jueves, 16 de noviembre de 2017

El cristal con que se mira



Por J. Teresa Padilla


No veo un pimiento. Así, de lejos, todavía me apaño sin gafas, aunque a mucha gente la reconozco ya más por sus andares que por su rostro. Pero de cerca, y por más que alargue el brazo, es imposible. En un alto porcentaje de ocasiones, la respuesta a las solicitudes filiales de ayuda, atención, socorro y similares es: “Espera que me ponga las gafas” o variaciones del tipo: “Sabes que sin gafas no veo nada” o “¿alguien ha visto mis gafas?

De momento tiro con unas de oferta, metálicas y horrorosamente similares a las que mis padres en tiempos remotos plantaron en mi cara adolescente (total, para nada, pues me las quitaba en cuanto cruzaba la puerta). Tiro, pero por simple pereza y tacañería. Hace año y medio se me cayeron mis bienamadas gafas de pasta y la montura se partió exactamente por la mitad. Avergonzada fui a la óptica donde cada quince días o así tenía que pedirles que me atornillaran alguna de las patillas. Explicación (tanto de la vergüenza como de que las gafas se cayeran): que no me cobren absolutamente nada por algo, el tornillito y los segundos de mano de obra en este caso, me resulta incómodo, me hace sentir en deuda y me crea mala conciencia si me planteo cambiar de óptica. Resumiendo: un chantaje emocional en toda regla. Era por ello que, a pesar de que se me hubiera caído una patilla, siguiera haciendo equilibrios con las gafas sobre la nariz, manteniéndome bien recta y estirando el cuello (lo que físicamente me favorecía mucho, la verdad), pero sin olvidar que no podía bajar la cabeza sin sujetarlas. Depilarse las piernas, cortarse las uñas de los pies, comprobar la etiqueta de la ropa en venta o el precio de cualquier otro producto que estuviera expuesto a menos de un metro sesenta del suelo se convirtieron en procesos complejos que a menudo acababan con las gafas en el suelo. Eran buenas, las jodidas: resistieron heroicamente a la ruptura hasta que, en una caída como tantas otras, la resistencia del material dijo basta.

Llevé el cuerpo moribundo a la mencionada óptica, no sin haber elucubrado antes con la posibilidad de volver a unir sus partes con un esparadrapo, opción que mi entorno unánimemente declaró cómica y vergonzosa, a la vez que se me advirtió de la negación por su parte de cualquier tipo de relación genética o social conmigo en el caso de que insistiera en llevar adelante semejante cutrez.

Como esperaba, las declararon siniestro total. Había que hacerse otras y, dado el tiempo pasado, revisar la graduación, la cual, para mayor desgracia, ya no podría ser, como hasta entonces, sólo para cerca. La amenaza económica de las progresivas agudizó mi ingenio y aduje que no era el momento para semejante revolución visual porque estaba con un tratamiento médico que podía afectar a mis ojos y modificar en breve cualquier estimación sobre su agudeza, de manera que tenía que apañarme con lo que fuera mientras no lo acabara y se comprobara el alcance de los efectos oftalmológicos secundarios. Eso es lo que dije, aunque lo que pensaba de verdad era que para lo que muy probablemente me quedaba en el convento no compensaba el gasto. Así que elegí una montura barata en la que cupieran mis antiguos cristales et voilá: tuve unas gafas presentables por 40 euritos. Al menos un mes. A partir de ese momento los tornillos empezaron a tomar holgura (¡otra vez!) y terminó saliéndose cada dos por tres el cristal izquierdo, ese que aparece ahora sujeto a su armazón con papel celo, el mismo que, aparte de desbordar con su grosor cualquier montura razonable, no sirve para nada porque supuestamente asiste a un ojo cerebralmente vago, o sea, con el que mi cerebro ya no sabe ver. Como me dijo una oftalmóloga, eres virtualmente tuerta. Exageraba, aunque lo cierto es que, salvo para no cerrar a la luz y las formas, aun difusas, la zona izquierda de mi campo visual y permitirme probablemente esquivar algún golpe proveniente de dicha zona (funcionalidad en absoluto desdeñable), mi ojo izquierdo no me sirve de gran cosa, lo que puedo comprobar cuando paseando en las tardes de verano se me mete algún bichito en el ojo bueno: el momento de pánico es notable.

Hace ya tiempo que dejé por su total ineficacia el tratamiento en cuestión, pero no me decidía a pedir cita con el oftalmólogo. Por hartazgo de médicos. Por miedo: la profesión médica ha pasado en un tiempo récord de no encontrarme nunca nada y recomendarme la visita al psiquiatra a sólo descubrirme trastornos espeluznantes. Y, cómo no, por tacañería: en el mejor de los casos no me libro de dar el sablazo a mis menguantes ahorros para sufragar las nuevas gafas.

Pero es que no puedo seguir así, viendo grosso modo lo que está lejos, decidiendo si saludar o no a esa persona que viene, decidida, en mi dirección. El espacio lejano pierde sus contornos, aunque lo grave es que el tiempo futuro también, y creo firmemente que se debe a esa falta de nitidez visual. Negaré haber dicho o escrito esto ante cualquier tribunal médico o judicial, porque, como se atreva alguien a volverme a derivar a un psiquiatra, no respondo de mis actos. Veo sin la definición de antaño lo lejano, y me invade el pesimismo ante un futuro tan oscuro e impredecible. Y lo cercano… Por la gracia de estos cristales reutilizados, mil veces arrastrados por mesas y suelos, imposibles de limpiar con firmeza sin sacarlos de sus goznes, todo lo que podría aún ver con detalle, lo que leo o escribo, esas minucias tan bellas que nos salvan cotidianamente de la desesperación (ese lunar en el cuello de un niño o los increíbles cambios de color del iris) aparecen veladas por estas lentes sobrexplotadas. De modo que, sí, cuesten lo que cuesten, y a falta de un poeta que vea por mí*, necesito otras gafas.




*Veré por ti

«Me desconozco», dices; mas mira, ten por cierto
que a conocerse empieza el hombre cuando clama
«me desconozco», y llora;
entonces a sus ojos el corazón abierto
descubre de su vida la verdadera trama;
entonces es su aurora.

No, nadie se conoce, hasta que no le toca
la luz de un alma hermana que de lo eterno llega
y el fondo le ilumina;
tus íntimos sentires florecen en mi boca,
tu vista está en mis ojos, mira por mí, mi ciega,
mira por mí y camina.

