jueves, 21 de septiembre de 2017

Trabajo sucio

Por Esperanza Goiri




Estos días ha entrado en mi vida un nuevo hombre que atiende al nombre de Ray Donovan. Me está quitando horas de sueño y me fascina y repele por igual. Es el protagonista de una serie americana que cuenta el día a día en Los Ángeles de un personaje que se dedica a eliminar la porquería de los “peces gordos” de Hollywood y aledaños. Lo que en inglés se denomina un personal fixer: un “solucionador” personal. ¿Un cadáver molesto, drogas, chantajes, una filtración inoportuna, fiestas con un desenlace fatal? No problem, ahí está el eficiente de Ray para limpiar y dar esplendor, borrar huellas, pagar a las víctimas, silenciar conciencias, utilizar a discreción puños o bate... Sin embargo, no hablamos de un vulgar matón, de un simple esbirro que acata órdenes. Donovan es un profesional, un tío respetado y temido que manipula a placer a unos y a otros. Un ser inteligente y muy perceptivo de la naturaleza humana. Casado, con dos hijos adolescentes. Responsable y protector de tres hermanos disfuncionales. Con un padre ex convicto y arrastrando un trauma infantil que no acaba de digerir, no puedes evitar identificarte con Ray. Mata, traiciona, engaña, pega, chantajea, lo peor de lo peor. Pero, al mismo tiempo, sufre graves ataques de culpabilidad, intenta ser buen marido y padre, es clemente, empatiza y ayuda a los humanoides que encuentra en ese lodazal en el que todos se revuelcan. Jamás se queja. Asume lo que es y sus consecuencias. Es víctima y verdugo. Por eso le abrazarías e invitarías a un café para darle un respiro en ese horror de vida que lleva.

A Donovan le pagan para hacer el trabajo sucio, ese con el que nadie quiere mancharse las manos. Ese que todos sabemos que existe pero que preferimos ignorar. Ese que dejamos que otros hagan por nosotros porque nos resulta incómodo, desagradable o violento. Sí, todos tenemos a nuestros particulares Rays Donovan. Digamos que en vez de basura con palabras mayores, como la que se ventila en la serie, nuestros “solucionadores” limpian “basurilla”, porquería de andar por casa, pero en esencia es lo mismo: se utiliza a alguien para quitarnos de en medio marrones molestos.

Ante la realidad de Donovan es fácil caer en la superioridad moral que, como espectadores, nos creemos con derecho a tener: "¡Vaya tipejos!", pensamos. Pero allí, al menos, las cosas están claras y todo el mundo sabe a lo que juega. A este lado de la pantalla, en más de una ocasión, la distribución de papeles no está siempre tan clara.

jueves, 14 de septiembre de 2017

Lección de anatomía

Lección de anatomía. Danilo Kiš.

Acantilado: Barcelona, 2013. 384 pp. 26 euros.


“Uno se ve forzado a servirse de semejantes paradigmas, a dar una lección de escuela secundaria, evidentemente con la esperanza de que el lector que tenga hoy en las manos este libro pueda entender y justificar mi proceder, y al que, quizá, lo tenga en las manos en otros tiempos mejores, le pido perdón por nuestros pecados, por nuestra ignorancia, por nuestra actuación, y que acepte esta demonstratio como un documento de una época y de un clima determinado. Y que me perdone”.

Por J. Teresa Padilla

Lección de anatomía no es un libro agradable de leer. Nace de las insinuaciones maliciosas del que, al parecer, era el pope literario en la Yugoslavia de entonces (un tal Jeremic) sobre la posible existencia en Una tumba para Boris Davidovich, la última novela en aquel momento de Kiš, de textos de otros autores a los que no se citaba como fuente. La acusación que nunca se atrevieron (todos estos individuos tienen siempre una camarilla de secuaces que los corean) a expresar con claridad era, pues, la de la existencia de plagio. Con este libro, Kiš intenta desmontar los absurdos y contradicciones de esta acusación y, de paso, del andamiaje que sustenta a sus acusadores. Disecciona sus textos, sus palabras, para sacar a la luz y hacer evidentes la ignorancia, la estupidez y la perversidad de esa acusación cobardemente velada. Pero lo hace con amargura y desesperación, casi enloquecido por la injusticia y la irracionalidad, por la sordera de la sociedad (política y literaria) en la que vive, que se alimenta de tópicos y eslóganes, cateta y, como el tiempo demostró, ridículamente nacionalista (valga el pleonasmo): totalitaria, sí, pero además kitsch, muy kitsch.

“El cogito ergo sum se vuelve coito ergo sum, como lema y forma de ver el mundo, en el sentido literal y metafórico. (…) Los cuarentones escriben obras epistolares amorosas (en verso y prosa), buscan su amor perdido y la «juventud que se fue para no volver», sin ser capaces de escurrir de sus ya resecos testículos ni la nostalgia romántica de la «juventud» de Stankovic, ni el paraíso y el infierno físico-espirituales de Dante, ni el temblor metafísico de Novalis, ni el mito (falócrata) de la sexualidad de Miller, ni la angustia (en el sentido kierkegaardiano de esa palabra) erótica y trágico-irónica à la Philip Roth.

Los cojones son, aparte de eso, una marca nacional, el marchamo racial; las otras naciones tienen la suerte, la tradición, la erudición, la historia el ratio, pero los cojones son sólo nuestros y únicos. En nuestro país se entra en la literatura según un severo rito medieval, vaticanista y papal, mediante el cual, el feliz candidato al título de Supremo Cojonudo pasa ante los críticos ya entronizados de la Gran Orden del Cojonudo, que se convencen con sus propias manos de la virilidad del futuro vasallo, y con un asentimiento de la cabeza y la palabra mágica habeat contiene no sólo su talento literario, sino también su pertenencia racial y literata. Los cojones, son, por tanto, la señal de garantía de que el artista no pecará de pensamiento, palabra, obra ni omisión contra las leyes de la comunidad, y por tanto, no usará su cabeza, ni la arriesgará”.

Este es el muro, sordo a razones, con el que se estrella sin cesar, impotente para rendirse a la estulticia y callar. Así que, sin esperanza de atravesarlo, una y otra vez reproduce las palabras exactas de sus acusadores para desmontarlas, diseccionarlas, mostrar sus contradicciones o refutarlas con los ejemplos de Borges o Thomas Mann. Da igual. Hay varios momentos en Lección de anatomía en los que el autor nos recuerda a ese padre enloquecido por la soledad y el miedo que creó para nosotros en su trilogía autobiográfica, Circo familiar.

Casi todo en esta obra parece una lección inútil de la que sólo sacará provecho el que quiera escuchar, si es que existe, “porque el escritor, escribe, en realidad, para su lector, para un lector a su medida”. Nunca la aprenderán aquellos a los que va dirigida, los que la necesitan más que nadie. Porque éstos son impermeables a la razón y a la lógica tanto como al sufrimiento que son capaces de causar.

Pero no todo es enfrentarse a la fealdad y maldad de la estupidez ideológica erigida en vox populi. La lección de anatomía nos ofrece también una hermosa, potente y clara descripción, hasta donde es posible (la magia no resiste la explicación exhaustiva), de ese “proceso alquímico”, esa “transmutación” del metal (el logos, la palabras, en este caso) en oro (vida, verdad), en que consiste escribir. Son pocas páginas, pero que llenan los pulmones del oxígeno necesario para enfrentarse a esa agónica lucha por que la verdad se imponga sobre la falsedad lapidaria de la “comunidad”.

Me temo que no vivo tiempos mucho mejores que los tuyos, Danilo, así que no, no tengo nada que perdonarte.

jueves, 7 de septiembre de 2017

Fotografías

Foto: J. Teresa Padilla
"Senza flash! «Sin flash!»
(exclamación que se oye a menudo en las galerías italianas)

Sin llama, sin noches de insomnio, sin ardor,
sin lágrimas, sin grandes pasiones, sin convencimiento.
Viviremos así: senza flash.

Queda y pausadamente, dócilmente, entre sueños,
las manos manchadas con la tinta negra de los diarios,
las caras grasientas de crema: senza flash.

Turistas sonrientes, camisas impecables,
Herr Lange y Miss Fee, Monsieur et Madame Rien
entrarán en el museo: senza flash.

Se detendrán ante el cuadro de Piero della Francesca, donde
Cristo, casi enajenado, surge de la tumba,
resucitado, libre: senza flash.

Quizás ocurra entonces algún hecho imprevisto:
se agite el corazón bajo el tejido suave,
se haga el silencio, destelle el flash".

("Senza Flash", de Adam Zagajewski, trad. de Elzbieta Bortkiewicz).

Por J. Teresa Padilla

Desde finales del 2002 he tenido cámaras digitales. Lo sé porque es a partir de esa fecha que se acumulan las fotos en mi ordenador. En él y en un disco portátil que me compré con un cheque regalo de Amazon que me entregó una empresa en la que había realizado unas prácticas. No es una obsesión sólo mía: en un foro de fotografía que hace tiempo frecuentaba, uno de los temas de discusión recurrentes era el del número de copias de seguridad necesarias para tener realmente a salvo de cualquier contingencia nuestras fotografías. Sólo por delante en número de entradas y participantes estaba el otro gran tema: cómo ordenar la cantidad ingente de fotos que la era digital ha propiciado que terminemos siempre haciendo (y eso sin contar con las diferentes versiones de una misma que posibilita el retoque fotográfico y entre las cuales parecemos algunos incapaces de decidirnos).

En cuanto al orden he desistido de otra clasificación que la puramente cronológica, y ésta porque mi actual cámara me permite volcar las imágenes en el ordenador automáticamente con ese dato como nombre de fichero que, si no, ni idea de lo que habría sido de mí. Llevo años detrás de un amigo que gracias a un Excel de diseño propio es capaz de localizar sus fotos por múltiples criterios: paisajes (campo o costa), retratos, personas que aparecen, temas (flores, animales, naturalezas muertas) y, por supuesto, fecha. No sé si me considera incapaz de seguir sus instrucciones o se reserva su sistema para patentarlo un día, pero aquí sigo, Jesús, esperando el tutorial.

