miércoles, 13 de diciembre de 2017

Necesito un héroe


Por Marisa Díez

Hace unos días fui consciente de la cantidad de mitos que se me han caído en los últimos tiempos. Hasta podría asegurar que ya no me queda ninguno en pie, excepción hecha de mi madre, claro está, que sigue imbatible en el primer puesto del pódium desde que asumí que soy absolutamente incapaz de parecerme siquiera un poquito a ella en lo que se refiere a valores tales como valentía, tesón e integridad.

Pero una madre es una madre y adorarla no tiene nada de insólito ni de particular. Más extraño es profesar una admiración sin límites por otras personas que, la mayoría de las veces, desconocen el entusiasmo que provocan en ti. Si le preguntaran a cualquiera de mi círculo familiar más cercano, probablemente contestarían que el primer ser que despertó en mí este sentimiento fue mi tío, uno de los hermanos de mi madre. Cada vez que se presentaba en casa, sin previo aviso, era una fiesta. Jugaba con nosotras, nos disfrazaba, nos llevaba de paseo en su inolvidable seiscientos o pasábamos tardes enteras en su casa, atiborrándonos de caramelos y correteando por ese apartamento que a mí siempre me pareció el hogar perfecto. Llegué a tener una foto enorme suya que coloqué al lado de mi cama, como si pretendiera de esta manera ahuyentar los fantasmas que cada noche me acechaban en forma de pesadillas. Sí, mi tío fue mi primer ídolo, sin duda, por el cariño sincero que nos profesaba y por su amor incondicional hacia los niños.

Después de él, y sin llegar a desterrarle del todo de mi personal escalafón, disfruté de algún otro héroe. Mi primera compañera de colegio, o quizá aquella profesora de infantil que se convirtió en objeto de adoración por sus muestras continuas de afecto hacia sus pequeños alumnos. Y mi amiga Elena, que aun siendo dos años mayor que yo, nunca dejó de jugar conmigo ni de prestarme sus muñecas.

Pero según va pasando el tiempo, me resulta cada vez más difícil encontrar algún personaje merecedor de integrar con dignidad mi particular limbo mitológico, por lo que, a menudo, lo descubro vacío de héroes. No sé bien si será mi culpa o que mi nivel de exigencia raya en lo inalcanzable; lo cierto es que, a día de hoy, no consigo añadir ningún elemento nuevo a mi grupo de escogidos. Menos mal que aún conservo un apartado dedicado íntegramente a mis ídolos profanos. A veces me agarro a ellos como una lapa y por eso sigo venerando, por ejemplo, a ese cantautor que todavía no ha conseguido defraudarme y ante el que continúo quitándome el sombrero cada vez que leo o escucho alguna de sus declaraciones. Y aunque él no pertenece a lo que llamaríamos, de manera estricta, mi esfera personal, es lo más parecido que encuentro a uno de esos ídolos que todavía no ha llegado a manchar sus pies de barro.

Y yo necesito alguien a quien admirar. Soy muy simple y me hace falta descubrir en los demás aquellos valores de los que carezco, para así intentar parecerme un poquito a ellos. Pero reitero mi incapacidad para encontrar nuevas deidades que integren mi particular universo fetiche. Y como ya os he informado de que en los últimos meses se me han caído alguna de mis estatuíllas favoritas, ahora no encuentro ningún campeón idóneo para cubrir los huecos que me han quedado vacantes. Asumo que el nivel materno es imposible de alcanzar, pero, yo qué sé, ¿tan difícil está la competición para que nadie se acerque, ni siquiera un poquito, a mi personal e intransferible Olimpo de los dioses? Al final, no me va a quedar otra que seguir en mi búsqueda para reponer las piezas perdidas de mi estantería. Si no tengo más remedio, rebajaré mi nivel de exigencia, porque yo, sin mis héroes, es que no soy nada.

Hay ídolos que, después de desplomarse, jamás vuelven a ocupar su primitivo lugar en el ranking. Otros, por el contrario, a fuerza de superar las pruebas a las que se les somete, consiguen situarse en un espacio más o menos cercano al que un día ocuparon. De ellos, y sobre todo, de mi capacidad para asumir la certeza de que cualquiera puede, en un momento de descuido, sumergirse en el lodo, dependerá que en mi altar vuelvan a reinar mis héroes caídos.




miércoles, 29 de noviembre de 2017

Agustín


Foto: Pixabay

"Pero la vida es corta: viviendo, todo falta; muriendo, todo sobra" (Lope de Vega).


Por Esperanza Goiri

Hace unos días fue noticia el descubrimiento del cadáver momificado de un hombre en su domicilio. Habían pasado cuatro años desde el fallecimiento. En ese periodo de tiempo nadie se percató ni le echó de menos. Un ser invisible, excepto para las compañías del agua, la luz y el teléfono, que ya habían procedido a cortar sus respectivos suministros ante el impago de los correspondientes recibos. El banco también había tomado nota de que Agustín, así se llamaba el finado, no pagaba las letras de la hipoteca y no atendía a sus apremiantes requerimientos para subsanar tal descuido. Paradojas de la vida, gracias a la orden de desahucio cursada por la entidad bancaria fueron hallados sus restos mortales.

No es la primera vez y me temo, por desgracia, que tampoco la última, que se producen hechos como éste. Normalmente, suele tratarse de ancianos que viven solos, ya sin familiares ni amigos vivos. Los vecinos son los que dan la voz de alarma cuando el hedor empieza a resultar molesto y ya no se puede achacar, por ejemplo, a la del tercero, que siempre baja la basura a deshora. No, no estoy tratando de hacer humor negro. Es la cruel realidad.

Pero Agustín tenía solo 56 años, estaba prejubilado por enfermedad, separado y con una hija. Los vecinos alegaron que pensaban que había muerto en el hospital, ya que la última vez que lo vieron fue en la ambulancia que se lo llevó para ingresarlo.

