jueves, 19 de abril de 2018

Cháchara primaveral

El jardín de Daubigny. Vincent van Gogh (1890)

Por J. Teresa Padilla


La primavera ya está aquí. Me he tenido que contener para no escribir el pareado de rigor: “La primavera ha venido. Nadie sabe cómo ha sido” (¡buah, ya lo he escrito).

La primavera empezó, según las ciencias involucradas, hace casi casi un mes, pero, como de costumbre, los conceptos científicos poco tienen que ver con las realidades cotidianas que identificamos con ellos. El equinoccio de primavera llegaría el 20 de marzo, no digo yo lo contrario, pero la primavera, no. Quién sabe si ha sido así en todo el hemisferio norte. Pongamos que hablo de Madrid.

Algo me pasa, pues todo lo que escribo me suena a frase ya hecha y repetida, en letra o música. Porque lo es, claro. Eso está mal, muy mal. Tanto despotricar en este blog sobre clichés, mantras y demás para nada. Lo único que me salva es que lo veo. Lo veo y me río. Más me salvaría, para ser de verdad sincera, borrarlo todo y empezar de nuevo, pero la primavera (¿por fin?) ha llegado y con ella la astenia se ha agravado. A la prueba me remito para afirmar que no hay mejor época del año que ésta para la mala poesía y los pareados. Y para la prosa despeinada; véase, en caso de duda, lo que sigue.

El tema es que, como diría un amigo, la primavera ha acaecido (¿otro pareado?): no sabes qué ponerte o quitarte, ni si te sofocas con razón o sin ella. Los niños salen con abrigo y vuelven en manga corta. En el patio al que da mi mesa de trabajo (aunque mesa de recreo sería la denominación adecuada a “la cosa misma”), más exactamente en el patio al que doy la espalda cuando me siento a ella, un gorrión macho (¿el mismo de todos los años?) canturrea, fanfarrón, apoyado en la salida de humos de la cocina de mi vecina de abajo, donde, año tras año, él mismo u otro (heredero o ladrón), construye su nido. Ni a su nidada ni a mi vecina parece molestarles tal hecho. Yo, desde luego, no voy a decir nada sobre las pelusillas y ramitas que este año empiezan a colgar fuera y a delatar al okupa. Espero que la gravedad haga su trabajo y esos escombros de la renovación anual del hogar avícola se desprendan antes de que lo vea mi vecina de arriba, a la que no sé cómo podría afectarle la cuestión, aunque seguro que, de enterarse, encontraría la manera de justificar su queja en la próxima reunión de vecinos, reuniones de las que suelo escaquearme precisamente porque temo que ver mi cara le recuerde todo lo que la molesta una, y desde mí, la del penúltimo, hacia abajo. Que no: no estamos aquí para pagar justos por gorriones.

El gorrión no canta muy bien que digamos, pero confía ciegamente en sus posibilidades, y eso es digno de admiración. Tendría mucho que envidiar al mirlo, por ejemplo, al que también oía a veces, aunque más temprano y no sé exactamente desde dónde, cuando todavía sacaba yo a la perra por la mañana temprano, pero no pierde el tiempo en comparaciones ociosas porque los mirlos a las gorrionas, que son las espectadoras que le interesan, como que les dan igual por muy chulos que se pongan con sus gorjeos y picos naranja fosforito.

El patio de mi casa, que es particular, está luminoso y cantarín en primavera. No puedo decir lo mismo de mi calle. Como en cualquier casa privada, el Ayuntamiento también espera la llegada del buen tiempo para hacer sus reformas y, en consecuencia, tengo a un pobre hombre con un martillo neumático abriendo una zanja a lo largo de la acera de enfrente. De nueve de la mañana a cinco y media de la tarde. Me pondría en plan Marías (Javier) para quejarme de la gran obra maestra que tal estruendo está entorpeciendo o de la falta de respeto y previsión de los responsables políticos, que, si mal no recuerdo, ya mandaron abrir la misma zanja hace un año, pero, para mí, el que de verdad tiene derecho a quejarse es el que maneja ese instrumento del demonio. Apenas avanza (se ve que el subsuelo de mi calle está más duro que mi mollera, será por el cemento nuevo con el que lo rellenaron el año pasado), los cascos quizá sirvan de algo a sus tímpanos, pero al resto de su cuerpo, que se ve vibrar con el dichoso martillo, me da que no. Y encima, el buen hombre se detiene cuando ve que se acerca por la acera alguien con un carrito de niño y espera a que se aleje un poco antes de proseguir. Para hacer un descanso, me corregirá algún listo. Pues no: para echar agua al martillo, que al parecer se calienta por la fricción (caprichos de la física). Lo que, tras mi sobresalto ante una inminente electrocución, me ha enseñado algo nuevo, y es que estos artilugios no van, como decía mi abuela, con la luz (“neumático” era, hasta hoy, un significante adjetivo vacío para mí, una especie de nombre propio). También me ha abierto los ojos a todos los detalles que se pierden los Marías (Javieres) de este mundo, los cuales, centrados en su ombligo, no han visto en acción a estos héroes, sin exagerar, de las infraestructuras. Eso sí que hace imposible lo de la obra maestra. Que le echen la culpa a los ladridos de los perros, a los martillos neumáticos o al resto de la humanidad ruidosa que ha tenido la osadía de existir. ¡Atención a los detalles! ¡Ése es el problema! ¡Que se supone que habéis leído a Proust! (o de eso presumís, ¡fantasmas!).

Acabo. En mi defensa y la de este texto tengo dos hechos que alegar. El primero, aunque menos importante: que de las tres interacciones sociales que he tenido esta semana, al margen, claro está (o no, pero lo aclaro), de aquéllas con quienes convivo y la pobre de mi madre, que, por diferentes motivos, no cuentan, dos me han acusado de no parar de hablar, llegándome a aconsejar una de ellas que lo practicara más en el día a día para reducir luego la acumulación de cháchara inexpresada. Dos de tres, y porque lo que la tercera me contaba era de lo que sólo admite un beso o un abrazo por respuesta. Un porcentaje demoledor. Aunque para darle la murga a mi perra, el único ser con tiempo y buena voluntad que tengo a mano, la escribo y, de paso, practico con vista a la obra maestra y tal.

El segundo hecho es una foto: la de un niño en una maleta. Con la cabeza asomando, viajando como en los transportes públicos los perrillos en sus bolsos. La habréis visto en los periódicos o en las redes. No puedo, por muchas razones, reproducirla aquí. La imagen, dolorosa, me recordó una historia que mi padre me contaba. Una historia nada triste o penosa, todo lo contrario, sobre mí y una maleta. Al parecer, yo también fui una niña en una maleta, pero en un contexto tan distinto que hace de ese “también” una completa aberración. Fui una niña a la que mi padre, primerizo, dio miedo acostar a mi llegada a casa recién nacida en la cuna que tenía preparada, la cual le pareció enorme y fría. Tenía previsto que usara el capazo del coche de paseo que había encargado para mí en El Corte Inglés, pero aún no lo habían recibido, así que improvisó y me preparó una camita dentro de una maleta de esas rígidas de entonces. Había pensado escribir sobre ello (La niña de la maleta, se iba a titular), pero de pronto me sentí culpable o avergonzada por que la tragedia de un niño me hubiera servido para rememorar esta anécdota feliz. En el fondo puede que también yo sea ese personaje gruñón y narcisista del que me he mofado un poco hoy. O peor aún: a diferencia de él, me doy cuenta y lo disimulo. Menos mal que acabo de leer a Jean Améry que nadie puede amarse u odiarse a sí mismo, que no tiene de sí la distancia precisa, que, cuando cree hacerlo, lo “hace siempre de manera indirecta, interiorizando, transitoria y revo­cablemente, la mirada de los otros, percibida a través del len­guaje”. Pues eso. No os he dicho nada, ¿eh?



jueves, 12 de abril de 2018

Contra toda esperanza

Contra toda esperanza. Memorias. Nadiezhda Mandelstam.

Acantilado: Barcelona, 2017. 656 pp. 29 euros.


“Todavía no estás muerto. Todavía no estás solo.
Con tu amiga la mendiga
gozas de la grandeza de las llanuras,
de la niebla, del frío y de la nevada.

Vive tranquilo y consolado
en la pobreza opulenta, en la miseria poderosa.
Son benditos los días y las noches
y es inocente la fatiga dulce y sonora.

Infeliz aquel que, como su sombra,
teme el ladrido y maldice al viento.
Y miserable aquel que, medio muerto,
pide limosna a su propia sombra".

(Ósip Mandelstam, Cuadernos de Voroneth, 15-16 de enero de 1937).


Por J. Teresa Padilla

“De sus ochenta y un años de vida, Nadiezhda Mandelstam pasó diecinueve como la esposa del poeta ruso más grande de su siglo, Ósip Mandelstam, y cuarenta y dos como su viuda. El resto fue niñez y juventud. En los círculos cultos, y en especial entre la clase ilustrada, ser la viuda de un gran hombre bastaba para conferir una identidad. Esto sucedía especialmente en Rusia, donde en los años treinta y cuarenta el régimen creaba viudas de escritores con una eficiencia tal que a mediados de los años sesenta había un número suficiente como para haber organizado un sindicato”.
Así comienza el obituario que Joseph Brodsky, originalmente Josif Brodski u Ossia el joven (como se le llama en este libro), escribió para ella en 1980 y se incluye como prólogo en esta edición de Contra toda esperanza, que también recoge la traducción de otra grandísima mujer, Lydia Kúper, autora, a una edad provecta (como la de Nadiezhda cuando escribió estas memorias), de la probablemente mejor traducción de la monumental Guerra y paz.