Tula. Foto: J. Teresa Padilla
Aunque más que el orden, que siempre puede instaurarse, al menos en teoría y por caótica que sea la situación de partida, con tiempo, paciencia y un plan elegido serena y fríamente entre las diferentes alternativas que otros mejores han tenido a bien proponer, el tema de la seguridad es apremiante y tragicómico. Hay quien tiene varias copias distribuidas entre sus familiares y amigos, porque de nada sirve tener las copias en una casa que puede incendiarse, explotar, ser barrida por un huracán o un terremoto. Aseguradas contra todo, prácticamente, salvo el fin del mundo. Como veis yo no llego a tanto y me conformo con protegerlas de algún virus informático o de la explosión del ordenador. En realidad, y en lugar de varias copias de seguridad exiliadas e itinerantes (regularmente habrán de volver a casa para actualizar su contenido), yo adopto una medida de seguridad adicional completamente absurda.

Desde que las fotos tienen una realidad mayoritariamente virtual me da la sensación de que casi todos, en diferentes grados, tenemos más miedo a perderlas que antes, en la era analógica. También hay a quien no le importa, y acumula fotos en su móvil hasta que la memoria se llena y va borrándolas para dejar espacio a las nuevas: es la persona plenamente adaptada a esta época del usar y tirar, que vive el presente y acepta, me temo que inconscientemente, su fugacidad. Para mí es un ser humano completamente incomprensible, un enigma, pero existe y no soy quién para negarle la pertenencia a mi propia especie. Luego están los que, conscientes de las múltiples posibilidades de conservación que la era digital ofrece (copias fáciles e ilimitadas, dispositivos varios, la nube…), no puede evitar tener remordimientos ante la posibilidad de no haber hecho todo lo posible por salvaguardarlas. A estos los comprendo y compadezco. Entre unos y otros están las personas razonables (tan aburridas como envidiables) y nosotros (espero no ser la única), aquellas a las que nos preocupa la seguridad y conservación de nuestro pasado fotográfico, pero no somos capaces de responder con un mínimo de lógica a esta preocupación.

Ante todo hay que decir que esta prevención contra la destrucción o pérdida desatada por lo digital es en el fondo bastante absurda, porque los negativos y, más aún, las copias en papel se estropeaban y extraviaban con pavorosa facilidad. Por eso el colmo ya de la tontería es lo que hace el grupo en el que me incluyo: complementar esa copia de seguridad digital, que sólo puede salvar de algún raro incidente informático, con el revelado (¿o debería decir impresión?) de las mejores tomas y la creación a partir de ellas del álbum de toda la vida o, en el colmo del sinsentido, su atesoramiento en una caja. Confesemos: En mi generación somos muchos los que desconfiamos de la realidad fantasmagórica de lo digital, de la inmutabilidad y fiabilidad de las “nubes”. Es una desconfianza irracional, pues la cabeza nos dice que lo digital, como las cucarachas, nos sobrevivirá a todos, pero el corazón nos pide tocarlo, darle un soporte físico. Como los libros. Bueno, no, lo de los libros, en mi caso, es aún peor.

Estos días ando, pues, eligiendo las fotos que voy a pasar a papel. Pero también lo contrario: he rescatado de la casa de mi madre varios álbumes de fotos antiguas, algunas incluso del siglo XIX, otras las típicas fotos familiares que mi padre nos hizo a todos con la única cámara que poseyó, la misma con la que yo hice mis primeras fotografías y aún conservo. Me he propuesto encontrar la forma de pasarlas a formato digital de la mejor (y más económica) forma posible.

Así, mientras que necesitamos más de una copia de lo digital y preferentemente también una física para sentir que nuestros recuerdos estén seguros y nos pertenecen, también necesitamos asegurar el frágil papel o la emulsión fotográfica del negativo en una copia digital.

Y todo este esfuerzo, toda esta ansiedad, ¿para qué? Mira tus fotografías: encontrarás algunas de estudio, hechas por profesionales, tan perfectas que, si la conociste, no terminas de reconocer a la persona que posa (o de reconocerte, si eres tú misma). Imaginas que también esos abuelos o bisabuelos que murieron mucho antes de nacer tú eran muy diferentes cuando sonreían espontáneamente. Luego hay fotos de tu infancia, de tus hermanos. Algunas, las mejores, están hechas sin previo aviso y puedes ver tu propio rostro como ningún espejo podrá reflejar nunca. Un rostro que no disimula la alegría o el hastío del momento. Te ves niña junto a tus hermanos, también niños, y sientes ternura y añoranza por esos seres desaparecidos un día en el fondo de nosotros y que siguen siendo lo mejor de lo que somos. Más raramente aparecen tus padres, jóvenes y aparentemente felices, y te das cuenta de que tus recuerdos no son la única versión de su historia y lamentas que no te contaran la que esas fotos parecen ilustrar. Luego la fotógrafa, y la que más raramente aparece, pasas a ser tú. Fotografías los atardeceres, tan diferentes en su similitud, que la ventana de tu habitación te ofrece todos los días; a tus perras, que tan rápidamente pasan de la infancia a la vejez; a tus hijos, intentando retener en la imagen el milagro de sus gestos, el olor de su pelo, esa forma de mirar que sólo tienen los niños, todos los niños.

Foto: J. Teresa Padilla
Intentamos detener el tiempo para siempre con ellas y, en cierta forma y por un momento más o menos largo, lo conseguimos. Pero es mera hybris, una falta contra nuestra condición mortal y, por ello, de sometimiento al tiempo que algún día pagaremos. Por eso, quizá, nuestro enfermizo miedo al castigo de perderlas; nuestra ansía por protegerlas de todas las maneras posibles. De ahí también, supongo, la prohibición que pesa sobre la fotografía en algunas culturas, primitivas y no tanto.

“No te harás escultura ni imagen alguna ni de lo que hay arriba en los cielos, ni de lo que hay abajo en la tierra, ni de lo que hay en las aguas debajo de la tierra” (Éxodo, 20-4).

Hasta la religión en la que me eduqué tuvo que reconocer que necesitábamos ver lo invisible, la belleza y la bondad de mortales e inmortales, para poder amarlos y sentir su amor, y, en consecuencia, levantar la prohibición. Pero sabemos que tarde o temprano pagaremos por esta rebelión contra el tiempo que pasa y la muerte. Nosotros y nuestras fotografías, probablemente por este mismo orden.

jueves, 31 de agosto de 2017

Volver a casa

Foto: J. Teresa Padilla

“Nunca he tocado el cielo
como otras muchachas valientes,
pero he llorado mucho y sinceramente,
y dejadme en la torre entrar” (Marija Cudina, “Niñas irreales”, extraído de Homo poeticus, p. 129. Danilo Kis).

Por J. Teresa Padilla

Aunque todavía no me he recuperado del todo y quería escribir sobre otra cosa (siempre es otra cosa, justo la que exige unas plenas capacidades que nunca alcanzo), como siga dejándome llevar por la pereza de las reediciones de escritos antiguos os voy a perder entre bostezos o, lo que es peor, me voy a perder a mí misma en esta muerte en vida de la agrafía.

Independientemente de las circunstancias concretísimas de este breve viaje de una semana a la costa más occidental de Huelva, he de confesar mi natural sedentarismo. Como esos canarios criados en jaulas a los que aterra permanecer fuera de ellas siquiera el momento que se tarda en limpiarlas un poco más a fondo de lo habitual, yo también me resigno a mi destino de un cambio temporal de ubicación aunque en el fondo de mi corazón, y mientras no puedo dejar de apreciar la belleza de lo que contemplo y la exótica sonoridad de los acentos de las gentes cuya tierra visito, no dejo de desear que llegue la hora de poder volver a casa. Sé con certeza cuál es la razón: ambos, el pájaro y yo, nos criamos en cautividad.

Cualquiera diría al leerme que esa casa que añoro desde el momento mismo en que la abandono es o ha sido siempre un espacio de paz y felicidad. No es así, lo cual hace todavía más absurda mi querencia. Supongo que la verdad es que, como al canario, me puede la inseguridad y prefiero, como se suele decir, lo malo conocido a lo bueno por conocer. No obstante, comprendo mejor al pájaro que a mí misma, pues él parece amar ese pequeño mundo y lo celebra con sus gorjeos y trinos, mientras que yo, a poco de volver a él, ya estoy deseando huir. Huir o esconderme dentro, que no sé si son dos formas de lo mismo. Escapar, pero sin dejar atrás lo que me da seguridad, sin dejar mi casa: mis niños, mis perras, mis cosas… Como es un deseo contradictorio, me deja inmóvil allí donde me asalta, y gracias, porque la salida más lógica que se me ofrece en estos trances no es la puerta, sino la ventana. Inmóvil, primero desesperada por no encontrar otra vía de escape, pues huir de casa equivale a evadirme de mi mundo y mi mundo es el mundo, el único, al menos, que siento así. Luego, una vez recuperada la serenidad, reconozco que la huida supone una elección previa por la libertad y, como toda elección, tiene su coste, inasumible para muchos. En este caso la renuncia a la seguridad y al cobijo de tu rincón en el mundo. Entonces se impone la solución más obvia, que es la de recluirte en él procurando la máxima invisibilidad. Y es que el hogar, esa casa a la que casi todos en algún momento y algunos, como yo, siempre anhelamos volver, no es exactamente un lugar físico en el mundo. Está en el espacio, pero en uno en parte interior, a medias real, a medias imaginario. Un espacio en el que habitan cosas (libros, fotos, relojes, joyeros...), pero también seres animados, vivos o muertos, recuerdos, añoranzas, sueños. Cuando vuelves a casa, a la física, la euforia te invade hasta que te das cuenta de que tu hogar no es, por más que contenga cosas que le pertenecen, éste, sino uno que está dentro de ti (el de la infancia o el del futuro que pudo ser y no fue) y en cierta forma, desde el punto de vista de la realidad, perdido para siempre. Por eso, si fuéramos razonables, quizá elegiríamos la libertad y nos desarraigaríamos.