Foto: Pixabay
No ha trascendido nada sobre su personalidad. Si su soledad era elegida o impuesta. Si era amable y cariñoso o un déspota intratable. En qué circunstancias pasó a ser un muerto en vida. Nunca sabremos cómo fueron sus últimas horas. Si estaba convencido de que alguien le echaría de menos y esperó infructuosamente esa ayuda o, por el contrario, fue consciente de que su final sería solitario y casi le resultó un alivio. No hay testigos.

El primer sorprendido de que su muerte pudiera ser noticia sería el propio Agustín, teniendo en cuenta que mientras estuvo vivo pasó desapercibido para todo el mundo. Cuatro años, pueden ser muchos o pocos, según se mire. Personalmente, se me hacen una eternidad si estamos hablando de no echar en falta a los que quiero. Incluso a los que ya no están los añoro todos los días.

Me gustaría pensar que el caso de Agustín es una singularidad desafortunada, una desgracia inusual. No lo digo, evidentemente, por la muerte en sí, que nos va a llegar a todos, sino por la terrible constatación de que a nadie le importe si vives o mueres.

Ignoramos cuándo y en qué circunstancias vamos a cruzar el umbral hacia el más allá. Nos gustaría que fuese de una manera plácida y rodeados de nuestros seres queridos. Eso sería lo ideal. Pero si no puede ser así, al menos que a nadie le falte en ese último momento un poco de calor humano, una mano que reconforte y acompañe. Agustín no la tuvo. Por eso le he dedicado estas líneas en un intento, infructuoso y a destiempo, de ayudarle a partir.


jueves, 23 de noviembre de 2017

Apariencias

Foto: AP

Por J. Teresa Padilla
 
El otro día un contacto mío de Facebook subía esta foto de las “chicas Manson”. Lo hacía con motivo de la muerte natural del propio Manson, a una edad en que lo lógico es morirse y en un lugar al que casi todos, como los elefantes a sus cementerios, solemos ir para morir. Creo que aprendí en Canetti que la muerte nunca, ni cuando alcanza a los peores, es motivo de celebración porque es ella, sin discusión, la mayor asesina, pero que eso no significaba tampoco que tuviéramos que lamentarlas todas o empatizar con cada una de sus víctimas. Menos aún si éstas han tenido una muerte más amable que la que se atrevieron a dar a otros.

Comentaba él, al hilo de la foto, lo terrorífico que resultaba, aparte del horror propio de sus crímenes, el hecho de que sus autoras tuvieran semejante aspecto. En la foto aparecen unas mujeres jóvenes, atractivas y sonrientes, que parecen a punto de darse las manos o de acabar de soltárselas, y a las que el uniforme carcelario sienta como un babi escolar. Sí, parecen alumnas de un colegio de monjas trotando hacia la capilla para cantar ante la imagen de la Virgen el “Venid y vamos todos con flores a María”. Tan ingenuas e infantiles que resultaba estremecedor imaginar a estos seres angelicales apuñalando hasta la muerte a inocentes. Lo comentaba el autor de la publicación y lo corroboraban prácticamente todos los demás hombres que dieron su opinión personal sobre el tema.

Muchos (no diré todos para no ofender a nadie), hombres y mujeres, nos dejamos llevar por las apariencias y juzgamos, mejor dicho, prejuzgamos a los demás, independientemente de su sexo, basándonos en ellas. Ni mucho menos son sólo los varones los que juzgan a las mujeres por su apariencia, pero puede que sí sean sólo ellos los que inevitablemente parecen dejarse engañar por las mismas. Y no por una diabólica astucia connatural a nuestro sexo (quien tenga ese poder, por Dios, que lo comparta). Se dejan engañar porque, aunque no lo puedan decir con claridad, ni siquiera a sí mismos, las reducen a su apariencia. Si no, no se explica que sabiendo lo que ya saben de ellas (que fueron unas asesinas despiadadas), todavía les parezcan ángeles de luz de los que quién en su sano juicio va a esperar maldad alguna. Porque eso somos: ángeles o demonios, vírgenes o putas, santas o pecadoras irredentas. Sin términos medios. Y según nuestras pintas.

Lo que en el caso de otros hombres no es más que una primera impresión que sin dificultad puede modificarse una vez se haya profundizado en su conocimiento, en el caso de las mujeres es un retrato casi definitivo. Un retrato no muy personal, eso sí: puro estereotipo. Un rostro femenino serio y poco agraciado, por ejemplo, da muy mala espina: no es bello, luego no es bueno ni de fiar. Por el contrario, un rostro masculino serio y poco agraciado puede ocultar a un gran filósofo (célebre era la fealdad de Sócrates y algo menos, pero evidente, la de Hegel, por ejemplo). Una mujer entrada en años con los pelos de punta y que saca la lengua a la cámara sólo puede ser una demente. El hombre, sin embargo, puede ser un genio de la física. O un loco también. Hasta un asesino. Casi cualquier cosa. La mujer lo más que llega a alcanzar es la categoría de excéntrica si, a pesar de comportarse como una loca, es brillante intelectual o artísticamente; pero genio, no. No me consta, al menos, semejante caso. Resumiendo la infraestructura ideológica del asunto: el ser de la mujer reside en su parecer mientras que, en el caso del hombre, es el parecer el que se debe a su ser. O dicho en román paladino: en el caso del varón es muy posible que las apariencias engañen; en el de la mujer, una excepción estadística.

Es por eso que las “chicas Manson”, aparte de un supuesto enigma terrorífico, sean únicamente las “chicas Manson”, mientras el ya difunto Manson, ese Rasputín psicodélico que al parecer no cogió un cuchillo ni se manchó de sangre, sea el Lucifer que lo desencadenó todo: el autor intelectual, la cabeza pensante (cualquiera lo diría cuando lo ve en los vídeos mover los ojos a lo Marujita Díaz). El hombre, vaya. Con nombre propio. Y no como “sus chicas”, que al parecer no lo merecen porque eran simples marionetas en su poder por más que fueran condenadas, muy justamente, como autoras responsables. La ley siempre nos ha reconocido esa responsabilidad que la sociedad y los medios de comunicación nos niegan más a menudo de lo que ellos creen. Hubo un tiempo en que las mujeres no podían votar, pero sí ser ejecutadas. Será que la ley, al menos la penal, siempre ha sido ciega y no entendía de apariencias. O eso dice.