Nadiezdha Mandelstam no fue simplemente la viuda de Ósip Mandelstam. Fue su memoria, la del poeta y la de sus versos, inseparables dada la carga ética, la responsabilidad que ambos atribuyeron a la literatura: “Los poetas no pueden ser indiferentes ante el bien y el mal, y jamás dicen que todo lo existente es racional” (frente a Hegel, ¿cuántas veces van ya en mis textos?, y toda su nefasta progenie). Sin Nadiezdha, lo que Mandelstam fue, lo que escribió, habría terminado, como su propia vida, succionado por la oscura lejanía del gulag.

Foto: tygodnikprzeglad.pl

Resulta complicado decir quién debe a quién ser el que ha terminado siendo. Lo más seguro es que se lo deban mutuamente. Lo que a mí me importa dejar claro es que éstas no son las memorias de una viuda ilustre (apenas habla de sí misma o de su vida previa a la que compartió con el poeta), ni siquiera una recopilación de recuerdos sobre el "gran hombre" y su vida en común. Es una reflexión sobre los orígenes del terror y el totalitarismo, sobre la génesis del poema y la extraña y mágica condición del poeta, sobre la belleza de algunos seres humanos y la mezquindad de otros. Sobre lo fácil que es claudicar y traicionar, entre otros, a uno mismo. Es también un lúcido ejercicio de introspección y empatía. De un amor alejado de cualquier cliché, que nunca se menciona directamente pero sobrevuela todo el texto imponiéndose sobre cualquier otra cosa, como la denuncia de la miseria material y moral de la tiranía soviética o el ajuste de cuentas con personajes concretos. El "gran hombre" está muy lejos de ser un dios o un enviado por los dioses, en este caso de la Palabra, para mediar entre ellos y los hombres. O puede que no, si consideramos posible, como en la historia de Cristo, que esos seres tocados por la divinidad de una u otra forma estén condenados al escarnio, la tortura y la muerte. Lo que es indudable es que Mandelstam aparece como “el hombre al que se le caían los pantalones y que carecía de toda entonación teatral, aquel mismo hombre que era llevado bajo custodia a cualquier hora del día y de la noche” y que “no dudaba, pese a todo, de su derecho a escribir libremente”. Un hombre que enloquecía de terror, pero al que nunca se le olvidó, sobre todo con la poeta Anna Ajmátova (la otra coprotagonista de estas memorias), reír. “Los dos eran difícilmente educables”, dice con orgullo Nadiezdha. Ella, también.

Pero prefiero que leáis a esta mujer increíble que, contra todo pronóstico, consiguió salvar todo un mundo al borde de la desaparición; un mundo cuyo despeñamiento logra contener con la única fuerza de la fragilidad de una edad avanzada, una portentosa lucidez y memoria, y una vida de dolor y privaciones. “El poeta”, dice Nadiezhda, “al tiempo que escribe sus versos, va comprendiendo la realidad, porque en ellos existe un elemento de anticipación del futuro”: no ve bien de cerca, “el presente, pero sí el futuro”. Es el adivino, sí, el bendecido por la gracia de la palabra. El médium entre la lengua y nosotros. El poseído. El enajenado. La prosa viene, como dice Brodsky, tras ella, la poesía. También la de Nadiezhda. Pero viene a salvarla, a conservarla, a ser su conciencia, a volverla en sí, a honrarla, a devolvérsela a los hombres, a cuidarla. El cuidado, esa labor reservada tradicionalmente a la mujer y que está en el origen mismo de la palabra cultura. La supervivencia del testigo y su testimonio es, a fin de cuentas, la prueba del triunfo de la civilización sobre la barbarie, “la mejor demostración de que la victoria definitiva pertenece siempre al bien y no al mal”. Finalmente, Nadiezdha, pese a lo “engañosa e ilusoria” que la considera tantas veces, hace honor a su propio nombre: Esperanza.


Apéndices nada accesorios.

I) Cosas de Nadiezdha sobre:

La poesía y el poeta.
“En 1930 comprendí por primera vez cómo nacen los versos. Antes sólo sabía que se había producido un milagro: había surgido algo que anteriormente no exisitía”.
“Los labios son el arma de producción de un poeta, ya que trabaja con su voz. El murmullo de los labios que trabajan asemeja al flautista y al poeta. (…) El murmullo de los labios «que recuerdan». (…) En el proceso de la creación poética hay como una evocación de algo que jamás había sido dicho aún. (…) Los versos viven su auténtica vida tan sólo en la voz del poeta y la voz del poeta continúa viviendo en ellos para siempre” (extraído del capítulo “Murmullos y susurros”, una maravilla de principio a fin).
“Me gustaría contar lo que significaba la palabra para él, pero hacerlo es superior a mis fuerzas. Pienso, tan sólo, que él sabía cómo era la «forma interna de la palabra» y la diferencia entre la palabra como signo y como símbolo”.

El totalitarismo y el terror:
“Un buen día tuvimos miedo del caos y todos anhelamos de pronto un poder fuerte, una mano poderosa que encauzara los revueltos torrentes humanos. Tal vez el temor sea el más estable de nuestros sentimientos (…) Queríamos rectificar el curso de la historia, acabar con los baches en el camino para que no hubiera nada imprevisto y todo se desarrollase de forma suave y uniforme. Y ese anhelo preparó psicológicamente la aparición de sabios capaces de señalarnos el camino a seguir. Y como había sabios, no nos atrevimos a obrar por nosotros mismos sin directivas y esperamos indicaciones precisas y recetas exactas. Y puesto que ni tú, ni yo, ni él somos capaces de confeccionar una mejor lista de recetas, tenemos que dar las gracias por la que nos suministran desde arriba. (…) Ciegos como éramos, fuimos nosotros mismos los que defendimos la unanimidad de criterios, ya en cada divergencia, en cada opinión particular, veíamos aparecer de nuevo la anarquía y el indescriptible caos. (…) Y así vivíamos, así cultivábamos nuestra inferioridad. (…) Éramos, en efecto, seres inferiores y no se nos pueden exigir responsabilidades. Y sólo nos salvan los milagros”.
“Escogimos todos el camino más fácil: callábamos en la confianza de que no nos matarían a nosotros, sino al vecino. No sabíamos siquiera quién entre nosotros mataba y quién se salvaba, simplemente, gracias a su silencio”.
“Cada ejecución se justificaba diciendo que estaba construyendo un mundo donde no habría violencia y todos los sacrificios eran pocos para esa «nueva sociedad» sin precedentes. Nadie se percató de que el fin comenzaba a justificar los medios y luego, como siempre ocurre en estos casos, había desaparecido gradualmente”.
“Es imprescindible comprender el significado de todo lo ocurrido. El humanismo del siglo XIX sufrió una dura crisis, se derrumbaron todos sus valores éticos porque se basaban únicamente en las necesidades y deseos del ser humano o, simplemente, por su anhelo de ser feliz. El siglo XX, por el contrario, nos demostró con meridiana claridad que el mal posee una inmensa fuerza de autodestrucción. En su devenir aboca irremisiblemente al absurdo y al suicidio. También comprendimos, por desgracia, que el mal al autodestruirse puede acabar con toda la vida en la tierra y eso no lo deberíamos olvidar. Sin embargo, por mucho que la gente proclame a voz en grito verdades tan simples, las oírán solamente aquellos que no quieran el mal. Además, todo eso ya existió y caducó, y volvió a empezar, pero siempre con mayor fuerza y amplitud. Afortunadamente yo no veré ya lo que nos depara el futuro”.

La muerte:
“La muerte del artista no es una casualidad, sino el último acto creador que como un haz de rayos ilumina toda su vida. (…) El final y la muerte son elementos de la estructura de la vida, potentísimos, a los que se subordina todo lo demás. (…) Mandelstam condujo su vida de modo autoritario hacia el final que le acechaba, a la forma de muerte más extendida en nuestro país, «en tropel y en manada»”.
“Nadie lo vio muerto. Nadie lavó su cuerpo. Nadie lo colocó en un ataúd. En su febril delirio los mártires de los campos no saben distinguir el tiempo, no diferencian la realidad de la ficción. (…) Sólo sé una cosa: Mandelstam dejó de sufrir; su vida de mártir acabó en alguna parte. Así termina toda vida. Antes de morir, yacía sobre una tarima y en torno suyo pululaban otros condenados. Probablemente esperaba un paquete. No se lo entregaron o no llegó a tiempo. El paquete fue devuelto. Para nosotros fue la prueba y notificación de su muerte. Para él, que esperaba el paquete, su ausencia significaba la muerte de todos nosotros. (…) El paquete volvió a mis manos y yo, que rezaba para que terminasen sus padecimientos, me tambaleé ante la ventanilla cuando la empleada de correos me comunicó esta última e inevitable buena nueva.

Y después de su muerte -¿no sería antes de ella?- vivió en las leyendas de los campos como un viejo demente de setenta años con una escudilla para comer gachas, que en tiempos había escrito poemas y que por ello se apodaba «el poeta». Y otro viejo -¿no sería el auténtico Mandelstam?- vivía en el campo «Vtoráya Rechka» y estaba incluido en la expedición a Kolyma y muchos consideraban que era Ósip Mandelstam, y yo no sé quién era él”.