«Estoy ciega», me dices; apóyate en mi brazo
y alumbra con tus ojos nuestra escabrosa senda
perdida en lo futuro;
veré por ti, confía; tu vista es este lazo
que a ti me ató, mis ojos son para ti la prenda
de un caminar seguro.

¿Qué importa que los tuyos no vean el camino,
si dan luz a los míos y me lo alumbran todo
con su tranquila lumbre?
Apóyate en mis hombros, confíate al Destino,
veré por ti, mi ciega, te apartaré del lodo,
te llevaré a la cumbre.

Y allí, en la luz envuelta, se te abrirán los ojos,
verás cómo esta senda tras de nosotros lejos,
se pierde en lontananza
y en ella de esta vida los míseros despojos,
y abrírsenos radiante del cielo a los reflejos
lo que es hoy esperanza.

Miguel de Unamuno, "Incidentes afectivos" (1906).

miércoles, 8 de noviembre de 2017

Lección de alemán

Lección de alemán. Siegfried Lenz.

Impedimenta: Madrid, 2016. 496 pp. 24,95 euros.


“Marginado por mi gente, cercado por los recuerdos, borracho de acontecimientos provenientes de mi lugar de origen, consciente de que el tiempo no cura nada, pero nada en absoluto, sé ya lo que tengo que hacer, y lo haré mañana temprano. ¿Fracasar por culpa de Rugbüll? Quizá pueda llamarse así”.

Por J. Teresa Padilla

Tras Lección de anatomía, le toca ahora al alemán: dos lecciones sobre la arrogancia de las ideologías que se creen poseedoras de todas las respuestas, sobre la ignorancia y la estrechez de miras. Nada que ver más allá de esto entre sí. Nada menos.

Lección de alemán es el resultado de un castigo. Nuestro narrador, un joven que llega a su mayoría de edad a mediados de los cincuenta en un reformatorio ubicado en una isla del río Esla, es confinado en su habitación-celda hasta que cumpla con la tarea que su profesor de alemán le ha impuesto y él no ha sido capaz de entregar “en tiempo y forma”: una redacción sobre “Las alegrías del deber”. Sin embargo, el castigo se convierte en un refugio y quién sabe si en la única esperanza de sanación. O puede que en una trampa, en una tarea imposible: la de lograr revivir el pasado, volver a ser aquel niño de diez u once años y animarle a buscar en su entorno las respuestas que necesita y no fue entonces capaz de encontrar o, sencillamente, olvidó.

Volver al pasado literalmente. Sumergirse en él. A pesar de que es un pozo lleno del fango del miedo y la miseria espiritual. Encarnarse de nuevo en el niño de once años y dejar que sea él quien nos cuente lo que pasó. Al fin y al cabo, de saberlo alguien, es él, el testigo infiltrado a cuya mirada nada escapa. Él, mejor que el más avezado crítico de arte, era capaz de ver en la realidad, en los jardines, a la mesa, en los camastros, a aquellos personajes misteriosos y mágicos de los lienzos de su vecino, el pintor Max Ludwig Nansen. Los veía porque reconocía en ellos a sus modelos, ésos que el artista trasladaba al cuadro para transformarlos, convertirlos en otra cosa o, más bien, destilar lo que encerraban en su interior, invisible más que oculto; lo que vivía en ellos, lo esencial.

A Siggi Jepsen (o Witt-Witt como le llama cariñosamente el pintor, personaje claramente inspirado en Emil Nolde, cuyo apellido real era Hansen) escribir sobre el deber le exige volver a principios de los años cuarenta y al puesto de policía de Rugbüll, donde se crió. Le obliga a acercarse a su padre, policía del puesto, y buscar en ese hombre silencioso y débil, a cuya vida únicamente daba sentido el sometimiento propio y ajeno a las órdenes, el cumplimiento de un deber dictado por otro, esas "alegrías" sobre las que su profesor de alemán le pide escribir. Para Siggi es vital identificarlas, pues es por ellas que su padre lo sacrificó todo: amigos, hijos... hasta a sí mismo, reducido a mero ejecutor de lo que debe ser hecho. Porque así está escrito en la orden. Sin preguntas. Resulta escalofriante y esclarecedor leer como el pequeño Jepsen se refiere casi siempre a su padre como el "jefe de policía de Rugbüll". Eso es, en el fondo, lo que de verdad es.

Máscaras. Naturaleza muerta, III. Emil Nolde (1911)
Atrapado entre el deber, convertido cada vez más claramente en obsesión destructora, del jefe de policía de Rugbüll y el también ineludible impulso creador del artista, que le fuerza a desafiar abiertamente la prohibición aun con lienzos invisibles, Siggi lucha por impedir la destrucción de lo que ama, de esa belleza de la verdad recreada con las formas y los colores, sobre todo los colores, por el pintor. Reconstruye, acapara y esconde. Contra la voluntad del pintor y, por supuesto, de su padre. Ambos están dispuestos a asumir las pérdidas. A aceptar que el deber, junto a las supuestas alegrías, tiene sus víctimas, de las que nadie habla. Siggi, no. Sabe que nada está a salvo, pero ¡hay tanto que merece salvarse! Los niños, esos Diógenes que no buscan apropiarse de lo que atesoran con avaricia, sino preservarlo del tiempo y de la caducidad que éste impone a todo lo que vive. Una crueldad, la del tiempo, que sienten con tan dolorosa nitidez que crecer, madurar, termina significando para algunos lo mismo que olvidarlo o someterse. Sólo para algunos. Para otros crecer supone exclusivamente aceptar el fracaso y rebelarse contra él, sin rendirse.
“Un día descubrirás que lo que hemos creado y conservado juntos no desaparece tan rápido del mundo. Nuestras huellas durarán más de lo que pensamos. (…) Para que algo permanezca uno debe perderlo de vista (…). Has de acostumbrarte a que a veces también se produzcan pérdidas, Witt-Witt. Tal vez sea mejor así… Uno no puede permanecer siempre de pie contemplando todo lo que tiene. Hay que volver al comienzo una y otra vez. Si lo hacemos así, siempre se esperarán nuevas cosas de nosotros. Nunca me he sentido satisfecho, Siggi. Y te aconsejo también a ti: si es posible, nunca te des por satisfecho”.
Tropensonne (1914). Emil Nolde
Lección de alemán es una obra narrada a dos manos por el Siggi de veinte años y el de diez. Un relato en el que se describe de una manera fascinante el mecanismo del recuerdo, que es el que conduce de un narrador al otro y permite al joven recluso recuperarse a sí mismo en el niño, abandonar trabajosamente un presente sombrío y deliberadamente ignorante para retornar a los orígenes de su desgracia y apurar toda la hez de aquel pasado al que resulta imposible dejar atrás.