Pero lo cierto es que todas tenemos un nombre propio y somos dueñas de nuestras vidas, en lo bueno y lo malo, como víctimas y como verdugos. Tan distintas entre nosotras e impredecibles como ellos. Quizá si todos los hombres tuvieran esto claro, se evitaría mucho dolor. De izquierda a derecha: Susan Atkins, Patricia Krenwinkle y Leslie von Houten. Así se llaman las asesinas de la foto (otro día habrá que recoger aquí los nombres de esas mujeres geniales que no se enseñan en las escuelas). ¿No lo parecen? Pero, ¿a quién se tienen que parecer? ¿A la bruja mala del cuento? Creced, chicos, creced.

jueves, 16 de noviembre de 2017

El cristal con que se mira



Por J. Teresa Padilla


No veo un pimiento. Así, de lejos, todavía me apaño sin gafas, aunque a mucha gente la reconozco ya más por sus andares que por su rostro. Pero de cerca, y por más que alargue el brazo, es imposible. En un alto porcentaje de ocasiones, la respuesta a las solicitudes filiales de ayuda, atención, socorro y similares es: “Espera que me ponga las gafas” o variaciones del tipo: “Sabes que sin gafas no veo nada” o “¿alguien ha visto mis gafas?

De momento tiro con unas de oferta, metálicas y horrorosamente similares a las que mis padres en tiempos remotos plantaron en mi cara adolescente (total, para nada, pues me las quitaba en cuanto cruzaba la puerta). Tiro, pero por simple pereza y tacañería. Hace año y medio se me cayeron mis bienamadas gafas de pasta y la montura se partió exactamente por la mitad. Avergonzada fui a la óptica donde cada quince días o así tenía que pedirles que me atornillaran alguna de las patillas. Explicación (tanto de la vergüenza como de que las gafas se cayeran): que no me cobren absolutamente nada por algo, el tornillito y los segundos de mano de obra en este caso, me resulta incómodo, me hace sentir en deuda y me crea mala conciencia si me planteo cambiar de óptica. Resumiendo: un chantaje emocional en toda regla. Era por ello que, a pesar de que se me hubiera caído una patilla, siguiera haciendo equilibrios con las gafas sobre la nariz, manteniéndome bien recta y estirando el cuello (lo que físicamente me favorecía mucho, la verdad), pero sin olvidar que no podía bajar la cabeza sin sujetarlas. Depilarse las piernas, cortarse las uñas de los pies, comprobar la etiqueta de la ropa en venta o el precio de cualquier otro producto que estuviera expuesto a menos de un metro sesenta del suelo se convirtieron en procesos complejos que a menudo acababan con las gafas en el suelo. Eran buenas, las jodidas: resistieron heroicamente a la ruptura hasta que, en una caída como tantas otras, la resistencia del material dijo basta.

Llevé el cuerpo moribundo a la mencionada óptica, no sin haber elucubrado antes con la posibilidad de volver a unir sus partes con un esparadrapo, opción que mi entorno unánimemente declaró cómica y vergonzosa, a la vez que se me advirtió de la negación por su parte de cualquier tipo de relación genética o social conmigo en el caso de que insistiera en llevar adelante semejante cutrez.

Como esperaba, las declararon siniestro total. Había que hacerse otras y, dado el tiempo pasado, revisar la graduación, la cual, para mayor desgracia, ya no podría ser, como hasta entonces, sólo para cerca. La amenaza económica de las progresivas agudizó mi ingenio y aduje que no era el momento para semejante revolución visual porque estaba con un tratamiento médico que podía afectar a mis ojos y modificar en breve cualquier estimación sobre su agudeza, de manera que tenía que apañarme con lo que fuera mientras no lo acabara y se comprobara el alcance de los efectos oftalmológicos secundarios. Eso es lo que dije, aunque lo que pensaba de verdad era que para lo que muy probablemente me quedaba en el convento no compensaba el gasto. Así que elegí una montura barata en la que cupieran mis antiguos cristales et voilá: tuve unas gafas presentables por 40 euritos. Al menos un mes. A partir de ese momento los tornillos empezaron a tomar holgura (¡otra vez!) y terminó saliéndose cada dos por tres el cristal izquierdo, ese que aparece ahora sujeto a su armazón con papel celo, el mismo que, aparte de desbordar con su grosor cualquier montura razonable, no sirve para nada porque supuestamente asiste a un ojo cerebralmente vago, o sea, con el que mi cerebro ya no sabe ver. Como me dijo una oftalmóloga, eres virtualmente tuerta. Exageraba, aunque lo cierto es que, salvo para no cerrar a la luz y las formas, aun difusas, la zona izquierda de mi campo visual y permitirme probablemente esquivar algún golpe proveniente de dicha zona (funcionalidad en absoluto desdeñable), mi ojo izquierdo no me sirve de gran cosa, lo que puedo comprobar cuando paseando en las tardes de verano se me mete algún bichito en el ojo bueno: el momento de pánico es notable.

Hace ya tiempo que dejé por su total ineficacia el tratamiento en cuestión, pero no me decidía a pedir cita con el oftalmólogo. Por hartazgo de médicos. Por miedo: la profesión médica ha pasado en un tiempo récord de no encontrarme nunca nada y recomendarme la visita al psiquiatra a sólo descubrirme trastornos espeluznantes. Y, cómo no, por tacañería: en el mejor de los casos no me libro de dar el sablazo a mis menguantes ahorros para sufragar las nuevas gafas.

Pero es que no puedo seguir así, viendo grosso modo lo que está lejos, decidiendo si saludar o no a esa persona que viene, decidida, en mi dirección. El espacio lejano pierde sus contornos, aunque lo grave es que el tiempo futuro también, y creo firmemente que se debe a esa falta de nitidez visual. Negaré haber dicho o escrito esto ante cualquier tribunal médico o judicial, porque, como se atreva alguien a volverme a derivar a un psiquiatra, no respondo de mis actos. Veo sin la definición de antaño lo lejano, y me invade el pesimismo ante un futuro tan oscuro e impredecible. Y lo cercano… Por la gracia de estos cristales reutilizados, mil veces arrastrados por mesas y suelos, imposibles de limpiar con firmeza sin sacarlos de sus goznes, todo lo que podría aún ver con detalle, lo que leo o escribo, esas minucias tan bellas que nos salvan cotidianamente de la desesperación (ese lunar en el cuello de un niño o los increíbles cambios de color del iris) aparecen veladas por estas lentes sobrexplotadas. De modo que, sí, cuesten lo que cuesten, y a falta de un poeta que vea por mí*, necesito otras gafas.