II) Hasta aquí una pequeña muestra de la sabiduría y hasta poesía de la prosa de Nadiezdha Mandelstam. Sólo me queda añadir, para cerrar el círculo y esta entrada, otra de lo que gracias a ella sobrevivió. Tan suya, probablemente, como del hombre que amó.

“I

Hacia la tierra vacía, cojeando sin querer,
con desigual y dulce paso
ella camina, adelantándose apenas
a su rápida amiga y al joven que le lleva un año.
La arrastra la libertad oprimida
del defecto que la anima.
Y parece que una clara sospecha
no quiere detenerse a su paso.
Esta temprana primavera
es para nosotros madre
de un cuerpo muerto.
Y todo va a comenzar eternamente.

II

Hay mujeres que nacieron en una húmeda tierra.
Cada uno de sus pasos es un sollozo sonoro,
y su vocación, acompañar a los muertos
y ser las primeras en saludar a los que resucitan.
Pedirles caricias es un crimen
y separarse de ellas, imposible.
Hoy ángel, mañana gusano en la tumba
y pasado mañana sólo un difuso contorno.
Lo que fue un paso se hace inaccesible.
Las flores son inmortales. El cielo, denso,
y el futuro sólo una promesa”.

(Ósip Mandelstam. Cuadernos de Voroneth. 4 de mayo de 1937).

jueves, 5 de abril de 2018

Siluetas

Cueva de El Castillo (Puente Viesgo)

Por J. Teresa Padilla


Pintar manos es, por lo que parece, un auténtico clásico de la especie humana. Nos lo muestran los paleontólogos y no los recuerdan los juegos y travesuras de los niños, que al fin y al cabo son la memoria viva de la especie, algo así como cromañones resucitados.

Los niños pintan con sus dedos, su primer instrumento, todo aquello que les deslumbra y atemoriza. O lo que desean y aman. En papel o, para nuestro espanto, en las paredes. Al principio, sobre todo, lo que a los adultos nos parecen garabatos al azar. Nos equivocamos como siempre, claro, porque en ellos sus ojos creadores reconocen luces, pasiones, sombras y silencios. Gritos o musicales susurros. Lo suave y lo áspero. La dulzura y el amargor. Resulta injusto poner límites a esta primera forma de representación de la realidad, previa a la palabra, tan sensorial, tan física ella misma, tan primitiva y auténtica. Inmediata. Una recreación de su mundo llamada, como la del pintor neolítico, a trascender y sobrevivir incluso a lo recreado. Es algo así como la versión eterna de una realidad fugaz y perecedera. Paradójicamente mucho más verdadera que el original, aunque sólo sea por esta posibilidad real de subsistir a la desaparición de lo representado. Da igual quién o qué creara el mundo y los seres que habitan la tierra, el agua o los cielos: dejó una naturaleza viva, sí, pero perecedera. Puede que no escape tampoco a esta condición la recreación del cromañón, el niño o el artista adulto. Es muy posible, casi irremediable, que, al final, su obra sucumba también, pero muy probablemente lo hará tras haber mostrado una mayor vivacidad que la de la creación original. Y eso, a poco que se piense en ello, es mágico.

Sin embargo, hay que madurar, ser racionales, autónomos, y renunciar a la magia, a los mitos creacionistas, a los relatos de misteriosa y sagrada autoría. Todo indica que nos pasamos de frenada y, lejos de esa razón anhelada, toda ella luz, saber, libertad y hasta bondad, simplemente pasamos a adorar a otro ídolo: los datos, cifras, ciencias con resultados empírica y técnicamente verificables. Para sus “adoradores”, este mal llamado por mí “ídolo” es justo lo contrario a las deidades propias del animismo primitivo o de cualquier otra fe. Ni se crea ni se cree (dos verbos íntimamente emparentados) porque con él se trata sólo de objetos, hechos constatados y analizados. Con instrumentos y métodos de nuestra creación (humana, subjetiva, potencialmente tergiversadora), que sin embargo se declaran (sin rastro de la justificación de la que presumen) inocuos. Sí, lo reconocen, sus resultados tiene un origen humano, no son manzanas caídas de un árbol, pero han sabido hacerlo irrelevante, desaparecer, como científicos, en su obra.

Todo resulta así muy razonable (me niego a reducir a esto lo racional), ordenado y discreto. Circunspecto. Nada que ver con niños y mujeres primitivas que invocan los espíritus de animales, plantas, estrellas y soles, lo invisible que da vida y sentido a lo que los rodea. El mundo que nos venden cada vez se parece más a un internado inglés y lo que podemos decir de él a los buenos modales, ésos que servían a los victorianos para llegar lejos en la vida y hasta fundar, como su reina, un imperio. Ésta es su cara A. Como no hay inglés siquiera a la altura de semejante ideal, existe una cara B bastante más oscura. La de la histeria irracional, desordenada y vocinglera. Como corresponde al único engendro bifronte que en el fondo es, estas dos caras no pueden sino ignorarse mutuamente.

Europa ha vivido históricamente plagas que nada tienen que envidiar a las bíblicas; desastres naturales, como el terremoto de Lisboa, que hicieron tambalearse los cimientos del racionalismo ilustrado; hambrunas ancestrales y otras que no han cumplido ni un siglo; guerras largas y brutales, mundiales y civiles, la última no hace ni veinte años; proyectos de aniquilación de grupos humanos enteros, por supuesta pureza racial, como las fábricas de muerte nazis, o nacional, como el genocidio armenio, o ideológica, como los gulags. A pesar de todo esto, y mientras a nuestro alrededor mueren engullidos por el mar o la indiferencia miles de personas cada año intentando alcanzar nuestra, al parecer de algunos, ilusoria prosperidad, seguridad y protección, resulta que no, que nosotros, los aparentemente privilegiados, libres a día de hoy de plagas, epidemias, grandes cataclismos y guerras, vivimos de hecho una de esas distopías, clásicas en la literatura, en las que estamos sometidos a un gran hermano que todo lo ve y sabe de nosotros, al poder que esta información da a los siniestros consorcios que la gestionan. Manipulados de esta manera sibilina, aún los hay, sin embargo, capaces de ver la luz por todos los demás, necios y ciegos, y darse cuenta de tamaña farsa para proclamar, por un lado, que carecemos como sociedad de verdadera libertad, a la vez que reclaman como individuos, o grupos señalados de tales, la libertad sin límites ni censuras que acaban de negar a todos los demás.

Alguien más inteligente o menos perezosa que yo se enfrentaría a esta contradicción para desentrañarla y desarmarla. Es un trabajo solitario y para mí, ahora, un tanto inútil si se carece de interlocutor, justo lo característico de esta Weltsanschauung despersonalizada. Nadie concreto, en primera persona, defiende esa postura. Todo se reduce a algo que “se sabe”, “se dice”, y al final se repite, como un eco, de forma individual, que no personal. De ahí la insensibilidad ante las incoherencias de su emisor final y lo frustrante del esfuerzo por mostrárselas.

Por esto, es ahora cuando doy un volantazo y giro para intentar recobrar el sentido de este texto, que no espero encontrar en estos ridículos temas candentes que arden por un momento con el único resultado de generar un humo en el que confundirse, banalizándolos, con los verdaderamente serios y graves. Ni tampoco en la cara A de este mundo, la que tan fácil nos hace las cosas, promete salvarnos un día de cualquier enfermedad o desvelarnos los misterios del universo. La utopía cientificista y la distopía tecnológica son las dos caras de lo mismo: de ese mundo sin autor (e inhabitable para esos supersticiosos que llamamos creadores) que sólo pueden poblar individuos, esos seres sólo numéricamente discernibles entre sí destinados a engrosar estadísticas y hacer posibles complejos estudios de mercado.

Altamira
Con este fin vuelvo al pintor primitivo, el que se sirve de sus dedos para, reproduciendo su mundo, crear otro nuevo, más bello, mejor. Pero hace algo más. Algo de lo que los meros individuos no son capaces. Algo que los constituye en sujetos, en creadores, en seres que vuelven sobre sí mismos, reflexionan de la misma forma plástica y expresiva, nada intelectual, con la que han trazado sus figuras en la roca, para dejar constancia de sí mismos, para firmar. Es entonces cuando sumergen en los tintes sus manos y dejan sus huellas cromáticas en lo más profundo de las cuevas, casas y templos a la vez. O, ya en el colmo de la genialidad, espurreando la pintura o soplándola, usando como molde sus manos, para dar expresión a su ausencia, hacer visible su invisibilidad, invocar a su propio espíritu.

Eso es lo que somos, desde el principio de la especie a la que pertenecemos y de nuestra vida, ese vacío delineado por chorros de pintura. Llámesele espíritu, persona, sujeto, alma. Ni siquiera puedo hacer (como pretendía cuando tenía la idea de este texto sólo en la cabeza) la analogía entre estas manchas y todos esos datos tan nuestros que supuestamente están al alcance del leviatán digital y amenazan en realidad sólo a quien crea que su ser se reduce a ellos. Para decir quiénes somos, para perfilar nuestra silueta, no tienen ni siquiera el valor de la saliva del cromañón, o del niño, que sopló sobre parte de sí mismo y se dio así, como en el mito se narra, vida. Otra nueva, quizás eterna.

