jueves, 17 de mayo de 2018

Un peripatético en mi vida

 
Foto: Alvaro Trincado (Flickr)


Por Esperanza Goiri

No os dejéis engañar por el título de la entrada. De hablar de filosofía se encarga en este blog mi querida anfitriona, Netucha. Yo me limito a citarla de refilón.

El término peripatético lo he desempolvado de mi memoria, donde estaba guardado desde que estudiaba Filosofía en segundo de BUP. Ahí había quedado durmiendo el sueño de los justos hasta que, hace un par de meses, una estupenda serie de televisión sobre un profesor de filosofía de un instituto barcelonés, llamado Merlí, me ha obligado a rescatarlo y a darme cuenta de que, sin ser consciente hasta ahora, tengo un peripatético en mi vida.

Los asiduos a este blog sabéis de sobra quiénes eran los peripatéticos. Pero para los despistados u olvidadizos, como yo, os lo recuerdo: los discípulos de Aristóteles que recibían las lecciones del maestro e intercambiaban impresiones y pensamientos mientras paseaban.

Busto de Aristóteles (Museo de Historia del Arte de Viena)
Foto: Tûba (Flickr)
El peripatético en cuestión es mi adolescente. Os cuento. Como todo teenager que se precie, el mío permanece largos intervalos de tiempo en el silencio más impenetrable. Es inútil preguntar o presionarle. Entiendo y respeto que no quiera contarme ciertas cosas. De hecho, creo que una madre nunca debería saber algunos aspectos concretos de la vida de su hijo. Aunque ya queda lejos, una también ha sido joven y me hubiera dejado cortar una oreja antes que comentar temas íntimos con mis padres, aun llevándome fenomenal con ellos. Sin embargo, para ejercer una maternidad responsable es necesario saber en qué anda metido tu hijo, qué pasa en su vida, aunque sea a grosso modo.

El caso es que venía observando que cuando estamos de viaje, fuera de nuestro entorno habitual, al igual que los mejillones abren sus conchas al cocinarlos al vapor, mi adolescente florece, se vuelve más comunicativo y permite que hablemos con naturalidad y fluidez de temas que en casa no es tan fácil tratar. Otra peculiaridad es que esas conversaciones siempre se producen mientras paseamos. Entonces, podemos hablar de tonterías y banalidades, de asuntos personales o de los grandes enigmas de la vida. Eso sí, no hay maestra ni alumno. Simplemente, conversamos.

Al principio, estas situaciones fueron surgiendo solas, espontáneamente. Pero he de confesar que disfruto mucho de esos paseos, y ahora con premeditación y alevosía procuro que “surjan” las oportunidades. Claro está que cuanto más exótico y apetecible es el entorno, más placentero e inspirador resulta el intercambio de impresiones. Ante la imposibilidad de viajar continuamente, me las he ingeniado para buscar espacios sugerentes en nuestra ciudad, y hasta ahora no he tenido quejas. En el caso de quedarme sin itinerarios, se me ha pasado por la cabeza una idea muy loca: proponerle disfrazarnos de turistas, subirnos al City Tour de Madrid y callejear entre los guiris como si estuviésemos de viaje de verdad. ¿Creéis que colaría? No hace falta que contestéis, es una pregunta retórica y sé de sobra la respuesta. De momento, ya tengo prevista mi próxima ruta y, si nada se tuerce, mi peripatético y yo disfrutaremos del sol primaveral madrileño en transitoria e itinerante armonía.



jueves, 10 de mayo de 2018

Pudor

Foto: Omeralnahi (Pixabay)
“Después que me puso aquel áspero mandamiento del silencio se me han podrido más de cuatro cosas en el estómago, y una sola que ahora tengo en el pico de la lengua no querría que se me malograse".
“Aunque pusieron silencio a las lenguas, no lo pudieron poner a las plumas, las cuales con más libertad que las lenguas suelen dar a entender a quien quieren lo que en el alma está encerrado” (M. Cervantes, Don Quijote de la Mancha, Parte I, Cap. XXI y XXIV, respect.)

Por J. Teresa Padilla

Para el diccionario de la RAE, “pudor” viene a significar lo mismo que honestidad, modestia o recato, así que para qué molestarse en dar una definición en condiciones. Será cosa mía, pero cuando busco algo en el diccionario, sobre todo una palabra en principio de uso común como ésta, es porque tengo una idea algo vaga de lo que significa que quiero hacer más exacta. La RAE me ofrece sinónimos que no me ayudan, más bien lo contrario, pues estos tres términos (con seguridad los dos primeros) tienen diversas acepciones que se me ocurren inmediatamente, sin consultar, y que, lejos de concretar el significado de pudor, me lo hacen aún más confuso. Por qué a los jueces de la corrección lingüística les ha parecido útil usar para definir una palabra relativamente unívoca, como es “pudor”, otras mucho más amplias semánticamente es un misterio. Busco “recato”, la que me parece a priori menos ambigua, a ver si doy con la pista definitiva, pero no. Dos acepciones me ofrece la Academia a mí, vulgo ignorante: "cautela, reserva", dice la primera; y me quedo pensativa, sin haber perdido todavía la esperanza ni la paciencia, reflexionando sobre el significado de estos términos y sobre la conveniencia o no de consultarlos a ellos mismos. Pero, ¡atención!, tiene otra: "honestidad, modestia". Sólo le ha faltado al diccionario añadir “pudor” para cerrar un círculo perfecto. ¿Es pudor todo esto que “recato” puede significar? ¿Es una u otra acepción de su supuesto sinónimo? Y esta otra, la segunda, ¿qué es realmente? ¿Debo consultar también los artículos de “honestidad” y “modestia” para buscar el común denominador? ¿O más bien renunciar a su significado intersubjetivo, ponerme en modo “posmo”, y darle yo el sentido que me dé la gana?

Cuando el diccionario entra en estos bucles, lo que a mí me entra es la desesperación o la risa, según mi cambiante humor. Entonces, y a la vieja usanza (pues no está por muy lícitas razones digitalizado), consulto el diccionario de María Moliner, esa mujer recolectora, según ella “perezosa”, de palabras, acepciones e incluso dudas gramaticales frecuentes. Miro a ver qué escribió esta solitaria coleccionista, sin permiso de la autoridad, rechazada por la misma (fue candidata en 1972, pero no fue hasta 1979, dos años antes de su muerte y cuando la enfermedad la había ya privado de lo que tanto amaba, que entró la primera mujer en esta institución, Carmen Conde), cuando llegó a la palabra “pudor”.



Cuatro acepciones, cuatro descripciones emparentadas íntimamente, pero cada una con su matiz, y en cuya definición, con excepción de un caso en el que la autora ha respetado el misterio de la causa del tipo de pudor que define hablando sólo de un “sentimiento”, aparece siempre la misma palabra clave: vergüenza.

El pudor es, en su primera acepción, una determinada clase de vergüenza: la que se siente al quedar nuestro cuerpo desnudo expuesto a la mirada de otros (lúbrica o no), o al saberse objeto de un interés sexual. Esta forma de pudor puede afectar incluso al simple discurso sobre este tema.

También puede ser la vergüenza a que se hagan públicas y notorias nuestras miserias, de la clase que sean (defectos, enfermedades, errores o faltas), o (y qué maravilla la de los matices de esta deslumbrante investigadora) aquélla que aparece al contemplar, o simplemente mencionar, las de los demás.

Luego está el pudor de la modestia, la vergüenza de ser alabado por otro, y, por último, el desconocido “sentimiento” que impide a alguien compartir su intimidad, que le lleva a encerrar y ocultar en sí mismo todo lo que pueda delatarlo.

No hace mucho, aunque se me hace una eternidad el tiempo que transcurre entre cita y cita, que defendía ante mis compañeras de fatigas redactoras la necesidad de renunciar al pudor para escribir textos interesantes. Me refería al miedo a exponerse a la mirada, potencialmente cruel, de los demás. Miedo, más que vergüenza (aunque de todo haya un poco), porque tal me parece que es ese “sentimiento” al que aludía María Moliner y que nos mantiene en silencio sobre nosotros mismos. Argumentaba yo que, si no se vencía este pudor, los textos resultantes sólo podían ser mediocres y falsos, generales e imprecisos, siempre hablando de otros, inventados o reales, de los que corríamos el peligro de distanciarnos con afectada aversión. Textos insinceros, vaya. Sólo quedaría entonces la pura fantasía o el periodismo; no habría otra opción que elegir entre la evasión más irresponsable y caprichosa o la exposición minuciosa y exacta de los hechos (externos, claro).

Para mí la literatura (y en ella quiero buscar un modesto rincón desde el que poder levantar de vez en cuando el dedo como lectora activa y, con suerte, añadir alguna frase) está en otro lugar: el que confunde la realidad con la ficción, el sueño y la vigilia, porque sólo así accede a la raíz de una realidad como la nuestra, la humana, confusa ella misma y muy a menudo cruel como la peor pesadilla. Nada que ver con la distracción o el entretenimiento, pero tampoco con una declaración judicial.

Supongo que me expliqué como suelo, fatal, y entenderían que les pedía relatos biográficos con todo tipo de detalles íntimos y escabrosos, porque todas se manifestaron en completo desacuerdo conmigo y se aferraron al pudor como a una posesión preciosa, una virtud. Pero, ¿puede serlo un sentimiento que, cuando no es vergüenza, se parece mucho al miedo? Ciertamente hay una acepción virtuosa de vergüenza, la de la estimación de la dignidad propia. La que echamos en falta en algunas de nuestras acciones o pensamientos (vergonzosos, por ello, en otro sentido) o en los otros cuando sentimos por ellos la vergüenza que ellos no sienten y llamamos, por eso, ajena.