*Veré por ti

«Me desconozco», dices; mas mira, ten por cierto
que a conocerse empieza el hombre cuando clama
«me desconozco», y llora;
entonces a sus ojos el corazón abierto
descubre de su vida la verdadera trama;
entonces es su aurora.

No, nadie se conoce, hasta que no le toca
la luz de un alma hermana que de lo eterno llega
y el fondo le ilumina;
tus íntimos sentires florecen en mi boca,
tu vista está en mis ojos, mira por mí, mi ciega,
mira por mí y camina.

«Estoy ciega», me dices; apóyate en mi brazo
y alumbra con tus ojos nuestra escabrosa senda
perdida en lo futuro;
veré por ti, confía; tu vista es este lazo
que a ti me ató, mis ojos son para ti la prenda
de un caminar seguro.

¿Qué importa que los tuyos no vean el camino,
si dan luz a los míos y me lo alumbran todo
con su tranquila lumbre?
Apóyate en mis hombros, confíate al Destino,
veré por ti, mi ciega, te apartaré del lodo,
te llevaré a la cumbre.

Y allí, en la luz envuelta, se te abrirán los ojos,
verás cómo esta senda tras de nosotros lejos,
se pierde en lontananza
y en ella de esta vida los míseros despojos,
y abrírsenos radiante del cielo a los reflejos
lo que es hoy esperanza.

Miguel de Unamuno, "Incidentes afectivos" (1906).

miércoles, 8 de noviembre de 2017

Lección de alemán

Lección de alemán. Siegfried Lenz.

Impedimenta: Madrid, 2016. 496 pp. 24,95 euros.


“Marginado por mi gente, cercado por los recuerdos, borracho de acontecimientos provenientes de mi lugar de origen, consciente de que el tiempo no cura nada, pero nada en absoluto, sé ya lo que tengo que hacer, y lo haré mañana temprano. ¿Fracasar por culpa de Rugbüll? Quizá pueda llamarse así”.

Por J. Teresa Padilla

Tras Lección de anatomía, le toca ahora al alemán: dos lecciones sobre la arrogancia de las ideologías que se creen poseedoras de todas las respuestas, sobre la ignorancia y la estrechez de miras. Nada que ver más allá de esto entre sí. Nada menos.

Lección de alemán es el resultado de un castigo. Nuestro narrador, un joven que llega a su mayoría de edad a mediados de los cincuenta en un reformatorio ubicado en una isla del río Esla, es confinado en su habitación-celda hasta que cumpla con la tarea que su profesor de alemán le ha impuesto y él no ha sido capaz de entregar “en tiempo y forma”: una redacción sobre “Las alegrías del deber”. Sin embargo, el castigo se convierte en un refugio y quién sabe si en la única esperanza de sanación. O puede que en una trampa, en una tarea imposible: la de lograr revivir el pasado, volver a ser aquel niño de diez u once años y animarle a buscar en su entorno las respuestas que necesita y no fue entonces capaz de encontrar o, sencillamente, olvidó.

Volver al pasado literalmente. Sumergirse en él. A pesar de que es un pozo lleno del fango del miedo y la miseria espiritual. Encarnarse de nuevo en el niño de once años y dejar que sea él quien nos cuente lo que pasó. Al fin y al cabo, de saberlo alguien, es él, el testigo infiltrado a cuya mirada nada escapa. Él, mejor que el más avezado crítico de arte, era capaz de ver en la realidad, en los jardines, a la mesa, en los camastros, a aquellos personajes misteriosos y mágicos de los lienzos de su vecino, el pintor Max Ludwig Nansen. Los veía porque reconocía en ellos a sus modelos, ésos que el artista trasladaba al cuadro para transformarlos, convertirlos en otra cosa o, más bien, destilar lo que encerraban en su interior, invisible más que oculto; lo que vivía en ellos, lo esencial.

A Siggi Jepsen (o Witt-Witt como le llama cariñosamente el pintor, personaje claramente inspirado en Emil Nolde, cuyo apellido real era Hansen) escribir sobre el deber le exige volver a principios de los años cuarenta y al puesto de policía de Rugbüll, donde se crió. Le obliga a acercarse a su padre, policía del puesto, y buscar en ese hombre silencioso y débil, a cuya vida únicamente daba sentido el sometimiento propio y ajeno a las órdenes, el cumplimiento de un deber dictado por otro, esas "alegrías" sobre las que su profesor de alemán le pide escribir. Para Siggi es vital identificarlas, pues es por ellas que su padre lo sacrificó todo: amigos, hijos... hasta a sí mismo, reducido a mero ejecutor de lo que debe ser hecho. Porque así está escrito en la orden. Sin preguntas. Resulta escalofriante y esclarecedor leer como el pequeño Jepsen se refiere casi siempre a su padre como el "jefe de policía de Rugbüll". Eso es, en el fondo, lo que de verdad es.

