mucho. Un día faltó a clase. A media mañana su hermana, varios años mayor pero igual de rubia y pálida que ella, entró en nuestra clase con todas sus cosas y se dirigió hacia la profesora para justificar la ausencia. Mi recuerdo, aquello de lo que en aquel momento no pude quitar los ojos, fueron los zapatos de Sara, que su hermana llevaba en la mano. ¿Dónde podía ir o estar alguien sin zapatos? Y descubrí el horror de la pérdida. No importó que la profesora explicara luego que había sufrido un atropello, pero que estaba bien. Ni la serenidad de su hermana, que corroboraba la levedad del accidente. Yo perdí a Sara ese día como si hubiera muerto porque una mañana no llegó ella a clase, sino sólo sus zapatos. La perdí para siempre. Estaba de paso. Supongo que para cuando se recuperó había cambiado de colegio. O puede que volviera durante un tiempo, hasta el fin de aquel curso, y yo, obsesionada con el descubrimiento de la hondura y rotundidad de la pérdida que me provocaron sus zapatos, fuera incapaz de verla como antes. Aún hoy he de reconocer que he olvidado su rostro, que sólo vislumbro a través del de su hermana, tan parecido al suyo.

Un recuerdo insignificante para todos excepto para mí. Tan vulgar como esos cantos pulidos que me gusta guardar y por los que jamás nadie pagaría. Pero determinante. Y es que no puedo ver un zapato sin dueño sin pensar en aquello, en el misterio terrible de la desaparición de quien lo calzó.

jueves, 28 de diciembre de 2017

Aleluya

Foto: Pixabay
“Primero nos enteramos de la enfermedad mortal de nuestro ser querido, luego aceptamos la idea, nos resignamos a ella y dejamos a la persona en manos de los expertos. En cierto sentido nos convertimos en asesinos…” (Imre Kertész, Yo, otro).

Por J. Teresa Padilla

Advierto que no sé si es un texto este que os presento hoy muy adecuado al periodo festivo en el que nos encontramos. En realidad, sí lo sé: no lo es, pero todavía menos lo era el que tenía previsto, el cual, para colmo, necesitaba, y así me lo ha hecho ver mi despiadado y, sin embargo, querido equipo corrector, alguna que otra vuelta más (y a ser posible un buen corte de tijera).

Lo inicio con la cita en la que Kertész recuerda la culpabilidad que sintió al dejar en una habitación de hospital a su madre fatalmente enferma. La relación del escritor con ella nunca fue muy estrecha. Con el humor que le caracterizaba, Kertész la describía como una mujer hermosa, algo frívola y egoísta, que en su infancia se desentendió un tanto de él y, cuando alcanzó la madurez, no aprobaba en absoluto casi nada de lo que hacía, aunque tampoco esperara demasiado, de manera que sólo se lo recordaba muy de pasada. Así, aunque no pudiera calificarse de enriquecedora o estimulante, su relación terminó siendo bastante civilizada y poco opresiva.

Pero da igual. En el fondo da lo mismo. Puede que tu madre o tu padre hayan sido tu refugio de amor y tu modelo de vida. Puede que no lo fueran, pero hayas conseguido con el tiempo, la buena educación y cierto sentido irónico de la vida, quererles y aceptar su manera de amarte sin pagar el precio de tener que cargar sobre tus hombros el peso de sus desdichas, de tener que hacer propias sus preocupaciones, angustias o sufrimientos. Es posible, por último, que te haya faltado la fortaleza para evitar esto último y la valentía de huir cuando aún estabas a tiempo. Entonces terminas prisionera en una cárcel de afectos que no comprendes por alguien que sospechas no te ha conocido ni entendido nunca en el fondo. Alguien que algunas veces parece tener asuntos pendientes contigo, a la que te da la sensación de que no terminas de caer bien, mientras que en otras ocasiones se aferra a ti como su tabla de salvación, su única interlocutora posible.

No se puede negar nunca el amor de una madre por su hijos, aunque ese amor te haya hecho más mal que bien y haya habido momentos en que, con esa crueldad analítica de la que eres muy capaz, hayas visto en él una especie de mero imperativo biológico o social. Y, por eso, siempre eres culpable ante ella. Siempre, pero especialmente cuando la abandonas, le das la espalda; cuando delegas en otros sus cuidados. Sabes que si pudiera todavía pensarlo o decirlo, preferiría que lo hicieras tú, aunque tantas veces te haya repetido a lo largo de tu vida la lista interminable de nimiedades que haces mal. Sabes, también, que no podrías soportarlo si lo hicieras.

Desde el día en que la vi entrar en aquel comedor lleno de ancianos de aquella primera residencia mastodóntica hasta cada sábado a las 20 horas que la dejo en la más pequeña y casera que ahora ocupa, me siento como ese asesino cobarde que prefiere no ver el dolor que su abandono provoca y dejarlo en manos de los profesionales de la enfermedad y la muerte.