Foto: J. Teresa Padilla

Hace falta valor para elegir la libertad, aunque se sepa que casi siempre se terminará por disponer de un nuevo rincón propio en el mundo con sus propias ataduras y seguridades. Pero entretanto es duro hacer frente a la intemperie de ese gran espacio extraño, amenazador e inabarcable que te espera durante un tiempo más o menos largo. No sé si realmente existen, pero no puedo dejar de ver a los vagabundos vocacionales como héroes que han vencido el miedo, para mí, más elemental y básico: el de encontrarse solo y en la calle, sin otras pertenencias que las que puedas llevar contigo. No poder volver a casa, aun con el espejismo que encierra, o no poder entrar en ella, perderla… Una pesadilla que viven todos los días más personas de las que queremos imaginar. Personas que lloran, por más que les digan que deberían celebrar, por ejemplo, haber sobrevivido a una pérdida que, supongamos, ha sido sólo material. Tienen razón los valientes, los luchadores. En esto como en casi todo. Yo no se la niego. Los que no se rinden merecen nuestra admiración, pero sólo si su valentía no se asienta sobre la ceguera. Y es que los cobardes que sólo sabemos llorar y lamentarnos, aunque distorsionada quizá por las lágrimas, vemos la otra cara de la verdad, la que nos recuerda que todo, antes o después, se perderá, que nadie sobrevivirá. La aceptación de la derrota exige quizá otro tipo de valor, más modesto o menos épico, el de reconocer con franqueza que el dolor y la desgracia son "la vida, que habla en la única lengua que conoce bien”, y que no existe otra salida que la de lanzarse, pese a todo, a ella, como el valiente, o refugiarse en la torre de una libertad sólo interior y hacerse, siempre y cuanto antes, esa casa, ese rincón en el que agazaparnos para protegernos de sus zarpazos mientras disfrutamos de la belleza que, como para engatusarnos, nos ofrece. Vitoreemos, pues, al valiente, al vencedor (aun temporal), si lo es en buena lid, pero no os olvidéis de los otros y de nuestra apagada y temerosa existencia. También saber perder, renunciar a la lucha o, simplemente, rechazar la victoria puede ser digno de alabanza.  Al fin y al cabo, “la vida es un juego con muchas reglas pero sin árbitro. Se aprende a jugar mirando, más que mediante libros, incluida la Biblia. No es de extrañar, pues, que muchos jueguen sucio, que pocos ganen y que muchos pierdan” (Joseph Brodsky). También el banquillo es parte del juego, de la vida.

Os conté que el mar hablaba y, tras mostrarme la belleza de su luz y de su oscuridad, me ha dicho que mi sitio no está en él. Y con él (o ella, como la llaman los que la conocen bien) no se discute.

jueves, 24 de agosto de 2017

Batallitas



Por J. Teresa Padilla

Ya sé que, cada vez que amenaza con irrumpir de nuevo en la conversación, fingimos de una forma teatralmente exagerada el mayor de los hastíos. Que quienes las cuentan, nuestros mayores por lo general, aunque ni mucho menos sólo ellos, lo hacen en gran medida de manera involuntaria. La frase más insulsa, el detalle más nimio, puede traerles a la memoria, en el momento más insospechado, alguno de esos escogidos episodios de sus vidas que irremediablemente tienen que ser verbalizados y compartidos. A pesar de conocer de sobra la reacción que van a desencadenar en su auditorio. A pesar de saber que terminarán siendo víctimas de todo tipo de mofas, imitaciones y chanzas. A pesar de todo. Cuando el recuerdo que la batallita relata se despierta, no hay fuerza humana o divina que lo contenga en el silencio de la propia memoria.

Esto es así. Es un hecho incontestable avalado por siglos de experiencia coloquial y generaciones de humanos parlantes. Tarea de la psicología será encontrar una explicación convincente a semejante comportamiento a todas luces temerario, gratuito y absurdo. No la he encontrado, aunque seguro que tampoco la he buscado con la aplicación necesaria, pero todo apunta a que el origen conductual o psicológico de las batallitas sigue siendo un enigma.

Sobre todo, porque ni siquiera está muy claro lo que son. La definición que el Diccionario de la Real Academia da de este peculiar diminutivo del término “batalla” es, cuando menos, discutible e inexacta: “Relato de acontecimientos pasados en los que el narrador se atribuye un protagonismo normalmente excesivo”. De acuerdo con esta definición, la batallita es un relato autobiográfico (tal es lo que entendemos por atribución de protagonismo) de hechos pasados concretos, de anécdotas. Lo que ya no se entiende tanto es lo que se quiere decir con “protagonismo normalmente excesivo”. En mi opinión, nunca se pueden protagonizar “excesivamente” los sucesos de la propia vida. De hecho, deberíamos esforzarnos por protagonizarlos con todo el exceso posible. Sólo faltaba que otro personaje pretendiera robarnos plano en el relato de nuestras anécdotas.

Pero no, lo que la Real Academia quiere decir con “protagonismo normalmente excesivo” no es esto. Lo cierto es que los académicos son muy educados y no quieren llamar a las cosas por su nombre, lo cual, dicho sea de paso, no deberían podérselo permitir precisamente ellos. Lo que se insinúa con eso del excesivo protagonismo es que el narrador de las batallitas tiende a exagerar mucho en el relato su papel, a sobreactuar y hasta a MENTIR. Visto así, el origen de la batallita parecería estar en un tan natural como vergonzante e inconfesable narcisismo o egocentrismo. En el puro afán de protagonismo.

Hablemos claro (a diferencia del DRAE): esto es mentira. Una burda y, lo que es peor, malintencionada mentira. La batallita es tan verdadera como cualquier otra anécdota, sólo que ha sido contada, y muchas veces; es decir, que la batallita es literatura oral en estado puro, y ésta tiene sus propias leyes inexorables. Por ejemplo: una historia transmitida oralmente se va enriqueciendo en proporción directa a las veces que es contada. Porque el narrador asiste en directo a la reacción de sus oyentes y, de la misma manera que va suprimiendo aquellos detalles que observa que no interesan, va añadiéndolos en las partes del relato con más éxito público. Vale, sí, estos detalles a veces son reales y otros, quizá, no lo son tanto. Pero tampoco son exactamente mentiras; en todo caso, adornos, trazos gruesos y llamativos (bueno, de acuerdo, exageraciones). De hecho, estos controvertidos añadidos tienen la misma función que los trazos individuales que terminan creando una caricatura. Puede que en sí mismos no se parezcan nada a la realidad que pretenden representar, pero juntos dan, en muchos casos, una imagen de ésta más fiel que una simple fotografía. Y es que de eso se trata: no de mentir sobre nosotros mismos, ni de despertar en el auditorio murmullos inmerecidos de admiración, sino de presentarnos tal y como en el fondo somos, eso sí: en nuestros mejores, desde nuestro propio punto de vista, momentos, los cuales, además, no son necesariamente los más gloriosos. Aquí, y no en ningún egocentrismo, está el verdadero origen de este tipo de relatos.

Ya el propio carácter del acontecimiento que termina dando lugar a la batallita dice mucho de quién somos. Si somos narcisistas, será obviamente uno que nos permita lucirnos con nuestras mejores galas. Pero, en realidad, este tipo de batallas no son las más frecuentes ni, sobre todo, las de mayor éxito. Porque, que lo sepáis, las batallitas pueden sobrevivir a su narrador y pasar de generación en generación convirtiéndose en aunténticas leyendas familiares. Y éstas, como ocurre siempre en literatura, son las buenas, las ejemplares.

El nacimiento de Venus(1484). Sandro Botticelli
Célebres son las batallas de carácter épico, valga la redundancia, que, ya de paso, atestigua el éxito ancestral de este género concreto de batallita. Porque sí, como productos literarios que son, también aquí hay géneros. Desde que la mili dejó de ser obligatoria, la batalla épica entró en franca decadencia y a duras penas sobrevive mezclada con la cómica. Ésta siempre es un valor seguro, asociado o no con la heroicidad épica (que ya nadie se toma muy en serio). Aunque el auditorio intente disimularlo para no darte pie a seguir contando más, y porque forma parte de la escenografía de cualquier batallita que se precie, las historias de todas esas situaciones en que nos hemos puesto o nos han dejado en ridículo, aparte de buenísimas para la salud mental de uno, siempre divierten. Ahora que estoy, espero (lo escribo con antelación), en la playa, me vienen a la cabeza las olas malignas roba-bikinis que te obligan a emerger de las aguas cual Venus de Botticelli. Y eso que, bien mirado y en lo que a mí respecta, deberían haber sido vocalizaciones de admiración y no risas las respuestas más adecuadas a la situación.

Como me sobra ya con las batallitas que tengo, este año me he pasado al bañador. Y negro, que siempre estiliza. ¡A ver quién se ríe ahora!

(Otra publicación rescatada y algo modificada que apareció por primera vez en La vida en su tinta, allá por el 31 de julio del 2015).

jueves, 17 de agosto de 2017

Diarios

Paul Delvaux. Le miroir, 1936
"Era un niño que soñaba
un caballo de cartón.
Abrió los ojos el niño
y el caballito no vio.
Con un caballito blanco
el niño volvió a soñar;
y por la crin lo cogía…
¡Ahora no te escaparás!
Apenas lo hubo cogido,
el niño se despertó.
Tenía el puño cerrado.
¡El caballito voló!
Quedose el niño muy serio
pensando que no es verdad
un caballito soñado.
Y ya no volvió a soñar.
Pero el niño se hizo mozo
y el mozo tuvo un amor,
y a su amada le decía:
¿Tú eres de verdad o no?
Cuando el mozo se hizo viejo
pensaba: Todo es soñar,
el caballito soñado
y el caballo de verdad.
Y cuando vino la muerte,
el viejo a su corazón
preguntaba: ¿Tú eres sueño?
¡Quién sabe si despertó!" (Antonio Machado, Campos de Castilla).

Por J. Teresa Padilla

Escribir un diario es una práctica habitualmente recomendada como terapia psicológica. Los expertos destacan que el mero hecho de sentarse ante una página en blanco, y expresar en ella las preocupaciones o problemas que en cada momento puedan atormentarnos, nos distancia de ellos lo suficiente como para contextualizarlos, comprenderlos en su auténtica dimensión y poder así encontrarles solución más fácilmente. Lo que es obvio, y no necesitamos que ningún psicólogo nos lo diga, aunque tampoco esté de más que nos lo recuerden, es que escribir sobre nosotros mismos y nuestra vida nos ayuda a conocernos mejor, y este conocimiento de uno mismo es el principio de cualquier otro.