No sé si me he liado y he escrito un galimatías incomprensible. Quería contar otra cosa y al escribirla he descubierto que estaba equivocada, que no era eso lo que veía en esas manos que me han dado pie, después de un tiempo de sequía, a volver a escribir. En realidad, sólo quería tener un texto que justificara esa foto y una canción. A lo mejor sobraba todo los demás.


En mi vida secreta,
en mi vida secreta,
en mi vida secreta.

Te vi esta mañana.
¡Te movías tan rápido!
Parece que no puedo dominar
el pasado.
¡Y te echo tanto de menos!
No hay nadie a la vista,
y seguimos haciendo el amor
en mi vida secreta,
en mi vida secreta.

Sonrío cuando me enfado.
Engaño y miento.
Hago lo que tengo que hacer
para arreglármelas.
Pero sé lo que está mal,
y lo que está bien,
y moriría por la verdad
en mi vida secreta,
en mi vida secreta. 

Resiste, resiste, hermano mío.
Hermana mía, agárrate fuerte.
Al final recibí mis órdenes:
marcharé toda la mañana,
marcharé toda la noche,
cruzando las fronteras
de mi vida secreta.

Ojeé el periódico.
Te dan ganas de llorar.
A nadie le importa si la gente
vive o muere.
Y el proveedor quiere que pienses
que es o negro o blanco.
Gracias a Dios que no es así de sencillo
en mi vida secreta.

Me muerdo el labio,
y compro lo que me dicen:
desde el último éxito
a la sabiduría de toda la vida.
Pero siempre estoy solo,
y mi corazón es como el hielo,
y está agarrotado y frío,
en mi vida secreta,
en mi vida secreta,
en mi vida secreta...

jueves, 22 de marzo de 2018

La mirilla

Foto: Mónica (Flickr)
Por Esperanza Goiri

La casa de mi abuela materna, en Bilbao, era un piso antiguo y enorme. Me gustaba todo de ella. El asiento de terciopelo del ascensor, la amplia cocina con vistoso suelo de damero, el farolillo que colgaba encima del teléfono de baquelita, la chaise longue que logré heredar tras un trueque con uno de mis hermanos… Hasta el nombre de la portera me parecía exótico y misterioso: Apolonia. Pero si había algo que me fascinaba era la mirilla de latón que, como un ojo dorado, adornaba la maciza puerta de entrada. Emitía un metálico sonido al accionarse y el perfecto círculo se dividía en cuatro porciones exactas que dejaban ver el descansillo de la escalera. No me cansaba de manipularla y mirar por sus orificios. Lamentablemente, como necesitaba ayuda para acceder a ella, tras dos o tres aperturas, la diversión se acababa.

La puerta de mi domicilio actual también dispone de una mirilla, pero es de esas telescópicas que solo te dejan ver por un ojo y proporcionan una visión limitada y deformada de lo que hay al otro lado. No tiene ningún encanto y tampoco mucha utilidad. El portero automático y su pantalla se supone que permiten controlar el acceso al edificio y, por ende, a tu hogar.

Por una de esas extrañas asociaciones de ideas, que a veces surgen, no pude dejar de relacionar la visión que nos proporcionan las mirillas con lo que explicaba un artículo que leí hace un tiempo sobre cómo funcionan los algoritmos empleados por los buscadores de Internet. Según sea tu perfil y el historial de búsquedas, van seleccionando y limitando las noticias, informaciones, anuncios y contenidos que te llegan. Un menú a la carta elaborado para tu personal visión del mundo. Saben los gustos, ideología, nivel económico, estado civil y de salud del usuario. Van acotando una parcela, una franja en la que tú crees, ilusa, que te mueves con libertad y por propia iniciativa. Adquieres una visión sesgada, parcial y deformada de la realidad. Llegas a tener la convicción de estar en posesión de la verdad: ya se encargan ellos, los algoritmos, de no llevarte la contraria. Es como si vivieras detrás de una mirilla y solo vieras la imagen desfigurada y limitada de lo que te rodea. Mirando a través del visor nos sentimos seguros y reafirmados. No somos conscientes de que basta con que, desde fuera, alguien cubra con un dedo esa pequeña lente para quedarnos a oscuras.

Foto: Tania (Flickr)
Sé que es una ingenuidad por mi parte, pero trato de jugar al despiste con el algoritmo de marras. Alterno mis lecturas de prensa digital, toco todos los palos e incluso, si se tercia, revistas frívolas. Escucho podcast de diversas emisoras y he de reconocer que resulta hasta divertido comprobar lo diferente que puede ser la misma noticia según quién la emita. Me he vuelto asidua a la navegación privada cuando quiero información de algún producto o actividad y he declarado la guerra a las cookies y a los “geolocalizadores”.

No sé si mis esfuerzos valdrán para algo. Me consta que el algoritmo (la sola palabra me produce escalofríos) es un rival fuerte y, al percibir mi comportamiento errático e incoherente, es posible que ponga en duda mi cordura y tome medidas al respecto. De hecho, no descarto que cualquier día cuando suene el timbre de mi puerta y me asome por la mirilla, descubra a dos enfermeros de blanco que intentan ocultar sin éxito una camisa de fuerza mientras una risa lejana y siniestra se escucha en off.

jueves, 15 de marzo de 2018

Ciencias y letras



Fachada del actual CEPA Tetuán

Por Marisa Díez

Tuve un profesor de matemáticas bastante peculiar en tercero de BUP. Se llamaba César y le recordé de repente hace unos días, mientras  paseaba por el barrio y me planté frente a mi antiguo instituto, el Tetuán-Valdeacederas. Mi memoria me trasladó a los primeros ochenta, cuando recorría el mismo trayecto cada tarde. El camino terminaba en una empinada cuesta, que se embarraba los días de lluvia, con varios tramos de escaleras al final. Ahora la calle ha variado su fisonomía y se encuentra perfectamente asfaltada y delimitada por estrechas aceras. Nada es igual; incluso la fachada de mi instituto está pintada de un color indefinido, próximo al naranja, que ha borrado de un plumazo ese tono rojo que lo caracterizó desde su inauguración, allá por 1980.

Sin apenas esfuerzo me vi transitando por aquellos pasillos y por sus aulas. Entonces me acordé de él y pude vislumbrar sus rasgos con singular nitidez. César era más bien rechoncho, lucía un espeso bigote y un rostro casi siempre enrojecido. Le precedía una fama de profesor duro y exigente, extremo que pude corroborar durante el curso en el que fue titular de la asignatura maldita. En cada evaluación, los suspensos superaban ampliamente a los aprobados y, de éstos, muy pocos conseguían una puntuación superior al casi inalcanzable “suficiente”. No es necesario explicar que yo no me contaba en este grupo de privilegiados. A duras penas conseguí aprobar la primera evaluación; de las siguientes mejor ni hablamos. Al final del curso apareció una tarde en clase y, con una extraña sonrisa, fue desgranando uno a uno los nombres y apellidos de todos nosotros, seguidos de su nota final: sobresaliente, notable, bien, suficiente, suficiente, suficiente… Había decidido dar un aprobado general a sus alumnos porque ese mismo año abandonaba el instituto y quería premiar así nuestra paciencia con su eterno gesto torcido y su cara de pocos amigos. Ni qué decir tiene que el alborozo fue general y, desde ese mismo momento, pasamos a adorar sin condiciones al mismo que hasta entonces había sido el causante de gran parte de nuestras desdichas.

En un aparte, César me aconsejó que ni se me ocurriera al curso siguiente elegir como optativa las matemáticas: “Lo tuyo son claramente las letras y ni por asomo pienses que vas a aprobar esta asignatura como te toque dar clase con Aurora”. No le hice caso; me declaré en rebeldía contra el latín, que debería haber escogido en contrapartida, y así me fue… Efectivamente, la tal Aurora en ningún momento mostró la más mínima compasión y me dejó tirada en COU con un único suspenso, lo cual me hizo perder un año entero de mi vida académica dedicado a intentar resolver derivadas e integrales, y retrasar un año mi acceso a la Universidad.

Antiguo instituto Tetuán-Valdeacederas. (A.Ortiz.2012)

Pensaba en toda esta historia mientras caminaba por la calle que ocupa mi antiguo instituto y empecé a divagar sobre las consecuencias de haber obviado el sabio consejo de mi profesor de matemáticas. Llegué a la conclusión de que en mi vida, como en la de tanta gente, supongo, se han sucedido una cantidad demasiado relevante de elecciones equivocadas. Pensé que si existiera la posibilidad de volver atrás, haría tantos cambios que nada tendría que ver con lo que al final ha resultado. Ya sé que es una utopía y que no queda más remedio que apechugar con la frustración que nos provoca el no haber sabido escoger lo que de verdad nos convenía. Pero toda elección conlleva un riesgo que es necesario asumir. Me consolé pensando que nadie nace enseñado y que es preciso caer una y otra vez para poder seguir levantándose. Y que nunca es demasiado tarde para intentar enderezar el rumbo.