Mi madre tiene Alzheimer. No entiende nada de lo que le dices (apenas puede prestar la mínima atención que requiere escuchar) y no puede expresarte ya lo que tanto la angustia. No para quieta y la única manera que he encontrado de poder estar las dos un rato sentadas tranquilas es ir con ella a misa en la capilla de su residencia. Así lo hice en Nochebuena, en su peculiar misa del gallo a las seis de la tarde. Entonces me deja que la coja de la mano e impida así que se levante y se vaya a no sabe ni ella dónde. Mi mano aliada con la rutina del musical murmullo litúrgico logra el pequeño milagro de la paz. Y entonces te llega una frase que te acaricia y consuela, a ti, la asesina siempre arrepentida, siempre reincidente. Era un canto del Aleluya: “Mañana quedará borrada la maldad de la tierra”.

No se sabe el mañana de qué día será, pero será un día, no en el final de los tiempos, ni en un futuro siempre diferido hasta el fin de la historia. No, será un día que vendrá tras otro y al que seguirán más, pero ese día no simplemente triunfará la bondad, dejando la injusticia, el dolor y la muerte en el pasado. La maldad quedará borrada, toda, la pasada, presente y futura. Una esperanza absurda, una fe (credo quia absurdum) que se articula luego en diferentes cuerpos de creencias, algo que, como deseo, podría ser universalizable. Y de esa escéptica que soy, salió esa tarde un frío, roto y solitario Aleluya.



Well I’ve heard there was a secret chord / Escuché que había un acorde secreto
That David played and it pleased the Lord /que David tocaba y agradó al Señor.
But you don’t really care for music, do you? / Pero a ti la música no te interesa, ¿verdad?
Well it goes like this: / Bueno, es algo así:
The fourth, the fifth, the minor fall and the major lift / la cuarta, la quinta, el menor cae y el mayor sube.
The baffled king composing Hallelujah / El desconcertado rey componiendo un Aleluya

Hallelujah, Hallelujah /Aleluya, Aleluya.
Hallelujah , Hallelujah /Aleluya, Aleluya.

Well your faith was strong but you needed proof /Sí, tu fe era fuerte, pero necesitabas probarla.
You saw her bathing on the roof /La viste bañarse en el techo.
Her beauty and the moonlight overthrew you /Su belleza y la luz de la luna te derribaron.
She tied you to her kitchen chair /Ella te ató a su silla de la cocina,
And she broke your throne and she cut your hair / rompió tu trono y cortó tu pelo;
And from your lips she drew the Hallelujah / y de tus labios extrajo el Aleluya.

Hallelujah, Hallelujah /Aleluya, Aleluya.
Hallelujah , Hallelujah /Aleluya, Aleluya

Now, maybe there's a God above / Ya, tal vez haya un Dios arriba.
As for me, all I have ever learned from love / Por mi parte, todo lo que he aprendido del amor
Is how to shoot someone /ha sido cómo disparar a alguien
Who outdrew you / que desenfunda antes.
But it's not a cry that you hear tonight / Pero no es un llanto lo que escuchas esta noche.
It's not some pilgrim who claims to have seen the light /No es un peregrino que dice haber visto la luz.
No, it's a cold and a very broken Hallelujah / No, es un frío y muy roto Aleluya.

Hallelujah, Hallelujah /Aleluya, Aleluya
Hallelujah, Hallelujah /Aleluya, Aleluya

Hallelujah, Hallelujah /Aleluya, Aleluya
Hallelujah, Hallelujah /Aleluya, Aleluya

Oh, people, I've been here before / ¡Oh, pueblo!, yo he estado aquí antes.
I've seen this room and I've walked this floor / He visto esta habitación y caminado por este suelo.
You see, I used to live alone before I knew you /Solía vivir solo antes de conocerte, ¿sabes?
And I've seen your flag on the marble arch / Y he visto tu bandera en el arco de mármol.
But listen love /Pero escucha, amor:
Love is not some kind of a victory march / el amor no es una especie de marcha victoriosa.
It's a cold and it's a very lonely Hallelujah / Es un frío y muy solitario Aleluya.

Hallelujah, Hallelujah /Aleluya, Aleluya
Hallelujah, Hallelujah /Aleluya, Aleluya

There was a time you'd let me know / Hubo un tiempo en que me dejabas saber
What's really going on below / lo que pasaba de verdad abajo.
But now, now you don't even show it to me, do you? / Pero ahora, ahora ni siquiera me lo muestras, ¿verdad?
I remember when I moved in you / Recuerdo cuando me instalé dentro de ti.
And the Holy Dove, she was moving too / Y la Paloma Sagrada, ella también se movía
And every single breath that we drew was Hallelujah / y cada aliento que exhalamos era un Aleluya.