Pero recapitulemos con la ayuda del diccionario para ver si encontramos el pudor virtuoso. Dejamos de un lado la última acepción, la que claramente identificamos con la modestia y se refiere al rubor que provoca en muchas personas recibir alabanzas de otros. No sé si es una virtud o algo más relacionado con el carácter (la timidez o inseguridad), pero lo contrario, la vanagloria o el orgullo ante las loas ajenas, está entre el vicio y la ridiculez. En cualquier caso, no se trata del pudor que yo quería vencer ni tampoco aquel al que se aferraban mis tertulianas.

Sería muy fácil concluir que unas y otras pensábamos en la más imprecisa de las acepciones de pudor, ésa que nos impide “exhibir cualquier cosa íntima”. Pero, aparte de que ni en la literatura ni en la vida puede considerarse deseable semejante autismo, unas y otras estaríamos ocultando, pudorosamente, el carácter de las intimidades que nos cuesta compartir y, en mi opinión, mintiendo o, al menos, difuminando deliberadamente la verdad.

Si nos centramos, pues, en las dos acepciones que nos quedan, comprobamos que tienen que ver con nuestros cuerpos, por un lado, y, por otro, con nuestros fracasos, errores o pecados, si todavía se puede usar esta palabra sin provocar una sonrisa sarcástica (hace unos días fui objeto de mofa por hablar de “conciencia individual”, así que no descarto esta impropiedad). Nos abochorna mostrar nuestro cuerpo desnudo a otros. Pero no en cualquier circunstancia, y sin que eso suponga impudor alguno: ni la mirada del amante ni la de la persona que cuida, lava o alivia el dolor avergüenzan.

Pubertad (1895). E. Munch

Nuestra desnudez física puede resultarnos impúdica hasta en la intimidad. A veces nuestro cuerpo nos avergüenza a nosotros mismos: cuando cambia y se transforma como por su cuenta (la adolescencia, la vejez…); cuando enferma, nos pesa como una carga, nos enjaula o lo sentimos como un disfraz; o cuando nos han enseñado a despreciarlo, sea por cuestiones religiosas o por la estética imperante. En realidad, en cuanto lo pienso un poco, no puedo evitar que me dé la impresión de que en todo pudor relativo al cuerpo hay esta vergüenza de sí, independiente ya de la mirada de los otros, pero, en muchas ocasiones, provocada por esta mirada: Si no nos avergonzara nuestro cuerpo desnudo, tampoco lo haría mostrárselo a otros, pero puede que en muchos casos sea precisamente el reflejo de nuestro cuerpo en esa mirada ajena, y no él mismo, el que nos avergüence. La no exenta de pudor María Moliner habla entonces de la vergüenza que provoca saberse objeto del interés sexual de otros, reconocerse vista por otro ser humano como medio para la satisfacción de un deseo, nunca como sujeto deseante. La desnudez entonces nos hace vulnerables y atenta contra la dignidad (esa virtud que también se llama vergüenza) porque las cosas, los objetos, no tienen nada parecido. Esas miradas pasan, entonces, a formar parte de un ritual de humillación, de una farsa: la del falso amante. Para conservar la dignidad nos distanciamos de ese cuerpo objetivado, lo negamos como parte de nosotros y nos avergonzamos de él. Pero, a diferencia de aquella otra vergüenza o pudor que nos provoca lo que hacemos mal, aquí descargamos sobre nosotros una ira y un desprecio que deberían dirigirse a otros.

Venciendo esta vergüenza “inocente”, este pudor mal entendido, y con el fin de denunciar, y acompañar en la denuncia a otras mujeres haciendo visible un delito que ese pudor autodestructivo oculta tantas veces, surgió hace nada la iniciativa de contar estas historias en una red social. Historias reales, declaraciones escuetas y fieles a los hechos. Si algún pero tengo que hacer a esta iniciativa, que, fracase o tenga éxito, cuenta con mi aplauso como cualquier iniciativa que nace del amor a una víctima y de la ira contra el mal, es ésta: el apego cuasipolicial a los hechos.

Tampoco era esto lo que yo me exigía al escribir y animaba a buscar a los demás. Se trataba, más bien, de bucear dentro de nosotros y reconstruir (o construir de nuevas) con los materiales de desecho del recuerdo, ya de por sí cuestionables, una historia que pudo ser o no, pero que no nos aleja de la crueldad, el dolor o la fealdad de la realidad (todo eso que por pudor no queremos ver), sino que los transforma de tal modo que nos los hace más fácilmente aceptables. Nos permite vencer ese pudor que nos lleva a evitar, dice María, ver o escudriñar miserias, propias o ajenas; el pudor por el que no queremos ver lo que nos disgusta, entristece, avergüenza.

Me refería, en suma, a la falta de pudor que permitió, por ejemplo, a Henry Roth relatar el modo en que un niño descubre la sexualidad a través de otros (una niña un poco mayor, Annie, en su caso) como un juego perverso, una trampa, una farsa obscena (destinada a escenificarse tras el telón del secreto y el silencio) cuya vileza intuye, por más que no pueda entenderla ni desempeñar en ella papel alguno:
“El mundo entero podía romperse en miles de pequeños fragmentos, todos zumbando, todos gimiendo, sin que nadie los oyera ni nadie los viera, salvo él”.
Quién no ha escuchado de niño, sin comprender del todo, esos chistes y esas frases con dobles y secretos sentidos a los chicos mayores o más precoces. Quién ha tenido quizá la suerte de no sentir, aun en otro contexto completamente diferente, el derrumbamiento, sólo para uno visible, del mundo de la inocencia.

Es la falta de pudor que permite hacer universal lo insignificante y más singular. O la que nos deja describir a un hombre, aún joven, aunque tampoco demasiado, pecoso, rubicundo y de ojos pequeños y claros, o así parecían a través de los cristales de sus gafas de carey. Demasiado elegante, quizá, para ir un día como aquél, en pleno verano, de pie en la plataforma central de aquellos autobuses de antes que no ofrecían otro alivio al calor salvo la ligera brisa que ellos mismos creaban al desplazarse y dejaban entrar por las ventanas abiertas. Quizá ésta era la causa de ese ligero enrojecimiento que presentaba su rostro. Miraba hacia abajo, con una insólita concentración y seriedad, a los ojos de una niña que, a su vez, levantaba tímidamente los suyos hacia él, interrogantes, como intentando comprender o averiguar si, en realidad, no se trataría más bien de una imaginación suya. Mientras, él a duras penas podía disimular el placer que el juego que estaba improvisando le proporcionaba. Como una araña que, con temeridad creciente, teje una tela cada vez mayor, un poco más lejos del centro tupido y seguro, cada vez más ligera y frágil. Así se balanceaba el hombre haciendo cada vez más atrevido y notorio lo que al principio parecía sólo un roce descuidado. Arriesgándose a que, en cualquier momento, la niña despertara del ensueño de su estupor y gritara, llamando a un padre o a una madre, mientras lo señalaba con el dedo. No llegó a pasar. Fue la voz de ese padre o de esa madre, la que despertó a la niña mostrándole la puerta abierta del autobús detenido, sin tiempo ya para otra cosa que escapar a la carrera, dejando atrás un rostro que imaginamos (soñamos) entre decepcionado y triunfante.

Dos mil palabras y temo, de nuevo, no haberme sabido explicar.


jueves, 26 de abril de 2018

Levantar la mano sobre uno mismo

Levantar la mano sobre uno mismo. Discurso sobre la muerte voluntaria. Jean Améry.

Pre-Textos: Valencia, 2005. 156 pp. 13 euros.



“Pienso, luego existo: se puede dudar del sentido de esta frase. Así lo ha hecho ni más ni menos que Wittgenstein. Muero, luego ya no existiré más: es un hecho incontrovertible, es la base que sustenta nuestra verdad subjetiva que se convierte en objetiva en el mismo momento en que nos quebramos al chocar contra el suelo”.

Por J. Teresa Padilla

Ya he comentado varias veces el aturdimiento que me provocan las cifras, estadísticas y gráficos. Seguro que hay quien piensa que se debe a mi estupidez o a una mala formación, que no se trata sino de hechos, hechos objetivos contra los que no cabe recurso. Ahí están. Lee, escucha y calla. U ofrece otros. Ni se te ocurra sugerir que la realidad en bruto no nos es accesible, que tanto número y diagrama no deja de ser la respuesta a una pregunta, y que más importante que la primera es el camino que ha llevado a la formulación de la segunda y anticipa el único tipo de respuesta que se va a considerar aceptable. Es el viaje y no el destino el que determina el valor de este proceso al que también se denomina coloquialmente “aventura del saber”. Es lo malo de los clichés: por acertados que sean, se dicen o escriben sin pensar, sin conciencia de lo que realmente significan. Y lo que con éste se dice es que, como la vida, el conocimiento en tanto que acción de conocer es un trayecto, y la verdad (el conocimiento, como efecto o resultado de la acción) su objetivo, su finalidad, pero también, como la muerte lo es de la vida, su fin, la que lo detiene y aniquila. Es una paradoja, y hasta quizá un absurdo, con los que sólo se enfrentan algunos temerarios. Desde la literatura, intentando burlar a la verdad con la ficción para, en el movimiento oscilante entre la realidad y la fabulación, la vigilia y el sueño, conseguir mostrarla, aunque sólo sea parcial y fugazmente, evitando a la vez su abrazo mortal. Pienso en Danilo Kiš, porque es a quien ando leyendo estos días, pero son más. Muchos. Los mejores. Unamuno, por ejemplo, aunque él pertenece también al otro frente en esta batalla: el de los ensayistas o pensadores sin escuela ni sistema ni discípulos; los que se permiten el lujo de pensar nada más y nada menos que en primera persona del singular. También se les conoce en los ambientes académicos como intelectuales de segunda fila, ensayistas-literatos o cualquier otro título ninguneante. ¡Ay, esos círculos dispensadores de prestigio o condescendencia, según la dirección en que se gire el grifo! ¡Vaya buenos ratos que nos estáis haciendo pasar últimamente a todos los que os guardamos algún resentimiento!