Retomé mi paseo por la calle de mi antiguo instituto. Comprobé con pesar que donde antes estaba la panadería ahora se levanta un bazar chino; que de la churrería no queda ni rastro, ni tampoco de la tienda de gallinejas. El antiguo estanco, en la actualidad mucho más moderno, se ha trasladado unos metros más arriba. Y el Marysalvi, el bar de mis primeras cañas con los compañeros de clase, está a punto de ser traspasado. Todo era distinto y, sin embargo, algo en el ambiente me hizo sentir protegida. Así que eché por última vez la vista atrás, esta vez únicamente para coger impulso. Y me entretuve cavilando de cuánto tiempo dispondría, según el cálculo de probabilidades, antes de cometer mi siguiente error. Por más vueltas que le di, no fui capaz de encontrar la solución. Y es que ya me lo dijo César hace más de treinta años. Qué le voy a hacer. Yo soy de letras.



jueves, 8 de marzo de 2018

Manifiesto: Todas somos Preciosa



Estamos en huelga. A pesar de todo, de las diferencias, objeciones y matices que podríamos plantear a este o aquel manifiesto (y que no planteamos para no dar facilidades a la paranoia, “la más fecunda y potente fábrica de esencias y de realismos de los universales” -C. Amorós-, esa enfermedad que, se refiera al sexo, a la raza o la nación, aspira a mantener la diferencia y la supremacía, en este caso de los que, ofreciéndose con su sabiduría y lucidez a salvarnos de nosotras mismas, vaticinan diversos apocalipsis causados por esta “radicalidad” y este “ruido” irracional, acientífico y politizado de no sé qué número de ola feminista). Con lo monas que estamos calladas, aplaudiendo sus excelsas reflexiones, o lo elegantes y femeninas que resultamos riéndoles las gracias y mofándonos con ellos de las otras, las que no tienen su favor. Eva y María, "madre sólo hay una y a ti, ¿p.?, te encontré en la calle" y, ahora, las malas y las buenas feministas. Lo que vosotros digáis. En este sitio hemos decidido aparcar nuestras diferencias y declararnos en huelga, nos mezcle con quien nos mezcle, mientras no sea con vosotros. En huelga, pero no mudas, porque “el silencio es un verdadero crimen contra el género humano”, escribía Nadiezhda Mandelstam, y, digan lo que digan por ahí los nuevos y viejos expertos, “apostamos por la unidad de la especie humana (…) y pensamos que la lucha feminista tiene un papel fundamental en la construcción de esta rara y compleja especie. (…) La verdadera diferencia es la de los individuos, no la de los géneros”, por eso, lo importante, “lo verdaderamente importante es que ser mujer no sea un problema para ser plenamente individuo sin tener que pagar precios de mercado negro” (no te acordarás ya de mí, maestra, pero te sigo citando).

Pues eso. Por la abolición de roles ligados a esencias o naturalezas atemporales, de la división sexual del trabajo, en resumen, de la discriminación por razón de sexo. Por el derecho a hablar, a aullar si es necesario, a errar y rectificar (o no), a ser mejores que ellos (o no), por el derecho al mal (A. Valcárcel), a responder con el insulto o la grosería al insulto o la grosería; a mofarnos del que se mofa; a ser jóvenes, irresponsables y locas; a ser viejas, irresponsables y locas; a ser lúcidas (jóvenes o viejas); a evolucionar o seguir cada cual en sus trece; a respetarnos a nosotras mismas y entre nosotras; a exigir respeto en cualquier caso. ¿Qué más? Por el derecho a ser cobardes o valientes, guapas o feas, gordas o delgadas, insaciables o inapetentes sexualmente, madres o no… Porque todas somos preciosas y Preciosa*. Resumiendo: salvo para quien tema la libertad del otro y que no haya nadie a quien poder someter, un mundo mejor. Éste es nuestro manifiesto.


Argentina, 2016
*Preciosa y el aire

(A Dámaso Alonso)


Su luna de pergamino
Preciosa tocando viene,
por un anfibio sendero
de cristales y laureles.
El silencio sin estrellas,
huyendo del sonsonete,
cae donde el mar bate y canta
su noche llena de peces.
Foto: EFE
En los picos de la sierra
los carabineros duermen
guardando las blancas torres
donde viven los ingleses.
Y los gitanos del agua
levantan por distraerse,
glorietas de caracolas
y ramas de pino verde.
Washington, 2017

Su luna de pergamino
Preciosa tocando viene.
Al verla se ha levantado
el viento que nunca duerme.
San Cristobalón desnudo,
lleno de lenguas celestes,
mira la niña tocando
una dulce gaita ausente.

Niña, deja que levante
tu vestido para verte.
Abre en mis dedos antiguos
Huelga camiseras, 1909
la rosa azul de tu vientre.

Preciosa tira el pandero
y corre sin detenerse.
El viento-hombrón la persigue
con una espada caliente.

Frunce su rumor el mar.
Los olivos palidecen.
Cantan las flautas de umbría
Washington, 2017
y el liso gong de la nieve.
¡Preciosa, corre, Preciosa,
que te coge el viento verde!
¡Preciosa, corre, Preciosa!
¡Míralo por dónde viene!
Sátiro de estrellas bajas
con sus lenguas relucientes.

Preciosa, llena de miedo,
Nueva York, 1970
entra en la casa que tiene,
más arriba de los pinos,
el cónsul de los ingleses.

Asustados por los gritos
tres carabineros vienen,
sus negras capas ceñidas
y los gorros en las sienes.

El inglés da a la gitana
un vaso de tibia leche,
y una copa de ginebra
Foto: John Moore
que Preciosa no se bebe.

Y mientras cuenta, llorando,
su aventura a aquella gente,
en las tejas de pizarra
el viento, furioso, muerde.

(Federico García Lorca, Romancero Gitano)



jueves, 1 de marzo de 2018

Historia de una escalera

Paul Klee. Stairs and Ladder (1928)

Por J. Teresa Padilla

A este ritmo, no me pongo al día. Tres son tres los libros que esperan su comentario. El de Roth, casi terminado, aunque esté por volverlo del revés (yo me entiendo); el de las memorias de Nadiezhda sólo cuenta con un párrafo y se merece tiempo y una atención que ahora no puedo darles; y, por último, la ligereza e ironía de Penelope Fitzgerald en La librería, tan británica ella, para la que no estoy precisamente de humor. El invierno, tan blanco a veces, otras gris, pero siempre pesado como una manta de lana antigua y poco de fiar, me ha caído encima cual culo gordo y desconsiderado en la forma de un sopor del que difícil y brevemente despierto, para volver inmediatamente a sumergirme en él y en ensoñaciones de bebidas calientes que, traídas al mundo de los hechos, resultan una completa y amarga decepción. Apática y preocupada, repito en mi cabeza las palabras que, seguramente, dispongan la semana que viene en mi contra al hombre a quien supuestamente debo sumisión y agradecimiento en calidad de paciente superviviente, aunque sea sólo de momento y tampoco haya mediado ninguna otra decisión más heroica o ingeniosa por su parte que seguir el protocolo que, además, otro inició. Palabras aparentemente tan simples como: “Si es tan amable a partir de ahora necesito un informe por escrito de cada consulta”. No quiero prejuzgar, pero por menos se ha sentido ofendidísimo por mi falta de confianza en él y sus escuetas e indeterminadas palabras. En fin, entre esto, el invierno y las infinitas reclamaciones para que Movistar me devuelva dos míseros euros (más IVA) y me dé de baja de una vez el contestador, sólo puedo ofreceros este texto antiguo. Empezamos mal marzo, me temo. Spoiler: Al final se ha instalado el ascensor.


Mi barrio era una de esas llamadas ciudades-dormitorio que se construyeron a toda prisa en los sesenta para acoger al enorme número de emigrantes que abandonaron sus lugares de origen (los pueblos andaluces, extremeños, gallegos, pero también castellanos) para intentar labrarse en Madrid un futuro mejor. Lo de ciudad-dormitorio era más que una metáfora: los días laborables sus calles estaban a determinadas horas prácticamente desiertas, apenas transitadas por algún ama de casa de camino o de vuelta del mercado (la “galería”, lo llamaban). Aunque desde que tengo memoria todas aquellas calles tenían sus nombres y las placas que lo acreditaban (eso sí, con una numeración casi imposible de rastrear debido a lo caótico de su trazado), nuestros mayores seguían orientándose por el barrio utilizando la nomenclatura original que lo dividía en polígonos. “Eso está por el A o en el F…”, decían siempre.

Había edificios más altos y con pisos más grandes, pero los primigenios, como en el que yo vivía, tenían cuatro plantas (por supuesto sin ascensor) en cada una de las cuales había otros tantos pisos de tres dormitorios que no llegaban a los 60 metros cuadrados. Eso sí, muy bien distribuidos, como le gustaba decir a mi padre. Debían de estarlo, porque en ellos vivíamos una media de cinco personas.

Como en cualquier barrio de nueva creación, sus moradores originales fueron matrimonios jóvenes, y la consecuencia obvia fue que el vecindario se llenó pronto de niños de edades muy similares. Niños que subían y bajaban ruidosamente las escaleras, que correteaban y saltaban en sus casas haciendo retumbar el techo del piso de abajo, que provocaban con sus gritos y golpes que el vecino de al lado aporreara la pared compartida pidiendo un poco de silencio, por lo menos a la hora de la siesta… Aunque sin rencores: entre la coincidencia generacional y la ausencia de cualquier tipo de aislamiento acústico en aquellas baratas construcciones, el portal terminó convirtiéndose en una ampliación del núcleo familiar, de personas que sabías te darían de merendar o desinfectarían las constantemente desolladas rodillas, pero que también se consideraban con todo el derecho a regañarte sin arriesgarse a un enfrentamiento con tus progenitores.