Máscaras. Naturaleza muerta, III. Emil Nolde (1911)
Atrapado entre el deber, convertido cada vez más claramente en obsesión destructora, del jefe de policía de Rugbüll y el también ineludible impulso creador del artista, que le fuerza a desafiar abiertamente la prohibición aun con lienzos invisibles, Siggi lucha por impedir la destrucción de lo que ama, de esa belleza de la verdad recreada con las formas y los colores, sobre todo los colores, por el pintor. Reconstruye, acapara y esconde. Contra la voluntad del pintor y, por supuesto, de su padre. Ambos están dispuestos a asumir las pérdidas. A aceptar que el deber, junto a las supuestas alegrías, tiene sus víctimas, de las que nadie habla. Siggi, no. Sabe que nada está a salvo, pero ¡hay tanto que merece salvarse! Los niños, esos Diógenes que no buscan apropiarse de lo que atesoran con avaricia, sino preservarlo del tiempo y de la caducidad que éste impone a todo lo que vive. Una crueldad, la del tiempo, que sienten con tan dolorosa nitidez que crecer, madurar, termina significando para algunos lo mismo que olvidarlo o someterse. Sólo para algunos. Para otros crecer supone exclusivamente aceptar el fracaso y rebelarse contra él, sin rendirse.
“Un día descubrirás que lo que hemos creado y conservado juntos no desaparece tan rápido del mundo. Nuestras huellas durarán más de lo que pensamos. (…) Para que algo permanezca uno debe perderlo de vista (…). Has de acostumbrarte a que a veces también se produzcan pérdidas, Witt-Witt. Tal vez sea mejor así… Uno no puede permanecer siempre de pie contemplando todo lo que tiene. Hay que volver al comienzo una y otra vez. Si lo hacemos así, siempre se esperarán nuevas cosas de nosotros. Nunca me he sentido satisfecho, Siggi. Y te aconsejo también a ti: si es posible, nunca te des por satisfecho”.
Tropensonne (1914). Emil Nolde
Lección de alemán es una obra narrada a dos manos por el Siggi de veinte años y el de diez. Un relato en el que se describe de una manera fascinante el mecanismo del recuerdo, que es el que conduce de un narrador al otro y permite al joven recluso recuperarse a sí mismo en el niño, abandonar trabajosamente un presente sombrío y deliberadamente ignorante para retornar a los orígenes de su desgracia y apurar toda la hez de aquel pasado al que resulta imposible dejar atrás.

Que siento una íntima predilección por la literatura que es capaz de devolvernos la mirada de la infancia, lo sabéis quienes me conocéis. Esta novela lo consigue y sólo por eso, por permitirme a mí también ver esos paisajes a orillas del mar del Norte, fríos, húmedos y ventosos, a través de los ojos del niño que nos los describe, tanto cuando los recorre como cuando los contempla en las pinceladas de Max Nansen, tengo que recomendarla con entusiasmo. A pesar de lo que a mí me han parecido explicaciones innecesarias conforme se acercaba el final (las transcripciones de la tesina que Mackenroth está escribiendo sobre Siggi y le da a leer, por ejemplo). A pesar de la decepción por que una edición tan cuidada por fuera como la de Impedimenta no haya puesto el mismo mimo en evitar las erratas.
“¿Sabes qué es mirar? Mirar es ampliar, acrecentar. Mirar es penetrar y expandir. O también inventar. Para parecerte a ti mismo, debes inventarte, una y otra vez, con cada mirada. Lo que se inventa se hace posible y real. (…) Ver no es sólo levantar acta. Uno debe estar preparado para la réplica. Te marchas y cuando regresas algo se ha transformado. (…) La forma debe oscilar, todo debe oscilar y dudar, la luz no es tan mansa… (…) Mirar es algo así como un trueque recíproco. Lo que surge de ahí supone una transformación recíproca. Atrapa el canal, atrapa el horizonte, el foso de agua, la espuela del caballero. Tan pronto como hayas conseguido captarlos y atraparlos, ellos te habrán atrapado también a ti. Os reconocéis mutuamente. Ver significa también salir al encuentro del otro, acortar una distancia. (…) Balthasar (…) insiste en que ver y mirar son también revelar y desenmascarar. Algo se descubre y se destapa de tal modo que a nadie en el mundo le pillará desprevenido. No sé… Tengo algo contra el juego de las revelaciones. Si le quitamos todas las capas a la cebolla, no queda nada. Te lo explicaré: uno empieza a ver cuando deja de jugar a ser el observador. Sólo así se inventa lo que se necesita o lo que se busca. Ese árbol, esa ola, esa playa”.
Pero Siggi ya lo sabe. Los juegos de los niños son siempre algo muy serio: no son meros entretenimientos, sino la puesta en marcha de una realidad alternativa. Y él nunca "juega a observar", es siempre el protagonista de su vida, el observador discreto y minucioso que encuentra los hilos con los que tejer la historia, el héroe enfrentado a la destrucción, la víctima de un mundo que es pura "brujería fantasmagórica".

La mirada del artista busca ser la del niño, no la del científico y su relato lineal que atraviesa los hechos con “la aguja de su ciencia” disecándolo todo, matándolo. Los niños ven donde los adultos no sabemos. No sabemos, porque simplemente lo hemos olvidado. Por ello, aprender a mirar es en gran parte recordar cómo mirábamos entonces, cuando veíamos todo por primera vez y lo recreábamos haciendo indistinguibles la realidad de la invención. No sé, pero puede que hubiera algo tan sencillo y emocional, una evidencia tan familiar como injustificable, detrás de la teoría platónica de la reminiscencia, y que el filósofo, lejos del científico, no sea sino la autoconciencia del artista (y del niño).
“Ya no tengo más que decir. Sólo me quedan preguntas que nadie me responde”.

lunes, 30 de octubre de 2017

Sonata de otoño


 Imagen de Petrard (Unsplash)

Por Esperanza Goiri

Todos los que me conocen saben que el verano no es mi estación favorita. Por eso, cuando arranco del calendario la hoja del mes de agosto, empiezo a ver la luz al final del túnel. Pero el ansiado otoño, como un amante esquivo, se ha hecho esperar. Mandaba alguna tibia señal, en forma de leve lluvia o de ligera brisa, para desaparecer sin dar más noticias. Mientras tanto yo, fiel a su recuerdo a pesar de sus desaires, me contentaba en recorrer con ojos “golosones” las bolsas y fundas que guardan los gorros, jerseys, bufandas y otras prendas de abrigo. Miraba con nostalgia en la despensa las legumbres, el cacao y las botellas de Rioja haciéndome guiños de complicidad. Ignoraba en el súper, por puro aburrimiento, los melones, sandías y demás frutos del estío.