Que siento una íntima predilección por la literatura que es capaz de devolvernos la mirada de la infancia, lo sabéis quienes me conocéis. Esta novela lo consigue y sólo por eso, por permitirme a mí también ver esos paisajes a orillas del mar del Norte, fríos, húmedos y ventosos, a través de los ojos del niño que nos los describe, tanto cuando los recorre como cuando los contempla en las pinceladas de Max Nansen, tengo que recomendarla con entusiasmo. A pesar de lo que a mí me han parecido explicaciones innecesarias conforme se acercaba el final (las transcripciones de la tesina que Mackenroth está escribiendo sobre Siggi y le da a leer, por ejemplo). A pesar de la decepción por que una edición tan cuidada por fuera como la de Impedimenta no haya puesto el mismo mimo en evitar las erratas.
“¿Sabes qué es mirar? Mirar es ampliar, acrecentar. Mirar es penetrar y expandir. O también inventar. Para parecerte a ti mismo, debes inventarte, una y otra vez, con cada mirada. Lo que se inventa se hace posible y real. (…) Ver no es sólo levantar acta. Uno debe estar preparado para la réplica. Te marchas y cuando regresas algo se ha transformado. (…) La forma debe oscilar, todo debe oscilar y dudar, la luz no es tan mansa… (…) Mirar es algo así como un trueque recíproco. Lo que surge de ahí supone una transformación recíproca. Atrapa el canal, atrapa el horizonte, el foso de agua, la espuela del caballero. Tan pronto como hayas conseguido captarlos y atraparlos, ellos te habrán atrapado también a ti. Os reconocéis mutuamente. Ver significa también salir al encuentro del otro, acortar una distancia. (…) Balthasar (…) insiste en que ver y mirar son también revelar y desenmascarar. Algo se descubre y se destapa de tal modo que a nadie en el mundo le pillará desprevenido. No sé… Tengo algo contra el juego de las revelaciones. Si le quitamos todas las capas a la cebolla, no queda nada. Te lo explicaré: uno empieza a ver cuando deja de jugar a ser el observador. Sólo así se inventa lo que se necesita o lo que se busca. Ese árbol, esa ola, esa playa”.
Pero Siggi ya lo sabe. Los juegos de los niños son siempre algo muy serio: no son meros entretenimientos, sino la puesta en marcha de una realidad alternativa. Y él nunca "juega a observar", es siempre el protagonista de su vida, el observador discreto y minucioso que encuentra los hilos con los que tejer la historia, el héroe enfrentado a la destrucción, la víctima de un mundo que es pura "brujería fantasmagórica".

La mirada del artista busca ser la del niño, no la del científico y su relato lineal que atraviesa los hechos con “la aguja de su ciencia” disecándolo todo, matándolo. Los niños ven donde los adultos no sabemos. No sabemos, porque simplemente lo hemos olvidado. Por ello, aprender a mirar es en gran parte recordar cómo mirábamos entonces, cuando veíamos todo por primera vez y lo recreábamos haciendo indistinguibles la realidad de la invención. No sé, pero puede que hubiera algo tan sencillo y emocional, una evidencia tan familiar como injustificable, detrás de la teoría platónica de la reminiscencia, y que el filósofo, lejos del científico, no sea sino la autoconciencia del artista (y del niño).
“Ya no tengo más que decir. Sólo me quedan preguntas que nadie me responde”.

lunes, 30 de octubre de 2017

Sonata de otoño


 Imagen de Petrard (Unsplash)

Por Esperanza Goiri

Todos los que me conocen saben que el verano no es mi estación favorita. Por eso, cuando arranco del calendario la hoja del mes de agosto, empiezo a ver la luz al final del túnel. Pero el ansiado otoño, como un amante esquivo, se ha hecho esperar. Mandaba alguna tibia señal, en forma de leve lluvia o de ligera brisa, para desaparecer sin dar más noticias. Mientras tanto yo, fiel a su recuerdo a pesar de sus desaires, me contentaba en recorrer con ojos “golosones” las bolsas y fundas que guardan los gorros, jerseys, bufandas y otras prendas de abrigo. Miraba con nostalgia en la despensa las legumbres, el cacao y las botellas de Rioja haciéndome guiños de complicidad. Ignoraba en el súper, por puro aburrimiento, los melones, sandías y demás frutos del estío.

Al acostarme,cual remilgada señorita del ayer que añora a su amor destinado en ultramar, me reconfortaba pensar que tal vez a la mañana siguiente volvería a ver a mi querido otoño. Al igual que en los folletines baratos, se ha hecho esperar, pero hay final feliz. Sí, nos disponemos a disfrutar juntos de los próximos meses.

Un fruto otoñal: la castaña

Ha sido llegar él y me he esponjado como una novia orgullosa. Me recreo pensando en los largos paseos que voy a dar con Vito entre hojas crujientes y doradas. No veo el momento de resguardarme debajo de la manta del sofá acompañada de un libro. Experimentar, por la noche, la inigualable sensación de bienestar que se siente en la calidez de la cama al oír en la ventana el repiqueteo de la lluvia. Recibir, feliz, todos los abrazos que me quieran dar, sin pensar: ¡Qué agobio, qué calor! Respirar con deleite el olor de las castañas y los boniatos asados de los puestos callejeros. Meter la cuchara en platos sabrosos y humeantes. Perderme en los mil y un matices del gris del cielo. Podría rellenar varios folios más con las excelencias de la temporada, pero no os quiero aburrir.