La escalera, el patio y, cuando el tiempo era benigno, el pequeño solar que había bajo las terrazas eran el espacio común de aquella familia extensa que te protegía y acogía, pero en la que se carecía, como en la propia, de cualquier intimidad y, por tanto, se ampliaba más allá de los límites de tu vivienda el detestado control parental. Y si sumabas a tu portal los inmediatamente adyacentes, no hay más remedio que reconocer que en aquel microcosmos se intentaba perpetuar la forma de vida típica de aquellos pueblos que sus vecinos habían abandonado no hacía tanto. En consecuencia, los niños varones podían, a una determinada edad, corretear libres y salvajes por sus aceras sin especial control, mientras que no estaba tan bien visto que lo hicieran las niñas, que no sólo debían realizar pequeños recados y ayudar a sus madres en las tareas domésticas, sino también circunscribir su área de juego callejera a espacios bien visibles desde las ventanas de las casas: a pesar de todo, aquello no era ya el pueblo, sólo una isla en la ciudad, y existía una arraigada desconfianza ante los extraños, potencialmente peligrosos, que la rodeaban.

En verano, la mayoría de las puertas de la escalera permanecían entreabiertas para conseguir algo de corriente que refrescara las casas, mientras los niños solíamos preferir permanecer sentados en el tramo final a la espera de que el sol empezara a bajar y nos permitiera salir. Impacientes, nos lanzábamos tímidamente la pelota con cuidado de no hacer ruido o jugábamos a las cocinitas, teniendo que dejar paso ocasionalmente a los adultos que subían o bajaban refunfuñando por tener que sortear tanto cachivache.

La escalera podía también convertirse en un cuartel general cuando algún niño no aparecía y los vecinos tenían, por un lado, que organizarse en batidas de búsqueda y, por otro, en grupos de apoyo y consuelo para la desesperada madre. Y, desde luego, era el centro neurálgico en el que convergían todas las informaciones y noticias que se recogían fuera.

Si subías la escalera hasta el final se llegaba al cuarto de contadores. Cada vez que saltaban los plomos (lo que era bastante habitual) había que entrar en él superando el miedo al tic-tac que se oía desde fuera y a rozar algo que no debieras mientras buscabas el interruptor de la luz. También abajo del todo había un cuartito similar, pero a ése los niños no podíamos entrar. Quienes habían podido ver su interior de reojo cuando algún adulto lo había abierto, aseguraban que albergaba a su misma entrada una especie de misterioso pozo que no invitaba a ninguna travesura.

Cuando volvías a una hora poco habitual del colegio y nadie te abría la puerta, la escalera también era el refugio donde esperabas, sintiéndote a salvo de las desiertas calles, la vuelta de tu madre. En la escalera podías encontrarte también con aquella vecina que vivía sola, de la que tantos chismes se contaban y que parecía odiar a todo el mundo, especialmente a nosotros. O con un niño de otro portal que buscaba familia para algún cachorro de perro o gato. O con hombres que subían objetos que apenas cabían (cómo olvidar aquel ataúd). O con un corazón en una de sus paredes con tu nombre dentro que nunca supiste quién dibujó.

En aquella escalera todavía se acuerdan de mí y me llaman como sólo lo hacían en casa. Me preguntan por todo y por todos. Y a veces me recuerdan lo que preferiría olvidar. Que quieren poner un ascensor, me cuentan ahora, que ya están muy mayores para tanta escalera. Puede que tengan razón, pero me da tanta pena…

(Publicado originalmente el 29 de enero de 2016 en La vida en su tinta).

jueves, 22 de febrero de 2018

Desgana


Sepultura de Antonio Machado y su madre en Collioure. Foto: Ramón Puig

"Y cuando llegue el día del último viaje,
y esté al partir la nave que nunca ha de tornar,
me encontraréis a bordo ligero de equipaje,
casi desnudo, como los hijos de la mar" (última estrofa de Retrato (XCVII), en Campos de Castilla (1907-1917), grabada en una placa sobre su sepultura).

Por J. Teresa Padilla

Esta semana me ha vencido la pereza. La pereza y un poco la desesperanza. O el escepticismo. A lo mejor todas estas emociones (¿podrá considerarse el escepticismo una emoción?) ya van incluidas en la pereza. Según el diccionario la pereza se vence sacudiéndola. Como una alfombra o un mantel. Más lógico sería que el objeto directo no fuera ella, sino nosotros, y que nos sacudiéramos a nosotros mismos, justamente en un violento desperezamiento más que nada íntimo. A lo mejor es que no es pereza la palabra. Está demasiado ligada al cuerpo y sus músculos, y a las obligaciones y compromisos que nos pesan y, a menudo, nos vencen en (¿o será con?) la pereza.

No, no es la pereza lo que me ha vencido exactamente hasta las 11 de la mañana del día de hoy, en que escribo estas líneas. Escribir para mí ni es una obligación ni un compromiso. Tampoco requiere un esfuerzo físico digno de mención. Lejos de ser una carga, es la forma que he encontrado para quitarme algunas de encima. ¡Desgana!, ésa es la palabra: falta de deseo, de apetito o voluntad que conduce a la inacción. Palabra mucho más expresiva o plástica que el tedio o el ennui de Pascal, por mucho que tiente la pedantería. Ganas, esa palabra, como decía Unamuno, tan castiza, es lo que hay que tener para vivir, el presupuesto de cualquier acción, incluso la de matarse, imposible si no sientes ganas de morir. Las ganas las tienes o no. Claro que también existe la paradójica expresión de no darnos la gana de hacer nada: en ella se mezcla una voluntad explícita de renuncia a cualquier otra voluntad que no sea la de noluntad.

Estoy jugando, lo sé. Soy una escribiente egoísta. Pienso más en mi propio placer, a veces sólo lúdico, otras más apolíneo (si es que se puede llamar así al placer que no se sigue de la jovialidad o la ligereza), que en un potencial lector. Pero estaréis conmigo (espero) en que era la forma menos aburrida de explicar por qué había decidido aprovechar que se cumplen hoy, 22 de febrero, 79 años de la muerte en el exilio francés de Antonio Machado para contaros brevemente una anécdota familiar y transcribir un poema del autor con un especial significado personal.

Mi padre era un poco poeta. Era también un poco pintor y hasta actor, aunque cuando yo le conocí, no escribía y apenas pintaba (mucho menos actuaba): el bricolaje, bastante artístico por lo original y minucioso, terminó siendo la ocupación que se le permitió desarrollar sin trabas, pues, al fin y al cabo, estaba justificada desde un punto de vista pragmático. No disfrutó de facilidades para desarrollar ninguno de sus posibles talentos, aunque tampoco tuvo el tesón para centrarse y apostar fuerte por una vocación. A su manera rebelde se amoldó a lo que se esperaba de él. De él y de cualquier otro, que es lo malo.

El caso es que durante un tiempo consiguió dar cierta satisfacción a su vocación poética y a la actoral, o, más exactamente, por la dirección de actores. Tal oportunidad vino propiciada por la adquisición de un magnetófono. A mis hijos tendría que explicarles lo que es. A la inmensa mayoría de vosotros, por suerte o desgracia, seguro que no. La finalidad principal de aquel aparato monoestereofónico era, sí, oír algo de música (villancicos y coplas, que yo recuerde), pero, sobre todo, grabar, para lo cual tenía un micrófono como los de los locutores de la tele (o casi). Mi padre cogió a cada uno de sus tres hijos, pero especialmente a mí, que para eso era la niña de sus ojos (con los ojos de su madre, o sea, mi abuela, como no paraba de recordarme), y nos hizo aprender de memoria a cada uno algún poema y declamarlo adecuadamente, tras lo cual nos grabó para gozo y disfrute de la posteridad. Siempre se me olvida buscar en mi casa familiar las cintas, que seguro que mi padre, tan ordenado, guardó en algún compartimento de aquellos que manufacturó para convertir un soso mueble bar en un escritorio con cajones y espacios para cualquier tipo de material de escritura imaginable. Yo saqué dos cosas de esta experiencia: descubrí que mi voz no sonaba como yo la oía, sino espantosamente peor, lo que me acomplejó un tanto, pero también me sirvió para tener presente siempre que, en general, una no es para los demás la persona que cree que es. La cosa se las trae y por eso lo dejo así, que si no me salgo del tema de este texto.

Había decidido, pues, debido a mi desgana, limitarme a compartir aquel poema de Machado que, dirigida por mi padre, declamé ante aquel maravilloso micrófono cuya imagen, si no se me ha borrado ya, nunca lo hará. No es el único poema que grabé, pero sí el único que aún recuerdo. A pesar de todo, lo he buscado en mi ejemplar de Poesías completas para no equivocarme al transcribirlo:

Yo voy soñando caminos
de la tarde. ¡Las colinas
doradas, los verdes pinos,
las polvorientas encinas!...
¿Adónde el camino irá?
Yo voy cantando, viajero
a lo largo del sendero...
-La tarde cayendo está-.
"En el corazón tenía
la espina de una pasión;
logré arrancármela un día:
ya no siento el corazón".

Y todo el campo un momento
se queda, mudo y sombrío,
meditando. Suena el viento
en los álamos del río.