Jean Améry es uno de esos outsiders filosóficos que reflexionó con algunos medios tomados, en su mayor parte, del existencialismo sartriano, que es lo que más y mejor conocía, pero sólo sobre lo que le interesaba muy personalmente. Y es que hay asuntos que sólo así, entrañándolos como diría Unamuno, pueden salir a la luz. Paradojas.

Célebre, escalofriante, lúcido y refractario a cualquier apelación a la lástima y, por ello, sincero hasta lo implacable es su ensayo descriptivo (fenomenológico) sobre la experiencia de una víctima de la violencia, en su caso del nazismo, aunque, como todo lo verdaderamente singular, es universalizable. La experiencia del superviviente de la violencia, claro, porque el que no lo consigue, que es precisamente (más paradojas) la víctima consumada, más auténtica y verdadera, no puede por razones obvias compartir la que sólo ella ha vivido hasta su límite último: la muerte por la violencia de otro. Más allá de la culpa y la expiación se llama el ensayo, disponible en castellano, y en cuyo prólogo a la reedición de 1976 (la primera fue diez años antes) se puede leer lo que sigue, algo que comprende y supera con mucho lo que he intentado expresar antes sobre la paradoja del saber:

“Iluminación no equivale a clarificación absoluta. No todo me resultaba claro cuando redacté este opúsculo, tampoco hoy me lo parece y espero que jamás me lo parezca. Despejar toda sombra de duda implicaría también liquidar, archivar los hechos para poder incluirlos en las actas de la historia. Precisamente para que esto no ocurra he escrito mi libro. (…) Lo que ha sucedido, ha sucedido. Pero el hecho de que haya sucedido no es fácil de aceptar. Yo me rebelo: contra mi pasado, contra la historia, contra un presente que congela históricamente lo incomprensible y con ello lo falsea del modo más vergonzoso”.

Escribía Philip Roth en La mancha humana que “nada dura, y sin embargo nada pasa tampoco. Y nada pasa precisamente porque nada dura” y es que la historia es sólo pasado. Tiempo muerto y fosilizado, objetivado, que ni dura ni pasa porque ya pasó (cuando aún era tiempo, cuando aún era, sin más, y pasaba). Améry cita el “todo pasa y al final es como si nada hubiese sucedido” de Karl Kraus, como otra forma de decir lo mismo: que la historia mata y miente y que “Hegel es quizás me­nos grande de lo que se pretende hacernos creer hoy en día con una insistencia casi terrorista”. Quizá me he ido un poco del tema, pero nunca sobra recordar el antihegelianismo de mis héroes literarios.

Os recomiendo este ensayo incluso por encima del que hoy os presento. Presento y no reseño, pues he decidido que mis hasta ahora mal denominadas reseñas son más bien esto: presentaciones, me gustaría imaginarlas, de un amigo a otro.

Al igual que ocurría en Más allá de la culpa y la expiación, también la reflexión de Levantar la mano contra uno mismo tiene un límite infranqueable en la consumación del acto. Por ello no puede hablar por el suicida, sólo, como en su otro ensayo, aproximarse todo lo posible a la que puede ser esta experiencia y, haciendo uso de la empatía y la introspección, intentar aclarar su naturaleza. Lo más próximo al suicida, que ya ha dado el salto y realizado “lo indescriptible”, es la condición “absurda y paradójica” del que está a punto de darlo (el suicidaire), el que tiene un pie en el ser (la vida) y otro en el no-ser (la muerte), el que se dispone a saltar hacia nada (o saltar a la nada; o sea, pasar del “ser” al “no ser”, como si éste pudiera ser algo o la expresión misma tener realmente sentido).

Lo indescriptible y sólo paradójica y metafóricamente accesible. Los límites del lenguaje, que deberían ser, como decía Wittgenstein (citado en este ensayo crítica y laudatoriamente por sus propias y benditas contradicciones), los límites de mi mundo. Lo son y no lo son, porque el mundo es mucho más que esa realidad establecida intersubjetivamente de la que se puede hablar con claridad analítica, de la misma manera que el yo, en absoluto independiente de todas estas circunstancias, que diría Ortega, es irreductible a la colectividad, a la biología o, en general, a la vida y su lógica. Y para mostrarlo, qué mejor ejemplo que esa posibilidad exclusivamente humana de poner fin a la propia existencia. Si Améry tiene un valor filosófico es, para mí, éste: que no elude el matiz ni la contradicción, todo lo contrario, los busca y exacerba aunque el precio a pagar sea la renuncia a una respuesta unívoca. El discurso, al límite siempre de lo que se puede expresar, queda lejos del claro y distinto de la filosofía analítica. No es sino “un discurso desvalido, atacable y que cualquier bobo puede ridiculizar fácilmente. (…) Un discurso circular, repetitivo, que se esfuerza siempre por la precisión, pero sin alcanzarla nunca”.

El objetivo del ensayo es arrojar luz sobre la naturaleza del suicidio o la muerte voluntaria, sobre lo que supone y dice del ser capaz siquiera de planteársela y de su forma de existir o vivir, de ser-en-el-mundo. Pero también encierra una reivindicación de su dignidad frente a las “portadoras institucionalizadas del orden público”, la sociología, la psicología y la psiquiatría, las cuales toman en nuestros tiempos el relevo de la religión y convierten lo que fue el mayor de los pecados en una enfermedad, “sabiendo bien, y estando de acuerdo en ello, que la enfermedad es una vergüenza”. La enfermedad es una vergüenza y la muerte, en general pero especialmente la voluntaria, algo “sucio” que los ritos funerarios están encargados de limpiar. Hay cierta hipérbole, sin duda, en esta visión del duelo, destinada quizá a equilibrar la balanza de la, no tan evidente, mentira social y mostrarla así en toda su crudeza.

Esta reivindicación, y el autor nos lo advierte desde el principio del ensayo, podría malinterpretarse como una apología, pero es importante subrayar que no lo es. Como mucho es una rebelión. Esta vez contra la opresión de las mayorías, la lógica de la vida y esas supuestas ciencias del hombre para las que éste es un objeto y, por ello, se les escapa lo esencial: su subjetividad, yoidad o ipseidad (llamésmola como creamos más oportuno, ni Améry ni ningún otro outsider se va a entretener un instante en las precisiones terminológicas). Una rebelión contra los que se arrogan la autoridad para juzgar y absolver o condenar. No sólo porque el análisis del fenómeno mismo mostrará que, lejos de la “locura” o la enajenación, el hombre experimenta, en esa situación de inminente pérdida de sí, la evidencia de pertenecerse a sí mismo (en una liberación paradójica, como no podía ser de otra manera, de la “mentira” de la vida). No se trata sólo, por tanto, de una cuestión teórica o disciplinal, es que, además, ese juicio y su sentencia constituye una violación, bendecida científica y socialmente, de los derechos de una minoría:

“El depresivo o el melancólico para quien «el pasado es infame, el presente doloroso, el futuro inexistente», tal como describe su estado el profesional, es un enfermo tan poco enfermo como el homosexual. Simple­mente es diferente. La ciencia opina que ha perdido todo sen­tido de la proporción (…) Es la sociedad quien mide las «proporciones». Pero cada uno tiene a mano su propia vara de medir. Mi criterio tiene que ser consi­derado finalmente como válido, siempre y cuando no ponga en duda el conjunto de todas las experiencias. Estoy facultado para decir: el incidente que os parece nimio quizás lo sea pa­ra vosotros, no lo niego, pero para mí representa un acontecimiento vital decisivo, tanto como para que por su causa me dé la muerte. (…) No estoy dispuesto a so­meterme a un veredicto social sobre mi existencia y mis ac­ciones. Determinado, el veredicto, esencialmente por la funcionalidad. El melancólico que realiza su trabajo profesional con desgana y por ello de manera insatisfactoria, hasta que fi­nalmente ya no lo realiza en absoluto y se limita a estar encogido en la cama y dejar que las cosas le sobrevengan, ya no es utilizable por la sociedad, no funciona. La sociedad ha de ocuparse por tanto de que se le «cure», ya sea mediante parloteo psicoterapéutico, mediante electrochoques, o mediante qui­mioterapia, y si todo esto no ayuda, encerrándolo de vez en cuando. (…) No vacilo en decir que aquí la justicia so­cial no sólo comete un error, cosa que aún sería perdonable, sino un delito del cual no puede por menos que ser vagamente consciente. El parloteo, los choques y los preparados sirven en este caso para convertir a alguien que era de por sí diferente en otro que es aún-más-diferente. Un “yo” impuesto a un ser humano (…), producto cuestiona­ble de una intervención externa que le enajena de sus propios intereses”.