Hallelujah, Hallelujah /Aleluya, Aleluya
Hallelujah, Hallelujah /Aleluya, Aleluya

I've done my best, I know it wasn't much /Hice lo mejor que pude, sé que no fue mucho.
I couldn't feel, so I learned to touch / No podía sentir, así que aprendí a tocar.
I've told the truth / He dicho la verdad.
I didn't come here to London just to fool you / No vine aquí, a Londres, sólo a engañarte.
And even though it all went wrong / Y aunque todo salió mal,
I'll stand right here before the Lord of Song / me presentaré aquí, ante el Señor del Canto,
With nothing, nothing on my tongue but Hallelujah / con nada, nada en mi lengua salvo un Aleluya.

Hallelujah, Hallelujah /Aleluya, Aleluya
Hallelujah, Hallelujah /Aleluya, Aleluya

Hallelujah, Hallelujah /Aleluya, Aleluya
Hallelujah, Hallelujah /Aleluya, Aleluya.
 Feliz año a todos, y que podamos seguir concibiendo y esperando lo imposible, como, por ejemplo, la redención.

miércoles, 20 de diciembre de 2017

"Diegotown"

Foto: Beglib (Morguefile)

Por Esperanza Goiri

El título es un “palabro” que me he sacado de la manga para describir el “territorio” en que vive mi adolescente favorito. “Diegotown” está ocupado en su totalidad por un fortín lleno de troneras y torres que se comunica con el resto del mundo por un pesado e imponente puente levadizo. Lo rodea, como a todo castillo que se precie, un foso que su propietario se ha asegurado de poblar con temibles especies acuáticas para disuadir a los visitantes no deseados. Una tarde se me ocurrió meter un dedo en sus aguas y algo con dientes por poco me lo arranca de cuajo.

Normalmente el puente se encuentra izado. Pero de vez en cuando, sólo de vez en cuando, desciende con un metálico sonido y su entrada queda accesible. En esas ocasiones, antes de que vuelva a subir, me apresuro a cruzarlo con alegre trotecillo y el ánimo expectante, preparada para cualquier eventualidad. Lo habitual es que me toque dar largos paseos alrededor de la alcazaba, como quien no quiere la cosa, mientras finjo ejecutar las más diversas tareas, atenta a cualquier señal que pueda vislumbrar. Pendiente, sin atosigar, de los seres numerosos y bulliciosos que frecuentan el castillo y absorben en progresión imparable más y más tiempo de su morador. No estoy segura, no me hagáis mucho caso, porque en la distancia los sonidos se confunden con facilidad, pero creo haber oído alguna que otra risa femenina.

He aprendido a manejarme con soltura en el dialecto que se habla en “Diegotown”. Sé interpretar, casi en traducción simultánea, toda una gama de sonidos guturales y gruñidos que manifiestan aprobación, disgusto, hartazgo, indiferencia… Mi oído se ha adaptado a la vertiginosa rapidez con que se emiten ciertos mensajes en momentos de “subidón” y efervescencia. También puedo completar, con un porcentaje bastante elevado de aciertos, las frases inconexas e imprecisas que glosan ese peculiar idioma.

Foto: Warren Wong (Morguefile)

Hay días que suenan clarines y trompetas y me invitan formalmente a visitar el recinto. Aprovecho para intentar enterarme de qué se cuece en sus cocinas, pero sin traspasar los límites; no vaya a ser que no me vuelvan a recibir. Es inevitable que nos toque, de tanto en tanto, batirnos en duelo en el patio de armas. Nunca a muerte, como mucho a primera sangre. Después cada uno se retira a lamerse las heridas. Una ofrenda de paz, en forma de pizza margherita o tarta de limón, suele reanudar las relaciones diplomáticas.

Me consta que el señor de este singular castillo, aunque se oculte tras las almenas o a la sombra de algún torreón, observa con atención el poblado adyacente y a sus habitantes. Es decir, a mi costilla y una servidora. Le tranquiliza constatar (eso sí, antes de reconocerlo se sometería a cualquier tipo de tortura) que ahí está su campamento base para lo que haga falta. Como también sabe, y si lo ignoraba le quedará claro al leer estas líneas, que existe un ariete macizo y potente, listo para ser utilizado y tumbar la puerta de su fortaleza, sin contemplaciones, al menor indicio de alarma.

Llegará un día que el alcázar será abandonado y su dueño partirá en busca de nuevos horizontes. Se procurará que vaya bien pertrechado y se le dejará marchar. Es de esperar que quiera seguir frecuentando el campamento base.