Es verdad que este otoño se presenta caldeado, meteorológica y metafóricamente, que el mundo está patas arriba, como dice mi amiga Netucha,  y el futuro se vislumbra incierto (esto último, lo afirmo yo). Sin embargo, esta mañana de finales de octubre, sentada con una aromática taza de té en mi mano y Vito dormitando en mi regazo, mientras echo un ojo al puchero con el primer cocido de la temporada, llamarme frívola o insensata pero me permito proclamar con solemnidad: “De mi cocina, al cielo”.

miércoles, 25 de octubre de 2017

Preguntas en la noche

Por Marisa Díez


Cada noche, antes de acostarse, dedica unos minutos a contemplar desde su ventana ese cielo vacío de estrellas que cubre Madrid. Acostumbra a realizar así una especie de balance de cada jornada, intentando dejar la mente en blanco para no pensar que, de forma habitual, sus días transcurren sin un ápice de emoción y con bastantes dosis de rutina. Tampoco es que se sienta en este punto demasiado diferente al resto de los mortales que pululan a su alrededor, cada uno sobrellevando como puede sus peculiares e intransferibles historias. Después se esfuerza en buscar la estrella que brilla sobre las demás, la misma que unas noches se empeña en esconderse y otras, inexplicablemente, luce con un destello especial. Y entonces supone que tras de ella se esconden personas diferentes con las que conversa, según y cómo le haya ido el día, más o menos resignada, más o menos satisfecha, más o menos feliz. Le gusta pensar que le escuchan aquellos que ya no están y desde ese hipotético lugar donde se encuentran le ofrecen las respuestas que a ella siempre se le escapan. Sí, piensa en los que se han marchado pero también en los que están lejos y a los que no puede tocar ni abrazar. Cada vez necesita más abrazos y menos palabras huecas. En un abrazo, suele pensar, lo intuyes todo. Nadie te puede engañar con un abrazo sincero. Y te da tanta fuerza o, por el contrario, te proporciona tal desazón…

A menudo divaga pensando si en algún momento la vida le regalará un giro sorprendente, inesperado, para sacarla de ese agujero en el que se encuentra perdida. Ha escuchado historias, conoce casos concretos y puede asegurar que a veces ocurre. Un día te levantas y ya nada es igual que ayer. Y sin embargo, cuando tuvo la extraña sensación de que algo estaba a punto de estallar, se encogió y sintió miedo. Un miedo irracional a lo desconocido que no está segura de saber enfrentar. Como si el mundo fuera a desaparecer bajo sus pies y después no quedara nada más que un inmenso vacío. Se vio perdida, caminando de un sitio a otro sin llegar a ningún lugar concreto. No podría asegurar si fue un sueño o si realmente una especie de cataclismo estaba a punto de poner patas arriba los cimientos en los que sustentaba su existencia. Se vio sola, alejada de sus seres más queridos, abandonada a su suerte y enfrentada a un mundo que le resultaba hostil y desconocido. No estaba segura de estar soñando cuando descubrió que debía empezar de cero e inventarse una nueva vida en la que no cabían todas las personas que habían sido indispensables para ella hasta ese momento. Tuvo ganas de gritar pero sólo acertó a permanecer callada. Ningún sonido salió de su garganta y sólo cuando la angustia estaba a punto de ahogarla, despertó.

Se levantó inquieta. No recordaba el momento en el que se había ido a la cama. Hubiera jurado que seguía contemplando esa estrella que brilla sobre las demás. La noche anterior había sido especialmente despejada en Madrid y la conversación resultó más larga de lo habitual. Pero, como casi siempre, no había encontrado respuestas. Desde el mundo en el que están instalados aquellos con los que habla, las cosas no se ven de la misma manera. Lo difícil se vuelve sencillo o, al contrario, todo lo que a priori parece imposible, se llega a convertir en realidad. Cuando esa mañana abrió los ojos, lo que vio a su alrededor le resultó extraño. Se descubrió de repente instalada en una vida que no le pertenecía. Su pequeño castillo de naipes se estaba desmoronando al retirar la última carta que lo mantenía en pie. Desde aquel día anda buscando la salida y se afana en descubrir el momento exacto en el que sintió esa especie de chasquido que tiró por tierra su frágil equilibrio.

La luna llena tiñó de una luz blanquecina el turbio firmamento de Madrid y esa noche le fue imposible divisar su estrella más brillante. Quizá mañana tenga más suerte, se dijo como para sí misma, mientras le rondaba por la cabeza una de esas frases del maestro Benedetti que había leído en su ordenador aquella misma mañana: “Cuando creíamos que teníamos todas las respuestas, de pronto cambiaron todas las preguntas”.










































lunes, 16 de octubre de 2017

Las reglas del juego

Foto: Roberto Villagraz / Interviú

Por J. Teresa Padilla


Debo a Esperanza una historia, y esa historia que le debo, se la voy a contar.

Todos tenemos un pasado; yo, también. Corría el año ochenta y tantos y medio mundo andaba cabreado con Felipe González. Por muchas y algunas hasta buenas razones que casi se han olvidado. En la universidad también protestábamos, en concreto por otra de esas leyes de reforma universitaria que, como todas las leyes de educación, y aunque parezca imposible, son siempre peores que aquellas que pretenden derogar. Igual que los que salimos de ella (la universidad, no la ley), que cada vez, por inverosímil que resulte, somos más ignorantes que los que nos precedieron pero más sabios que la mayoría de los que nos suceden. Hablo de las facultades de letras y admito muy meritorias excepciones a la regla, excepciones en las que no incluyo… ¡Para qué nombrarlos!

Hubo huelgas y manifestaciones, a las que se unió el Cojo Manteca, que en paz descanse, por puro amor al arte de destrozar con su muleta el mobiliario urbano, pues a él las LRU como que no le afectaban mucho, pero consiguiendo, eso no se le puede negar, una visibilidad (como se dice ahora) para la protesta que no hubiéramos soñado sin él. En una de estas “manis” andaba yo con algunos compañeros de facultad. A nadie se nos ocurrió llevar niños, perros o abuelas; así de siesos éramos entonces con la familia.


Foto: Interviú
Desde las terrazas había vecinos que nos jaleaban. Era emocionante, la verdad: te sentías en la vanguardia de una batalla importante. En un momento dado supusimos que la cabecera había llegado a destino porque la marcha dejó de avanzar. Cuando una multitud de este tipo se detiene, lo único que se puede hacer es dedicar toda esa energía ahorrada a gritar consignas. Lo que pasa es que ya llevábamos haciéndolo desde Moncloa y empezábamos a aburrirnos. Mis compañeros y yo, brillantes alumnos de filosofía, aunque inexpertos en esto de las revoluciones, ubicados hacia la mitad tirando al fondo de la masa humana e indecisos sobre si podía irse uno ya o había que esperar, nos pusimos a hacer lo que solíamos: discutir sobre la postmodernidad, que la mayoría de mis colegas abrazaba y a la que yo (ignorante, según ellos, de la muerte de la metafísica y sus consecuencias) me oponía ferozmente. Pero, claro, no todos en la manifestación eran de filosofía ni tan civilizados y razonantes como nosotros, así que recurrieron a la tradición y empezaron a insultar a la policía que siempre acompaña este tipo de actos. Esto nos dio al grupo un nuevo tema de conversación, que vino bien pues ya estaba cansada una de tanto Foucault, Deleuze y compañía. Mientras mis amigos postmodernos disfrutaban de lo lindo (coherencia contrarracional obliga) y andaba yo intentando defender, citando la Critica de la razón práctica en mi apoyo, que insultar a los uniformados, los cuales no estaban haciendo otra cosa que su trabajo, no era correcto porque a ver qué tenían ellos que ver con el motivo de la protesta, se declaró, tácita pero enérgicamente, el fin de la manifestación. A saber qué estarían haciendo el Manteca y toda su corte en la cabecera, pero ya no se iba a avanzar más, con las ganas que teníamos nosotros de llegar al Ministerio de Educación.