Dignidad, naturalidad y hasta una lógica propias. En este análisis no importan las causas, razones o motivos, conceptos con los que la opinión común y la psiquiatría intentan devolver a la normalidad establecida el acto de morir por la propia mano. Es una reflexión descriptiva y no causal que busca el común denominador de la experiencia suicida, lo que comparten los grandes poetas, el analfabeto que sufre un desengaño amoroso, el empresario arruinado o el adolescente suspendido, el enfermo y el sano, los que tienen “buenos” motivos, comprensibles y razonables para la mayoría (acepte o no la decisión misma) y los que, por el contrario, parecen haber perdido sencillamente la cabeza por minucias. No hay, y la conclusión tendría serias implicaciones en los debates sobre la eutanasia (que más que buena muerte, como ya planteé en otra ocasión, puede terminar convertida en una muerte socialmente respetable), suicidios justificados y no justificados, ni muertes, en general, más dignas que otras. La sociedad y la medicina juzgan: para ello tienen una ley, la de la vida. Lo que hace el suicida, en esa terrorífica situación común a todos, la previa al salto, al acto mismo, es negar esa ley: La vida NO es el bien supremo. Es una contradicción, pues no hay otra cosa que la vida. Como es una contradicción librar a un enfermo del sufrimiento procurándole la muerte cuando sólo los vivos pueden ser liberados del dolor. Como vivir para al final morir igualmente puede ser todavía más contradictorio y absurdo. Algunos (muchos más de los que creemos) dicen No a lo que la mayoría dice SÍ, pero tanto la negación como la afirmación resultan igualmente absurdas y paradójicas.

Y mientras Améry intenta pensar descriptivamente, o sea, revivir esa experiencia del que está decidido a morir por su mano, y la recorre de mil formas preguntándose si y en qué sentido es voluntaria o liberadora, o si responde, como la vida, a una ley propia y opuesta a la de ella, aprendemos mucho sobre temas filosóficos capitales. Sobre nuestro cuerpo, “lo propio más extraño”, que no poseemos, sino somos, aunque no del todo. O sobre el otro, a la vez amenaza y referente irrenunciable, pues estamos desesperadamente solos ante la muerte (cualquier clase de muerte), pero hasta en esa soledad miramos en su dirección buscándole. El otro que me juzga, condena y destruye, pero a la vez “es el pecho de la madre y la mano auxiliadora de la enfermera. Más que eso: es el Tú sin el cual yo nunca llegaría a ser un Yo. Lo que hacemos, lo que dejamos de hacer, está siempre referido al Otro, en odio, en pasión, en amistad, incluso en indiferencia. Salimos adelante sin Dios. No lo conseguimos sin el Otro, podemos llamarle sociedad, no es más que una cuestión de terminología convencional. Porque el Otro es nuestro destino, tan bueno o tan malo como nuestro Yo, nos acompaña hasta el final, como el Yo”.

El cuerpo, el otro y el tiempo, la cuestión crucial de cualquier reflexión filosófica que se nutra de la fenomenología y el existencialismo como es ésta. El tiempo sólo ante la inminencia de la muerte se vive auténticamente, es decir, como tiempo originario, vacío de las cosas y hechos que lo llenan y pasan, sí, pero pueden volver a repetirse, como objetos muertos que son, y ocultan su inexorabilidad. El tiempo que se revela, no como esa forma kantiana de la sensibilidad externa, sino como lo que es, “forma en un sentido profundísimo”, la de la conciencia de nosotros mismos, la del yo. Comprimido en un presente absoluto, a punto de ser arrancado de sí mismo y desvanecerse en el no-tiempo, el no ser y la nada de la muerte. Así vive, como en una revelación, el tiempo (un tiempo que siempre ha vivido sin poder percibirlo al constituir su ser mismo) el que está a punto de morir, de dejar de ser: de ser él, de ser tiempo.

Las contradicciones y paradojas no se resuelven. No acudáis a este ensayo en búsqueda de un final luminoso y feliz. No pinta bien para nadie, todos “so­mos dignos de compasión, todos somos conscientes de ello. Lloremos en silencio, con la cabeza gacha y con circunspec­ción a quien nos ha dejado en la libertad”.



jueves, 19 de abril de 2018

Cháchara primaveral

El jardín de Daubigny. Vincent van Gogh (1890)

Por J. Teresa Padilla


La primavera ya está aquí. Me he tenido que contener para no escribir el pareado de rigor: “La primavera ha venido. Nadie sabe cómo ha sido” (¡buah, ya lo he escrito).

La primavera empezó, según las ciencias involucradas, hace casi casi un mes, pero, como de costumbre, los conceptos científicos poco tienen que ver con las realidades cotidianas que identificamos con ellos. El equinoccio de primavera llegaría el 20 de marzo, no digo yo lo contrario, pero la primavera, no. Quién sabe si ha sido así en todo el hemisferio norte. Pongamos que hablo de Madrid.

Algo me pasa, pues todo lo que escribo me suena a frase ya hecha y repetida, en letra o música. Porque lo es, claro. Eso está mal, muy mal. Tanto despotricar en este blog sobre clichés, mantras y demás para nada. Lo único que me salva es que lo veo. Lo veo y me río. Más me salvaría, para ser de verdad sincera, borrarlo todo y empezar de nuevo, pero la primavera (¿por fin?) ha llegado y con ella la astenia se ha agravado. A la prueba me remito para afirmar que no hay mejor época del año que ésta para la mala poesía y los pareados. Y para la prosa despeinada; véase, en caso de duda, lo que sigue.

El tema es que, como diría un amigo, la primavera ha acaecido (¿otro pareado?): no sabes qué ponerte o quitarte, ni si te sofocas con razón o sin ella. Los niños salen con abrigo y vuelven en manga corta. En el patio al que da mi mesa de trabajo (aunque mesa de recreo sería la denominación adecuada a “la cosa misma”), más exactamente en el patio al que doy la espalda cuando me siento a ella, un gorrión macho (¿el mismo de todos los años?) canturrea, fanfarrón, apoyado en la salida de humos de la cocina de mi vecina de abajo, donde, año tras año, él mismo u otro (heredero o ladrón), construye su nido. Ni a su nidada ni a mi vecina parece molestarles tal hecho. Yo, desde luego, no voy a decir nada sobre las pelusillas y ramitas que este año empiezan a colgar fuera y a delatar al okupa. Espero que la gravedad haga su trabajo y esos escombros de la renovación anual del hogar avícola se desprendan antes de que lo vea mi vecina de arriba, a la que no sé cómo podría afectarle la cuestión, aunque seguro que, de enterarse, encontraría la manera de justificar su queja en la próxima reunión de vecinos, reuniones de las que suelo escaquearme precisamente porque temo que ver mi cara le recuerde todo lo que la molesta una, y desde mí, la del penúltimo, hacia abajo. Que no: no estamos aquí para pagar justos por gorriones.

El gorrión no canta muy bien que digamos, pero confía ciegamente en sus posibilidades, y eso es digno de admiración. Tendría mucho que envidiar al mirlo, por ejemplo, al que también oía a veces, aunque más temprano y no sé exactamente desde dónde, cuando todavía sacaba yo a la perra por la mañana temprano, pero no pierde el tiempo en comparaciones ociosas porque los mirlos a las gorrionas, que son las espectadoras que le interesan, como que les dan igual por muy chulos que se pongan con sus gorjeos y picos naranja fosforito.

El patio de mi casa, que es particular, está luminoso y cantarín en primavera. No puedo decir lo mismo de mi calle. Como en cualquier casa privada, el Ayuntamiento también espera la llegada del buen tiempo para hacer sus reformas y, en consecuencia, tengo a un pobre hombre con un martillo neumático abriendo una zanja a lo largo de la acera de enfrente. De nueve de la mañana a cinco y media de la tarde. Me pondría en plan Marías (Javier) para quejarme de la gran obra maestra que tal estruendo está entorpeciendo o de la falta de respeto y previsión de los responsables políticos, que, si mal no recuerdo, ya mandaron abrir la misma zanja hace un año, pero, para mí, el que de verdad tiene derecho a quejarse es el que maneja ese instrumento del demonio. Apenas avanza (se ve que el subsuelo de mi calle está más duro que mi mollera, será por el cemento nuevo con el que lo rellenaron el año pasado), los cascos quizá sirvan de algo a sus tímpanos, pero al resto de su cuerpo, que se ve vibrar con el dichoso martillo, me da que no. Y encima, el buen hombre se detiene cuando ve que se acerca por la acera alguien con un carrito de niño y espera a que se aleje un poco antes de proseguir. Para hacer un descanso, me corregirá algún listo. Pues no: para echar agua al martillo, que al parecer se calienta por la fricción (caprichos de la física). Lo que, tras mi sobresalto ante una inminente electrocución, me ha enseñado algo nuevo, y es que estos artilugios no van, como decía mi abuela, con la luz (“neumático” era, hasta hoy, un significante adjetivo vacío para mí, una especie de nombre propio). También me ha abierto los ojos a todos los detalles que se pierden los Marías (Javieres) de este mundo, los cuales, centrados en su ombligo, no han visto en acción a estos héroes, sin exagerar, de las infraestructuras. Eso sí que hace imposible lo de la obra maestra. Que le echen la culpa a los ladridos de los perros, a los martillos neumáticos o al resto de la humanidad ruidosa que ha tenido la osadía de existir. ¡Atención a los detalles! ¡Ése es el problema! ¡Que se supone que habéis leído a Proust! (o de eso presumís, ¡fantasmas!).