Al acostarme,cual remilgada señorita del ayer que añora a su amor destinado en ultramar, me reconfortaba pensar que tal vez a la mañana siguiente volvería a ver a mi querido otoño. Al igual que en los folletines baratos, se ha hecho esperar, pero hay final feliz. Sí, nos disponemos a disfrutar juntos de los próximos meses.

Un fruto otoñal: la castaña

Ha sido llegar él y me he esponjado como una novia orgullosa. Me recreo pensando en los largos paseos que voy a dar con Vito entre hojas crujientes y doradas. No veo el momento de resguardarme debajo de la manta del sofá acompañada de un libro. Experimentar, por la noche, la inigualable sensación de bienestar que se siente en la calidez de la cama al oír en la ventana el repiqueteo de la lluvia. Recibir, feliz, todos los abrazos que me quieran dar, sin pensar: ¡Qué agobio, qué calor! Respirar con deleite el olor de las castañas y los boniatos asados de los puestos callejeros. Meter la cuchara en platos sabrosos y humeantes. Perderme en los mil y un matices del gris del cielo. Podría rellenar varios folios más con las excelencias de la temporada, pero no os quiero aburrir.

Es verdad que este otoño se presenta caldeado, meteorológica y metafóricamente, que el mundo está patas arriba, como dice mi amiga Netucha,  y el futuro se vislumbra incierto (esto último, lo afirmo yo). Sin embargo, esta mañana de finales de octubre, sentada con una aromática taza de té en mi mano y Vito dormitando en mi regazo, mientras echo un ojo al puchero con el primer cocido de la temporada, llamarme frívola o insensata pero me permito proclamar con solemnidad: “De mi cocina, al cielo”.

miércoles, 25 de octubre de 2017

Preguntas en la noche

Por Marisa Díez


Cada noche, antes de acostarse, dedica unos minutos a contemplar desde su ventana ese cielo vacío de estrellas que cubre Madrid. Acostumbra a realizar así una especie de balance de cada jornada, intentando dejar la mente en blanco para no pensar que, de forma habitual, sus días transcurren sin un ápice de emoción y con bastantes dosis de rutina. Tampoco es que se sienta en este punto demasiado diferente al resto de los mortales que pululan a su alrededor, cada uno sobrellevando como puede sus peculiares e intransferibles historias. Después se esfuerza en buscar la estrella que brilla sobre las demás, la misma que unas noches se empeña en esconderse y otras, inexplicablemente, luce con un destello especial. Y entonces supone que tras de ella se esconden personas diferentes con las que conversa, según y cómo le haya ido el día, más o menos resignada, más o menos satisfecha, más o menos feliz. Le gusta pensar que le escuchan aquellos que ya no están y desde ese hipotético lugar donde se encuentran le ofrecen las respuestas que a ella siempre se le escapan. Sí, piensa en los que se han marchado pero también en los que están lejos y a los que no puede tocar ni abrazar. Cada vez necesita más abrazos y menos palabras huecas. En un abrazo, suele pensar, lo intuyes todo. Nadie te puede engañar con un abrazo sincero. Y te da tanta fuerza o, por el contrario, te proporciona tal desazón…

A menudo divaga pensando si en algún momento la vida le regalará un giro sorprendente, inesperado, para sacarla de ese agujero en el que se encuentra perdida. Ha escuchado historias, conoce casos concretos y puede asegurar que a veces ocurre. Un día te levantas y ya nada es igual que ayer. Y sin embargo, cuando tuvo la extraña sensación de que algo estaba a punto de estallar, se encogió y sintió miedo. Un miedo irracional a lo desconocido que no está segura de saber enfrentar. Como si el mundo fuera a desaparecer bajo sus pies y después no quedara nada más que un inmenso vacío. Se vio perdida, caminando de un sitio a otro sin llegar a ningún lugar concreto. No podría asegurar si fue un sueño o si realmente una especie de cataclismo estaba a punto de poner patas arriba los cimientos en los que sustentaba su existencia. Se vio sola, alejada de sus seres más queridos, abandonada a su suerte y enfrentada a un mundo que le resultaba hostil y desconocido. No estaba segura de estar soñando cuando descubrió que debía empezar de cero e inventarse una nueva vida en la que no cabían todas las personas que habían sido indispensables para ella hasta ese momento. Tuvo ganas de gritar pero sólo acertó a permanecer callada. Ningún sonido salió de su garganta y sólo cuando la angustia estaba a punto de ahogarla, despertó.

Se levantó inquieta. No recordaba el momento en el que se había ido a la cama. Hubiera jurado que seguía contemplando esa estrella que brilla sobre las demás. La noche anterior había sido especialmente despejada en Madrid y la conversación resultó más larga de lo habitual. Pero, como casi siempre, no había encontrado respuestas. Desde el mundo en el que están instalados aquellos con los que habla, las cosas no se ven de la misma manera. Lo difícil se vuelve sencillo o, al contrario, todo lo que a priori parece imposible, se llega a convertir en realidad. Cuando esa mañana abrió los ojos, lo que vio a su alrededor le resultó extraño. Se descubrió de repente instalada en una vida que no le pertenecía. Su pequeño castillo de naipes se estaba desmoronando al retirar la última carta que lo mantenía en pie. Desde aquel día anda buscando la salida y se afana en descubrir el momento exacto en el que sintió esa especie de chasquido que tiró por tierra su frágil equilibrio.

La luna llena tiñó de una luz blanquecina el turbio firmamento de Madrid y esa noche le fue imposible divisar su estrella más brillante. Quizá mañana tenga más suerte, se dijo como para sí misma, mientras le rondaba por la cabeza una de esas frases del maestro Benedetti que había leído en su ordenador aquella misma mañana: “Cuando creíamos que teníamos todas las respuestas, de pronto cambiaron todas las preguntas”.










































lunes, 16 de octubre de 2017

Las reglas del juego

Foto: Roberto Villagraz / Interviú

Por J. Teresa Padilla


Debo a Esperanza una historia, y esa historia que le debo, se la voy a contar.