Nadie lo anunció por megafonía ni nada parecido, pero sucedió aquello para lo que los insultadores (mis compañeros y yo, no tanto) se habían estado preparando: la policía cargó para disolverla y ésa fue la señal para salir por patas en cualquier otra dirección que no fuera por donde ellos vinieran. Se ve que el nacionalismo no lo tiene claro, pero es de primero de EGB: si la policía se dirige hacia ti, corriendo o no, porra alzada en mano, no es momento ni de charlas filosóficas, ni de levantar las manos con el DNI entre los dientes, ni de coplas o claveles. Es momento de correr. Hasta mis colegas y yo, concentrados casi siempre en el excelso mundo de las Ideas, lo tuvimos claro y nos dispersamos en diferentes direcciones. Yo de la mano de una compañera que había expresado su miedo poco antes y elegido mi “protección” en lugar de la de algún varón barbado del grupo. A ver, yo tampoco lo habría hecho: por principios (igualdad entre varones y mujeres) y porque los conocía y eran unos capullos nada fiables. Ella tenía, además, otras motivaciones (hasta la pánfila que era y sigo siendo lo sabía), pero le prometí no dejarla sola y soy una mujer de palabra, no como esos postmodernos de pacotilla a los que, sin embargo, recuerdo con aprecio. Así que salí corriendo con el lastre de aquella muchacha nerviosa y de piernas más cortas que yo hasta que topamos con un callejón sin salida. En concreto, como otros delante y detrás de nosotras, con un quiosco de prensa. El policía que nos perseguía repartió unos porrazos por aquí y por allá de los cuales me llevé la mayor parte porque era de las más altas y la presión no me permitía agacharme. Una vez decidió que nos había convencido de que iba en serio y había dejado claro el mensaje de dispersión, nos dejó salir de la ratonera y seguir huyendo, en nuestro caso hacia el metro.

Dejé a salvo a mi compañera en su línea (lo de ser el “caballero” de la relación es cansado) y me fui a casa. No fue hasta llegar a ella que me di cuenta de que tenía empapado de sangre el pañuelo que llevaba al cuello. Una vez localizada la herida en la zona occipital de la cabeza, mi padre concluyó lo evidente, que necesitaba puntos. Y para allá que fuimos los dos, a nuestro hospital de referencia. Aburridos teníamos a los médicos de urgencias, saturados por tanto universitario antisistema, aunque no sólo. Allí, en la correspondiente sala de espera del Gregorio Marañón, estábamos sentados, unos junto a otros, todos los necesitados de antitetánicas y suturas: otros manifestantes como yo, pero también varios policías, todos disimulando, como si no nos conociésemos de nada, evitando cómicamente que nuestras miradas se cruzaran. Sabíamos que la vida es puro teatro (representación y nada más que representación –me susurra en la oreja Schopenhauer-) y qué papeles habíamos desempeñado en la función. Pero también que había acabado. Fuera un juego o un episodio de la vida real (¡no!, ¡un sueño, un sueño!, me chiva ahora Calderón) tenía sus reglas. Reglas que a menudo obedecemos como marionetas, pero que, independientemente de nuestra inconsciencia juvenil, debemos aceptar si queremos que nos respeten como adultos, porque siempre son los individuos (yo, mis colegas, aquella niña enamorada, el Cojo Manteca…), los que dan o no el paso para participar en la farsa y deciden lo que hacer en ella. La vida no es justa, y a veces pagan justos por pecadores (pero, bueno, esto ya es de primero de párvulos). Marionetas, puede; libres, también. Y por eso, porque fui y soy libre, ni era una víctima inocente ni a mi lado se sentaba en el hospital un represor. Las verdaderas tragedias, y sus verdugos y víctimas reales, estaban, y están, en otros escenarios, en otros sueños: pesadillas, mejor dicho, de indefensión y esclavitud. ¿Hacen falta ejemplos?

Foto: Agencia AP (Somalia, ayer)

jueves, 5 de octubre de 2017

Fuera

Dulle Griet (La loca Meg). P. Brueghel el Viejo (1562)

Por J. Teresa Padilla

“Jamás me lo habría imaginado, cuando en 1966 apareció la primera edición de mi libro y sólo tenía como adversarios a aquellos que son mis enemigos naturales: los nazis viejos y nuevos, los irracionalistas y los fascistas, la ralea reaccionaria que en 1939 había conducido al mundo a la muerte. Que hoy [1976] tenga que enfrentarme a mis amigos naturales, a las muchachas y muchachos de izquierda, es un hecho que supera la ya gastada “dialéctica”. Es una de aquellas pésimas farsas de la historia universal que nos hacen dudar y en última instancia desesperar del sentido de los acontecimientos históricos. Las viejas bestias procedentes del cubil de la inextirpable reacción convierten a Speer en un autor de bestseller, los jóvenes exaltados hacen caso omiso del acervo que desde los enciclopedistas pasando por los economistas ingleses hasta los intelectuales de izquierda alemanes de la época de entreguerra han puesto a su disposición como herencia ilustrada.
Ilustración. He ahí nuestro santo y seña” (Jean Améry. Más allá de la culpa y la expiación. Pre-Textos, p. 45).