Acabo. En mi defensa y la de este texto tengo dos hechos que alegar. El primero, aunque menos importante: que de las tres interacciones sociales que he tenido esta semana, al margen, claro está (o no, pero lo aclaro), de aquéllas con quienes convivo y la pobre de mi madre, que, por diferentes motivos, no cuentan, dos me han acusado de no parar de hablar, llegándome a aconsejar una de ellas que lo practicara más en el día a día para reducir luego la acumulación de cháchara inexpresada. Dos de tres, y porque lo que la tercera me contaba era de lo que sólo admite un beso o un abrazo por respuesta. Un porcentaje demoledor. Aunque para darle la murga a mi perra, el único ser con tiempo y buena voluntad que tengo a mano, la escribo y, de paso, practico con vista a la obra maestra y tal.

El segundo hecho es una foto: la de un niño en una maleta. Con la cabeza asomando, viajando como en los transportes públicos los perrillos en sus bolsos. La habréis visto en los periódicos o en las redes. No puedo, por muchas razones, reproducirla aquí. La imagen, dolorosa, me recordó una historia que mi padre me contaba. Una historia nada triste o penosa, todo lo contrario, sobre mí y una maleta. Al parecer, yo también fui una niña en una maleta, pero en un contexto tan distinto que hace de ese “también” una completa aberración. Fui una niña a la que mi padre, primerizo, dio miedo acostar a mi llegada a casa recién nacida en la cuna que tenía preparada, la cual le pareció enorme y fría. Tenía previsto que usara el capazo del coche de paseo que había encargado para mí en El Corte Inglés, pero aún no lo habían recibido, así que improvisó y me preparó una camita dentro de una maleta de esas rígidas de entonces. Había pensado escribir sobre ello (La niña de la maleta, se iba a titular), pero de pronto me sentí culpable o avergonzada por que la tragedia de un niño me hubiera servido para rememorar esta anécdota feliz. En el fondo puede que también yo sea ese personaje gruñón y narcisista del que me he mofado un poco hoy. O peor aún: a diferencia de él, me doy cuenta y lo disimulo. Menos mal que acabo de leer a Jean Améry que nadie puede amarse u odiarse a sí mismo, que no tiene de sí la distancia precisa, que, cuando cree hacerlo, lo “hace siempre de manera indirecta, interiorizando, transitoria y revo­cablemente, la mirada de los otros, percibida a través del len­guaje”. Pues eso. No os he dicho nada, ¿eh?



jueves, 12 de abril de 2018

Contra toda esperanza

Contra toda esperanza. Memorias. Nadiezhda Mandelstam.

Acantilado: Barcelona, 2017. 656 pp. 29 euros.


“Todavía no estás muerto. Todavía no estás solo.
Con tu amiga la mendiga
gozas de la grandeza de las llanuras,
de la niebla, del frío y de la nevada.

Vive tranquilo y consolado
en la pobreza opulenta, en la miseria poderosa.
Son benditos los días y las noches
y es inocente la fatiga dulce y sonora.

Infeliz aquel que, como su sombra,
teme el ladrido y maldice al viento.
Y miserable aquel que, medio muerto,
pide limosna a su propia sombra".

(Ósip Mandelstam, Cuadernos de Voroneth, 15-16 de enero de 1937).


Por J. Teresa Padilla

“De sus ochenta y un años de vida, Nadiezhda Mandelstam pasó diecinueve como la esposa del poeta ruso más grande de su siglo, Ósip Mandelstam, y cuarenta y dos como su viuda. El resto fue niñez y juventud. En los círculos cultos, y en especial entre la clase ilustrada, ser la viuda de un gran hombre bastaba para conferir una identidad. Esto sucedía especialmente en Rusia, donde en los años treinta y cuarenta el régimen creaba viudas de escritores con una eficiencia tal que a mediados de los años sesenta había un número suficiente como para haber organizado un sindicato”.
Así comienza el obituario que Joseph Brodsky, originalmente Josif Brodski u Ossia el joven (como se le llama en este libro), escribió para ella en 1980 y se incluye como prólogo en esta edición de Contra toda esperanza, que también recoge la traducción de otra grandísima mujer, Lydia Kúper, autora, a una edad provecta (como la de Nadiezhda cuando escribió estas memorias), de la probablemente mejor traducción de la monumental Guerra y paz.

Nadiezdha Mandelstam no fue simplemente la viuda de Ósip Mandelstam. Fue su memoria, la del poeta y la de sus versos, inseparables dada la carga ética, la responsabilidad que ambos atribuyeron a la literatura: “Los poetas no pueden ser indiferentes ante el bien y el mal, y jamás dicen que todo lo existente es racional” (frente a Hegel, ¿cuántas veces van ya en mis textos?, y toda su nefasta progenie). Sin Nadiezdha, lo que Mandelstam fue, lo que escribió, habría terminado, como su propia vida, succionado por la oscura lejanía del gulag.

Foto: tygodnikprzeglad.pl

Resulta complicado decir quién debe a quién ser el que ha terminado siendo. Lo más seguro es que se lo deban mutuamente. Lo que a mí me importa dejar claro es que éstas no son las memorias de una viuda ilustre (apenas habla de sí misma o de su vida previa a la que compartió con el poeta), ni siquiera una recopilación de recuerdos sobre el "gran hombre" y su vida en común. Es una reflexión sobre los orígenes del terror y el totalitarismo, sobre la génesis del poema y la extraña y mágica condición del poeta, sobre la belleza de algunos seres humanos y la mezquindad de otros. Sobre lo fácil que es claudicar y traicionar, entre otros, a uno mismo. Es también un lúcido ejercicio de introspección y empatía. De un amor alejado de cualquier cliché, que nunca se menciona directamente pero sobrevuela todo el texto imponiéndose sobre cualquier otra cosa, como la denuncia de la miseria material y moral de la tiranía soviética o el ajuste de cuentas con personajes concretos. El "gran hombre" está muy lejos de ser un dios o un enviado por los dioses, en este caso de la Palabra, para mediar entre ellos y los hombres. O puede que no, si consideramos posible, como en la historia de Cristo, que esos seres tocados por la divinidad de una u otra forma estén condenados al escarnio, la tortura y la muerte. Lo que es indudable es que Mandelstam aparece como “el hombre al que se le caían los pantalones y que carecía de toda entonación teatral, aquel mismo hombre que era llevado bajo custodia a cualquier hora del día y de la noche” y que “no dudaba, pese a todo, de su derecho a escribir libremente”. Un hombre que enloquecía de terror, pero al que nunca se le olvidó, sobre todo con la poeta Anna Ajmátova (la otra coprotagonista de estas memorias), reír. “Los dos eran difícilmente educables”, dice con orgullo Nadiezdha. Ella, también.

Pero prefiero que leáis a esta mujer increíble que, contra todo pronóstico, consiguió salvar todo un mundo al borde de la desaparición; un mundo cuyo despeñamiento logra contener con la única fuerza de la fragilidad de una edad avanzada, una portentosa lucidez y memoria, y una vida de dolor y privaciones. “El poeta”, dice Nadiezhda, “al tiempo que escribe sus versos, va comprendiendo la realidad, porque en ellos existe un elemento de anticipación del futuro”: no ve bien de cerca, “el presente, pero sí el futuro”. Es el adivino, sí, el bendecido por la gracia de la palabra. El médium entre la lengua y nosotros. El poseído. El enajenado. La prosa viene, como dice Brodsky, tras ella, la poesía. También la de Nadiezhda. Pero viene a salvarla, a conservarla, a ser su conciencia, a volverla en sí, a honrarla, a devolvérsela a los hombres, a cuidarla. El cuidado, esa labor reservada tradicionalmente a la mujer y que está en el origen mismo de la palabra cultura. La supervivencia del testigo y su testimonio es, a fin de cuentas, la prueba del triunfo de la civilización sobre la barbarie, “la mejor demostración de que la victoria definitiva pertenece siempre al bien y no al mal”. Finalmente, Nadiezdha, pese a lo “engañosa e ilusoria” que la considera tantas veces, hace honor a su propio nombre: Esperanza.


Apéndices nada accesorios.

I) Cosas de Nadiezdha sobre:

La poesía y el poeta.
“En 1930 comprendí por primera vez cómo nacen los versos. Antes sólo sabía que se había producido un milagro: había surgido algo que anteriormente no exisitía”.
“Los labios son el arma de producción de un poeta, ya que trabaja con su voz. El murmullo de los labios que trabajan asemeja al flautista y al poeta. (…) El murmullo de los labios «que recuerdan». (…) En el proceso de la creación poética hay como una evocación de algo que jamás había sido dicho aún. (…) Los versos viven su auténtica vida tan sólo en la voz del poeta y la voz del poeta continúa viviendo en ellos para siempre” (extraído del capítulo “Murmullos y susurros”, una maravilla de principio a fin).
“Me gustaría contar lo que significaba la palabra para él, pero hacerlo es superior a mis fuerzas. Pienso, tan sólo, que él sabía cómo era la «forma interna de la palabra» y la diferencia entre la palabra como signo y como símbolo”.