Probablemente, en una de esas futuras estadías contemplará con cierta nostalgia los restos de esa ciudadela que un día le sirvió de refugio. Ese refugio que, como él, todos hemos ocupado en esa turbulenta etapa de la vida que luego añoramos, conscientes de que nunca regresará. Woodsworth  lo supo expresar magistralmente: "Aunque ya nada pueda hacer volver la hora del esplendor en la hierba, de la gloria en las flores, no debemos afligirnos, porque la belleza subsiste en el recuerdo".






miércoles, 13 de diciembre de 2017

Necesito un héroe


Por Marisa Díez

Hace unos días fui consciente de la cantidad de mitos que se me han caído en los últimos tiempos. Hasta podría asegurar que ya no me queda ninguno en pie, excepción hecha de mi madre, claro está, que sigue imbatible en el primer puesto del pódium desde que asumí que soy absolutamente incapaz de parecerme siquiera un poquito a ella en lo que se refiere a valores tales como valentía, tesón e integridad.

Pero una madre es una madre y adorarla no tiene nada de insólito ni de particular. Más extraño es profesar una admiración sin límites por otras personas que, la mayoría de las veces, desconocen el entusiasmo que provocan en ti. Si le preguntaran a cualquiera de mi círculo familiar más cercano, probablemente contestarían que el primer ser que despertó en mí este sentimiento fue mi tío, uno de los hermanos de mi madre. Cada vez que se presentaba en casa, sin previo aviso, era una fiesta. Jugaba con nosotras, nos disfrazaba, nos llevaba de paseo en su inolvidable seiscientos o pasábamos tardes enteras en su casa, atiborrándonos de caramelos y correteando por ese apartamento que a mí siempre me pareció el hogar perfecto. Llegué a tener una foto enorme suya que coloqué al lado de mi cama, como si pretendiera de esta manera ahuyentar los fantasmas que cada noche me acechaban en forma de pesadillas. Sí, mi tío fue mi primer ídolo, sin duda, por el cariño sincero que nos profesaba y por su amor incondicional hacia los niños.

Después de él, y sin llegar a desterrarle del todo de mi personal escalafón, disfruté de algún otro héroe. Mi primera compañera de colegio, o quizá aquella profesora de infantil que se convirtió en objeto de adoración por sus muestras continuas de afecto hacia sus pequeños alumnos. Y mi amiga Elena, que aun siendo dos años mayor que yo, nunca dejó de jugar conmigo ni de prestarme sus muñecas.

Pero según va pasando el tiempo, me resulta cada vez más difícil encontrar algún personaje merecedor de integrar con dignidad mi particular limbo mitológico, por lo que, a menudo, lo descubro vacío de héroes. No sé bien si será mi culpa o que mi nivel de exigencia raya en lo inalcanzable; lo cierto es que, a día de hoy, no consigo añadir ningún elemento nuevo a mi grupo de escogidos. Menos mal que aún conservo un apartado dedicado íntegramente a mis ídolos profanos. A veces me agarro a ellos como una lapa y por eso sigo venerando, por ejemplo, a ese cantautor que todavía no ha conseguido defraudarme y ante el que continúo quitándome el sombrero cada vez que leo o escucho alguna de sus declaraciones. Y aunque él no pertenece a lo que llamaríamos, de manera estricta, mi esfera personal, es lo más parecido que encuentro a uno de esos ídolos que todavía no ha llegado a manchar sus pies de barro.

Y yo necesito alguien a quien admirar. Soy muy simple y me hace falta descubrir en los demás aquellos valores de los que carezco, para así intentar parecerme un poquito a ellos. Pero reitero mi incapacidad para encontrar nuevas deidades que integren mi particular universo fetiche. Y como ya os he informado de que en los últimos meses se me han caído alguna de mis estatuíllas favoritas, ahora no encuentro ningún campeón idóneo para cubrir los huecos que me han quedado vacantes. Asumo que el nivel materno es imposible de alcanzar, pero, yo qué sé, ¿tan difícil está la competición para que nadie se acerque, ni siquiera un poquito, a mi personal e intransferible Olimpo de los dioses? Al final, no me va a quedar otra que seguir en mi búsqueda para reponer las piezas perdidas de mi estantería. Si no tengo más remedio, rebajaré mi nivel de exigencia, porque yo, sin mis héroes, es que no soy nada.

Hay ídolos que, después de desplomarse, jamás vuelven a ocupar su primitivo lugar en el ranking. Otros, por el contrario, a fuerza de superar las pruebas a las que se les somete, consiguen situarse en un espacio más o menos cercano al que un día ocuparon. De ellos, y sobre todo, de mi capacidad para asumir la certeza de que cualquiera puede, en un momento de descuido, sumergirse en el lodo, dependerá que en mi altar vuelvan a reinar mis héroes caídos.