Todos tenemos un pasado; yo, también. Corría el año ochenta y tantos y medio mundo andaba cabreado con Felipe González. Por muchas y algunas hasta buenas razones que casi se han olvidado. En la universidad también protestábamos, en concreto por otra de esas leyes de reforma universitaria que, como todas las leyes de educación, y aunque parezca imposible, son siempre peores que aquellas que pretenden derogar. Igual que los que salimos de ella (la universidad, no la ley), que cada vez, por inverosímil que resulte, somos más ignorantes que los que nos precedieron pero más sabios que la mayoría de los que nos suceden. Hablo de las facultades de letras y admito muy meritorias excepciones a la regla, excepciones en las que no incluyo… ¡Para qué nombrarlos!

Hubo huelgas y manifestaciones, a las que se unió el Cojo Manteca, que en paz descanse, por puro amor al arte de destrozar con su muleta el mobiliario urbano, pues a él las LRU como que no le afectaban mucho, pero consiguiendo, eso no se le puede negar, una visibilidad (como se dice ahora) para la protesta que no hubiéramos soñado sin él. En una de estas “manis” andaba yo con algunos compañeros de facultad. A nadie se nos ocurrió llevar niños, perros o abuelas; así de siesos éramos entonces con la familia.


Foto: Interviú
Desde las terrazas había vecinos que nos jaleaban. Era emocionante, la verdad: te sentías en la vanguardia de una batalla importante. En un momento dado supusimos que la cabecera había llegado a destino porque la marcha dejó de avanzar. Cuando una multitud de este tipo se detiene, lo único que se puede hacer es dedicar toda esa energía ahorrada a gritar consignas. Lo que pasa es que ya llevábamos haciéndolo desde Moncloa y empezábamos a aburrirnos. Mis compañeros y yo, brillantes alumnos de filosofía, aunque inexpertos en esto de las revoluciones, ubicados hacia la mitad tirando al fondo de la masa humana e indecisos sobre si podía irse uno ya o había que esperar, nos pusimos a hacer lo que solíamos: discutir sobre la postmodernidad, que la mayoría de mis colegas abrazaba y a la que yo (ignorante, según ellos, de la muerte de la metafísica y sus consecuencias) me oponía ferozmente. Pero, claro, no todos en la manifestación eran de filosofía ni tan civilizados y razonantes como nosotros, así que recurrieron a la tradición y empezaron a insultar a la policía que siempre acompaña este tipo de actos. Esto nos dio al grupo un nuevo tema de conversación, que vino bien pues ya estaba cansada una de tanto Foucault, Deleuze y compañía. Mientras mis amigos postmodernos disfrutaban de lo lindo (coherencia contrarracional obliga) y andaba yo intentando defender, citando la Critica de la razón práctica en mi apoyo, que insultar a los uniformados, los cuales no estaban haciendo otra cosa que su trabajo, no era correcto porque a ver qué tenían ellos que ver con el motivo de la protesta, se declaró, tácita pero enérgicamente, el fin de la manifestación. A saber qué estarían haciendo el Manteca y toda su corte en la cabecera, pero ya no se iba a avanzar más, con las ganas que teníamos nosotros de llegar al Ministerio de Educación.

Nadie lo anunció por megafonía ni nada parecido, pero sucedió aquello para lo que los insultadores (mis compañeros y yo, no tanto) se habían estado preparando: la policía cargó para disolverla y ésa fue la señal para salir por patas en cualquier otra dirección que no fuera por donde ellos vinieran. Se ve que el nacionalismo no lo tiene claro, pero es de primero de EGB: si la policía se dirige hacia ti, corriendo o no, porra alzada en mano, no es momento ni de charlas filosóficas, ni de levantar las manos con el DNI entre los dientes, ni de coplas o claveles. Es momento de correr. Hasta mis colegas y yo, concentrados casi siempre en el excelso mundo de las Ideas, lo tuvimos claro y nos dispersamos en diferentes direcciones. Yo de la mano de una compañera que había expresado su miedo poco antes y elegido mi “protección” en lugar de la de algún varón barbado del grupo. A ver, yo tampoco lo habría hecho: por principios (igualdad entre varones y mujeres) y porque los conocía y eran unos capullos nada fiables. Ella tenía, además, otras motivaciones (hasta la pánfila que era y sigo siendo lo sabía), pero le prometí no dejarla sola y soy una mujer de palabra, no como esos postmodernos de pacotilla a los que, sin embargo, recuerdo con aprecio. Así que salí corriendo con el lastre de aquella muchacha nerviosa y de piernas más cortas que yo hasta que topamos con un callejón sin salida. En concreto, como otros delante y detrás de nosotras, con un quiosco de prensa. El policía que nos perseguía repartió unos porrazos por aquí y por allá de los cuales me llevé la mayor parte porque era de las más altas y la presión no me permitía agacharme. Una vez decidió que nos había convencido de que iba en serio y había dejado claro el mensaje de dispersión, nos dejó salir de la ratonera y seguir huyendo, en nuestro caso hacia el metro.

Dejé a salvo a mi compañera en su línea (lo de ser el “caballero” de la relación es cansado) y me fui a casa. No fue hasta llegar a ella que me di cuenta de que tenía empapado de sangre el pañuelo que llevaba al cuello. Una vez localizada la herida en la zona occipital de la cabeza, mi padre concluyó lo evidente, que necesitaba puntos. Y para allá que fuimos los dos, a nuestro hospital de referencia. Aburridos teníamos a los médicos de urgencias, saturados por tanto universitario antisistema, aunque no sólo. Allí, en la correspondiente sala de espera del Gregorio Marañón, estábamos sentados, unos junto a otros, todos los necesitados de antitetánicas y suturas: otros manifestantes como yo, pero también varios policías, todos disimulando, como si no nos conociésemos de nada, evitando cómicamente que nuestras miradas se cruzaran. Sabíamos que la vida es puro teatro (representación y nada más que representación –me susurra en la oreja Schopenhauer-) y qué papeles habíamos desempeñado en la función. Pero también que había acabado. Fuera un juego o un episodio de la vida real (¡no!, ¡un sueño, un sueño!, me chiva ahora Calderón) tenía sus reglas. Reglas que a menudo obedecemos como marionetas, pero que, independientemente de nuestra inconsciencia juvenil, debemos aceptar si queremos que nos respeten como adultos, porque siempre son los individuos (yo, mis colegas, aquella niña enamorada, el Cojo Manteca…), los que dan o no el paso para participar en la farsa y deciden lo que hacer en ella. La vida no es justa, y a veces pagan justos por pecadores (pero, bueno, esto ya es de primero de párvulos). Marionetas, puede; libres, también. Y por eso, porque fui y soy libre, ni era una víctima inocente ni a mi lado se sentaba en el hospital un represor. Las verdaderas tragedias, y sus verdugos y víctimas reales, estaban, y están, en otros escenarios, en otros sueños: pesadillas, mejor dicho, de indefensión y esclavitud. ¿Hacen falta ejemplos?