El totalitarismo y el terror:
“Un buen día tuvimos miedo del caos y todos anhelamos de pronto un poder fuerte, una mano poderosa que encauzara los revueltos torrentes humanos. Tal vez el temor sea el más estable de nuestros sentimientos (…) Queríamos rectificar el curso de la historia, acabar con los baches en el camino para que no hubiera nada imprevisto y todo se desarrollase de forma suave y uniforme. Y ese anhelo preparó psicológicamente la aparición de sabios capaces de señalarnos el camino a seguir. Y como había sabios, no nos atrevimos a obrar por nosotros mismos sin directivas y esperamos indicaciones precisas y recetas exactas. Y puesto que ni tú, ni yo, ni él somos capaces de confeccionar una mejor lista de recetas, tenemos que dar las gracias por la que nos suministran desde arriba. (…) Ciegos como éramos, fuimos nosotros mismos los que defendimos la unanimidad de criterios, ya en cada divergencia, en cada opinión particular, veíamos aparecer de nuevo la anarquía y el indescriptible caos. (…) Y así vivíamos, así cultivábamos nuestra inferioridad. (…) Éramos, en efecto, seres inferiores y no se nos pueden exigir responsabilidades. Y sólo nos salvan los milagros”.
“Escogimos todos el camino más fácil: callábamos en la confianza de que no nos matarían a nosotros, sino al vecino. No sabíamos siquiera quién entre nosotros mataba y quién se salvaba, simplemente, gracias a su silencio”.
“Cada ejecución se justificaba diciendo que estaba construyendo un mundo donde no habría violencia y todos los sacrificios eran pocos para esa «nueva sociedad» sin precedentes. Nadie se percató de que el fin comenzaba a justificar los medios y luego, como siempre ocurre en estos casos, había desaparecido gradualmente”.
“Es imprescindible comprender el significado de todo lo ocurrido. El humanismo del siglo XIX sufrió una dura crisis, se derrumbaron todos sus valores éticos porque se basaban únicamente en las necesidades y deseos del ser humano o, simplemente, por su anhelo de ser feliz. El siglo XX, por el contrario, nos demostró con meridiana claridad que el mal posee una inmensa fuerza de autodestrucción. En su devenir aboca irremisiblemente al absurdo y al suicidio. También comprendimos, por desgracia, que el mal al autodestruirse puede acabar con toda la vida en la tierra y eso no lo deberíamos olvidar. Sin embargo, por mucho que la gente proclame a voz en grito verdades tan simples, las oírán solamente aquellos que no quieran el mal. Además, todo eso ya existió y caducó, y volvió a empezar, pero siempre con mayor fuerza y amplitud. Afortunadamente yo no veré ya lo que nos depara el futuro”.

La muerte:
“La muerte del artista no es una casualidad, sino el último acto creador que como un haz de rayos ilumina toda su vida. (…) El final y la muerte son elementos de la estructura de la vida, potentísimos, a los que se subordina todo lo demás. (…) Mandelstam condujo su vida de modo autoritario hacia el final que le acechaba, a la forma de muerte más extendida en nuestro país, «en tropel y en manada»”.
“Nadie lo vio muerto. Nadie lavó su cuerpo. Nadie lo colocó en un ataúd. En su febril delirio los mártires de los campos no saben distinguir el tiempo, no diferencian la realidad de la ficción. (…) Sólo sé una cosa: Mandelstam dejó de sufrir; su vida de mártir acabó en alguna parte. Así termina toda vida. Antes de morir, yacía sobre una tarima y en torno suyo pululaban otros condenados. Probablemente esperaba un paquete. No se lo entregaron o no llegó a tiempo. El paquete fue devuelto. Para nosotros fue la prueba y notificación de su muerte. Para él, que esperaba el paquete, su ausencia significaba la muerte de todos nosotros. (…) El paquete volvió a mis manos y yo, que rezaba para que terminasen sus padecimientos, me tambaleé ante la ventanilla cuando la empleada de correos me comunicó esta última e inevitable buena nueva.

Y después de su muerte -¿no sería antes de ella?- vivió en las leyendas de los campos como un viejo demente de setenta años con una escudilla para comer gachas, que en tiempos había escrito poemas y que por ello se apodaba «el poeta». Y otro viejo -¿no sería el auténtico Mandelstam?- vivía en el campo «Vtoráya Rechka» y estaba incluido en la expedición a Kolyma y muchos consideraban que era Ósip Mandelstam, y yo no sé quién era él”.

II) Hasta aquí una pequeña muestra de la sabiduría y hasta poesía de la prosa de Nadiezdha Mandelstam. Sólo me queda añadir, para cerrar el círculo y esta entrada, otra de lo que gracias a ella sobrevivió. Tan suya, probablemente, como del hombre que amó.

“I

Hacia la tierra vacía, cojeando sin querer,
con desigual y dulce paso
ella camina, adelantándose apenas
a su rápida amiga y al joven que le lleva un año.
La arrastra la libertad oprimida
del defecto que la anima.
Y parece que una clara sospecha
no quiere detenerse a su paso.
Esta temprana primavera
es para nosotros madre
de un cuerpo muerto.
Y todo va a comenzar eternamente.

II

Hay mujeres que nacieron en una húmeda tierra.
Cada uno de sus pasos es un sollozo sonoro,
y su vocación, acompañar a los muertos
y ser las primeras en saludar a los que resucitan.
Pedirles caricias es un crimen
y separarse de ellas, imposible.
Hoy ángel, mañana gusano en la tumba
y pasado mañana sólo un difuso contorno.
Lo que fue un paso se hace inaccesible.
Las flores son inmortales. El cielo, denso,
y el futuro sólo una promesa”.

(Ósip Mandelstam. Cuadernos de Voroneth. 4 de mayo de 1937).

jueves, 5 de abril de 2018

Siluetas

Cueva de El Castillo (Puente Viesgo)

Por J. Teresa Padilla


Pintar manos es, por lo que parece, un auténtico clásico de la especie humana. Nos lo muestran los paleontólogos y no los recuerdan los juegos y travesuras de los niños, que al fin y al cabo son la memoria viva de la especie, algo así como cromañones resucitados.

Los niños pintan con sus dedos, su primer instrumento, todo aquello que les deslumbra y atemoriza. O lo que desean y aman. En papel o, para nuestro espanto, en las paredes. Al principio, sobre todo, lo que a los adultos nos parecen garabatos al azar. Nos equivocamos como siempre, claro, porque en ellos sus ojos creadores reconocen luces, pasiones, sombras y silencios. Gritos o musicales susurros. Lo suave y lo áspero. La dulzura y el amargor. Resulta injusto poner límites a esta primera forma de representación de la realidad, previa a la palabra, tan sensorial, tan física ella misma, tan primitiva y auténtica. Inmediata. Una recreación de su mundo llamada, como la del pintor neolítico, a trascender y sobrevivir incluso a lo recreado. Es algo así como la versión eterna de una realidad fugaz y perecedera. Paradójicamente mucho más verdadera que el original, aunque sólo sea por esta posibilidad real de subsistir a la desaparición de lo representado. Da igual quién o qué creara el mundo y los seres que habitan la tierra, el agua o los cielos: dejó una naturaleza viva, sí, pero perecedera. Puede que no escape tampoco a esta condición la recreación del cromañón, el niño o el artista adulto. Es muy posible, casi irremediable, que, al final, su obra sucumba también, pero muy probablemente lo hará tras haber mostrado una mayor vivacidad que la de la creación original. Y eso, a poco que se piense en ello, es mágico.

Sin embargo, hay que madurar, ser racionales, autónomos, y renunciar a la magia, a los mitos creacionistas, a los relatos de misteriosa y sagrada autoría. Todo indica que nos pasamos de frenada y, lejos de esa razón anhelada, toda ella luz, saber, libertad y hasta bondad, simplemente pasamos a adorar a otro ídolo: los datos, cifras, ciencias con resultados empírica y técnicamente verificables. Para sus “adoradores”, este mal llamado por mí “ídolo” es justo lo contrario a las deidades propias del animismo primitivo o de cualquier otra fe. Ni se crea ni se cree (dos verbos íntimamente emparentados) porque con él se trata sólo de objetos, hechos constatados y analizados. Con instrumentos y métodos de nuestra creación (humana, subjetiva, potencialmente tergiversadora), que sin embargo se declaran (sin rastro de la justificación de la que presumen) inocuos. Sí, lo reconocen, sus resultados tiene un origen humano, no son manzanas caídas de un árbol, pero han sabido hacerlo irrelevante, desaparecer, como científicos, en su obra.

Todo resulta así muy razonable (me niego a reducir a esto lo racional), ordenado y discreto. Circunspecto. Nada que ver con niños y mujeres primitivas que invocan los espíritus de animales, plantas, estrellas y soles, lo invisible que da vida y sentido a lo que los rodea. El mundo que nos venden cada vez se parece más a un internado inglés y lo que podemos decir de él a los buenos modales, ésos que servían a los victorianos para llegar lejos en la vida y hasta fundar, como su reina, un imperio. Ésta es su cara A. Como no hay inglés siquiera a la altura de semejante ideal, existe una cara B bastante más oscura. La de la histeria irracional, desordenada y vocinglera. Como corresponde al único engendro bifronte que en el fondo es, estas dos caras no pueden sino ignorarse mutuamente.