Todo aquel que en algún momento haya realizado el ejercicio de disponerse a redactar alguna idea o pensamiento habrá observado que, muy a menudo, lo que pensaba expresar y lo que al final expresa no son, de hecho, exactamente la misma cosa. Pensar es, en realidad, hablar con uno mismo, y no hay mejor forma de consumar este necesario desdoblamiento (en que un yo habla y otro le corrige o pone objeciones que obligan al primero a precisar mejor o incluso modificar lo que piensa) que escribir. Porque, cuando meramente pensamos o reflexionamos, suponemos muchas cosas que sobrentendemos y hacen para nosotros, pero sólo para nosotros, obvio el sentido o la lógica de nuestros pensamientos.

Cuando escribimos, por el contrario, nos obligamos a dar expresión a todas esas ideas o sentimientos ocultos sin los cuales la frase que intenta transmitir nuestro pensamiento no resulta inteligible. Y, al final, muchas veces se descubre que lo más importante no era ese pensamiento consciente al que queríamos dar una expresión comprensible (comunicable en general, aunque no pensáramos compartirla con nadie más), sino todas esas ideas y sentimientos que hemos necesitado sacar a la luz de la escritura para poderlo expresar.

Uno de los regalos que recibí el día de mi Primera Comunión fue un diario. Era un pequeño libro en blanco, con unas tapas de plástico burdeos que imitaban la piel y en cuya portada aparecía impreso en letras doradas, junto a una filigrana vertical, su título: “Mi diario”. Los secretos destinados a emborronar esas páginas todavía en blanco, cuyos cortes también eran dorados, estaban protegidos por un pequeño candadito. Acostumbrada a vivir en un piso pequeño y superpoblado, bajo la tutela de unos padres sobreprotectores que sospechaban de cualquier cosa que una se afanara en ocultar, aquel candado de juguete supuso para mí que se me reconocía por primera vez el derecho a cierta intimidad. Demasiado pronto llegó a mi vida este diario, en el que apenas escribí. Para cuando estuve preparada, el pequeño librito burdeos con su diminuto candado y llavecita doradas me resultaba ridículo, infantil.

Los diarios son una práctica que frecuentemente se inicia más tarde, en la adolescencia, y no es casual. La pubertad es quizá la transición más importante y brusca que experimentamos en nuestra vida, la que nos lleva desde la infancia a la edad adulta. La súbita transformación de nuestro cuerpo, y con él de nosotros mismos, nos convierte en unos extraños en los que apenas nos reconocemos y tiñe el familiar y seguro (con todas sus luces y sombras) mundo de nuestra infancia de la misma extrañeza. El novelista israelí David Grossman, que tanto ha escrito sobre ella, describe la adolescencia como un túnel, más o menos largo y oscuro, en el que entramos siendo niños y que recorremos siempre solos. Y cuando salimos de él nos enfrentamos a un dilema que marcará nuestra existencia adulta: olvidar lo vivido y sentido en ese túnel o prometernos recordarlo. La primera opción es, obviamente, la más fácil, la que nos augura quizá menores sufrimientos, pero también es la que nos impide llevar una vida verdaderamente propia. Sencillamente, nos hace indistinguibles de los demás, porque es el niño, lo que en el fondo somos y nos hace únicos, el que se ha metamorfoseado en ese túnel y sigue dentro del adulto, obligado a esconderse, agonizante, o protegido por el amor y la memoria.

En el túnel de la adolescencia, cuando aún no hemos tenido que enfrentarnos a esta decisión crucial, se escriben muchos diarios. Y mucha poesía también. Se escriben porque es entonces cuando estamos inmersos en el proceso de entendernos a nosotros mismos y lo que nos rodea. Una comprensión que siempre es necesaria, pero en ese momento resulta imprescindible y urgente. Estos diarios (los de la adolescencia y todos los demás que propiamente merecen ese nombre) no son crónicas objetivas de lo que nos sucede, a nosotros mismos o a nuestro alrededor. El autor es el protagonista absoluto del relato y todo, absolutamente todo, está teñido por su peculiar visión tanto de sí mismo como de los demás. Y aunque al releerlos tenga la sensación de haberse engañado e incluso la tentación de abandonarlos para siempre o destruirlos, no puede dejar de reconocerse a sí mismo tras esa “ficción” o incluso “farsa”, porque cuando la mentira es sincera ilumina a su autor tanto como la verdad. A su autor y su mundo, y por eso el Diario de Anna Frank, esa adolescente valiente y eterna, es una de las mejores obras sobre la Shoah.

Si hay un rasgo inherente a los diarios y que los defina me parece que es éste: la sinceridad. Por esta razón, no todo lo que se autodenomina diario, lo es. Estos Diarios, por ejemplo, no siempre lo han sido, aunque me he propuesto que cada vez lo sean más, porque la adolescencia no es el único túnel que atravesamos en la vida y hace tiempo que me parece atravesar otro. Aunque los haya públicos, los diarios son escritos que deberían olvidar la existencia de ese posible lector, en los que evitemos justificarnos, mostrar nuestra mejor cara o probar de lo que somos capaces. En ellos, dialogamos con nosotros mismos y, como mucho, con ese otro que imaginamos como un amigo comprensivo: discutimos, nos peleamos, nos consolamos, nos intentamos reconciliar, nos creamos. Y con sus luces y sus sombras, sus aciertos y sus “mentiras”, nos enseñan quiénes somos y nos pueden ayudar a no renunciar a serlo, e incluso, si un día lo deseamos, a mostrarnos en toda nuestra desnudez y autenticidad a otros. O intentarlo. El único requisito es no mentir: cada uno sabe la verdad que es capaz de soportar en cada momento. Nada lo impide, claro, y puede que hasta el autor de la mentira se la termine creyendo, pero debe ser terrible mirarse en un espejo que refleja a un ser que se ha inventado y creerse realmente que se es él. Y pasa tanto…

Yo hoy, 17 de agosto, tengo que anotar algo en mi diario: He soñado que corría, que mientras daba un paso con una pierna, la otra iniciaba ya el suyo y, para mi sorpresa, para sorpresa de mi yo soñado, me mantenía un instante en el aire, ese instante de vuelo rasante que distingue la carrera de la marcha. No quería olvidar esa sensación que no supe apreciar cuando corría tras ese autobús o metro que se me escapaban. Ahora los dejo ir, casi siempre con pena, pero a cambio los sueños me regalan a veces esas sensaciones hasta ahora desconocidas. Sólo era eso. Que he soñado que corría.

(La versión original que ha servido de base a este artículo se publicó  en La vida en su tinta el 3 de julio de 2015).

jueves, 10 de agosto de 2017

Velocidad de los jardines

Velocidad de los jardines. Eloy Tizón.

Páginas de Espuma: Madrid, 2017. 152 pp. 15 euros.


“Estaos quietos, por favor, estaos quietos, no hay nada, nadie, todo ha sido mentira, los pasajes de primera, inminencia o conflicto ya nada importa, la casa de mi infancia y sus pasillos, es necesario que las personas descansemos, no es nada, no es nada, no debéis preocuparos, moriremos todos, nada, nadie, yo he leído que los protagonistas jamás mueren, yo he leído” ("Los viajes de Anatalia").


Por J. Teresa Padilla

Hace unos días murió Sam Shepard y descubrí (una de las ventajas, o desventajas, de morirse es que por un rato, más o menos largo de acuerdo con tu importancia, te conviertes en el centro de atención) que Javier Marías no es el único escritor que se resistía a dar el salto a los procesadores de texto y seguía escribiendo a máquina. Mostraron unas imágenes del fallecido autor y actor (vamos, casi como nuestro Marías) en las que, tras introducir en el carro el folio en blanco y dar dos ligeras pero decididamente norteamericanas sacudidas a la palanca de retorno, comenzaba a teclear sin rastro de indecisión, como si todo, lo que quería decir y las palabras y expresiones necesarias para hacerlo, estuviera ya en su cabeza hacía tiempo esperando pacientemente a que los dedos se decidieran a transcribirlo. Desde luego eso es ser un profesional y un virtuoso. Como los ajedrecistas que antes de mover una pieza ya tienen previstas todas las posibles respuestas y sus alternativas. Los admiro, éstas son cosas que superan por completo mis capacidades, y a la vez no. Me explico.

Recuerdo que Kertész contaba en La última posada sus desventuras informáticas con el primer portátil, su inicial incapacidad para escribir de otra manera que no fuera a mano y su preocupación por que la máquina en cuestión, con sus nuevas rutinas, modificara su forma de escribir, su estilo. O sea, que le cambiara. Al final, con su sinceridad y falta de tremendismo características, simplemente tuvo que reconocer que tras un breve, aunque incómodo, periodo de adaptación, su portátil, lejos de haberle poseído, le había hecho simplemente más fácil su labor.

Casi todos tendemos a ponernos supersticiosos cuando, voluntaria o forzosamente, dejamos de hacer las cosas como siempre las hemos hecho (sobre todo si hay potenciales Terminators de por medio). O donde siempre las hemos hecho. A mí me cambiaron mi mesa de un lado del salón al contrario, y tras una semana recibiendo los rayos del sol en una dirección diferente y topando con la vista durante los aconsejables movimientos cervicales de desentumecimiento con unas plantas convertidas casi en compañeras de pupitre, tuve que renunciar a mi preciosa mesa, cederla, y trasladarme con todos mis bártulos a otra diminuta y sin la menor clase en la esquina de una habitación diferente. Porque lo malo, siéndolo a veces, no es cambiar, sino cogerle manía al cambio impuesto. Yo se la cogí a las plantas que me aislaban del resto del salón como una selva y otros se la cogen, al parecer, a los ordenadores. En ambos casos, nos resultan tan exasperantes que no podemos más que pensar en ellos (planta u ordenador) y así no hay quien haga nada de provecho. Con todo este rollo quiero decir que no puedo admirar a quien se aferra a la Olivetti (o la que sea), porque, en realidad, no lo hace, como a él le gustaría, por ser un genio excéntrico sobrado de dominio sobre sí y sus escritos, sino porque está tan desquiciado como yo con la dichosa planta. Lo mismo teme empezar a dudar de sí mismo cuando tenga la oportunidad de borrar con tanta facilidad párrafos y páginas enteras sin que el resto del texto parezca resentirse. Desde mi experiencia le digo que no tema la pérdida de ninguna frase genial: más fácil aún que borrar es añadir texto y más texto… Claro que también es posible que lo que le preocupe sea terminar escribiendo otras cosas, con otro ritmo. Quizás, pero ¿quién dice que eso sea malo? Al final uno es libre de aferrarse a sus manías, que nos hacen bastante entrañables aunque sólo sea ante nosotros mismos. Lo peligroso de verdad es hacer lo mismo siempre. En la vida en general y en la escritura muy en particular.