Foto: Agencia AP (Somalia, ayer)

jueves, 5 de octubre de 2017

Fuera

Dulle Griet (La loca Meg). P. Brueghel el Viejo (1562)

Por J. Teresa Padilla

“Jamás me lo habría imaginado, cuando en 1966 apareció la primera edición de mi libro y sólo tenía como adversarios a aquellos que son mis enemigos naturales: los nazis viejos y nuevos, los irracionalistas y los fascistas, la ralea reaccionaria que en 1939 había conducido al mundo a la muerte. Que hoy [1976] tenga que enfrentarme a mis amigos naturales, a las muchachas y muchachos de izquierda, es un hecho que supera la ya gastada “dialéctica”. Es una de aquellas pésimas farsas de la historia universal que nos hacen dudar y en última instancia desesperar del sentido de los acontecimientos históricos. Las viejas bestias procedentes del cubil de la inextirpable reacción convierten a Speer en un autor de bestseller, los jóvenes exaltados hacen caso omiso del acervo que desde los enciclopedistas pasando por los economistas ingleses hasta los intelectuales de izquierda alemanes de la época de entreguerra han puesto a su disposición como herencia ilustrada.
Ilustración. He ahí nuestro santo y seña” (Jean Améry. Más allá de la culpa y la expiación. Pre-Textos, p. 45).

Desde el domingo no veo las noticias. Más concretamente desde que oí a mujeres aparentemente adultas y razonables describir la exaltación que sentían al hacer cola para meter un papel en un tupper por el gusto de meterlo, porque no había más que un resultado posible y ya había sido anunciado. Aguantándose las lágrimas referían que ése era “el momento más emocionante de sus vidas” (ni bodas, ni partos, ni polvos, ni nada). Luego, éste sin aguantarse las lágrimas, una figura de enorme ascendiente intelectual (un futbolista) habló confusamente (o eso me pareció a mí, nada dispuesta a atenderle) de las víctimas de la represión, que no eran los muertos de Las Vegas, ni los más cercanos de las Ramblas, sino los heridos en aquella jornada heroica por defender los tuppers y el derecho de la gente (de su gente más bien, porque los madrileños, por ejemplo, no estábamos invitados aunque alguno se colara con increíble éxito) a llenarlos de papeles (y tantas veces como quisieran). Héroes que se llevaban al niño en hombros y hasta al perro de paseo a una concentración no autorizada porque en qué cabeza cabe privar a niños (y perros) de presenciar semejante hito histórico y menos aún que la policía reparta porrazos en tales ocasiones. El llanto se desbordó cuando confesó su necesidad de sentirse querido para seguir amando, como ha amado siempre, a la selección del país que le roba y reprime tan salvajemente. No sé si Dios, pero está claro que la Razón nos ha abandonado. O eso o yo la he perdido, pero alguien ha enloquecido aquí.

No quiero pensar cómo acabará esto. Leo con pena a muchos que, a diferencia de mí, sufren directamente esta sinrazón día tras día y llevan años intentando argumentar frente a sentimientos tan exacerbados como contradictorios. Me entristece la evidencia de que no parece haber salida, como en tantas otras cosas de la vida, y que la barbarie del nacionalismo se impondrá sobre tantas razones que a nadie importan porque son incapaces de enardecer a las masas aparentemente hastiadas de la vida que llevan y necesitadas de “acontecimientos” que hagan latir sus enfermos corazones de emoción.

Casi escribo hoy una broma sobre mi oscuro pasado de víctima de la represión policial, para no parecer tan “facha” y, sobre todo, con el fin de que mi experiencia sirviera para que nunca más a esta u otra pobre gente le pillara desprevenida la porra de un antidisturbios mientras alcanzaba el éxtasis en una concentración de personas ilegal e incluso, llegados a un punto, hasta legal. Pero no tengo ganas de contar la absurda historia de cómo terminé con una brecha en la cabeza causada por una porra junto a un policía, a la espera, como yo, de sutura, en la sala de urgencias del Gregorio Marañón. Aunque quizá debería, porque nadie va a quedar indemne.

Ya lo contaré otro día. Cuando esto pase, que pasará, como todo. Si es que pasa sin llevarnos por delante, claro está. En prevención de esta posibilidad, haré una de las cosas que mejor se me dan: me esconderé en este rincón del mundo en que todavía me siento segura, rodeada de los libros que nunca alcanzaré a leer y de las personas que nunca me cansaré de mirar, porque no sé cómo enfrentarme a esta irracionalidad e injusticia sin convertirme en algo tan infame como lo que denuncio. Y eso, no.

Llevo tiempo pensando cada mañana qué pasaría si, como Juan Carlos Onetti, decidiera un día no levantarme más de la cama. Es la forma de rebelión que se me ocurre. A lo mejor deberíamos hacerlo todos, un solo día. Rebelarnos contra el mundo, contra las masas uniformes, las palabras vacías, las mentiras. Lo que nos callamos por educación, por comodidad, por miedo. Quedarnos a solas, medio desnudos, dormitando, mirando el techo, leyendo algo, levantándonos sólo para mear o picar algo. Y mientras, fuera, los necios seguirían gritando e insultando, ensuciando todo a su paso, ganando batallas. Pero fuera. La clave es que se queden fuera, hablando solos, como los orates que son.

"Aún queda espacio
para un poema.
Aún es el poema
espacio
donde una puede respirar".
("Raum II". Noch ist Raum (1976). Rose Ausländer).