Desde el domingo no veo las noticias. Más concretamente desde que oí a mujeres aparentemente adultas y razonables describir la exaltación que sentían al hacer cola para meter un papel en un tupper por el gusto de meterlo, porque no había más que un resultado posible y ya había sido anunciado. Aguantándose las lágrimas referían que ése era “el momento más emocionante de sus vidas” (ni bodas, ni partos, ni polvos, ni nada). Luego, éste sin aguantarse las lágrimas, una figura de enorme ascendiente intelectual (un futbolista) habló confusamente (o eso me pareció a mí, nada dispuesta a atenderle) de las víctimas de la represión, que no eran los muertos de Las Vegas, ni los más cercanos de las Ramblas, sino los heridos en aquella jornada heroica por defender los tuppers y el derecho de la gente (de su gente más bien, porque los madrileños, por ejemplo, no estábamos invitados aunque alguno se colara con increíble éxito) a llenarlos de papeles (y tantas veces como quisieran). Héroes que se llevaban al niño en hombros y hasta al perro de paseo a una concentración no autorizada porque en qué cabeza cabe privar a niños (y perros) de presenciar semejante hito histórico y menos aún que la policía reparta porrazos en tales ocasiones. El llanto se desbordó cuando confesó su necesidad de sentirse querido para seguir amando, como ha amado siempre, a la selección del país que le roba y reprime tan salvajemente. No sé si Dios, pero está claro que la Razón nos ha abandonado. O eso o yo la he perdido, pero alguien ha enloquecido aquí.

No quiero pensar cómo acabará esto. Leo con pena a muchos que, a diferencia de mí, sufren directamente esta sinrazón día tras día y llevan años intentando argumentar frente a sentimientos tan exacerbados como contradictorios. Me entristece la evidencia de que no parece haber salida, como en tantas otras cosas de la vida, y que la barbarie del nacionalismo se impondrá sobre tantas razones que a nadie importan porque son incapaces de enardecer a las masas aparentemente hastiadas de la vida que llevan y necesitadas de “acontecimientos” que hagan latir sus enfermos corazones de emoción.

Casi escribo hoy una broma sobre mi oscuro pasado de víctima de la represión policial, para no parecer tan “facha” y, sobre todo, con el fin de que mi experiencia sirviera para que nunca más a esta u otra pobre gente le pillara desprevenida la porra de un antidisturbios mientras alcanzaba el éxtasis en una concentración de personas ilegal e incluso, llegados a un punto, hasta legal. Pero no tengo ganas de contar la absurda historia de cómo terminé con una brecha en la cabeza causada por una porra junto a un policía, a la espera, como yo, de sutura, en la sala de urgencias del Gregorio Marañón. Aunque quizá debería, porque nadie va a quedar indemne.

Ya lo contaré otro día. Cuando esto pase, que pasará, como todo. Si es que pasa sin llevarnos por delante, claro está. En prevención de esta posibilidad, haré una de las cosas que mejor se me dan: me esconderé en este rincón del mundo en que todavía me siento segura, rodeada de los libros que nunca alcanzaré a leer y de las personas que nunca me cansaré de mirar, porque no sé cómo enfrentarme a esta irracionalidad e injusticia sin convertirme en algo tan infame como lo que denuncio. Y eso, no.

Llevo tiempo pensando cada mañana qué pasaría si, como Juan Carlos Onetti, decidiera un día no levantarme más de la cama. Es la forma de rebelión que se me ocurre. A lo mejor deberíamos hacerlo todos, un solo día. Rebelarnos contra el mundo, contra las masas uniformes, las palabras vacías, las mentiras. Lo que nos callamos por educación, por comodidad, por miedo. Quedarnos a solas, medio desnudos, dormitando, mirando el techo, leyendo algo, levantándonos sólo para mear o picar algo. Y mientras, fuera, los necios seguirían gritando e insultando, ensuciando todo a su paso, ganando batallas. Pero fuera. La clave es que se queden fuera, hablando solos, como los orates que son.

"Aún queda espacio
para un poema.
Aún es el poema
espacio
donde una puede respirar".
("Raum II". Noch ist Raum (1976). Rose Ausländer).

jueves, 28 de septiembre de 2017

El grito silencioso

El grito (versión de 1895). E. Munch




"Hay del alma en el fondo oscura sima
y en ella hay un fatídico recodo
que es nefando franquear; allá en la cima
brilla el sol que hace polvo al sucio lodo;
alza los ojos y tu pecho anima;
conócete, mortal, mas no del todo" (Soneto XI -fragmento-, Rosario de sonetos líricos. Miguel de Unamuno).

Por J. Teresa Padilla


Sufrir es inevitable. Pero el dolor se puede padecer con dignidad o sin ella. Así me lo enseñaron en la escuela. Como morir: también se diferencia la muerte digna de la no digna e incluso se hacen leyes en algunos lugares en que se establecen sus requisitos y procedimientos. Aunque en la escuela no me lo enseñaran así, con morir dignamente casi todos nos referimos hoy a morir sin dolor: sin el dolor de la agonía o sin el dolor de la vida. Pero ¿qué hay de indigno en el dolor, sea el que precede a la muerte o el que puede condenar en vida, que se contagia a esta muerte o esta vida y justifica que cada vez más se considere un derecho fundamental (que la sociedad, por tanto, ha de salvaguardar) el referente a una muerte indolora y rápida, o sea, digna. El derecho sería en realidad a una vida digna (léase sin dolor), pero las leyes y la sociedad sólo puede satisfacer este derecho precisamente permitiendo y facilitando la muerte. Menuda ironía, ¿no?

Todo esto me vino a la cabeza cuando no hace mucho leí en el periódico una noticia sobre la ley de eutanasia en Holanda. Había algo en ella que me resultaba frío y cruel. Tan estremecedor como el recuerdo infantil de aquellas lecciones escolares. Las “superestructuras ideológicas”, como las llamaría el marxismo, tanto de la ley holandesa como de lo que se me enseñó en aquel horrible colegio que secuestró gran parte de mi infancia son del todo opuestas, pero coinciden en algo, algo que fue capaz de estremecerme entonces y ahora. Algo que ambas coinciden en considerar obsceno, indigno, indeseable. Si escribo hoy es para intentar vislumbrar esa realidad silenciada.

El colegio concertado en el que mis padres se enorgullecían de haber conseguido inscribirme, poniéndome así a salvo de los supuestos golfos de la pública (mis vecinitos, por otro lado) y de sus toscos maestros, era un centro dirigido, como era habitual entonces, por una organización religiosa; católica, por supuesto. Sobre los golfos de mis vecinitos y mis propios hermanos, perdidos en la vorágine masificada del colegio público, yo tuve el privilegio de recibir mayores dosis de formación moral, una moral religiosa que emanaba más de los catecismos y otras normativas que de la Biblia o los escritos teológicos. Como siempre ocurre cuando se pretende adoctrinar y no instruir, la enseñanza no era teórica, no apelaba a nuestros cerebros, sino que consistía básicamente en despertar sentimientos, mayormente de miedo o de admiración por personajes ejemplares: santos, vírgenes, miembros fundadores de la organización… Con completa indiferencia por la intimidad de las alumnas, a veces hasta nos señalaban como modelo a alguna de nuestras compañeras: aquella con padres invidentes que tanto y tan pronto había tenido que madurar para atenderlos o la huérfana de madre obligada a asumir su papel en la familia. Lo cierto es que, sobre todo si habías tratado con alguna alumna ejemplar, más que a ésta, a quien reconocías en la descripción aleccionadora era a un personaje de cuento. Hay una edad en la que se puede creer en la realidad de los cuentos y sus fábulas de cenicientas y príncipes, pero pasa pronto y con ella todo lo que te podían haber hecho sentir y creer. O debería pasar, aunque bien es cierto que muchos creen para siempre estas historias maniqueas o las sustituyen por otras del mismo género.