Europa ha vivido históricamente plagas que nada tienen que envidiar a las bíblicas; desastres naturales, como el terremoto de Lisboa, que hicieron tambalearse los cimientos del racionalismo ilustrado; hambrunas ancestrales y otras que no han cumplido ni un siglo; guerras largas y brutales, mundiales y civiles, la última no hace ni veinte años; proyectos de aniquilación de grupos humanos enteros, por supuesta pureza racial, como las fábricas de muerte nazis, o nacional, como el genocidio armenio, o ideológica, como los gulags. A pesar de todo esto, y mientras a nuestro alrededor mueren engullidos por el mar o la indiferencia miles de personas cada año intentando alcanzar nuestra, al parecer de algunos, ilusoria prosperidad, seguridad y protección, resulta que no, que nosotros, los aparentemente privilegiados, libres a día de hoy de plagas, epidemias, grandes cataclismos y guerras, vivimos de hecho una de esas distopías, clásicas en la literatura, en las que estamos sometidos a un gran hermano que todo lo ve y sabe de nosotros, al poder que esta información da a los siniestros consorcios que la gestionan. Manipulados de esta manera sibilina, aún los hay, sin embargo, capaces de ver la luz por todos los demás, necios y ciegos, y darse cuenta de tamaña farsa para proclamar, por un lado, que carecemos como sociedad de verdadera libertad, a la vez que reclaman como individuos, o grupos señalados de tales, la libertad sin límites ni censuras que acaban de negar a todos los demás.

Alguien más inteligente o menos perezosa que yo se enfrentaría a esta contradicción para desentrañarla y desarmarla. Es un trabajo solitario y para mí, ahora, un tanto inútil si se carece de interlocutor, justo lo característico de esta Weltsanschauung despersonalizada. Nadie concreto, en primera persona, defiende esa postura. Todo se reduce a algo que “se sabe”, “se dice”, y al final se repite, como un eco, de forma individual, que no personal. De ahí la insensibilidad ante las incoherencias de su emisor final y lo frustrante del esfuerzo por mostrárselas.

Por esto, es ahora cuando doy un volantazo y giro para intentar recobrar el sentido de este texto, que no espero encontrar en estos ridículos temas candentes que arden por un momento con el único resultado de generar un humo en el que confundirse, banalizándolos, con los verdaderamente serios y graves. Ni tampoco en la cara A de este mundo, la que tan fácil nos hace las cosas, promete salvarnos un día de cualquier enfermedad o desvelarnos los misterios del universo. La utopía cientificista y la distopía tecnológica son las dos caras de lo mismo: de ese mundo sin autor (e inhabitable para esos supersticiosos que llamamos creadores) que sólo pueden poblar individuos, esos seres sólo numéricamente discernibles entre sí destinados a engrosar estadísticas y hacer posibles complejos estudios de mercado.

Altamira
Con este fin vuelvo al pintor primitivo, el que se sirve de sus dedos para, reproduciendo su mundo, crear otro nuevo, más bello, mejor. Pero hace algo más. Algo de lo que los meros individuos no son capaces. Algo que los constituye en sujetos, en creadores, en seres que vuelven sobre sí mismos, reflexionan de la misma forma plástica y expresiva, nada intelectual, con la que han trazado sus figuras en la roca, para dejar constancia de sí mismos, para firmar. Es entonces cuando sumergen en los tintes sus manos y dejan sus huellas cromáticas en lo más profundo de las cuevas, casas y templos a la vez. O, ya en el colmo de la genialidad, espurreando la pintura o soplándola, usando como molde sus manos, para dar expresión a su ausencia, hacer visible su invisibilidad, invocar a su propio espíritu.

Eso es lo que somos, desde el principio de la especie a la que pertenecemos y de nuestra vida, ese vacío delineado por chorros de pintura. Llámesele espíritu, persona, sujeto, alma. Ni siquiera puedo hacer (como pretendía cuando tenía la idea de este texto sólo en la cabeza) la analogía entre estas manchas y todos esos datos tan nuestros que supuestamente están al alcance del leviatán digital y amenazan en realidad sólo a quien crea que su ser se reduce a ellos. Para decir quiénes somos, para perfilar nuestra silueta, no tienen ni siquiera el valor de la saliva del cromañón, o del niño, que sopló sobre parte de sí mismo y se dio así, como en el mito se narra, vida. Otra nueva, quizás eterna.

No sé si me he liado y he escrito un galimatías incomprensible. Quería contar otra cosa y al escribirla he descubierto que estaba equivocada, que no era eso lo que veía en esas manos que me han dado pie, después de un tiempo de sequía, a volver a escribir. En realidad, sólo quería tener un texto que justificara esa foto y una canción. A lo mejor sobraba todo los demás.


En mi vida secreta,
en mi vida secreta,
en mi vida secreta.

Te vi esta mañana.
¡Te movías tan rápido!
Parece que no puedo dominar
el pasado.
¡Y te echo tanto de menos!
No hay nadie a la vista,
y seguimos haciendo el amor
en mi vida secreta,
en mi vida secreta.

Sonrío cuando me enfado.
Engaño y miento.
Hago lo que tengo que hacer
para arreglármelas.
Pero sé lo que está mal,
y lo que está bien,
y moriría por la verdad
en mi vida secreta,
en mi vida secreta. 

Resiste, resiste, hermano mío.
Hermana mía, agárrate fuerte.
Al final recibí mis órdenes:
marcharé toda la mañana,
marcharé toda la noche,
cruzando las fronteras
de mi vida secreta.

Ojeé el periódico.
Te dan ganas de llorar.
A nadie le importa si la gente
vive o muere.
Y el proveedor quiere que pienses
que es o negro o blanco.
Gracias a Dios que no es así de sencillo
en mi vida secreta.

Me muerdo el labio,
y compro lo que me dicen:
desde el último éxito
a la sabiduría de toda la vida.
Pero siempre estoy solo,
y mi corazón es como el hielo,
y está agarrotado y frío,
en mi vida secreta,
en mi vida secreta,
en mi vida secreta...

jueves, 22 de marzo de 2018

La mirilla

Foto: Mónica (Flickr)
Por Esperanza Goiri

La casa de mi abuela materna, en Bilbao, era un piso antiguo y enorme. Me gustaba todo de ella. El asiento de terciopelo del ascensor, la amplia cocina con vistoso suelo de damero, el farolillo que colgaba encima del teléfono de baquelita, la chaise longue que logré heredar tras un trueque con uno de mis hermanos… Hasta el nombre de la portera me parecía exótico y misterioso: Apolonia. Pero si había algo que me fascinaba era la mirilla de latón que, como un ojo dorado, adornaba la maciza puerta de entrada. Emitía un metálico sonido al accionarse y el perfecto círculo se dividía en cuatro porciones exactas que dejaban ver el descansillo de la escalera. No me cansaba de manipularla y mirar por sus orificios. Lamentablemente, como necesitaba ayuda para acceder a ella, tras dos o tres aperturas, la diversión se acababa.

La puerta de mi domicilio actual también dispone de una mirilla, pero es de esas telescópicas que solo te dejan ver por un ojo y proporcionan una visión limitada y deformada de lo que hay al otro lado. No tiene ningún encanto y tampoco mucha utilidad. El portero automático y su pantalla se supone que permiten controlar el acceso al edificio y, por ende, a tu hogar.

Por una de esas extrañas asociaciones de ideas, que a veces surgen, no pude dejar de relacionar la visión que nos proporcionan las mirillas con lo que explicaba un artículo que leí hace un tiempo sobre cómo funcionan los algoritmos empleados por los buscadores de Internet. Según sea tu perfil y el historial de búsquedas, van seleccionando y limitando las noticias, informaciones, anuncios y contenidos que te llegan. Un menú a la carta elaborado para tu personal visión del mundo. Saben los gustos, ideología, nivel económico, estado civil y de salud del usuario. Van acotando una parcela, una franja en la que tú crees, ilusa, que te mueves con libertad y por propia iniciativa. Adquieres una visión sesgada, parcial y deformada de la realidad. Llegas a tener la convicción de estar en posesión de la verdad: ya se encargan ellos, los algoritmos, de no llevarte la contraria. Es como si vivieras detrás de una mirilla y solo vieras la imagen desfigurada y limitada de lo que te rodea. Mirando a través del visor nos sentimos seguros y reafirmados. No somos conscientes de que basta con que, desde fuera, alguien cubra con un dedo esa pequeña lente para quedarnos a oscuras.

Foto: Tania (Flickr)
Sé que es una ingenuidad por mi parte, pero trato de jugar al despiste con el algoritmo de marras. Alterno mis lecturas de prensa digital, toco todos los palos e incluso, si se tercia, revistas frívolas. Escucho podcast de diversas emisoras y he de reconocer que resulta hasta divertido comprobar lo diferente que puede ser la misma noticia según quién la emita. Me he vuelto asidua a la navegación privada cuando quiero información de algún producto o actividad y he declarado la guerra a las cookies y a los “geolocalizadores”.