La tarde más se oscurece;
y el camino que serpea
y débilmente blanquea,
se enturbia y desaparece.

Mi cantar vuelve a plañir:
"Aguda espina dorada,
quién te pudiera sentir
en el corazón clavada" (Soledades (1899-1907). XI).

Así hubiera acabado esta entrada, si no fuera porque dentro de este libro he encontrado una cuartilla blanca arrancada de un cuaderno de espiral en la que aparece escrito, con una letra que reconozco como la que fue mía y perdí hace muchísimo tiempo, lo que parece un poema. Sin autor expreso. Tras "guglearlo" (perdón por el palabro) por si era una copia manuscrita de la obra de otro, todo parece indicar que lo escribí yo. Estas cosas, algo aterradoras, pasan cuando hojeas tus libros de 1980.

He decidido compartirlo. No creo que valga nada. A mi edad se pierde bastante la vergüenza y yo, particularmente, no tengo reputación que salvaguardar. Así pues, que quede grabado aquí (como aquella voz mía que soñaba caminos machadianos lo está) que un 22 de febrero, en el aniversario de la muerte de un poeta, me encontré con parte de la que en un tiempo debí ser y no me reconocí. Como no reconocía ni reconozco mi voz grabada. Con la esperanza, vana probablemente, de que otro sí pueda y me confirme que sí, que ésa soy yo.

Las cosas se derrumban,
los muros se derrumban,
las gentes se derrumban.
Piedra a piedra hasta hacerse arena
se derrumban.
Y cuando son arena
se moldean.
Y se pisan.
Suaves cojines de cuerpos más fuertes.

Todo se derrumba.
Todo se hace arena.
Todo se moldea.
En la playa
la ola abofetea.
En la montaña
el aire ahoga
(ahoga o raja),
ahoga y raja .

No eres viento,
Ni eres ola,
Ni muro que se derrumba.
Pero que se derrumba
todo, recuérdalo.

(Dedico esta entrada a Carmen, que esta mañana recordaba en Facebook que tal día como hoy nació su padre en un capicúa insuperable. Por poco inteligible que sea, me ha inspirado un texto que no sabía las ganas que tenía de escribir).

jueves, 15 de febrero de 2018

Stoner

Stoner. John Williams.

Baile del sol: Tenerife, 2015. 240 pp. 15,60 euros.

 

"En aquella época del año puedes contemplar en mí,
cuando hojas amarillas, ninguna ya o algunas, cuelgan
aún de las ramas que tiritan de frío,
desnudos coros ruinosos donde cantaban tarde dulces aves.

En mí ves el ocaso de aquel día,
como tras el crepúsculo se esfuma en Occidente,
poco a poco, robado por la negra noche,
gemela de la muerte que condena todo al reposo.

En mí ves el rescoldo de aquel fuego,
que sobre las cenizas de su juventud yace,
como el lecho de muerte en que ha de expirar,
consumido por aquello que lo alimentaba.

Esto percibes, lo que hace tu amor más fuerte
para amar bien aquello que abandonarás pronto"* (W. Shakespeare, Soneto 73).

Por J. Teresa Padilla

Esto no es exactamente una reseña. Ya hay una excelente de esta novela en el blog de Ana Blasfuemia (a quien, además, debo el empujón que me ha llevado a leerla, por fin). Poco podría añadir a la misma, en todo caso cabría plagiarla, pero una, a pesar de las apariencias y algún indicio razonable en contra, es en el fondo gente honrada (por lo menos cuando tiene claro que la van a pillar). Por favor, pinchad en el enlace, porque la novela (y la reseña de Ana) lo merece. Mientras, yo me centraré (todo lo que soy capaz, que no es mucho, como sabéis quienes me conocéis) en lo secundario.

Fijaos cómo estoy de la cabeza que Stoner ha quedado asociada en ella a otra novela americana (La mancha humana de Philip Roth) que lleva esperando en mi mesa una reseña que no me decido a escribir ni puedo asegurar que termine escribiendo, y eso que me ha hecho amar a Roth (sí, a ese Roth, Philip Roth). A primera vista lo único que tienen en común es que sus protagonistas son profesores universitarios. La delicada forma de narrar de John Williams es eso, delicada, clásica: fluye como un río aparentemente tranquilo en la única dirección que parece posible, la natural. La de Philiph Roth es, por el contrario, tan eficaz como abrupta, con un autor incapaz de negarse en lo que escribe, de disimular la sombra que proyecta (“la prosa es prosa porque tiene sombra, la sombra del tío que está encima”, decía Umbral) hasta el punto de optar por convertirse, como suele ser habitual en Roth, en un personaje más. A Williams, sin embargo, no se le ve ni se le espera. Y, por si acaso, nos advierte en la dedicatoria (a sus compañeros en la Universidad de Misuri) que se lo ha inventado todo, que cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia. Vamos, esas cosas que sólo se dicen, sin caer en lo ridículo, cuando las historias y personajes son tan creíbles que pueden llevar a confusión. Y, efectivamente, es una novela llena de entes de ficción de carne y hueso, más carne y más hueso que la mayoría de nosotros. Milagros de las miradas creadoras, ya sabéis.

Pero, aparte de la obviedad de ser dos novelas americanas sobre profesores universitarios, me sigue pareciendo que hay algo más en común. Las dos hablan de hombres corrientes, pero que, por decirlo de algún modo, burlaron su destino y llegaron a ser ellos mismos: únicos, con sus fracasos y sus raros éxitos. El enérgico y rebelde protagonista de la de Roth, por voluntad propia, pues es un hombre que se hace a sí mismo en el sentido más literal: un luchador, un farsante que hace verdadera su máscara. Stoner, en las antípodas, arrastrado por un amor súbito y difícilmente expresable. El caso es que, por diferentes caminos, los dos traicionan sus orígenes, abandonan a sus madres y son responsables de un dolor mudo, pero profundo, que terminan pagando porque en la vida nada es gratis, salvo para los ignorantes malvados con piel de elefante que ni se dan cuenta. Dos historias narradas de dos diferentes, pero igual de asombrosas, maneras en las que hay momentos descriptivos deslumbrantes, aunque en esto último los de John Williams te dejan sin aliento.

John Williams.

Stoner narra, sencillamente, la historia de un hombre desde 1910, en que inicia sus estudios universitarios, hasta su muerte cuando estaba a punto de jubilarse. Testigo, pues, de un siglo XX lleno de horror. Hijo de campesinos muy modestos, Stoner es como ellos, como los seres que viven en las poesías de Robert Frost: silenciosos, encerrados en sí mismos, celosos de la intimidad de unos sentimientos que las palabras no pueden sino violar.

“Llevaba siempre cerca de su conciencia el conocimiento sanguíneo de su herencia, transmitida por ancestros cuyas vidas fueron oscuras, duras y estoicas, y cuya ética común era la de mostrar a un mundo opresivo rostros inexpresivos, duros y fríos”.

Con sus curtidas manos de labrador, Stoner llega a la universidad alentado por su maestro, no para abrirse a nuevos horizontes ni cambiar de vida, sino únicamente con el fin de prepararse mejor para su destino. Sus padres renuncian a unas manos que necesitan mientras él vive en semiesclavitud con unos familiares a la vez que estudia agricultura. Y entonces sucede. Un soneto de Shakespeare en boca de un profesor secretamente enamorado de lo que enseña y que, sólo ocasionalmente, cuando vence su propio desengaño de la vida, de las palabras y de su amor por ellas, se deja llevar por la pasión, se cruza en su camino.

“El señor Shakespeare le habla a través de trescientos años, señor Stoner, ¿le escucha?”.

Le ha escuchado, pero no puede hablar. El amor por la palabra, como todo amor, le deja en principio mudo. Sólo alcanza a dejar sus estudios por los de letras. No volverá a la granja ni a la vida a la que estaba destinado. No sabe, hasta que, de nuevo, su profesor de literatura de segundo se lo descubre, que él también será profesor; que es profesor sin saberlo aún.

“«¿Cómo lo sabe? ¿Cómo puede estar seguro?» «Es amor, señor Stoner», dijo Sloane jovial. «Usted está enamorado. Así de sencillo»”.

Luego llegan otros amores, pero ninguno capaz de imponerse sobre esa pasión por las palabras y la posibilidad, aunque sea ocasional, de poder transmitirla a otros.

Llega Edith, su esposa, esa mujer conducida por la educación victoriana a una neurosis destructiva, un animal domesticado y criado para seducir en un circo masculino y, una vez logrado su objetivo, marchitarse, no sin antes pasar el relevo a la siguiente generación.

Está su hija, Grace, tan parecida a él que se somete al destino que se le impone en esa inveterada tradición femenina de sumisión al rol impuesto. Se somete hasta el punto de no encontrar otra forma de huida y rebelión que la autodestrucción:

“Era, como ella misma había dicho, casi feliz con su pena, viviría su vida tranquilamente, bebiendo un poco más cada año, aturdiéndose frente a la nada en la que se había convertido su vida. Estaba contenta de tener aquello al menos, agradecida de poder beber”.

Está Edith, ese amor convencional y debido. Grace, y ese afecto íntimo, casi indistinguible del amor a uno mismo que, como éste, no es lo suficientemente fuerte para salvar lo amado. Y, por último, está Katherine, la mujer gracias a la cual descubre que sólo se puede conocer y amar de verdad a alguien a través de su cuerpo, que sólo se descubre el propio cuerpo gracias al cuerpo amado. Que el cuerpo, en fin, ése que a Edith le enseñaron a negar hasta extremos patológicos, el que Grace prácticamente prostituye para escapar, es sagrado.