Y esto qué tiene que ver con la Velocidad de los jardines, os preguntaréis. Con ella, casi nada, conmigo más, porque vuelvo a escribir una reseña y no quiero escribir la reseña de siempre. En realidad pretendía escribir una medio reseña, medio ejercicio libre de redacción, que es a lo que me dedico últimamente. Excusas: la verdad es que la reseña tenía que ver muy de refilón con Marías, él y su máquina de escribir me vinieron a la mente al ver las imágenes de Sam Shepard escribiendo en la susodicha, y todo ello junto me sugirió lo del miedo a los cambios. Y los cambios sí que tienen relación con Velocidad en los jardines más íntimamente que Marías, pura coincidencia que paso inmediatamente a aclarar.

Este año se cumplían 25 de dos éxitos editoriales muy diferentes, pero que han coincidido en celebrarse con la reedición. Corazón tan blanco, de Javier Marías, vendió una barbaridad y su autor se hinchó a firmar en la Feria del Libro de aquel año (y doy fe porque lo vi, aunque no despertó mi entusiasmo contemplar esas colas casi íntegramente formadas por mujeres. Me avergüenza decirlo, aunque sólo un poco, pero desconfío bastante del gusto de mi sexo cuando da lugar a acontecimientos tan parecidos al “fenómeno fan”, y éste es el motivo primordial y bastante ridículo por el que aún no he leído novela alguna de don Javier). Por otro lado, Velocidad de los jardines, publicada el mismo año, vendió, según confiesa su autor en el prólogo-relato que ha escrito para esta reedición, 898 ejemplares de los que firmó en la Feria la friolera de dos. Nada que celebrar, si no fuera porque en los años siguientes continuó vendiéndose, aunque fuera a cuentagotas, y esto sí que es un éxito en un mercado en que las novedades copan escaparates y desaparecen sin dejar rastro, tanto si triunfan como si fracasan, lo que en algunos casos es justo y necesario.

Corazón tan blanco fue un bombazo que se tradujo a mil idiomas y Velocidad de los jardines se fue convirtiendo a la chita callando en una referencia ineludible cuando se trata de cuentos, porque no lo he dicho, pero es un libro de cuentos (“o lo que sean”, como reconoce su autor). “Un libro sin término medio: se ama o se odia”, y puede que por un mismo lector. O quizá sólo sea mi caso. Me explico (otra vez).

Todo empieza con “Zoótropo”, la biografía del libro y del hombre que lo escribió en la época que lo hizo. No sé qué pensará un lector de 20 o 30 años, pero uno como yo, de la quinta de Eloy Tizón, criado como él en el Madrid de extrarradio y con el sueño de escribir, no puede más que sentir esa nostalgia con la que premonitoriamente, nos cuenta su autor, ya fueron escritos los relatos que lo siguen.

“Todos nosotros éramos, sin ser conscientes de ello, como ese perro de tu novia, el dálmata Flas, chuchos sin bozal que habíamos descubierto de repente cómo llevar una doble vida. Habíamos aprendido a manejar el resorte que nos permitía escapar solos a la calle, a la intemperie, para deambular sin correas, lejos del control de las cámaras de vigilancia, correr sin dueños, bailar alucinados, olfateándolo todo (…), confiando en encontrar por intuición canina el camino de regreso al hogar, como si a estas alturas del siglo regresar al hogar fuese posible o existiese aún un hogar al que regresar”. Todos éramos o queríamos ser como Flas, por más que algunos, como plantas de interior, sólo escapáramos con la imaginación. En fin, “Zoótropo” es un regalo de cumpleaños para el libro y, sobre todo, sus lectores, pasados, presentes y futuros. No hay más remedio que amarlo.

Con el peculiar dolor de la nostalgia (“algos” es dolor en griego) empiezo los relatos escritos hace 25 años, relatos cuyo nexo común es la muerte inadvertida, pequeña, de las pérdidas, los sueños y los cambios. Del tiempo que pasa o sólo lo aparenta. De la fugacidad de todo. Hay algunos que sólo me agradan (demasiado cinematográficos para mi gusto), como “Austin”; otros en que la adjetivación profusa me quita el aire y llega a confundirme con su fuerte aroma hasta dificultarme la comprensión (“Carta a Nabokov”); y otros, sencillamente, maravillosos: “Los viajes de Anatalia” (“Cuando uno se muere, uno ya no puede ver más a los otros y eso quiere decir morirse. (…) Morirse quiere decir estar obligado a entrar y salir de los cuartos todo el tiempo preguntando si saben de alguien que esa noche tiene fiebre”), un interminable viaje en tren narrado por un personaje infantil hacia unos supuestos baños, lugar de descanso y paz, inalcanzables; y “Villa Borghese”, “la historia de un hombre que se enamoró y le crecieron los zapatos”, de una mujer con “mal gusto y un hijo sumergido” y de un libro de Descartes abandonado en un banco. Un relato tan reconocible por los paseantes que se exilian de la realidad en los parques, como yo misma fui un tiempo, que se hace perdonar hasta el ocasional abuso de los gerundios: “Un lustroso mastín pasó corriendo, retrocediendo, transportando al sol en un costado, preguntándose: ¿he mordido un olor?”. Un poco, pero muy poco por debajo de estos dos, mis favoritos, están “En cualquier lugar del atlas”, por supuesto el cuento que da título al libro, y, por último “Cubriré de flores tu palidez”.

Es evidente que sale muy a cuenta leerlos. Lo que no veo tan claro es cómo se puede seguir escribiendo sin traicionarse ni repetirse después de terminar un libro así. Supongo que es el dilema de todos los escritores que “dan con algo” a la primera, como aquí Eloy Tizón. Menos mal que esto tiene fácil arreglo: leer, aunque sea con esta mezcla mía de miedo y curiosidad, lo que ha escrito desde entonces: los libros de relatos (Parpadeos y Técnicas de iluminación) y las novelas (Seda salvaje, Labia y La voz cantante). Más libros para esa lista de deseos que ampliamos sin pensar si tendremos tiempo de leer, porque, como decía Canetti, “creo que es también parte de la rebeldía contra la muerte. Nunca quiero saber cuáles de estos libros se quedarán sin leer. Hasta el final no puede determinarse cuáles van a ser. Tengo libertad de elección, puedo elegir en cualquier momento entre todos los libros a mi alrededor, y por ello tengo en mi mano el curso de la vida”. Amén.

Reseña y larga, ¡menos mal que las jefas están de vacaciones!

jueves, 3 de agosto de 2017

El saltador

La tumba del nadador, Paestum (fragmento)


Por J. Teresa Padilla


Los telediarios suelen cerrar su emisión con vídeos que destacan más por su belleza y espectacularidad que por su actualidad. Después de habernos obligado a contemplar durante tres cuartos de hora, más o menos, la demostración grabada de la estupidez de unos políticos, la perversidad de otros (coincidiendo en ocasiones los unos y los otros en una misma entidad individual), la crueldad de los hombres, de la naturaleza y hasta del maldito azar, el realizador te recompensa, te consuela más bien, con este minuto de imágenes que, si no son mudas, lo parecen por la discreción de su fondo sonoro.

Hace unos días este vídeo de despedida nos mostraba un montaje a cámara lenta con los saltos de trampolín del campeonato de Europa que se celebra o acaba de celebrarse en Budapest. Las imágenes eran mágicas. Un hombre saltaba y realizaba en el aire, suspendido en él durante un instante eterno, sus giros y volteretas, mientras al fondo le servían de decorado los monumentales edificios de la capital de Hungría. Resultaba mágico ver a ese hombre realizando sus acrobáticos movimientos de forma tan engañosamente parsimoniosa, pero de hecho tan rápida que la lentitud impuesta por la cámara que lo graba consigue crearnos la ilusión de que no cae, de que vuela, de que se mantiene en el aire, a la misma altura que los majestuosos edificios ante los que realiza su milagro y que parecen contemplarle con esa despectiva indiferencia con que lo inerte y gigantesco contempla lo vivo y minúsculo.



Me emocionó, y me recordó esa otra imagen, ésta terrible, que detenía en su caída el vuelo mortal de una víctima del atentado contra las Torres Gemelas. También él giraría, aunque por la fuerza y el capricho del aire, como las hojas de papel, más livianas, que le rodeaban y acompañaban sin poder ofrecerle consuelo. Él se deja caer y no puedo imaginar lo que acertaría a sentir o pensar durante esos segundos eternos que le acercan a la muerte, a una completa desintegración. De igual modo que apenas puedo vislumbrar lo que pensó y sintió cuando decidió dar el salto.

Ningún salto admite la marcha atrás, el arrepentimiento, pero hay saltos que son un desafío y otros, una renuncia. En unos se echa un pulso a la naturaleza y a tu propio cuerpo mientras que en los otros simplemente consumas la huida perfecta, la que se rinde y se entrega, casi amorosamente, a su perseguidor. Porque la huida perfecta es la que reconoce la inutilidad de la otra, la huida sin fin que realmente desearías poder realizar y no puedes. No puedes realizarla a pie, saliendo corriendo, porque sabes que antes o después te cansarás, no podrás más, y tendrás que detenerte sin que nada haya cambiado. Y los demonios que te persiguen te alcanzarán, y todo habrá sido inútil. Mientras que dejándote caer… No sé, ¿quizás se ofrece así un instante de consuelo y paz antes del fin?

Los saltadores de trampolín se me aparecieron entonces como unos acróbatas burlones que desafiaban salto tras salto, con su giros y piruetas, a la física y a la muerte. Que, en cierto modo, vengaban a todos aquellos que, demasiado humanos, sencillamente dieron el salto, como ellos, pero no pudieron sino dejarse caer. Y me pareció un homenaje que la belleza hacía a la desesperación, reconociéndola como a una hermana, más pequeña e inexperta. Y recordé otro homenaje de este tipo (al fin y al cabo puede que la literatura o el arte en general no sean sino belleza que rodea con sus brazos, consoladora, a la desesperación), y aquí os lo dejo.