No sé si mis esfuerzos valdrán para algo. Me consta que el algoritmo (la sola palabra me produce escalofríos) es un rival fuerte y, al percibir mi comportamiento errático e incoherente, es posible que ponga en duda mi cordura y tome medidas al respecto. De hecho, no descarto que cualquier día cuando suene el timbre de mi puerta y me asome por la mirilla, descubra a dos enfermeros de blanco que intentan ocultar sin éxito una camisa de fuerza mientras una risa lejana y siniestra se escucha en off.

jueves, 15 de marzo de 2018

Ciencias y letras



Fachada del actual CEPA Tetuán

Por Marisa Díez

Tuve un profesor de matemáticas bastante peculiar en tercero de BUP. Se llamaba César y le recordé de repente hace unos días, mientras  paseaba por el barrio y me planté frente a mi antiguo instituto, el Tetuán-Valdeacederas. Mi memoria me trasladó a los primeros ochenta, cuando recorría el mismo trayecto cada tarde. El camino terminaba en una empinada cuesta, que se embarraba los días de lluvia, con varios tramos de escaleras al final. Ahora la calle ha variado su fisonomía y se encuentra perfectamente asfaltada y delimitada por estrechas aceras. Nada es igual; incluso la fachada de mi instituto está pintada de un color indefinido, próximo al naranja, que ha borrado de un plumazo ese tono rojo que lo caracterizó desde su inauguración, allá por 1980.

Sin apenas esfuerzo me vi transitando por aquellos pasillos y por sus aulas. Entonces me acordé de él y pude vislumbrar sus rasgos con singular nitidez. César era más bien rechoncho, lucía un espeso bigote y un rostro casi siempre enrojecido. Le precedía una fama de profesor duro y exigente, extremo que pude corroborar durante el curso en el que fue titular de la asignatura maldita. En cada evaluación, los suspensos superaban ampliamente a los aprobados y, de éstos, muy pocos conseguían una puntuación superior al casi inalcanzable “suficiente”. No es necesario explicar que yo no me contaba en este grupo de privilegiados. A duras penas conseguí aprobar la primera evaluación; de las siguientes mejor ni hablamos. Al final del curso apareció una tarde en clase y, con una extraña sonrisa, fue desgranando uno a uno los nombres y apellidos de todos nosotros, seguidos de su nota final: sobresaliente, notable, bien, suficiente, suficiente, suficiente… Había decidido dar un aprobado general a sus alumnos porque ese mismo año abandonaba el instituto y quería premiar así nuestra paciencia con su eterno gesto torcido y su cara de pocos amigos. Ni qué decir tiene que el alborozo fue general y, desde ese mismo momento, pasamos a adorar sin condiciones al mismo que hasta entonces había sido el causante de gran parte de nuestras desdichas.

En un aparte, César me aconsejó que ni se me ocurriera al curso siguiente elegir como optativa las matemáticas: “Lo tuyo son claramente las letras y ni por asomo pienses que vas a aprobar esta asignatura como te toque dar clase con Aurora”. No le hice caso; me declaré en rebeldía contra el latín, que debería haber escogido en contrapartida, y así me fue… Efectivamente, la tal Aurora en ningún momento mostró la más mínima compasión y me dejó tirada en COU con un único suspenso, lo cual me hizo perder un año entero de mi vida académica dedicado a intentar resolver derivadas e integrales, y retrasar un año mi acceso a la Universidad.

Antiguo instituto Tetuán-Valdeacederas. (A.Ortiz.2012)

Pensaba en toda esta historia mientras caminaba por la calle que ocupa mi antiguo instituto y empecé a divagar sobre las consecuencias de haber obviado el sabio consejo de mi profesor de matemáticas. Llegué a la conclusión de que en mi vida, como en la de tanta gente, supongo, se han sucedido una cantidad demasiado relevante de elecciones equivocadas. Pensé que si existiera la posibilidad de volver atrás, haría tantos cambios que nada tendría que ver con lo que al final ha resultado. Ya sé que es una utopía y que no queda más remedio que apechugar con la frustración que nos provoca el no haber sabido escoger lo que de verdad nos convenía. Pero toda elección conlleva un riesgo que es necesario asumir. Me consolé pensando que nadie nace enseñado y que es preciso caer una y otra vez para poder seguir levantándose. Y que nunca es demasiado tarde para intentar enderezar el rumbo.

Retomé mi paseo por la calle de mi antiguo instituto. Comprobé con pesar que donde antes estaba la panadería ahora se levanta un bazar chino; que de la churrería no queda ni rastro, ni tampoco de la tienda de gallinejas. El antiguo estanco, en la actualidad mucho más moderno, se ha trasladado unos metros más arriba. Y el Marysalvi, el bar de mis primeras cañas con los compañeros de clase, está a punto de ser traspasado. Todo era distinto y, sin embargo, algo en el ambiente me hizo sentir protegida. Así que eché por última vez la vista atrás, esta vez únicamente para coger impulso. Y me entretuve cavilando de cuánto tiempo dispondría, según el cálculo de probabilidades, antes de cometer mi siguiente error. Por más vueltas que le di, no fui capaz de encontrar la solución. Y es que ya me lo dijo César hace más de treinta años. Qué le voy a hacer. Yo soy de letras.



jueves, 8 de marzo de 2018

Manifiesto: Todas somos Preciosa



Estamos en huelga. A pesar de todo, de las diferencias, objeciones y matices que podríamos plantear a este o aquel manifiesto (y que no planteamos para no dar facilidades a la paranoia, “la más fecunda y potente fábrica de esencias y de realismos de los universales” -C. Amorós-, esa enfermedad que, se refiera al sexo, a la raza o la nación, aspira a mantener la diferencia y la supremacía, en este caso de los que, ofreciéndose con su sabiduría y lucidez a salvarnos de nosotras mismas, vaticinan diversos apocalipsis causados por esta “radicalidad” y este “ruido” irracional, acientífico y politizado de no sé qué número de ola feminista). Con lo monas que estamos calladas, aplaudiendo sus excelsas reflexiones, o lo elegantes y femeninas que resultamos riéndoles las gracias y mofándonos con ellos de las otras, las que no tienen su favor. Eva y María, "madre sólo hay una y a ti, ¿p.?, te encontré en la calle" y, ahora, las malas y las buenas feministas. Lo que vosotros digáis. En este sitio hemos decidido aparcar nuestras diferencias y declararnos en huelga, nos mezcle con quien nos mezcle, mientras no sea con vosotros. En huelga, pero no mudas, porque “el silencio es un verdadero crimen contra el género humano”, escribía Nadiezhda Mandelstam, y, digan lo que digan por ahí los nuevos y viejos expertos, “apostamos por la unidad de la especie humana (…) y pensamos que la lucha feminista tiene un papel fundamental en la construcción de esta rara y compleja especie. (…) La verdadera diferencia es la de los individuos, no la de los géneros”, por eso, lo importante, “lo verdaderamente importante es que ser mujer no sea un problema para ser plenamente individuo sin tener que pagar precios de mercado negro” (no te acordarás ya de mí, maestra, pero te sigo citando).

Pues eso. Por la abolición de roles ligados a esencias o naturalezas atemporales, de la división sexual del trabajo, en resumen, de la discriminación por razón de sexo. Por el derecho a hablar, a aullar si es necesario, a errar y rectificar (o no), a ser mejores que ellos (o no), por el derecho al mal (A. Valcárcel), a responder con el insulto o la grosería al insulto o la grosería; a mofarnos del que se mofa; a ser jóvenes, irresponsables y locas; a ser viejas, irresponsables y locas; a ser lúcidas (jóvenes o viejas); a evolucionar o seguir cada cual en sus trece; a respetarnos a nosotras mismas y entre nosotras; a exigir respeto en cualquier caso. ¿Qué más? Por el derecho a ser cobardes o valientes, guapas o feas, gordas o delgadas, insaciables o inapetentes sexualmente, madres o no… Porque todas somos preciosas y Preciosa*. Resumiendo: salvo para quien tema la libertad del otro y que no haya nadie a quien poder someter, un mundo mejor. Éste es nuestro manifiesto.


Argentina, 2016
*Preciosa y el aire

(A Dámaso Alonso)


Su luna de pergamino
Preciosa tocando viene,
por un anfibio sendero
de cristales y laureles.
El silencio sin estrellas,
huyendo del sonsonete,
cae donde el mar bate y canta
su noche llena de peces.
Foto: EFE
En los picos de la sierra
los carabineros duermen
guardando las blancas torres
donde viven los ingleses.
Y los gitanos del agua
levantan por distraerse,
glorietas de caracolas
y ramas de pino verde.
Washington, 2017

Su luna de pergamino
Preciosa tocando viene.
Al verla se ha levantado
el viento que nunca duerme.
San Cristobalón desnudo,
lleno de lenguas celestes,
mira la niña tocando
una dulce gaita ausente.

Niña, deja que levante
tu vestido para verte.
Abre en mis dedos antiguos
Huelga camiseras, 1909
la rosa azul de tu vientre.

Preciosa tira el pandero
y corre sin detenerse.
El viento-hombrón la persigue
con una espada caliente.

Frunce su rumor el mar.
Los olivos palidecen.
Cantan las flautas de umbría
Washington, 2017
y el liso gong de la nieve.
¡Preciosa, corre, Preciosa,
que te coge el viento verde!
¡Preciosa, corre, Preciosa!
¡Míralo por dónde viene!
Sátiro de estrellas bajas
con sus lenguas relucientes.

Preciosa, llena de miedo,
Nueva York, 1970
entra en la casa que tiene,
más arriba de los pinos,
el cónsul de los ingleses.

Asustados por los gritos
tres carabineros vienen,
sus negras capas ceñidas
y los gorros en las sienes.

El inglés da a la gitana
un vaso de tibia leche,
y una copa de ginebra
Foto: John Moore
que Preciosa no se bebe.

Y mientras cuenta, llorando,
su aventura a aquella gente,
en las tejas de pizarra
el viento, furioso, muerde.

(Federico García Lorca, Romancero Gitano)