“Le venía a la cabeza que nunca antes había conocido el cuerpo de otra persona y, más allá de eso, le venía también a la cabeza que ése era el motivo por el cual siempre, sin saber por qué, había hecho distinciones entre la personalidad de alguien y el cuerpo que portaba esa personalidad. Y le vino a la cabeza, por fin, con lucidez irrevocable, que él nunca había conocido a ningún otro ser humano, ni en la intimidad, ni tampoco en la confianza del calor humano del compromiso”.

Y al final la muerte. Unas páginas finales que merecían ser aprendidas de memoria, una descripción prodigiosa del morir mismo en el que descubrimos y bendecimos la vida, nuestra vida imperfecta, pues, ¿qué esperábamos que fuera?

“¿Qué esperabas?, pensó otra vez.

Le sobrevino cierta alegría, como traída por la brisa del verano. Recordó vagamente que había estado pensando en el fracaso… Como si importara. Ahora le parecía que tales pensamientos eran negativos, indignos de lo que había sido su vida. Nebulosas presencias se agolparon en los márgenes de su conciencia; no podía verlas, pero sabía que estaban ahí, reuniendo fuerzas para convertirse en una clase de evidencia que no podía ver ni oír. Se aproximaba a ellas, lo sabía, pero no había ninguna prisa. Podía ignorarlas si quería, tenía todo el tiempo que quedara.

Había suavidad a su alrededor y lasitud creciente en sus extremidades. El sentido de su propia identidad le llegó con fuerza repentina y sintió su poder. Era él mismo y sabía lo que había sido”.


*"That time of year thou mayst in me behold,
When yellow leaves, or none, or few do hang
Upon those bought which shake against the cold,
Bare ruin'd choir, where late the sweet birds sang.

In me thou seest the twilight of such day,
As after sunset fadeth in the West,
Which by and by black night doth take away,
Death's second self that seals up all in rest.

In me thou seest the glowing of such fire,
That on the ashes of his youth doth lie,
As the death-bed, whereon it must expire,
Consum'd with that which is was nourish'd by.

This thou perceiv'st, which makes thy love more stong,
To love that well, which thou must leave ere long".
(La versión castellana citada al principio es el resultado de la combinación, a gusto de mi propio oído, de la traducción ofrecida por Antonio Díez Fernández, el traductor de la novela,  y la de Ramón García González).

jueves, 8 de febrero de 2018

Miradas

Foto: Vivian Maier. Self-Portrait, 1954

“Por sí misma, la realidad no vale un centavo. Es la percepción lo que le confiere significado a la realidad. Hay una jerarquía entre las percepciones (y por consiguiente entre los significados) en la que aquéllas adquiridas mediante los prismas más refinados y sensibles ocupan la cima. Es la cultura, única fuente de suministro, la que aporta a dichos prismas el refinamiento y la sensibilidad; es la civilización, cuya principal herramienta es el lenguaje” (J. Brodsky).

Por J. Teresa Padilla

Números, datos, hechos. Siempre ha sido una creencia natural, ingenua por irreflexiva, la de no sólo dar por buena, que lo es en cierta medida, la visión más común de las cosas, sino tenerla por la única aceptable. Se tiende a olvidar que, al fin y al cabo, es eso, una visión, y no una realidad independiente de nuestra mirada, como suponemos. Siempre ha sido así: podría decirse que somos “realistas” por naturaleza, que nos fiamos más de las cosas que de nosotros mismos, sin percatarnos de que ellas, con toda su solidez, no son sino una realidad configurada por siglos y siglos de miradas humanas, heredada, cultural. Y no por ello menos verdadera que esa realidad que imaginamos ajena a nosotros.

¡No, no; eso es idealismo! Un delirio desenmascarado en su momento por el materialismo histórico, ya sabéis, la maravillosa teoría que blandieron en 1917 revolucionarios empeñados en hacer a los hombres felices como fuera, aun a costa de sus vidas (la frase no es mía, pero soy incapaz de recordar a quién se la he leído). Sus consecuencias prácticas terminaron por avergonzar a la inteligencia filosófica, hasta entonces fascinada por esta explicación tan concluyente y totalizadora, que decidió entonces tirar por la calle del medio, a saber: reducir la filosofía a semiótica, renunciar al problema de la verdad y, por tanto, dejar ese marrón a otros. En realidad, salvo alguna escuela minoritaria y poco dada al espectáculo de las entrevistas y los coloquios, a saber, la que trabaja en las catacumbas de las universidades, la verdad dejó de importar en general y la cuestión quedó reducida a la realidad de lo real, para decidir lo cual está la ciencia (o, hablando con exactitud, las ciencias).

La ciencia y su datos, suficientemente exactos, más o menos inmutables. Ella es la nueva iglesia de una nueva fe que ha hecho de la que Husserl (el maestro de la minoría subterránea antes mencionada) llamaba actitud natural, prefilosófica, una nueva religión. Una religión politeísta, pues no hay una ciencia suprema, sino muchas, con diferentes objetos y métodos, pero que por adición se supone que agotan lo real. De esta suma resulta una realidad bastante desestructurada, un puzle cuyas piezas nadie sabe a quién o qué corresponde encajar. De hecho, ninguna ciencia está encargada ni ha sentido necesidad de conectarlas, por lo que queda sancionado que no lo están, que esto es en el fondo lo que hay.

A la menor objeción o intento de amotinamiento ante esta realidad caleidoscópica que se nos ofrece como única probada, "verdadera", los fieles de esta religión, adoctrinados convenientemente en los catecismos de la nueva fe (los textos de divulgación científica convertidos en auténticos best sellers), te plantan un gráfico, una estadística o una ristra de cifras extraídas de alguno de los escritos de los doctores de esta iglesia o de simples aspirantes a serlo. Como si todo tema con interés fuera en el fondo científico, porque lo que queda fuera de la ciencia es asunto ya sólo del capricho de la opinión y el gusto de cada cual, de lo arbitrario, lo que no necesita justificación, lo irracional.

Si esto es más o menos como lo describo, entonces tengo que concluir que vivo tiempos oscuros. Es nuestra mirada la que da sentido a la realidad, la que la dota de significado. Y esa red de significados, esa estructura significativa, es la que crea el mundo que habitamos. Un mundo real o tan real como nuestras vidas, las que vivimos cada uno de nosotros, no la que estudia la biología y nadie en realidad vive. Lo dijeron, y todavía dicen, algunos filósofos, pero son los poetas, como Brodsky, los que no se avergüenzan de proclamar que es la cultura, la civilización, como creación humana, lingüística en un sentido muy amplio, la responsable de la realidad en la que efectivamente vivimos. Ésta es la verdadera realidad, la única, desde luego, en que se puede o vale la pena existir. En ella hunden sus raíces todas las demás creaciones humanas: la literatura, las artes plásticas, la técnica y la propia ciencia. Si la ciencia se erige en la última palabra sobre lo que verdaderamente es, está negándose a sí misma sus orígenes, matando a sus padres y declarándose expósita. Si esto sucede, todo lo demás queda reducido a una cuestión de gusto u opinión meramente individual y subjetiva en su peor acepción (la que aísla y separa del otro), y negamos así la posibilidad de comunicar nuestras respectivas miradas, de enfrentarlas y enriquecerlas, de mantener viva y renovada una cultura que es una creación del hombre, pero nunca una suma arbitraria de ocurrencias.

No sé lo que me pone más furiosa cuando creo estar conversando con mis semejantes: que me planten un diagrama estadístico y me acribillen con una ráfaga de cifras que supuestamente hablan por sí solas, o que alguna voz conciliadora ponga fin a la discusión con un “cada cual tiene su opinión” (y se da por supuesto que todas tienen el mismo valor, porque no hay esa referencia cultural de la que hablaba Brodsky que establece la jerarquía entre ellas). Son la cara y la cruz de esa única moneda, aparentemente, de curso legal hoy.

Foto: Teju Cole
Pero cuando estás a punto de rendirte, de callar y recluirte mientras dejas el ruido del mundo en manos de la más detestable de las ignorancias, la del experto, entonces desde ese otro mundo, desde esa realidad poblada por las voces de los ausentes, alguien, Brodsky o esa extraordinaria anciana de sesenta y cinco años capaz de detener con sus palabras y su memoria, a punto de desfallecer, la cultura de toda una nación, Nadiezhda Mandelstam, o una fotógrafa rescatada casual y póstumamente del anonimato como Vivian Maier, e incluso una compañera descubriendo el amor en una simple planta, me recuerdan que la excentricidad, el exilio, el anonimato y el fracaso son, en ocasiones, las únicas fuentes de lucidez, burbujas en las que poder ser libres y humanos.

Cuántas miradas son posibles. Cuántos mundos. La increíble foto de Maier nos muestra tres, ¿o son cuatro? Cuántas palabras, ideas, poemas, relatos. Cuánto, como casi ocurre con esta foto o los poemas de Mandelstam, se habrá extraviado, quedado oculto o destruido. Cuánto de lo que ha visto la luz perdurará y cuánto quedará en un merecido, o no, olvido. Es el drama de la cultura. No, por favor, no me deis cifras.