Foto: Richard Drew
Saltaron hacia abajo desde los pisos en llamas:
uno, dos, todavía unos cuantos
más arriba, más abajo.

La fotografía los mantuvo con vida,
y ahora los conserva
sobre la tierra, hacia la tierra.

Todos siguen siendo un todo
con un rostro individual
y con la sangre escondida.

Hay suficiente tiempo
para que revolotee el cabello
y de los bolsillos caigan
llaves, algunas monedas.

Siguen ahí al alcance del aire,
en el marco de espacios
que justo se acaban de abrir.

Solo dos cosas puedo hacer por ellos:
describir ese vuelo
y no decir la última palabra.

(“Fotografía del 11 de septiembre”, de Wisława Szymborska. Trad. De Gerardo Beltrán y Abel A. Murcia)

jueves, 27 de julio de 2017

El abuelo Manuel

Foto: J. Teresa Padilla


Por J. Teresa Padilla


Para describir algo o a alguien buscamos adjetivos. Si los adjetivos tienen una función clara, ésa es la de calificar nombres. Manuel es todo un nombre. Uno, además, propio. Lo que tienen los nombres propios, eso que los convierte en un auténtico enigma lingüístico, es que, por comunes (léase frecuentes) que sean (y Manuel, qué duda cabe, lo es), nunca terminan siendo nombres comunes. Es decir, que no tienen un significado que nos permita saber algo de lo que nombran. Manuel se llamaba Manuel como podía haberse llamado Juan, y Manuel no nos dice nada de él ni distinto a lo que nos diría Juan (si se hubiera llamado así, claro).

Alguien podría pensar entonces que el nombre propio es, desde el punto de vista semántico, bastante inútil. Se equivocaría. Tienen un significado preciso: el de designar al nombrado como un individuo único e irrepetible que no se puede reducir a un caso ejemplar de una especie cualquiera. Y Manuel, como todos los seres con nombre propio, lo era.

Manuel designa aquí a un hombre que vivió en un pequeño pueblo andaluz en el que precisamente su nombre, que no por ello dejaba de ser propio para ser común, sí era muy frecuente. Bueno, su nombre y el de casi todos. A saber por qué, pero, a pesar de la infinidad de alternativas que ofrece, sin ir más lejos, el santoral, en este pueblo quien no se llamaba Manuel, se llamaba Juan, Francisco o José. Bueno, también había algún Pedro o Antonio. Cualquier otra posibilidad era estadísticamente anecdótica. Dada esta equivocidad resultaba inevitable que casi todos ellos tuvieran un sobrenombre. ¿Por qué usar un sobrenombre si el registro civil nos ofrece con este fin los apellidos? Pues porque el abanico de éstos también era bastante limitado (cada vez más, debido a la creciente endogamia) y, por tanto, incapaz de resolver el equívoco, que tampoco es cuestión de aprenderse dos o tres apellidos de cada cual.

El sobrenombre que Manuel tenía (y que, como era costumbre, pasó a designar a sus descendientes) era “Pajarillo”. Ignoro la razón exacta del mismo, aunque se supone que se debía a que era una persona de natural afable y risueño que canturreaba a menudo. Lo que sí se puede descartar con absoluta certeza es que obedeciera a su frugalidad (es decir, a que comiera como un pajarillo). No, Manuel siempre tuvo un apetito excelente y, si le hubieran preguntado cómo se imaginaba el infierno, probablemente hubiera contestado como un lugar en que se pasa hambre. De hecho, en su familia se ha terminado discriminando quién es más o menos “Pajarillo”, es decir, digno descendiente de Manuel “Pajarillo”, de acuerdo, entre otras cosas, con la importancia que para una vida digna de ser vivida se diera a la comida. Así que, ahora que lo pienso, pudiera ser muy bien que “Pajarillo” fuera un sobrenombre irónico; aunque, no, en realidad no había en aquel pueblo esta “mala baba”.

Irónico o no, y aunque me haya servido, eso sí negativamente, para mostrar un rango distintivo de Manuel, “Pajarillo” es un sobrenombre, nombre al fin y al cabo, y lo que yo buscaba era un adjetivo. Uno capaz de darnos una idea general de cómo era Manuel. Justo eso que no nos puede dar el nombre, ni el común ni el propio.

Los adjetivos son esenciales en cualquier descripción, pero más cuando lo que intentamos es dar a conocer a alguien a través de esos pocos datos que de ellos tenemos. De Manuel tengo, en realidad, un único recuerdo propio, y más allá sólo un par de anécdotas relatadas una y otra vez en las reuniones familiares. En el caso de Manuel podríais pensar, a la vista de lo dicho, que este adjetivo podría ser “glotón” o algún otro de similar significado. Sería un error. Porque sí, la comida era algo que nunca debía faltar, algo importantísimo para él, pero Manuel no era especialmente voraz.

Ni delgado ni grueso, Manuel comía más o menos lo que cualquier otro. Eso sí, lo disfrutaba. Disfrutaba comiendo y disfrutaba, casi más, viendo comer a los demás, especialmente a los que de él dependían, a los suyos. Estos eran, en teoría, sus seis hijos, pero en la práctica eran muchos más. Bastantes más. Sí, si tuviera que elegir un adjetivo para Manuel este sería el de “generoso”, aunque más que por algún tipo de imperativo moral, porque no lo podía remediar. Era su naturaleza. Pensaréis que me toca algo (es cierto) y por eso he elegido para él un calificativo tan honroso. No os dejéis llevar por las apariencias: la generosidad y el egoísmo a veces no se contraponen, sino que van de la mano, como dos caras de la misma moneda. Sí, porque ser generoso es dar a los demás, y lo que se da, muy a menudo, no nos pertenece sólo a nosotros. No se puede negar que la generosidad de Manuel daba mucho trabajo a algunas otras personas. Sí, justo las que imagináis: las mujeres de la casa.

Manuel se casó con Josefa y ambos tuvieron seis hijos, entre finales de los años treinta y mediados de los cincuenta. La generosidad que caracterizaba a Manuel hubiera dado lugar a una prole todavía más numerosa, pero su mujer, afortunadamente para él, para ella y para sus hijos, era todo un carácter y no se dejaba hacer así como así. Todavía la recuerdo diciendo que, si por él hubiera sido, habrían tenido uno cada año, y también rememorando la “vergüenza” de la que sería su última maternidad, a una edad que ella consideraba ya escandalosa (próxima a los cuarenta) y con todos los demás hijos ya criados. A mi abuela la conocí muy bien, pues murió a los pocos días de tener yo a mi primer hijo. Era fuerte y dura, y recuerdo cómo sonreía cuando aquel hijo tardío, al que más terminó queriendo, contaba esta historia y las hierbas que mi abuela había amenazado con tomarse para abortarle. Pero ésta es otra historia. La yaya se merece un relato aparte.

Manuel y Josefa se dedicaban a vender en el pueblo todo tipo de alimentos. Josefa iba y venía de las poblaciones cercanas más grandes desde las que traía, sobre todo, pescado, frutas y hortalizas. También criaban pollos y cerdos, y se encargaban de las matanzas de los que criaban los demás. En su modesto hogar, la verdadera “ama de casa” era, dada la casi constante ausencia de Josefa, su madre, la abuela Juana. El resto del núcleo familiar lo constituían los seis hijos más innumerables sobrinos, sobre todo de Manuel, pero también de Josefa. Jornaleros la mayoría, sus respectivos padres no podían hacerse cargo de ellos y los tenían distribuidos entre sus hermanos con algo más de suerte o, por lo menos, más sedentarios. Algunos pasaron allí estancias más o menos largas; otros, toda su infancia y juventud, hasta que ellos mismos se independizaron. Como ocurría en el pueblo, también la gama de nombres en la familia era muy restringida, así que abundaban las repeticiones y, por tanto, la necesidad de adjetivar los nombres propios de una u otra manera, mayormente con el “chica” o “grande”. Nombre y adjetivo solían, además, formar una única unidad fonética, dando lugar a variantes del nombre graciosas y peculiares del tipo “Juanichica”.

Con todas estas personas a su cargo parecería lógico que la mayor preocupación de Manuel fuera que a ninguno le faltara de comer. Al fin y al cabo para eso se los habían confiado, para que no pasaran hambre. Bueno, sí, es lógico. Lo que ya no lo era tanto era su tendencia a dar de comer también a todo aquel a quien tuviera ocasión de invitar. No había pescadero o frutero procedente de otro pueblo que no terminara en los bancos de su cocina compartiendo la olla de la comida. Nunca se sabía quién se podía presentar en su casa. Lo que sí se sabía es que, si se presentaba, tenía que comer o Manuel se sentiría profundamente desgraciado. Y, cuando así se sentía, lo sufrían los suyos, porque célebre (no ya tanto en el pueblo, aunque sí entre sus hijos) era el mal genio que este hombre, por lo general tranquilo, podía llegar a desplegar.

Todo esto es, sin lugar a dudas, ejemplo de su generosidad. La otra cara, la del egoísmo, la sufría, sobre todo, la abuela Juana. Sensata como su hija y consciente del peso de su carga, sus guisos intentaban limitarse a lo estrictamente necesario y a economizar lo máximo posible. Manuel, que conocía pero parecía no comprender ese afán previsor y ahorrativo de las mujeres de su casa, empleaba gran parte de su tiempo y astucia en conseguir distraer entre las reservas de tocino y embutidos complementos con los que dar mayor sustancia y potencia calórica al guiso. Nadie debía pasar hambre, pasara lo que pasara, y siempre debía haber comida de sobra porque, ¿cómo, si no, iba a poder invitar a compartirla a quien quisiera? ¿Qué iba a hacer si el hambre atacara a deshoras o alguien hambriento se cruzara inesperada e intempestivamente con él? Sí, el día que no sobraba algo era, para él, un día aciago. La perspectiva de no tener con qué alimentar o alimentarse le angustiaba y era pero que muy capaz de despertar el mal genio que, casi siempre dormido, habitaba en él. Mucho tiempo después de su muerte, sus hijos y sobrinos recordaban la desesperación de la abuela Juana cada vez que le veía aparecer por la cocina, en ocasiones varias veces durante la misma mañana, para añadir al cocido un trocito de esto o de aquello, incluso cuando ya no iba a dar tiempo a que se cocinara como debía y fuera a aparecer crudo en el plato. La abuela, con firme delicadeza, le aventaba como a un gato ladrón, y él, que siempre conseguía su propósito, respiraba aliviado y sonreía feliz como un niño travieso.