Hubo, sin embargo, otro caso ejemplar que me fue imposible confundir con un cuento y dejó una cicatriz en mi corazón. No sólo por la dureza de su realidad, sino por la perversión de quien nos la ofrecía como ejemplo. Se trataba de una alumna, algo mayor que nosotras, a la que habían amputado una pierna por un cáncer de hueso y que, con sus muletas y su sonrisa inexplicable, siguió asistiendo a sus clases hasta que murió. Ni su enfermedad ni su muerte debían ser motivo de tristeza para nadie, porque, según nuestras educadoras, aquella sonrisa suya significaba que no temía al dolor ni a la muerte, que los había aceptado como partes de un plan superior diseñado para ella por la Providencia y se había así liberado de su poder amedrentador. Gracias a su confianza, a su fe, había sabido mostrar un valor ejemplar para vivir su enfermedad y morir dignamente. Dignamente significaba aquí sin desesperar, sin llorar, sin gritar, sin armar escándalo, sin ruido. Camuflando su propio dolor y haciendo así lo más indolora posible para los demás, ojalá también para ella, su muerte.

Pero ¡cómo podían hablar así, con una medio sonrisa de satisfacción y orgullo, de algo tan incomprensible! Yo la había visto charlar en el patio con sus amigas, varias veces se cruzaron nuestras miradas en los pasillos, en la entrada; no era gran cosa, pero todo esto resultaba a partir de entonces imposible. Un agujero se había abierto en el mundo engulléndola, y los adultos designados como mis maestros ignoraban por completo este abismo tan terrorífico y escandaloso que se había abierto a nuestros pies para contarme una epopeya sobre el valor de los que caen en él con la dignidad de aquella compañera: como si se tratara de una batalla donde lo más normal fuera la muerte de un soldado, como si nada excepcional hubiera pasado en realidad. Verdadera o falsa, esa historia no hacía sino ocultar lo esencial de aquella desaparición.

Es esta inclinación a hacer invisible lo que de escandaloso e incomprensible tiene la muerte y a tener por obsceno el dolor como tal o, en el caso del catolicismo, sólo su expresión abierta o las manifestaciones de desesperación ante él, lo que ha asociado en mi mente aquel recuerdo infantil con esta noticia reciente. En ella se esboza a grandes rasgos la ley de eutanasia holandesesa aprovechando el cierto revuelo causado por un caso concreto. Era el de un hombre joven, enfermo psíquico (ansiedad, depresión y alcoholismo) pero considerado intelectualmente capaz, que solicitó a su médico de cabecera (que es a quien corresponde pedírselo según la ley) su eutanasia por considerarse un enfermo irrecuperable. Tras los trámites correspondientes y con el beneplácito de la familia y, por supuesto, del propio paciente, la eutanasia se realizó. Ya es horrible que uno mismo, su familia y los médicos consideren irrecuperable a alguien tan joven, que coincidan en que su vida no vale la pena ni la valdrá nunca, que el mundo estará mejor sin él. Pero quizás todavía más terrorífico era que alguien, físicamente capaz, que no soporta vivir, que quiere morir, en lugar de quitarse él mismo la vida, se lo pida a otros, a la ley. No creo que sea por cobardía; a mí me parece que hace falta el mismo valor para ambas cosas. Es que el suicidio es chapucero, sucio, escandaloso como los gritos de dolor, traumático para las familias, vergonzoso, "indigno". Es con mucho la primera causa de muerte no natural, aunque estemos convencidos de que son los accidentes de tráfico porque a nadie se le ha muerto alguien cercano así y, sin embargo, en España fueron, al menos, 3602 personas en 2015.

Ni suicidarse ni morir en una agonía larga y por lo general dolorosa. Estas muertes no son dignas, nos avergüenzan. De ellas no se habla. Como tampoco es digno gritar y llorar de dolor. Hasta Cristo en la cruz se rebeló ante el abandono de su Padre, pero resulta que ni el catolicismo ni la sociedad laica y moderna ven correcto, civilizado o elegante gritar de dolor o maldecir a la vida o a la muerte. Hay que sufrir y morir con una sonrisa, discretamente, sin molestar demasiado. Y ahora recuerdo la sonrisa incomprensible de aquella a la que se tragó el tiempo. En aquel momento no la entendía. Ahora creo saber que escondía otras cosas: dolor, miedo y muchas lágrimas. Muchas y muy dignas. Quizá también esa fe capaz de consolarla (eso espero). Era, en el fondo, una sonrisa que mentía, aunque lo hiciera por los demás o incluso por ella misma, para que no tuviéramos miedo, para no tener miedo. Una sonrisa digna, sí, que pretendía ahogar un común, y muy digno también, grito de horror.

jueves, 21 de septiembre de 2017

Trabajo sucio

Por Esperanza Goiri




Estos días ha entrado en mi vida un nuevo hombre que atiende al nombre de Ray Donovan. Me está quitando horas de sueño y me fascina y repele por igual. Es el protagonista de una serie americana que cuenta el día a día en Los Ángeles de un personaje que se dedica a eliminar la porquería de los “peces gordos” de Hollywood y aledaños. Lo que en inglés se denomina un personal fixer: un “solucionador” personal. ¿Un cadáver molesto, drogas, chantajes, una filtración inoportuna, fiestas con un desenlace fatal? No problem, ahí está el eficiente de Ray para limpiar y dar esplendor, borrar huellas, pagar a las víctimas, silenciar conciencias, utilizar a discreción puños o bate... Sin embargo, no hablamos de un vulgar matón, de un simple esbirro que acata órdenes. Donovan es un profesional, un tío respetado y temido que manipula a placer a unos y a otros. Un ser inteligente y muy perceptivo de la naturaleza humana. Casado, con dos hijos adolescentes. Responsable y protector de tres hermanos disfuncionales. Con un padre ex convicto y arrastrando un trauma infantil que no acaba de digerir, no puedes evitar identificarte con Ray. Mata, traiciona, engaña, pega, chantajea, lo peor de lo peor. Pero, al mismo tiempo, sufre graves ataques de culpabilidad, intenta ser buen marido y padre, es clemente, empatiza y ayuda a los humanoides que encuentra en ese lodazal en el que todos se revuelcan. Jamás se queja. Asume lo que es y sus consecuencias. Es víctima y verdugo. Por eso le abrazarías e invitarías a un café para darle un respiro en ese horror de vida que lleva.