En realidad, Manuel comprendía muy bien a las mujeres de su casa. Lo que pasaba es que tenía una muy clara y algo curiosa idea de la división sexual del trabajo. La obligación de las mujeres era ser previsoras y algo agarradas, precisamente para que él pudiera gozar de la despreocupación y del placer de la generosidad. Y estoy segura de que el desconcierto más absoluto le hubiera paralizado si en alguna ocasión su mujer y su suegra no se hubieran quejado de su liberalidad. Ellas hacían bien en quejarse, y él en darles motivo de queja. El mundo estaba así en orden y equilibrio.

Con el tiempo se hizo mayor, y el gusto por los alimentos grasos de origen animal le dio graves disgustos de salud que él asumió como el precio justo a pagar por una vida feliz. Obviamente, se los desaconsejaron. Obviamente, él hizo caso omiso. Manuel comprendía muy bien que la obligación de los médicos era amargarle la vida a uno y la de uno desobedecer en lo posible a los médicos. El mundo recobraba así su orden y equilibrio.

Los hijos y sobrinos crecieron, se casaron, se marcharon. No sólo de la casa, sino del pueblo. Corrían los años sesenta y el futuro estaba en la ciudad. Ante la horrenda perspectiva de quedarse solo y sin medios de vida (nunca había cotizado y no tenía derecho a pensión alguna), él y Josefa se marcharon también. El orden de su mundo dictaba que ahora les tocaba a sus hijos cuidar de que no le faltara nunca algo que llevarse a la boca. Se adaptó como pudo a la gran ciudad, cobijándose en la vida más familiar del extrarradio al que había ido a parar. A veces, hasta cogía el metro para ir a visitar a alguno de sus hijos. Y en esos vagones del antiguo metro iluminados por bombillas, ruidosos y traqueteantes, él se sentaba, tranquilamente, y sacaba de una bolsa un trozo de chorizo y un pedazo de pan. Porque, ¡hay que ver lo grande que es Madrid y lo largos que se hacen los viajes!

La salud le siguió dando disgustos y terminó postrándolo en una silla y privándole casi del habla, pero allí, en su mesa camilla, en un barrio de Carabanchel que parecía entonces casi como un pueblo grandote y feo, le iban a visitar de vez en cuando sus hijos con los nietos. Todos sabían que no se podía ir con las manos vacías. Todos sabían, para eso habían tenido en su padre al mejor maestro, qué había que ofrecer a los demás. Así que los niños entrábamos en aquella pequeña sala donde él pasaba ya todo el día con una bandeja, recién comprada en la pastelería, de bocaditos de nata. El paquetito (no demasiado pequeño) se abría y entonces Manuel, que apenas podía ya decir nada, se carcajeaba bajito ocultando gran parte de su rostro tras la garrota que sujetaba con sus dos grandes y ásperas manos. Y los niños le mirábamos, y reíamos con él. Sí, porque también nosotros éramos “Pajarillos”, de los buenos.

(Publicado originalmente en La vida en su tinta el 14 de abril de 2015).

Post scríptum: He decidido, con los permisos pertinentes (¡gracias, chicas e "ilustrao"!), agrupar mis escritos en estos Diarios. No sabía cómo hacerlo, así que lo hago así, por las buenas, aprovechando que nada de lo que he escrito esta semana me ha gustado y que mis niñas están a sus otras muchas cosas. En este texto he modificado alguna cosilla. No sé qué haré en lo sucesivo. Algunos ya lo conoceríais. Espero que la mayoría no, pues éste es, entre otros motivos, el principal para reeditarlos aquí. No puedo poner una foto de mi abuelo Manuel, pues ninguna de las que tengo hace justicia a mi recuerdo de él e incluso lo contradice. Pero esto da para otra entrada.

Id por la sombra, amigos.

miércoles, 19 de julio de 2017

Bailando con la duda

Ginger Rogers y Fred Astaire

Por Esperanza Goiri

El primer baile que recuerdo es el que ejecutaba de niña subida a los pies de mi padre y agarrada a su cintura. Yo simplemente me dejaba llevar, él daba ligeras vueltas y pasos suaves hacia delante y detrás. Siempre acabábamos con un gran y alocado giro final que me encantaba. Cuando fui creciendo, esas sencillas coreografías desaparecieron ante la incapacidad de las sufridas extremidades inferiores de mi progenitor para aguantar mi creciente peso.

Mi siguiente experiencia dancística fue quedarme embobada viendo las evoluciones de los grandes y clásicos bailarines de las películas americanas que se veían en casa: Ginger, Fred, Gene, Cyd… Dotada de una imaginación desbordante, no me costaba nada fantasear y verme protagonista de todos y cada uno de sus bailes, que yo practicaba con maestría y glamour en brazos de esos galanes, algo trasnochados pero llenos de encanto. Curiosamente, aunque también me gustaban sus filmes, no me producían el mismo efecto los coordinados y estudiados movimientos de Shirley Temple. Tal vez porque a mí lo que me gustaba era dejarme llevar, e intuía el tiempo y esfuerzo que la pobre Shirley era obligada a invertir en cada uno de sus números. Astaire y Rogers, Kelly y Charisse fluían, parecía que en ellos era natural moverse armónicamente al son de la música. Ya de jovencita, cómo no, me dejé atrapar por los bailoteos de los protagonistas de Fame, Grease, Footloose, Dirty Dancing y Fiebre del sábado noche.

Siempre me ha fascinado ver bailar bien. Pero bailar bien, de verdad. Creo que cualquiera, a base de ensayar y machacar durante horas unos pasos concretos, puede ejecutarlos técnicamente de una manera correcta, pero carente de emoción y  magia; de la misma manera tengo la certeza de que hay gente que nace con un don, un talento innato para cualquier tipo de danza. Son aquellos a los que no puedes quitar los ojos de encima y de los que sigues sus cadenciosos desplazamientos como en un trance. El milagro puede suceder en una boda: esas parejas maduras que, perfectamente compenetradas, te bailan un pasodoble como Dios manda; en plena calle bonaerense ante unos anónimos y sensuales bailarines de tango; en la Gran Vía madrileña, admirando a un joven africano que se mueve al sonido de sus cascos, ajeno al mundo. Se tiene o no, el arte.

Por eso, y siendo una como es, de naturaleza tímida, siempre me ha costado dejarme llevar por la pista de baile. Digamos que he necesitado alguna “ayudita” para soltarme y entregarlo todo. Eso sí, cuando se ha dado el caso, era un no parar. De ello dan fe unas bailarinas rojas nuevas que, tras una noche de furor y meneo en las fiestas de una población costera, llegaron destrozadas y fueron directas a la basura. Es lo que tenemos los vergonzosos: pasamos de cero a cien, y hasta a mil, para volver otra vez a la casilla de salida sin solución de continuidad.

Foto: Pixabay
El caso es que ahora bailar, lo que se dice bailar, lo hago solo en casa con Vito, mi perro, que le entra a cualquier género con notable entusiasmo y siempre tiene su carnet de baile disponible para mí. Aunque, siendo sincera, he de confesar que también me muevo al son de una compañera de baile tenaz, y a ratos molesta, que me lleva agarrada, a veces con furia y otras con delicadeza, que me enreda y atrapa en sus evoluciones sin darme respiro. Sí, últimamente bailo mucho con la duda. No sabría explicaros la razón. No creo que me haya vuelto más indecisa, puede que sí algo más perezosa. Hay decisiones ingratas de tomar que te esperan congeladas dentro del frigorífico y dudas cómo acometerlas. Tú sabes que están ahí, a la espera de que las saques de una vez a temperatura ambiente y las dejes evaporar. Otras, en cambio, te hacen sentir cierto regodeo ante la deliciosa incertidumbre de elegir entre opciones igualmente satisfactorias. También los años te enseñan a asumir las consecuencias de tus resoluciones para ti y para los demás. Por eso en determinados momentos titubeas y te lo piensas mucho antes de actuar. Esta mañana la duda ha encendido la radio, y mientras resuena por toda la casa la popular canción: “Quizás, quizás, quizás…”, me invita a bailar. Las dos sabemos que no me queda más remedio que aceptar.


jueves, 13 de julio de 2017

Amores que matan

Foto: Pixabay

“A veces pienso que si el tabaco gusta tanto no es por la fuerza de la nicotina, sino porque en este mundo vacío y sin sentido te da con facilidad la impresión de estar haciendo algo que tiene un significado” (Orhan Pamuk. El museo de la inocencia).

Por J. Teresa Padilla

Llega el verano y, como todos los veranos, no sé qué hacer conmigo misma ni con el blog. Cerrarlo por vacaciones sería una opción que otros años seres más decididos que yo eligieron sin que el mundo en general, ni el blog en particular, se viniera abajo. Pero yo dudo. ¿Y si tengo algo que escribir sin dilación, una epifanía bajo el tórrido sol que no pueda dejar de compartir con mis congéneres? Sinceramente, desde que me animaron a explorar mis horizontes más allá de las reseñas, ando algo desatada y si no vomito todo el veneno que se me acumula en un lugar impreciso pero punzante entre la boca del estómago y el corazón (o sea, en el centro-izquierda del tórax), es porque me horripilan este tipo de discursos en los demás y, de haber una máxima que intento obedecer siempre, es la de no hacer a los demás lo que no quiero sufrir de ellos. Al fin y al cabo, hay muchas formas de curar los dolores cardiaco-estomacales más efectivas y menos chabacanas que ponerse histérico, escatológico o tremebundo por escrito. No sé qué es en el fondo la vida (a veces tan deslumbrante, otras tan asquerosa y pestilente), pero seguro que las maldiciones ni la iluminan ni la arreglan.

Así que, mientras encuentro la forma de tomar distancia de las miserias que me tienen cogida esa parte de mi cuerpo a medio camino entre el estómago y el corazón y que no sé a cuál de los dos órganos impide con más fuerza expandirse, pienso en lo que se parece el amor al tabaco.

Si, lo sé, mi cerebro parece normal en los escáneres, pero porque en ellos no se ven las sutiles conexiones neuronales. Tengo que confesar que es la parte de mi cuerpo de la que más me enorgullezco. No por su brillantez (es demasiado lento), sino por su imprevisibilidad: nunca se sabe (ni siquiera yo) por dónde va a salir y sus asociaciones hacen que con mucha frecuencia me dé la risa. Mis hijos me ven reírme sola y preguntan, claro. Cuando se lo explico, me miran raro y sonríen, no por lo que les cuento, que ni de lejos les hace tanta gracia como a mí, sino por la madre loca que les ha tocado. Y es que, si te ocurren desgracias como la de no tener a esa madre perfecta que nunca pierde los nervios y lleva los pelos en su sitio, que sea la de tener una que se ríe sola. Aunque también llore sola, y a veces hasta por la calle.

Amor y tabaco. Esta es la última idea que se encendió en mis sesos para servir de cortafuegos a otros incendios. Yo soy una exfumadora. No sé por qué no hay (o no salen en las pelis) asociaciones de fumadores anónimos. Si las hubiera, os juro que me levantaría y diría el “Hola, soy Teresa, y soy fumadora”, fumadora en el sentido en que ellos se declaran alcohólicos, aunque ni ellos beban ni yo fume. Porque aunque haga algo más de un año que no lo cato, no hay un solo día en que no me apetezca y a veces sueño que me compro un paquete y me paso toda la noche fumando. El sueño es tan vívido, que me despierto con esa carraspera de cuando era joven, fumadora activísima y trasnochaba. Al parecer, soñar que fumas es una fantasía recurrente de exfumadores irredentos como yo. Los que aún a sabiendas de lo venenoso que es y de lo bien que hicimos en haberlo dejado, de la pasta que nos hemos ahorrado y de todos estos y otros argumentos ciertísimos, miramos con envidia a los fumadores sociales, esos que se fuman un pitillo sin echar de menos ya el siguiente. Vemos el voluptuoso humo azul que asciende desde sus cigarrillos encendidos (hay que ver lo que desaprovechan el tabaco los fumadores sociales) como una invitación lasciva y dudamos si acercarnos a aspirarlo o no. Mejor no, o quién sabe si nos cogerá de nuevo en sus garras, cuyo tacto, sin embargo, anhelamos. Hay exfumadores así, como yo, protagonistas de una historia de amor imposible con el tabaco. Con un poco de suerte conseguiremos resistirnos, pero para nosotros nunca será cierto eso que dicen los manuales de ayuda para dejar de fumar: el día que dejas de fumar has dejado de ser fumador.

Pero también hay otro tipo de fumador: el iluminado. Probablemente son ellos los que escriben los libros de autoayuda. Dejar de fumar ha cambiado sus vidas, les ha librado de una esclavitud y una carga, les ha abierto nuevos horizontes (deportivos, sobre todo). De repente se sienten tan bien (sin toses matutinas ni catarros eternos) que llegan incluso a hacerse adictos a la vida sana y vigilan todo lo que entra por su boca, en la que nunca, jamás, podrá encontrarse ya la lengua besadora de un fumador.

En fin, como en el amor (o el desamor, más bien): hay quienes saltan de felicidad al perder de vista a aquel al que tanto llegaron a amar, y otros, más melancólicos, que nunca olvidan y buscan (normalmente en el frigorífico) algo que llene el vacío que el amante perdido ha dejado. Llorones.

jueves, 6 de julio de 2017

Será por eso

Yayoi Kusama (2009)

Por J. Teresa Padilla

Me he autodiagnosticado SESE (acrónimo de "síndrome de estupidez sobrevenida estival"). Primero he agrupado mis síntomas y creado este trastorno con el fin de que los explicara. Me queda redactar el paper y conseguir que se publique en alguna revistilla anglosajona, que es lo que da prestigio por más que se demuestre una y otra vez que les cuelan de todo. La tramposa circularidad salta a la vista, luego nada se explica aquí por más que resulte tranquilizadora la existencia de un nombre que da “realidad” (normaliza y ordena) a este conjunto mío y rebelde de sensaciones y actividades (o inactividades). Lo peor no es que yo me haga estas trampas para empezar con algo de humor una entrada de estos Diarios. Lo peor es que realmente funcionan así las cosas en muchas disciplinas científicas, sociológicas y psicológicas, mayormente, pero también médicas: cuando no se encuentra alguna de las causas establecidas de lo que te pasa, la enfermedad pasa a apellidarse idiopática (forma culta del “ni puta idea” o, para respetar la etimología, de “lo tuyo es muy tuyo”), a no ser que aparezca asociada a determinados anticuerpos en sangre. Entonces pasa a ser autoinmune (el famoso lupus del Dr. House o algún otro trastorno de imposible comprobación y muy imprevisible respuesta a los tratamientos) y, si coincide temporalmente con un cáncer, paraneoplásico, más que nada porque no va a dar la casualidad de que uno pille (es un decir) un cáncer y una enfermedad autoinmune a la vez. Claro que, igual que hay médicos que no creen en las casualidades, los hay que no creen en las paraneoplasias. Mi, como yo lo llamo, “médico jefe”, no cree. Un año ha esperado para decírmelo mientras yo le contaba como una boba lo que me hacía la internista para tratarme sin éxito mi paraneoplasia particular. Mi “médico jefe” y yo tenemos problemas graves de comunicación. Es de los que opina que los pacientes ya tenemos suficiente con lo nuestro como para que encima nos den explicaciones que irremediablemente (carecemos de la formación necesaria y estamos emocionalmente inestables) vamos a entender mal. Por eso, en lugar de preguntarle los detalles de su escepticismo, compartí mi hallazgo con mi “médico subjefa”, o sea, la internista. Entonces descubrí que hay médicos que efectivamente no creen en lo paraneoplásico igual que ella, por ejemplo, sí cree, aunque no crea, digan lo que digan otros, en la fibromialgia.

Aquí ya me dieron ganas de llorar, porque mi vida está en diversas manos todas ellas pertenecientes a integrantes de un gremio con demasiadas, para mi gusto, creencias e increencias propias, lo que da a los tribunales médicos un parecido aterrador con los kafkianos. Porque si malo es tener una enfermedad idiopática o paraneoplásica, pobres de los diagnosticados con enfermedades psicosomáticas, en las que, con total certeza, habrá médicos que crean y otros que no. A punto estuve yo de ser clasificada en ese grupo y ya tenía cita con el psiquiatra cuando me salvó (bastante irónicamente) la campana. Pensaréis que es mejor estar loca que tener una enfermedad potencialmente mortal, pero no os creáis. Aparte de que la locura también es potencialmente mortal, resulta que hay personas en silla de ruedas por supuestos trastornos psicosomáticos. A mí esto me parece crueldad médica (como no sé lo que te pasa, la culpa la tienes tú) y más teniendo lo idiopático ahí a mano para disimular o reconocer la ignorancia, según. Durante el poco tiempo que fui una enferma psicosomática pude experimentar la indiferencia que causa en tu entorno este sufrimiento que ellos consideran fingido, teatral. Los médicos creerán unos en unas cosas y otros en otras, pero nadie, salvo algún médico, cree en la realidad de las dolencias autoinflingidas mentalmente. No digo que duden de la existencia de locos, pero sospecho que no comprenden su sufrimiento. Hasta parecen no reconocer que realmente sufran, que su dolor sea auténtico. Y es que, a veces, los locos nos hacen reír.

Los dementes, en ocasiones, nos recuerdan a los niños que, a su vez, nos recuerdan a los locos (y aquí saltaría Marisa para tararear el “locos bajitos” de Serrat). La remisión recíproca nos hace sonreír. A nosotros, sí, que no estamos aún locos, pero somos algo idiotas y nos cuesta admitir que los niños puedan sufrir otra cosa que dolores con causas evidentes y, sobre todo, pasajeros. Cuando lo recordamos se cierne sobre nuestra sonrisa una sombra que, o bien la deshace, o bien la convierte en un mero gesto de cortesía dirigido no se sabe si al loco o a los que sonreían con nosotros.

Desgraciadamente hay personas que, además de idiotas, son crueles. Las personas crueles nunca sonríen tontamente. En eso aparentan ser más listos que nosotros, pero es pura apariencia. Simplemente no pueden y disimulan su incapacidad con una carcajada grotesca. Son esos que se mofan de los raros o locos provocando las situaciones irrisorias. Para ellos y para todos los que, cobardes, les ríen sus gracias. También están los que los desprecian. Algunos no llegan a tanto y sólo los evitan, y en este grupo entramos casi todos. Porque los locos nos avergüenzan. Un poco por lo que hacen o dicen, tan fuera de la norma, de los usos y costumbres que regulan nuestra convivencia. Pero a mí, sobre todo, me hacen avergonzarme de mí misma.

Están ahí. Solos. Diciendo o gritando algo que no puedo entender. No me atrevo a acercarme a ellos y probar a hablarles. No me atrevo a tocarlos. Puede que me den un manotazo, me empujen o insulten, aunque tampoco ésta es una violencia lo suficientemente grave para explicar el temor. Yo creo que me avergüenza la impotencia, la seguridad del fracaso. Hagas lo que hagas, digas lo que digas, todo va a seguir igual. A veces intuyes y otras percibes claramente ese sufrimiento que apenas son capaces de exteriorizar, el de estar encerrados en la cárcel en que se ha convertido su cerebro torturador, pero no sabes cómo sacarlos, aunque sea un instante, de allí. Lo intentas, pero pronto lo dejas, porque no puedes soportar esa mirada que se pierde detrás de ti haciéndote sentir invisible. Porque no encuentras nunca esa palabra que luchan desesperadamente por encontrar y que nunca, nunca, es la que tú les propones. Ni la podrían reconocer si te la oyeran, porque su búsqueda no les permite escucharte.

Y llegará un día en que callen. El frágil hilo que nos mantiene unidos se romperá y ellos, como un globo de helio, se perderán del todo en su laberinto interno. Entonces nos podremos hacer la ilusión de que no sufren, de que ya no se pelean desesperadamente con esas palabras malignamente esquivas. Pero es algo en lo que queremos creer, porque saber, no sabemos una mierda de lo que está pasando. Y pienso en la muerte y en su crueldad infinita y multiforme, en las mil maneras de morir en vida.

El día está gris y bochornoso. Y la lluvia no consigue arrancar ningún olor a la tierra, cubierta por el asfalto. Será por eso.