A Donovan le pagan para hacer el trabajo sucio, ese con el que nadie quiere mancharse las manos. Ese que todos sabemos que existe pero que preferimos ignorar. Ese que dejamos que otros hagan por nosotros porque nos resulta incómodo, desagradable o violento. Sí, todos tenemos a nuestros particulares Rays Donovan. Digamos que en vez de basura con palabras mayores, como la que se ventila en la serie, nuestros “solucionadores” limpian “basurilla”, porquería de andar por casa, pero en esencia es lo mismo: se utiliza a alguien para quitarnos de en medio marrones molestos.

Ante la realidad de Donovan es fácil caer en la superioridad moral que, como espectadores, nos creemos con derecho a tener: "¡Vaya tipejos!", pensamos. Pero allí, al menos, las cosas están claras y todo el mundo sabe a lo que juega. A este lado de la pantalla, en más de una ocasión, la distribución de papeles no está siempre tan clara.

jueves, 14 de septiembre de 2017

Lección de anatomía

Lección de anatomía. Danilo Kiš.

Acantilado: Barcelona, 2013. 384 pp. 26 euros.


“Uno se ve forzado a servirse de semejantes paradigmas, a dar una lección de escuela secundaria, evidentemente con la esperanza de que el lector que tenga hoy en las manos este libro pueda entender y justificar mi proceder, y al que, quizá, lo tenga en las manos en otros tiempos mejores, le pido perdón por nuestros pecados, por nuestra ignorancia, por nuestra actuación, y que acepte esta demonstratio como un documento de una época y de un clima determinado. Y que me perdone”.

Por J. Teresa Padilla

Lección de anatomía no es un libro agradable de leer. Nace de las insinuaciones maliciosas del que, al parecer, era el pope literario en la Yugoslavia de entonces (un tal Jeremic) sobre la posible existencia en Una tumba para Boris Davidovich, la última novela en aquel momento de Kiš, de textos de otros autores a los que no se citaba como fuente. La acusación que nunca se atrevieron (todos estos individuos tienen siempre una camarilla de secuaces que los corean) a expresar con claridad era, pues, la de la existencia de plagio. Con este libro, Kiš intenta desmontar los absurdos y contradicciones de esta acusación y, de paso, del andamiaje que sustenta a sus acusadores. Disecciona sus textos, sus palabras, para sacar a la luz y hacer evidentes la ignorancia, la estupidez y la perversidad de esa acusación cobardemente velada. Pero lo hace con amargura y desesperación, casi enloquecido por la injusticia y la irracionalidad, por la sordera de la sociedad (política y literaria) en la que vive, que se alimenta de tópicos y eslóganes, cateta y, como el tiempo demostró, ridículamente nacionalista (valga el pleonasmo): totalitaria, sí, pero además kitsch, muy kitsch.

“El cogito ergo sum se vuelve coito ergo sum, como lema y forma de ver el mundo, en el sentido literal y metafórico. (…) Los cuarentones escriben obras epistolares amorosas (en verso y prosa), buscan su amor perdido y la «juventud que se fue para no volver», sin ser capaces de escurrir de sus ya resecos testículos ni la nostalgia romántica de la «juventud» de Stankovic, ni el paraíso y el infierno físico-espirituales de Dante, ni el temblor metafísico de Novalis, ni el mito (falócrata) de la sexualidad de Miller, ni la angustia (en el sentido kierkegaardiano de esa palabra) erótica y trágico-irónica à la Philip Roth.

Los cojones son, aparte de eso, una marca nacional, el marchamo racial; las otras naciones tienen la suerte, la tradición, la erudición, la historia el ratio, pero los cojones son sólo nuestros y únicos. En nuestro país se entra en la literatura según un severo rito medieval, vaticanista y papal, mediante el cual, el feliz candidato al título de Supremo Cojonudo pasa ante los críticos ya entronizados de la Gran Orden del Cojonudo, que se convencen con sus propias manos de la virilidad del futuro vasallo, y con un asentimiento de la cabeza y la palabra mágica habeat contiene no sólo su talento literario, sino también su pertenencia racial y literata. Los cojones, son, por tanto, la señal de garantía de que el artista no pecará de pensamiento, palabra, obra ni omisión contra las leyes de la comunidad, y por tanto, no usará su cabeza, ni la arriesgará”.

Este es el muro, sordo a razones, con el que se estrella sin cesar, impotente para rendirse a la estulticia y callar. Así que, sin esperanza de atravesarlo, una y otra vez reproduce las palabras exactas de sus acusadores para desmontarlas, diseccionarlas, mostrar sus contradicciones o refutarlas con los ejemplos de Borges o Thomas Mann. Da igual. Hay varios momentos en Lección de anatomía en los que el autor nos recuerda a ese padre enloquecido por la soledad y el miedo que creó para nosotros en su trilogía autobiográfica, Circo familiar.

Casi todo en esta obra parece una lección inútil de la que sólo sacará provecho el que quiera escuchar, si es que existe, “porque el escritor, escribe, en realidad, para su lector, para un lector a su medida”. Nunca la aprenderán aquellos a los que va dirigida, los que la necesitan más que nadie. Porque éstos son impermeables a la razón y a la lógica tanto como al sufrimiento que son capaces de causar.

Pero no todo es enfrentarse a la fealdad y maldad de la estupidez ideológica erigida en vox populi. La lección de anatomía nos ofrece también una hermosa, potente y clara descripción, hasta donde es posible (la magia no resiste la explicación exhaustiva), de ese “proceso alquímico”, esa “transmutación” del metal (el logos, la palabras, en este caso) en oro (vida, verdad), en que consiste escribir. Son pocas páginas, pero que llenan los pulmones del oxígeno necesario para enfrentarse a esa agónica lucha por que la verdad se imponga sobre la falsedad lapidaria de la “comunidad”.

Me temo que no vivo tiempos mucho mejores que los tuyos, Danilo, así que no, no tengo nada que perdonarte.